Un vaquero Timido Capítulo 45 Alumnos comunicativos
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Capítulo 45 Alumnos comunicativos

Sara salió de la casa apresuradamente, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro mientras cerraba la puerta principal con llave. Apenas había caminado unos cuantos pasos por el sendero de grava cuando su teléfono vibró en la mano, lo sacó del bolsillo para ver la pantalla.

Era un mensaje de Ray, Lo leyó una y otra vez. Una sonrisa cálida y completamente espontánea iluminó su rostro por completo. —¿Qué te pasa, Sara? —murmuró para sí misma en voz muy baja.

Hacía meses, quizás años, que un simple mensaje de texto no conseguía ponerla de tan buen humor desde primera hora de la mañana. Volvió a leer con atención la última frase: "Paso por ti a las cuatro."

No sabía exactamente por qué le había gustado tanto que él insistiera en recogerla en su camioneta, quizá porque, desde hacía mucho tiempo, nadie tenía ese tipo de detalles atentos y caballerosos con ella, guardó el teléfono en el bolso y continuó caminando a paso ligero hacia la escuela primaria del pueblo.

El edificio de la escuela era pequeño, de fachada blanca y muy acogedor. Los niños ya corrían y jugaban por los pasillos antes de que sonara el timbre de entrada.

Sara apenas cruzó la puerta del salón de clases cuando un niño en la primera fila levantó eufóricamente la mano. —¡Maestra! Ella sonrió con calidez.

—Buenos días, Billy, dijo él era un niño de ocho años inquieto e imposible de permanecer callado por más de treinta segundos seguidos.

—Maestra, ¿los dinosaurios podían nadar en el mar? Es que anoche vi un documental en la televisión que decía que una ballena era un animal antiguo como un dinosaurio, y por su tamaño era el animal más grande del mar.

—Algunos dinosaurios sí, Billy.

—¿Y podían comer tiburones gigantes?

—Depende mucho de la especie de la que hables.

—¿Y si un tiranosaurio se metiera en el agua y se comiera a todos los peces ...

—Billy... —la voz de una niña interrumpió tajantemente la conversación. Lana dejó el lápiz sobre el pupitre con drama y cruzó los brazos sobre el pecho. —¿Puedes dejar de preguntar cosas raras durante cinco minutos?

Billy hizo un gesto exageradamente ofendido. —Estoy aprendiendo, Lana.

—No —respondió Lana con superioridad—. Estás molestando a la maestra.

—Yo no molesto a la maestra, tú eres una metiche porque nadie te preguntó a ti…

—Sí molestas, y tú eres un niño extraño que preguntas cosas que ni pueden pasar….

En menos de diez segundos ambos niños comenzaron a discutir a viva voz. Sara dio una palmada suave para llamar la atención del grupo. —Muy bien, chicos. Suficiente.

Los dos guardaron silencio al instante. —Billy...

—Sí, maestra.

—Las preguntas siempre son buenas para aprender —el niño sonrió orgulloso, mirando a su compañera—. Pero deja que tus compañeros también puedan trabajar concentrados.

—Está bien, maestra. Luego miró a la niña. —Y tú tampoco necesitas pelear con él por todo, Lana. Ella suspiró resignada. —Está bien maestra...

La clase continuó normalmente durante las siguientes horas, hasta que, en uno de los momentos de descanso antes de salir al patio, Lana volvió a levantar la mano preguntando: —Maestra.

—¿Sí, Lana? La niña la observó con una curiosidad infantil absoluta.

—Y Usted ¿Tiene novio? Sara estuvo a punto de soltar una risa por la espontaneidad.

—No. Toda la clase levantó la cabeza al mismo tiempo. Billy abrió mucho los ojos.

—¿Nunca ha tenido? Sara sonrió con ternura. —Sí he tenido, pero ahora mismo no tengo.

Lana asintió muy seria, analizando la información.

—Mi mamá dice que las mujeres bonitas siempre consiguen novio rápido antes de que Sara pudiera responder a la lógica infantil, otra niña intervino desde el otro extremo.

Perla levantó la mano. —Pues mi papá dice que el hijo de los Petersen anda buscando novia en el pueblo.

Billy se giró inmediatamente en su silla. —¿Ray?

—No —respondió Perla muy convencida—. Creo que John.

Lana negó con fuerza con la cabeza. —No, no es cierto, mi mamá dijo que los dos siguen solteros porque trabajan demasiado en el rancho, pero que ayer Ray estaba en la cafetería con una chica...

él es muy amable la última vez que mi perro se enfermó, fuimos al rancho y él lo curó sin cobrarnos nada…

cuando yo sea grande me casaré con un chico como él.

Billy frunció el ceño y volvió a intervenir emocionado: —Mi abuelo dice que Frank Petersen grita mucho cuando se enoja. Toda la clase comenzó a reírse a carcajadas, mientras Perla añadió más información: —Mi tía dice que la señora Vicky cocina el mejor pastel de chocolate de todo el pueblo.

—Y mi mamá dijo que Luke ya se va a casar con Mónica, él es domador de caballos, yo quiero ser como él cuando será grande... —agregó otro niño llamado Josh.

—Yo creo que el doctor Cristian es el más guapo del hospital, cuando me enfermé mi mamá me llevó a la clínica y me dio una paleta de chocolate… dijo una niña del fondo que Sara no pudo reconocer…

En menos de veinte minutos, Sara había escuchado prácticamente todos los chismes, rumores y leyendas locales del pueblo, quién discutía con quién, quién iba a casarse pronto, con quién querían casarse cada uno de los niños en la región, quién era el más trabajador, guapo...

Y, por supuesto, la extensa familia Petersen ocupaba casi la mitad de todas las historias.

De pronto, Billy volvió a levantar la mano con solemnidad. —Maestra...

Sara sonrió resignada, apoyando las manos en el escritorio. —¿Sí, Billy?

El niño la observó con total e inocente franqueza. —¿No está ya muy grande para seguir soltera?

El salón quedó en un silencio sepulcral por un segundo, Sara abrió muchísimo los ojos por el atrevimiento, después no pudo contenerse y soltó una carcajada abierta.

—¡Billy! ¿Qué pregunta es esa?

El niño bajó el cabeza repentinamente apenado. —Lo preguntaba porque mi abuelita dice que después de los treinta ya...

Toda la clase comenzó a reírse ruidosamente antes de que pudiera terminar la frase. Sara negó divertida, agitando la cabeza.

—Eso no se le pregunta a una dama, Billy.

El niño sonrió avergonzado, rasgándose la nuca. —Perdón, maestra.