Capítulo 53 Café de Hospital
Las horas comenzaron a pasar con una lentitud desesperante, el reloj de la sala de espera parecía haberse detenido a propósito en el mismo minuto.
Nadie tenía ganas de hablar. Frank caminaba de un extremo al otro del pasillo con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, incapaz de permanecer sentado por más de dos minutos.
Vicky intentaba convencer a la joven Diana de beber al menos un poco de agua.
Mónica seguía abrazando a su prima mientras Luke permanecía a su lado, ofreciendo un apoyo silencioso e incondicional. John revisaba la pantalla de su teléfono una y otra vez, aunque realmente no esperaba ningún mensaje importante.
Ray también intentó mantener la calma. Se sentó en las sillas de plástico.
Se levantó. Volvió a sentarse. Cruzó las piernas de un lado.
Las descruzó al instante. Miró el reloj de pared.
Suspiró hondo. Sara, que llevaba un buen rato observando toda su inquietud con infinita paciencia, sonrió con dulzura.
—Ray...—Creo que, si seguimos esperando aquí sentados, ninguno de los dos va a sobrevivir al dolor de espalda. ¿Vamos por un café a la cafetería?
Él levantó la vista de inmediato, saliendo de sus pensamientos.
—Empiezo a pensar exactamente lo mismo, ¿Me ocupan para algo aquí? Ray miró hacia la esquina donde estaban sus padres conversando en voz baja. Frank notó la mirada de su hijo e hizo un gesto comprensivo con la cabeza.
—Ve, hijo. Si hay alguna noticia o sale Christian, les aviso de inmediato. El asintió con gratitud.
—Gracias, papá.
Caminaron en silencio hasta llegar a la cafetería de la clínica, era un espacio pequeño y funcional, tenía apenas cuatro mesas de plástico, una máquina expendedora de bocadillos y una cafetera industrial de acero que parecía llevar funcionando demasiados años sin descanso.
Ray dejó caer unas cuantas monedas en la ranura de la máquina, un momento después aparecieron dos vasos de cartón humeantes.
Le entregó uno a ella, quien dio el primer sorbo con cautela, luego frunció inmediatamente el ceño con una mueca trágica.
Ray la observó muy divertido. —¿Tan malo está?
Sara hizo una mueca dramática, mirando el contenido del vaso. —Creo que acabo de descubrir exactamente cómo sabe una llanta derretida quemada al sol, es increíble que sepa tan mal si solo pueden utilizar café y agua,
Ray no pudo contener una risa—Bueno no vas a negar que te lo advertí antes de apretar el botón.
Él también le dio un trago al suyo para probarlo, después hizo exactamente la misma expresión de asco. —Bueno quise darle una oportunidad a este café, pero la verdad es que... Sí está horrible.
Los dos comenzaron a reírse en voz baja, aquella breve carcajada compartida alivió un poco la inmensa tensión acumulada durante la larga espera en urgencias.
Se sentaron juntos en una de las mesas junto a la ventana que daba hacia el estacionamiento iluminado. Por unos instantes permanecieron en un silencio cómodo.
Finalmente, Ray habló en voz baja, mirando su vaso.
—Lo siento mucho, Sara. Quería que hoy fuera un día realmente especial para ti.
—Hizo una pequeña pausa—. Quería enseñarte con calma todo el rancho...
los establos, los caballos, la colina...
ver el lago al atardecer como se debe. —Sonrió con cierta amargura y frustración—. Y terminó todo de esta manera.
Sara negó lentamente con la cabeza, mirando la nobleza en sus ojos. —No tienes absolutamente nada por qué disculparte, Ray. Fue un accidente que nadie podía prever.
Ray suspiró, recargando los antebrazos sobre la mesa. —Aun así... —La miró directamente a los ojos—. Me hacía muchísima ilusión compartir ese lugar tan importante para mí contigo.
Sara sintió un ligero y delicioso calor subirle por las mejillas.
Le dedicó una sonrisa llena de infinita ternura.
—Todavía podemos hacerlo, que sepa seguimos vivos ¿No?
el lago no va a desaparecer de ahí. El rancho tampoco se va a ir a ninguna parte.
—Le dio un pequeño y amistoso golpe con su vaso de café contra el de él—.
Cuando tu tío se recupere y todo vuelva a la normalidad... volvemos a ir.
Ray sonrió, dejando ver la fosita de su mejilla. —¿De verdad me acompañarías otra vez?
—Claro que sí, vaquero. —Ella soltó una pequeña risa cómplice—. Además... me quedé con muchísimas ganas de conocer el famoso reino del señor Ray Petersen.
Él terminó riéndose a la par con ella, relajando los hombros. —Entonces queda oficialmente pendiente esa visita.
Sara levantó su vaso de cartón en tono de brindis. —Trato hecho.
Regresaron caminando lentamente por el pasillo hacia la sala de espera, cada uno llevaba en la mano aquel café terrible que ninguno quería admitir que seguía bebiendo únicamente porque necesitaban mantenerse despiertos.
Al verlos entrar, John levantó una ceja con malicia. —¿Qué tal el famoso café de la clínica?
Ray respondió con absoluta e impostada seriedad: —Creo que sirve perfectamente para quitar el sueño... y también un poco las ganas de vivir….
Luke soltó una carcajada abierta, hasta el severo Frank sonrió por primera vez en toda la noche. Sara también terminó riéndose con ellos.
Aquella pequeña broma relajó el ambiente durante unos segundos indispensables, volvieron a ocupar sus lugares en la sala.
Pasaron otros quince minutos en relativa calma, hasta que, finalmente, la puerta de urgencias volvió a abrirse de par en par.