Un vaquero Timido Capitulo 43 El amigo
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Capitulo 43 El amigo

Abby salió temprano del consultorio dental. Al ver que Emily y Cristian conversaban animadamente en la recepción, prefirió no hacerles mal tercio y decidió regresar a pie a la casa Morgan para disfrutar de la tarde.

Caminaba tranquila por la orilla del camino cuando un auto negro pasó a toda velocidad, levantando una ráfaga de aire que la tomó por sorpresa. Abby intentó esquivarlo lo mejor que pudo, pero pisó mal en la orilla y terminó tropezando para caer de lleno sobre un charco de lodo.

—¡Fíjate por dónde vas, salvaje! —gritó Abby con indignación, levantándose como pudo y sacudiéndose la ropa.

Al intentar dar el primer paso, sintió un desnivel instantáneo: el tacón de su zapato derecho se había quebrado por completo. Soltando un suspiro de resignación, comenzó a caminar poco a poco, cojeando sobre la tierra.

En la tienda de piensos y suministros del camino, John acababa de pagar las compras del rancho, como lo hacía habitualmente. Salió cargando un par de sacos cuando vio a lo lejos a una chica caminando con dificultad por la orilla de la carretera.

Mira qué bonita se ve esa chica..., pensó John de primer impacto, acomodándose el sombrero.

Al entrecerrar los ojos para enfocar bien la vista, la reconoció de inmediato. —espera... ¿no es Abby?

Dejó los sacos en la caja de su camioneta, encendió el motor y condujo despacio hasta alcanzarla a la orilla del camino. Bajó la ventanilla del copiloto y le sonrió con su habitual encanto vaquero. —¡Hey, preciosa! ¿Qué te pasó? ¿Quieres que te lleve?

Abby se detuvo y lo miró de arriba abajo con evidente desconfianza, cruzándose de brazos. Sin embargo, al sentir el lodo secándose en su ropa y ver lo lejos que aún estaba su casa, terminó cediendo con una sonrisa apenada. —Gracias, John... De verdad lo necesito.

Subió al asiento del copiloto y, mientras se acomodaban, le contó con frustración cómo un conductor imprudente la había hecho caer al lodo y romper su zapato favorito. —Bueno, no te preocupes —respondió John acelerando suavemente la camioneta—. Para eso estamos los amigos en este pueblo.

Abby miró por la ventana, soltando un leve suspiro cargado de sinceridad.

—La verdad es que a mí me cuesta mucho trabajo confiar en los hombres.

En el pasado tuve malas experiencias y nunca pude disfrutar bien de mi profesión ni de mi tranquilidad.

Ahora que por fin puedo ejercer mi carrera aquí sin presiones, lo último que quiero es volver a meterme en problemas amorosos.

John soltó una risa baja, comprensiva y relajada, sin presionarla en absoluto.

—Te entiendo perfectamente, Abby. Pero descuida, yo solo te ofrezco mi amistad sincera, nada más. Sin compromisos ni doble intención.

Abby lo miró a los ojos, sintiendo cómo la calidez y la honestidad de John le transmitían una paz inesperada. —Me parece perfecto —sonrió ella, mucho más relajada—. Trato hecho: podemos ser amigos.

Pocos minutos después, la camioneta se detuvo frente a la antigua casa Morgan. Abby bajó con cuidado y se apoyó en la puerta para despedirse. —Muchas gracias por el rescate, John. Me salvaste la tarde.

—Cuando quieras, amiga —le guiñó un ojo él con una sonrisa sincera antes de poner marcha atrás.

Abby permaneció de pie en el porche, sujetando su zapato roto, mientras observaba la camioneta de John alejarse por el camino de tierra, sintiendo que tal vez aquel vaquero era el primer hombre en mucho tiempo en quien realmente valía la pena confiar.