Capítulo 72 La feria escolar
La feria escolar estaba a la vuelta de la esquina y en un pueblo tan pequeño como aquel, no era simplemente un evento escolar más: era el acontecimiento comunitario del año.
La plaza principal lucía repleta de carteles hechos por los propios alumnos, los comerciantes decoraban sus escaparates con banderines de colores, y la escuela trabajaba a marchas forzadas desde hacía semanas para que todo saliera perfecto.
Ese año, además, asistirían empresarios locales, ganaderos de la región y representantes de varias fundaciones importantes que realizarían donativos para ampliar la biblioteca, comprar computadoras nuevas y mejorar las instalaciones deportivas de los niños.
Sara no podía ocultar su entusiasmo, desde muy temprano recorría los pasillos y salones organizando a sus alumnos de la primaria.
—Billy, las cartulinas de los experimentos van en aquella mesa del fondo, —Lana, por favor deja de perseguir a Perla con el pincel lleno de pintura, —Perla, no le respondas...
ayúdame mejor a amarrar los globos en la entrada.
Los niños corrían de un lado a otro, entre risas y gritos. A pesar del caos, ella disfrutaba cada segundo de su vocación.
En la zona de atención médica de la feria escolar, el ambiente estaba bastante tranquilo.
Cristian, vistiendo jeans oscuros, botas vaqueras y una camisa informal, estaba sentado en una silla de plástico, con la espalda recargada contra la pared, luciendo un aspecto un poco aburrido mientras acomodaba el botiquín sobre la mesa.
En ese momento apareció Luke caminando, con una sonrisa relajada en el rostro y dos botellas de cerveza frías en las manos. Al verlo, se detuvo y soltó una pequeña risa.
—¿Qué pasó, doctor? —bromeó Luke—. Si te estás durmiendo de pie, te traje un remedio.
Cristian miró la botella, dudó apenas un segundo y terminó aceptándola con una sonrisa de medio lado. —Tráela para acá. Total, es la feria de la primaria... no creo que pase nada grave a estas horas.
Luke jaló otra silla de plástico y se sentó a su lado, dándole un trago a su cerveza. —¿Y bien? ¿Cómo van las cosas con Emily?
Cristian dio un sorbo y contempló la botella. La expresión de su rostro se suavizó diciendo: —Muy bien, la verdad. Tan bien que a veces me da miedo que algo lo arruine. Luke lo miró de reojo y le dio una palmada en la espalda.
—Te mereces ser feliz, Cristian. Después de todo lo que pasó cuando éramos niños... ya te tocaba un poco de tranquilidad.
Cristian se giró a verlo de golpe, borrando la sonrisa y bajando la voz para que nadie más los escuchara. —Nadie en este pueblo sabe exactamente qué fue lo que pasó entonces, Luke. Y no quiero que se lo menciones a Mónica. Sabes que no puedo defraudar la confianza de mi familia.
Luke lo miró a los ojos con lealtad, sin el menor rastro de juego.
—Sabes que jamás te defraudaría con algo así, hermano.
Fui tu amigo mucho antes de ser el novio de Mónica.
Además, mi familia te debe demasiado... Si no hubiera sido por ti, mi padre habría muerto aquel día. Eso no se me olvida nunca.
Cristian se relajó, conmovido por sus palabras, y le dio un golpe en el hombro para romper el momento de tensión. —Está bien, está bien. No te pongas sentimental.
En cuestión de segundos, el tono de voz volvió a cambiar, regresando a las bromas de siempre.
Cristian lo miró con picardía. —¿Y tú qué tal? ¿Cómo van las cosas con Mónica?
Luke puso los ojos en blanco, soltando un largo suspiro dramático antes de darle otro trago a su cerveza. —La amo con toda mi alma... pero a veces es insoportable con sus berrinches.
Cristian soltó una carcajada que resonó en el puesto médico.
—¡Te lo dije! Te lo advertí mil veces antes de que le pidieras que fuera tu novia, pero te empeñaste en meterte en la boca del lobo, así que ahora no te quejes.
Y por cierto... ya sabes que Mónica es como mi hermana, ¿verdad?
Porque si algún día la haces sufrir de verdad, voy a tener que romperte la cara.
Luke comenzó a reírse. —Descuida, si algún día le hago daño a Mónica, el primero que me va a romper la cara seré yo mismo.
Los dos rieron antes de que la conversación volviera a girar hacia la plaza, donde Ray caminaba a lo lejos ayudando a Sara con unos carteles. Luke los observó con curiosidad. —¿Cómo ves a Ray?
Cristian siguió su mirada hacia su primo. —Se le nota más feliz desde que Sara llegó al pueblo. Pero ya lo conoces ... es demasiado prudente para todo.
Luke sonrió con esa mirada traviesa que siempre lo caracterizaba. —¿Prudente? Te apuesto cien dólares a que ese tipo se termina casando antes de un año.
En ese instante, John apareció caminando por detrás del puesto médico con las manos en los bolsillos.
Al escucharlos, soltó una risa burlona. —¿Apostando a espaldas de mi hermano? Yo no apostaría mi dinero a eso ni loco.
Cristian miró a Luke y negó con la cabeza entre risas. —Yo tampoco apostaría por eso. Conozco a mi primo desde que nacimos, y nunca en su vida ha tomado una sola decisión apresurada o impulsiva.
Así que prepárate para perder esos cien dólares, van a ser los cien dólares más fáciles que me gane en la vida.
—Ya veremos, doctor... ya veremos —dijo Luke guiñándole un ojo antes de chocar su botella de cerveza contra la de él.
John terminó de acercarse, soltando otra carcajada —Si hay dinero de por medio en las locuras de Ray, avísenme para entrarle a la tanda.