Capítulo 32 Mi defensora
La conversación seguía fluyendo con total naturalidad mientras la luz cálida de la tarde se filtraba entre los ventanales de la terraza. Los libros y las notas escolares habían quedado temporalmente olvidados a un lado de la mesa.
Entre una anécdota del rancho y otra de la escuela, Ray y Sara reían como si se conocieran desde hacía muchísimo más que una simple semana, de repente ella le dio un sorbo a su café cappuccino, y se le quedo un poco de espuma sobre la boca, el de manera natural se la quito con un dedo el gesto tierno y a la vez intimo.
—¿Entonces…? Perdón ya se me olvido de que estábamos hablando…. ¿A si te preguntaba si una vaca realmente puede reconocer la cara de una persona? —preguntó Sara con auténtica atención, apoyando las manos sobre la mesa.
Ray asintió con una amplia sonrisa, acomodándose el sombrero para esconder la química sexual que había surgido de un gesto tan sencillo… carraspeo diciendo: —Claro. Tienen mejor memoria de la que muchos creen, saben quién las trata bien y quién no.
—Eso explica por qué las cuidas y defiendes tanto.
—Son mucho menos problemáticas que algunas personas, siempre me he llevado mejor con los animales que con algunos individuos, por ese motivo estudie veterinaria y no medicina como mi primo —bromeó el vaquero.
Sara sonrió de lado, mirándolo con coquetería. —Visto así, eso tiene todo el sentido del mundo, en ese preciso instante, una sombra pesada e inoportuna se detuvo junto a la mesa. —Vaya, vaya... Miren lo que me vine a encontrar.
Ray levantó la vista de golpe y su expresión de relajo cambió de inmediato a una de abierta molestia. —Bane que estás haciendo aquí...
Sara también volteó a mirar el recién llegado era un hombre alto, de complexión fuerte, vestimenta desprolija y una sonrisa exageradamente arrogante que inspiraba muy poca confianza. Sin pedir el menor permiso, jaló una silla de la mesa contigua y se sentó sin miramientos al lado de ellos.
Ray frunció el ceño con dureza. —Nadie te invitó a sentarte aquí, Bane.
Bane ignoró el comentario por completo, como si el veterinario fuera invisible, su atención estaba completamente puesta en la pelirroja. Le dedicó una sonrisa llena de una confianza falsa y condescendiente. —¿Y quién es esta preciosura que no había visto por el pueblo?
Sara no se inmuto; lo recorrió con una mirada fría y le respondió únicamente con una sonrisa sumamente cortés y distante.
Bane apoyó un brazo sobre la mesa, inclinándose invasivamente hacia ella.
—Oye, hermosa... Ray apretó los puños bajo la mesa; sabía de sobra que aquello no terminaría bien.
—...no pierdas tu valioso tiempo con este don nadie, conocí a su exmujer y decía que es un paleto de mierda que no sabe satisfacer a una mujer —Bane señaló a Ray con el pulgar por encima del hombro de forma despectiva—.
Yo puedo hacerte mucho más feliz de lo que podrías lograr jamás con este inútil de establo.
Ray empujó la silla hacia atrás con fuerza y se puso de pie de golpe.
—¡Oye! —Su voz resonó firme y contenida—.
¿Qué demonios te pasa? Y ¿Quién te crees que eres, para hablar así de mí?
Ya me tienen hasta la madre, que siempre sigan repitiendo esas estupideces…
si tienes algún problema conmigo, aquí estoy enfrente para que lo solucionemos…
No te tengo ningún miedo, puedo defenderme perfectamente…
. el que sea pacifista no significa que este pintado como si no te escuchara imbécil de cuarta… dijo Ray
Pero antes de que Ray pudiera dar un paso al frente o decir algo más... Sara también se levantó de su asiento. Ray la miró completamente sorprendido.
Ella dio un paso decidido hacia adelante, quedando cara a cara con el invasor. Y, sin el menor rastro de temor, comenzó a empujar de forma enérgica con el índice el pecho de Bane.
—Oye tú, pedazo de orangután... Otro pequeño y firme empujón que hizo retroceder a Bane en la silla. —...estúpido engreído. Bane borró la sonrisa de cuajo, parpadeando desorientado. —¿Perdón?
—¿Quién te crees que eres para venir a decirme a mí con quién debo o no salir?
—reclamó Sara elevando el tono de voz, otro empujón en el pecho—.
Porque a mí no me pareces en absoluto mejor que él, de hecho, te ves mucho peor, te lo puedo asegurar…
además no sé qué pretendes con venir a molestar, si ni siquiera te conozco idiota de mierda…
Lo señaló directamente a los ojos con la mirada encendida.
—Pero por lo que veo eres bastante patético.
El restaurante entero comenzaba a guardar un silencio sepulcral y varios clientes y las meseras observaban la escena con los ojos abiertos como platos.
Sara continuó sin bajar un solo decibelio de firmeza:
—Y por la forma tan vulgar en que acabas de comportarte... —Negó con la cabeza con evidente desdén—. Estoy casi segura de que en tu casa nadie te enseñó el más mínimo grado de buenos modales.
Bane abrió la boca para intentar articular una respuesta que le devolviera el control, pero ella simplemente no lo dejó hablar.
—De donde yo vengo... —Otro firme empujón que lo desestabilizó—.
...eso es una completa e inaceptable falta de respeto.
—Se cruzó de brazos con una elegancia imponente—.
Así que ahora mueve tu sucio trasero de esta mesa...
—Su mirada se volvió aún más helada y tajante—.
...y vuelve a sentarte únicamente cuando alguien te invite inmundo chimpancé.
Durante unos segundos eternos nadie en el restaurante dijo absolutamente nada. El aire podía cortarse con un hilo.
Bane miró alrededor, notando que varias personas lo observaban con evidente desaprobación y burlas contenidas.
Resopló con rabia y fastidio, sintiendo la cara arderle.
—Huy qué carácter... —masculló entre dientes.
Luego le dirigió una última mirada de odio a Ray—.
Esto no termina aquí, Petersen ya nos veremos pronto...
Giró bruscamente sobre sus talones y abandonó el restaurante tan rápido como sus piernas se lo permitieron. El silencio en el local duró apenas dos segundos.
Porque entonces... Ray soltó una carcajada tan sonora, limpia y desbordada que resonó por todo el lugar. Se llevó una mano al estómago sin poder dejar de reír, contagiando el ambiente.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Ray buscando aire.
Sara, al ver la reacción del vaquero, terminó riéndose a carcajadas también, relajando los hombros.
—¿Qué pasa? Ray intentó hablar entre risas, secándose una lágrima de la comisura del ojo.
—¡Es que le viste la cara! Nunca se esperó que tu reaccionaras de esa forma, venía a provocarme a mí, no a ti—Imitó la expresión de pasmo de Bane con mueca exagerada—.
¡Parecía que le acababa de pasar por encima un toro salvaje!
Varias personas del restaurante comenzaron a reírse también, contagiadas por la energía.
Incluso la mesera, que había observado todo contenida desde la barra, ocultó una amplia sonrisa detrás de la libreta de pedidos.
Sara volvió a tomar asiento con elegancia, sacudiéndose las manos. —Es que simplemente no soporto a los creídos —comentó tomando tranquilamente su taza de café—. Siempre asumen que pueden decir o hacer lo que se les venga en gana sin consecuencias.
Ray seguía sonriendo con abierta admiración mientras volvía a ocupar su asiento frente a ella. La observó fijamente durante unos segundos, fascinado. Después negó lentamente con la cabeza. —¿Sabes qué, Sara?
Ella levantó la vista, sosteniéndole la mirada con coquetería.
—¿Qué? Ray apoyó los brazos sobre la mesa, acercándose un poco más. —Jamás me habría imaginado que tenías semejante carácter guardado.
Sara arqueó una ceja divertida. —¿Ah, ¿no?
Él sonrió de lado. —la otra noche en el bar parecías la mujer más tranquila y dulce del mundo. Ella soltó una pequeña y encantadora risa. —Y lo soy... —Hizo una pausa dramática, guiñándole un ojo—. Hasta que alguien se pasa de la raya…
Ray volvió a reír con ganas. —Recuérdame nunca, en ninguna circunstancia, hacerte enojar a ti. Sara sonrió con franca picardía. —Mientras seas educado y te portes bien conmigo... —Le dio un pequeño sorbo a su café—... no tendrás ningún problema, vaquero.
Ray la observó unos instantes en silencio antes de decir con absoluta y profunda sinceridad:
—¿Sabes qué fue lo mejor de todo este espectáculo?
—¿Qué?
—Qué me defendiste. Sara se encogió de hombros con total naturalidad, como si no hubiera hecho nada fuera de lo común.
—Claro que lo hice. —Lo miró directamente a los ojos con una calidez que lo desarmó—. No iba a permitir que alguien te humillara o te faltara al respeto delante de mí.
Aquellas sencillas palabras hicieron que Ray guardara un silencio respetuoso. Sintió un cálido y reconfortante nudo en el pecho. No recordaba la última vez que alguien había salido en su defensa con semejante garra y convicción.
Sonrió con una pizca de timidez encantadora. —Gracias, Sara. De verdad.