Capítulo 34 Aguanta un poco
En la antigua casa de los Morgan, la tarde transcurría con una paz contagiosa. Emily acababa de sacar la última carga de ropa de la vieja lavadora de tambor que descansaba en la esquina de la casa.
La máquina había rechinado durante todo el ciclo y, al terminar, soltó un último y dramático crujido metálico, pero todavía funcionaba a la perfección
Ella le dio unas palmaditas de agradecimiento en la tapa de lámina. —Aguanta un poco más, viejita, no te me vayas a descomponer ahora.
Tomó la canasta de plástico llena de ropa húmeda y miró alrededor. —Bueno... ahora solo falta tenderla al sol. Como la casa no contaba con secadora moderna, salió al patio trasero buscando los alambres de alambre galvanizado donde la difunta señora Morgan le había dicho que solía colgar la ropa.
Mientras iba sacando camisas, calcetines y toallas de la canasta, comenzó a cantar distraídamente para amenizar la tarea. —♫ Country roads... take me home... to the place I belong... ♫
Su voz sonaba alegre, llena de entusiasmo, pero definitivamente no afinaba en absoluto ni una sola nota, ella seguía completamente concentrada en su improvisado concierto al aire libre cuando una sonora, profunda y masculina carcajada rompió la tranquilidad del patio.
Emily dio un pequeño brinco del susto, soltando las pinzas de ropa, volteó inmediatamente hacia la calle al otro lado, tres casas más adelante sobre la acera de enfrente, estaba Cristian vestía unos pantalones deportivos negros, una camiseta gris de algodón que marcaba sus hombros y unos tenis blancos impecables, llevaba una botella de agua fresca en una mano y todavía seguía riéndose a mandíbula doliente.
Emily arrugó la nariz e hizo un pequeño y tierno puchero de indignación. —¡Oye! ¡Qué grosero eres! Porque no me dices que estás ahí… ¡Qué vergüenza!
Cristian levantó inmediatamente ambas manos en señal de paz, intentando en vano contener la risa que le arrugaba los ojos. —Perdón, perdón... lo intenté, de verdad intenté aguantarme. Emily cruzó los brazos sobre el pecho con actitud defensiva.
—¿Tan mal canto, doctor? Él le dedicó una sonrisa de lado, cargada de una sinceridad casi peligrosa. —Digamos que... —Se llevó una mano al corazón, adoptando un tono falsamente serio—. Los pájaros de los árboles dejaron de cantar solo para escucharte a ti.
Emily abrió mucho los ojos, indignada pero divertida. —¡Oye! ¡Qué pesado eres! Ya quisieras que te cantara una canción por las mañanas.
Christian soltó otra carcajada limpia. —Es broma, es broma, y claro que me gustaría que me cantaras por las mañanas porque para que eso ocurra necesitaría dormir contigo.
Ella negó, aguantándose la risa. —No lo creo, además te estabas burlando.
—Un poquito nada más —admitió él guiñándole un ojo. Emily terminó riéndose también, contagiada por su soltura mientras acomodaba una sábana blanca sobre el tendedero para extenderla, le preguntó con curiosidad: —¿Y tú qué haces por aquí a estas horas?
Cristian levantó la botella de agua que llevaba en la mano. —Voy a caminar un rato lo hago casi todas las tardes para despejar la mente después de la consulta.
Ella arqueó una ceja. —¿En serio? No te hacía pinta de deportista vespertino.
Él asintió con una sonrisa tranquila. —Cuando vivía en el rancho caminaba mucho entre los potreros, desde que me mudé a la casa del pueblo intento conservar la costumbre para no volverme sedentario.
Hubo un breve silencio entre los dos, acompañado solo por el rumor del viento en las hojas de los árboles. Entonces Christian habló con una timidez inusual en él, rascándose la nuca: —Si quieres... —Señaló la banqueta con la botella de agua—. Podrías acompañarme un rato.