Capítulo 29 El mensaje
Al día siguiente, cerca del mediodía, el sol brillaba en lo alto sobre los corrales del rancho Bulls Cowboys Ray terminó de revisar al último becerro enfermo, acariciándole el lomo con satisfacción al comprobar que la fiebre finalmente había cedido.
Se quitó los guantes de cuero, los arrojó sobre una valla de madera y sacó el teléfono del bolsillo trasero para consultar la hora. En ese preciso instante, la pantalla se iluminó acompañada por el característico sonido de una notificación.
WhatsApp. Una sonrisa instantánea se le dibujó en el rostro al leer el nombre del remitente.
Sara. Abrió el mensaje de inmediato.
Sara: Hola, Ray. 😊 Hoy tengo libre toda la tarde. Si todavía necesitas ayuda con la plática de veterinaria para la escuela, podemos reunirnos. ¿Te parece a las 4:00 de la tarde en el restaurante del pueblo?
Ray leyó el mensaje no una, sino dos veces consecutivas para asegurarse de que no estaba imaginando cosas. Sin darse cuenta, una sonrisa de oreja a oreja se adueñó de su rostro. Sus dedos volaron sobre la pantalla para responderle sin hacerlo esperar.
Ray: Me parece perfecto. Ahí estaré puntual. Gracias por ayudarme, maestra.
Apenas guardó el teléfono en el bolsillo, una sombra se proyectó a su lado. John apareció de la nada, apoyándose de forma relajada sobre la valla de madera con un sombrero de paja y los ojos brillándole de curiosidad.
—¿Quién te escribió que te puso esa cara de bobo? Ray levantó la vista, intentando recuperar la compostura rápidamente.
—Sara. John sonrió con pura picardía, inclinándose un poco más sobre la cerca.
—¿Ah, ¿sí? ¿Y qué quería la pelirroja? Ray intentó responder con la mayor naturalidad del mundo, cruzándose de brazos.
—Va a ayudarme con la plática de veterinaria que tengo que dar en la escuela la próxima semana. Me citó a las cuatro en el restaurante del pueblo.
John cruzó lentamente los brazos sobre el pecho. Una sonrisa enorme, descarada e inquisitiva apareció en su rostro. —Ajá... Ray arqueó una ceja, sospechando la tormenta de burlas que se avecinaba. —¿Qué?
—Nada, nada... —John seguía sonriendo con ironía—.
Solo me parece muy, pero muy interesante que, pudiendo verse en la escuela...
—Hizo una pausa dramática—. ...o en la biblioteca...
o incluso en la clínica veterinaria del rancho entre tus pacientes...
—Se acercó un poco más a su hermano, guiñándole un ojo—.
...te haya citado precisamente en un restaurante a solas.
Ray se quedó pensativo unos segundos, buscando una justificación lógica en su mente. —Bueno... Supongo que ahí podremos hablar más tranquilos mientras comemos algo.
John soltó una carcajada abierta que resonó por todo el establo. —Hermano... —Le dio una fuerte y afectuosa palmada en el hombro—. Eso de ahí se parece sospechosamente a una cita romántica disfrazada de trabajo.
Ray abrió mucho los ojos, poniéndose ligeramente rojo. —No exageres, John. Es simplemente para preparar una presentación con diapositivas para los niños.
John levantó ambas manos en gesto de paz, aunque la mirada burlona no desapareció de su rostro.
—Está bien, está bien. Llámale como quieras para no ponerte nervioso: "reunión de negocios", "comité pedagógico"...
como prefieras. —Comenzó a alejarse a paso lento hacia la casa grande, volviéndose a medias—.
Pero hazte un favor y ponte una camisa bonita.
De preferencia la azul que les gusta a las chicas.
Ray negó entre risas, sacudiendo la cabeza.
—Eres imposible, John, su hermano siguió caminando de espaldas sin volverse, elevando la voz para que lo escucharan los vaqueros cercanos: —¡Y por lo que más quieras, no vayas a llegar oliendo a establo ni a medicina de vaca! ¡Lávate hasta detrás de las orejas!
Ray observó cómo su hermano se alejaba riéndose solo, negando con divertida resignación.
Volvió a sacar el teléfono y miró una vez más el mensaje de Sara en la pantalla, sintiendo un calor reconfortante en el pecho.
Fuera una cita formal o simplemente una tarde de trabajo entre amigos, lo cierto era que contaba los minutos con una ilusión difícil de ocultar para que el reloj marcara por fin las cuatro de la tarde.