Un vaquero Timido Capítulo 71 Ethan
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Capítulo 71 Ethan

La primera noche con Ethan fue más difícil de lo que Ray jamás había imaginado.

El pequeño se despertó varias veces durante la madrugada, rompiendo en un llanto.

Cada vez que abría los ojos en la penumbra de la habitación, buscaba un rostro o una voz familiar, él intentó cargarlo en brazos, darle un poco de agua fresca, contarle historias de caballos e incluso pasearlo de un lado a otro del cuarto.

Pero Ethan solo repetía entre sollozos: —No te vayas... No te vayas... Al amanecer, lucía profundas ojeras de cansancio y llevaba la camisa completamente arrugada.

Abajo, en la cocina, toda la familia intentó poner de su parte para ayudar, su madre preparó leche tibia con un toque de canela, Jandy encontró unas galletas suaves especiales para niños y Mónica trató de sacarle una sonrisa enseñándole fotografías coloridas de los caballos del rancho en su teléfono.

Luke apareció muy temprano con un sombrero vaquero diminuto que había comprado en la tienda del pueblo.

Pero el pequeño seguía aferrado a la pierna de Ray, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.

Finalmente, después de intentar desayunar algo, tomó una decisión. —Voy al pueblo a comprar algunas cosas para Ethan.

Frank asintió desde la mesa. —Compra todo lo que sea necesario para él, no te preocupes por el dinero, toma la cuenta del rancho si lo necesitas…

Vicky añadió con ternura: —Y tráele una manta suave y calentita. Los niños pequeños duermen mucho mejor cuando tienen un objeto propio que sienten suyo.

Ray sonrió con agradecimiento. —Está bien mamá, lo haré Gracias.

Colocó a Ethan en el asiento infantil que habían instalado temprano esa mañana en la camioneta y condujo directamente hacia la zona comercial del pueblo, pasó por la farmacia local, una tienda de ropa infantil y la juguetería de la esquina.

Terminó comprando muchísimas más cosas de las que tenía planeadas originalmente: pijamas de franela, calcetines de colores, un dinosaurio de peluche verde y una suave manta azul estampada con pequeñas estrellas.

Cuando terminó de cargar las bolsas en el asiento trasero, miró el reloj del tablero, aunque dudó unos instantes, pensativo, giró el volante y condujo despacio hacia la antigua casa Morgan.

Sara abrió la puerta del porche y quedó inmóvil al verlos en la entrada.

Ray sostenía varias bolsas de compras en una mano mientras cargaba a Ethan en el otro brazo.

El niño llevaba puesto el sombrero vaquero que le había regalado Luke, ladeado sobre las orejas. —Hola, preciosa... —dijo con una sonrisa tímidamente.

Sara le devolvió la sonrisa, iluminándosele el rostro. —Hola, Ray mira que bien acompañado vienes hoy. Luego bajó la mirada hacia el pequeño. —Tú debes ser el famoso Ethan...

El niño, al ver a una desconocida, intentó esconderse parcialmente detrás del hombro de su papá.

Sara, con la paciencia que la caracterizaba, no intentó acercarse de golpe. En lugar de eso, se agachó despacio sobre el piso de madera hasta quedar a la altura de sus ojos.

—Me llamo Sara —dijo con voz suave, sacó de su bolsillo una pequeña pegatina brillante en forma de estrella—. En mi salón de clases siempre les regalamos estrellas a los niños más valientes.

Ethan observó la pegatina dorada con curiosidad desde su refugio, después de unos segundos, extendió la manita y la tomó con cuidado. —Gracias... —murmuró el pequeño

Sara le sonrió con calidez. —De nada, campeón.

Ray la observó, en menos de un minuto, Sara había conseguido con naturalidad lo que a toda su familia le había tomado horas: que el niño dejara de esconderse con pavor.

En ese momento aparecieron Emily y Abby desde el pasillo de la cocina. Las dos miraron al pequeño con evidente intriga. Emily se acercó despacio. —Hola, campeón. Qué buen sombrero tienes.

Abby sonrió de par en par. —Ese sombrero te queda perfecto, vaquero, eres muy guapo.

Ethan las observó desde los brazos de Ray, pero sus hombros se relajaron; ya no parecía asustado.

Sara se puso de pie, acomodándose el vestido, y miró a Ray a los ojos. —¿Ya desayunaron algo ?

El negó con la cabeza, esbozando una mueca. —La verdad no mucho, fuimos de compras, y el ajetreo no nos dejó comer nada...

—Entonces entren ahora mismo. Sin esperar respuesta, Sara tomó algunas de las bolsas de compras de la mano de Ray y caminó hacia la cocina, quien la siguió en silencio, maravillado por la comprensión con la que ella asumía una situación tan compleja.

La cocina de la casa pronto se llenó de movimiento y calidez. Sara acomodó al niño en una silla junto a la mesa y le entregó un cuaderno con lápices de colores, Ethan, fascinado con las pinturas, comenzó a dibujar en silencio.

Emily observó a su prima preparar el sartén con una sonrisa. —Definitivamente naciste para ser maestra, Sara.

Sara se encogió de hombros mientras encendía la estufa. —Los niños pequeños solo necesitan sentirse seguros primero, después de eso, todo lo demás es mucho más fácil.

Ray escuchó aquellas sabias palabras mientras acomodaba las bolsas sobre una silla de la esquina, sintió un profundo alivio en el pecho al ver la ternura con la que ella trataba a Ethan.

Justo en ese momento, alguien tocó la puerta principal, era su primo Chris, quien venía entrando a la casa cargando su bata médica sobre el brazo.

—Vengo a recoger a Emily para el turno —anunció desde el pasillo.

Al llegar a la cocina, vio al pequeño sentado pintando—. Así que este es el famoso Ethan.

Ray asintió con la cabeza. Christian se acercó y se inclinó hacia el niño. —Hola, amigo. Qué buen dibujo estás haciendo yo soy el tío Cris…

Ethan levantó la mano a modo de saludo, mostrando su estrella brillante.

Christian volvió la vista hacia su primo con mirada afectuosa. —¿Cómo pasó la noche en el rancho?

Ray soltó una risa ahogada. —Digamos que descubrí de golpe que los niños de dos años tienen muchísima energía... y muy pocas ganas de dormir.

Christian sonrió con comprensión. —Y debe tener mucho miedo tambien, mas cuando todo su mundo cambia de la noche a la mañana, supongo —Luego su expresión se volvió más seria —.

Ray, necesito que pases por la clínica en cuanto puedan.

Quiero tomar las muestras de sangre para la prueba de ADN y enviarlas al laboratorio central cuanto antes, porque el proceso es tardado...

Ray asintió, sin vacilar. —Vamos para allá en cuanto terminemos de desayunar.

Christian miró a Emily, quien ya traía su bolso listo. —¿Lista para la guardia?

—Sí, vámonos. —Antes de salir, Emily se acercó a la mesa y le revolvió el cabello a Ethan—. Pórtate muy bien con la maestra, ¿sí?

El pequeño asintió muy serio, con la boca pintada de rojo por los colores. Cuando la puerta se cerró, Sara comenzó a colocar los platos sobre la mesa de la cocina: huevos revueltos, pan tostado crujiente, mantequilla y fruta fresca picada.

También sirvió un plato decorado especialmente para Ethan. —Primero que nada, desayunaremos bien —declaró Sara con voz firme.

Ray sonrió de lado, sintiendo cómo se le aflojaba la tensión de los hombros. —Sí, maestra. Lo que usted ordene.

Ella le señaló la silla frente a él con la mirada. —Y usted se me sienta ahí de inmediato, tiene cara de no haber dormido ni diez minutos seguidos.

Ray obedeció sin la menor protesta, dejándose cuidar. Ethan observó el plato lleno de frutas frente a él y luego levantó la vista hacia Sara con sus grandes ojos curiosos. —¿Todo esto es para mí?

—Claro que sí, corazón —sonrió ella —. Los vaqueros valientes necesitan desayunar para crecer.

El niño tomó una fresa madura y comenzó a comer, por primera vez desde que había llegado la noche anterior abandonado en aquel salón, Ray lo vio sonreír y relajarse por completo.

Ray apoyó los codos sobre la mesa de madera y observó a Sara mientras servía dos tazas de café, había imaginado mil veces en su mente formas románticas de avanzar en su historia con ella, pero jamás esperó que la vida lo pusiera en este escenario: agotado, confundido, con el corazón en un puño y acompañado por un niño pequeño que quizá llevaba su misma sangre.

Sin embargo, al ver a Sara moverse por la casa con tanta naturalidad, sintió una paz que no podía comparar con nada en el mundo.

Tal vez porque, en medio del caos que amenazaba con cambiar su vida para siempre, Sara no había dudado, ni había salido huyendo, se había quedado a su lado, sosteniendo su mano, y esa sencilla decisión empezaba a significar para el corazón de Ray más de lo que cualquier palabra pudiera expresar.