Capítulo 28 Mi salvador
Después del tenso encuentro en la calle, el ambiente dentro de la heladería del pueblo era un refugio fresco y acogedor. El aroma a conos de wofle recién hechos llenaba el lugar.
Ray y Sara se acomodaron en una mesa de madera al fondo, junto a la ventana. Entre ellos había un enorme tazón con tres bolas de helado, los pastelitos de la panadería y dos cucharas.
La adrenalina del momento se había transformado en una tensión completamente distinta: una electricidad coqueta y juguetona que ninguno de los dos intentaba disimular.
Sara tomó la primera cucharada de helado de vainilla y lo saboreó despacio, cerrando los ojos con un suspiro exagerado antes de fijar sus intensos ojos color miel en el vaquero.
—Tengo que admitirlo, salvador... Un helado y un caballero que aparece a marcar territorio es la mejor medicina para el susto. Ray sonrió de lado, apoyando los codos en la mesa e inclinándose un poco hacia ella, rompiendo la distancia.
—¿Marcar territorio? —repitió con esa voz grave que a ella le erizaba la piel—. Pensé que solo estaba defendiendo lo que vale la pena cuidar en este pueblo. Aunque... debo confesar que cuando vi a ese imbécil poniéndote la mano encima, me dieron unas ganas salvajes de enseñarle modales a la fuerza.
Sara arqueó una ceja, deslizando la punta de su lengua sobre el labio inferior de forma calculada.
—Vaya, vaya... Así que el tranquilo y educado veterinario tiene su lado salvaje guardado. Me gusta. Aunque no me dejes con la duda, Ray... ¿Llegaste por coincidencia o me estabas siguiendo? Ray soltó una risita baja y ladina, sosteniéndole la mirada sin pestañear un solo segundo.
—Te estaba buscando, no voy a negarlo. Llevo desde ayer en la noche pensando en el vestido de la fiesta... y en lo bien que te veías bailando conmigo, si eso es perseguirte, me declaro culpable.
Sara sintió un calor delicioso subirle por el cuello, pero lejos de amedrentarse, inclinó su cuerpo hacia adelante, quedando a escasos centímetros del rostro de Ray.
—Si vas a declararte culpable, hazlo bien —murmuró con tono sugestivo—.
Porque yo también me quedé pensando en cómo se sentían tus manos en mi cintura.
Y debo decirte que para ser un hombre "tan tranquilo", me sujetabas con bastante firmeza...
Ray apretó la mandíbula por un segundo, sintiendo el impacto directo del atrevimiento de la pelirroja.
Sus ojos azules bajaron un segundo hacia los labios de Sara antes de volver a chocar con los de ella.
—Te sujetaba como un hombre que no tiene ninguna intención de dejarte ir, Sara.
Y créeme... si estuvieras en mi rancho a solas conmigo y no en medio de una heladería a la luz del día, te darías cuenta de que puedo ser mucho más firme que eso.
Sara abrió levemente los labios, sorprendida y fascinada por la respuesta sin filtro del vaquero. Soltó una pequeña risa ahogada, llena de coquetería. —¿Eso es una amenaza o una promesa, Sr. Petersen?
—Es una advertencia —respondió Ray con una sonrisa maliciosa, tomando la cuchara para servirle un poco de helado directamente en la boca a ella—.
Porque si vas a seguir mirándome con esos ojos y provocándome de esta manera, vas a hacer que se me olviden todos los buenos modales que me enseñó mi madre.
Sara aceptó el helado de su mano, rozándole los dedos 'sin querer' al alejarse.
—Pues qué lástima... porque a mí me encantan los hombres educados, pero me fascinan los que saben exactamente cuándo perder los modales.
Ray soltó una carcajada baja, sacudiendo la cabeza mientras la miraba con absoluta fascinación. —Eres un peligro, Sara.
—Y tú estás a punto de descubrir qué tan peligroso puede ser jugar conmigo, vaquero.
Los dos se quedaron mirándose en silencio, compartiendo una sonrisa cómplice y cargada de anticipación. El helado comenzaba a derretirse sobre la mesa, pero ninguno de los dos tenía la menor prisa por romper la magia de ese juego en el que ambos estaban más que dispuestos a caer.