Capítulo 30 Nervios
Ray miró el reloj del tablero por quinta vez en menos de diez minutos. Faltaban todavía treinta minutos para las cuatro de la tarde.
Resopló apoyando las manos en el volante, sintiendo el pulso acelerado.
—Estoy haciendo el ridículo más grande de mi vida...
Había cambiado de camisa dos veces antes de salir a toda prisa del rancho. Primero probó con una azul clara, luego intentó con una de cuadros oscuros.
Al final terminó eligiendo una camisa blanca de manga larga arremangada con estilo hasta los antebrazos, sus mejores botas de cuero bien pulidas y un sombrero negro perfectamente cepillado.
Hasta John había soltado una carcajada escandalosa al verlo salir de la casa grande:
—¿Seguro que vas a preparar una plática de veterinaria con la maestra, o vas a concursar para el vaquero más guapo del año? Ray solo le había lanzado una mirada fulminante antes de arrancar.
Ahora esperaba sentado en una de las mesas redondas de la terraza del restaurante del pueblo. Movía nerviosamente un pequeño sobre de azúcar entre los dedos, cambiándolo de mano una y otra vez. Cada vez que alguien pasaba caminando por la acera levantaba la cabeza de golpe. —Todavía no...
Cinco minutos después volvió a mirar el reloj de pulsera. —Vamos, Ray... relájate —se dio un pequeño golpecito con la palma en la frente—. Solo es Sara. No es una operación a corazón abierto.
Exactamente a las cuatro de la tarde en punto, una figura conocida y estilizada apareció al otro lado de la avenida. Ray levantó la vista. Y el tiempo pareció detenerse por completo.
Sara cruzaba la calle con una computadora portátil guardada bajo el brazo y un morral de tela lleno de libros colgando del hombro.
Vestía unos jeans azul oscuro que le asentaban a la perfección, botas vaqueras color café y una sencilla pero elegante blusa blanca de manga larga. Su largo cabello rojizo se movía suavemente con la ligera brisa de la tarde.
Ray olvidó incluso cómo respirar. «Dios mío... Es todavía más bonita vestida informal de cualquier de día». Sara levantó la vista, lo descubrió en la terraza y le dedicó una amplia sonrisa al reconocerlo.
—Hola, Ray, él reaccionó varios segundos después, sacudiendo la cabeza.
—Ho... hola, Sara. Se levantó de la mesa tan deprisa que chocó con el muslo y casi tira la silla hacia atrás. Ella soltó una pequeña y fresca risa.
—Creo que llegué justo a tiempo para evitar un accidente de tránsito en la terraza. Ray miró la silla tambaleante y se apresuró a enderezarla.
—Sí... —la acomodó inmediatamente—. Siempre recibo así a mis visitas importantes. Sara arqueó una ceja con coquetería divertida. —¿Las asustas antes de que se sienten?
—No. Normalmente me caigo de espaldas antes de que entren. Ella soltó una carcajada abierta. Ray, impulsado por los nervios, continuó hablando sin pensar demasiado:
—Una vez en la iglesia hasta saludé con un abrazo apretado a una señora creyendo que era mi tía... —Hizo una pausa dramática—. No era mi tía. Sara ya se reía abiertamente, apoyándose en el respaldo. —¿Y qué pasó después?
—Me abrazó de vuelta bien contenta. Ella se quedó inmóvil, sorprendida.
—¿en serio?
—Sí y después de un minuto de abrazo me preguntó con toda la calma del mundo quién era yo.
Sara se llevó una mano a la boca para contener la risa.
Ray siguió con el relato: —Y yo le respondí...
—Imitó su propia voz apenada de aquel día—: "Pues...
ya que nos estamos abrazando tan a gusto... soy Ray Petersen."
Sara terminó riendo con tantas ganas que tuvo que apoyarse en la mesa, contagiar a la mesa contigua. Ray la observó sonriendo durante unos segundos, disfrutando de su risa, y después dejó escapar un largo suspiro de alivio. —Perdón.
Ella levantó la mirada color miel, aun sonriendo.
—¿Por qué pides perdón? Él bajó un poco la cabeza, pasándose una mano por la nuca en un gesto de timidez genuina.
—Es que cuando me pongo nervioso... empiezo a decir puras tonterías sin filtro.
Sara dejó de reír gradualmente. Lo observó con profunda atención y ternura.
Ray continuó hablando con una sinceridad desarmante que ni él mismo esperaba sacar a flote: —La verdad...
—Sonrió con cierta vergüenza—. Soy un hombre muy tímido, en algunas cosas, sobre todo cuando no está John, Ella no dijo nada, escuchándolo atenta.
—Nunca sé exactamente cómo debo actuar cuando estoy a solas con una chica que me interesa.
Sara abrió ligeramente los ojos, sintiendo un vuelco dulce en el pecho. Ray rio con nerviosismo. —Generalmente mi hermano John está conmigo y como él habla hasta por los codos, hace bromas, rompe el hielo... Y yo solo... existo espero a su lado y las cosas fluyen naturalmente
Sara sintió una inesperada y cálida ternura por el vaquero, nunca en su vida había conocido a un hombre que admitiera una vulnerabilidad así con tanta honestidad y sin rodeos, los hombres con los que había tratado en la ciudad siempre intentaban parecer seguros, dominantes e incluso arrogantes, pero Ray era completamente diferente: transparente, noble y auténtico pero guapo como ninguno y precisamente por eso le resultaba irresistiblemente encantador y atractivo
Sonrió con profunda dulzura. —Pues creo que lo estás haciendo bastante bien hoy, Ray, él la miró sorprendido, alzando las cejas. —¿De verdad no te parece patético? La mayoría de las chicas huyen buscando otro tipo de hombres...
—Me encanta que seas tan transparente, y que no quieras esconder tu personalidad real... —Ella tomó asiento frente a él, acomodándose la blusa—. Además... —sonrió divertida—... tus bromas malas tienen un encanto especial.
Ray soltó una pequeña risa. —Eso no sé si tomarlo como un cumplido o una ofensa.
—Fue un cumplido, vaquero, y Créeme cuando te digo que nunca he conocido a nadie como tú.
El ambiente entre los dos se relajó por completo, pidieron dos cafés humeantes y unos pastelillos mientras abrían la computadora y los libros que Sara había llevado durante unos minutos hablaron con fluidez sobre la plática de prevención y cuidado animal que Ray daría en la escuela primaria, hasta que, casi sin darse cuenta, el ritmo de la tarde y la complicidad cambiaron el rumbo de la plática.
Ray apoyó los codos sobre la mesa, mirándola fijamente. —¿Puedo preguntarte algo personal, Sara? ella asintió, dando un sorbo a su taza. —Claro, lo que quieras.
—¿Cómo era tu vida antes de venir a este pueblo?
ella permaneció unos segundos en silencio y miró distraídamente las burbujas en su taza de café después habló con una voz tranquila, aunque teñida de una antigua melancolía: —Muy diferente a esto, trabajaba en un colegio importante de la ciudad tenía un plan de vida muy claro desde siempre, estuve a punto de casarme…
Ray levantó la vista, sinceramente sorprendido.
Sara sonrió con cierta amargura retrospectiva.
—Con mi novio de toda la vida. Duramos siete años juntos, creí que estaríamos juntos hasta envejecer.
Ray la escuchaba en absoluto silencio, sin interrumpirla.
—Faltaban solo unos cuantos días para la boda, ya estaba todo listo, vestido, ceremonia, incluso despedidas de soltera realizadas...
—Tomó aire—. Cuando unos días antes regresé antes de tiempo al departamento que compartíamos me habían dado un ascenso especial y mis compañeros de trabajo habían reunido dinero como regalo de luna de miel, y me lo acababan de dar, yo quería compartir mi alegría con él… cuando llegué…
Su sonrisa desapareció por completo. —Y los encontré a los dos en mi propia cama.
Ray sintió un nudo frío en el estómago y apretó levemente los puños sobre la mesa.
Sara continuó con entereza: —Él... estaba con mi mejor amiga, Luiza ella era mi compañera de clases en la universidad, y amiga de toda la vida desde la preparatoria.
Un silencio denso cayó entre ambos por unos segundos. Ray no sabía exactamente qué palabras usar ante semejante traición. Finalmente murmuró con voz grave: —Lo siento muchísimo, Sara. Ninguna persona merece algo así.
Sara sonrió con leve tristeza. —Lo peor de todo fue que nadie supo realmente por qué cancelé la boda de un día para otro. —Le dio vueltas lentamente a la cucharita del café—. Ni Emily. Ni Abby, hasta el día de hoy todo el mundo cree que me volví loca…
Ray frunció el ceño, confundido. —¿Nunca se los contaste a tus primas? Ella negó con la cabeza —Me daba demasiada vergüenza y dolor admitirlo, preferí decirles que simplemente habíamos terminado porque ya no funcionaba.
Ray permaneció unos segundos observando la honestidad en su rostro. Después preguntó con absoluta sinceridad y curiosidad: —Entonces... —Sara levantó la vista—. ¿Por qué me lo estás contando a mí?
Ella abrió la boca para responder con alguna explicación lógica, pero no salió ninguna palabra de sus labios parpadeó varias veces, procesando el momento. Después comenzó a reírse suavemente. —La verdad... no tengo la menor idea.
Ray sonrió de lado. —¿No? Ella negó entre risas ligeras, encogiéndose de hombros.
—Simplemente... se me salió del corazón, me sentí cómoda contigo.
Los dos terminaron riéndose juntos. Ray permaneció unos segundos pensativos, “Me alegro de que ese tiempo haya sido un idiota”, contemplando la confianza que ella acababa de depositar en él decidió corresponder a esa apertura con la misma moneda.
—Supongo que ahora me toca a mí confesarme.
Sara apoyó los brazos sobre la mesa, mirándolo con atención renovada.
—Te escucho, vaquero, él respiró profundamente, acomodándose en la silla.
—Mi última novia formal se llamaba Kenia,
Sara sonrió suavemente —Pues tenía un Bonito nombre.
—Si lo tiene. —Miró un segundo hacia la calle—.
Era una mujer muy hermosa, muy extrovertida...
Le encantaban las fiestas y la buena vida, al principio pensé que éramos felices juntos, le encantaba acompañarme cuando visitaba las ferias de rodeo que me contrataban para atender a sus animales, en las cuales había grandes empresas proveedoras, generalmente con fondos internacionales ilimitados que pagaban mis servicios bastante bien, pero cuando todo terminaba, y volví al rancho, intenté hacer una vida con ella aquí mismo.