Un vaquero Timido Capitulo 27 El Centro de la ciudad
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Capitulo 27 El Centro de la ciudad

El pueblo transcurría con la tranquilidad de siempre bajo la luz dorada del atardecer, las tiendas de la calle principal comenzaban a cerrar sus puertas, los vecinos conversaban amablemente en las banquetas y el aroma dulce del pan recién horneado salía de la panadería local.

Sara caminaba despacio por la acera de madera, cargando una bolsa de libros en una mano y una pequeña caja de tizas de colores en la otra, había terminado de preparar las actividades escolares para la semana y aprovechaba el camino de regreso a la casa Morgan para disfrutar del aire fresco.

Sonreía sin darse cuenta, desde que había conocido a Ray y compartido aquella noche en el bar, su vida parecía sentirse mucho más ligera y esperanzadora, recordaba el mensaje de texto que él le había enviado temprano esa mañana: "No trabajes demasiado, maestra.

Alguien tiene que descansar por los dos. "

Ella soltó una pequeña risa contenida, apretando los libros contra su pecho. —Qué hombre tan tierno...

Absorta en sus pensamientos, no advirtió que alguien la observaba con mala intención desde el otro lado de la calle.

June Walker, un vaquero local conocido en la zona por su carácter arrogante, provocador y por beber siempre más de la cuenta, cruzó el camino a paso lento.

Era un hombre alto, corpulento y llevaba el sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos con tono desafiante. Se le plantó enfrente, bloqueándole el paso por completo.

—Buenas tardes, preciosa, que haces tan sola por esta calle. Sara levantó la vista de golpe, frenando en seco.

—Buenas tardes, señor —Intentó rodearlo por la derecha para seguir su camino. Él volvió a colocarse frente a ella con soltura molesta.

—¿Por qué tienes tanta prisa? Sara perdió la sonrisa de inmediato, adoptando una postura seria.

—Disculpa, pero tengo prisa y un compromiso tengo que irme. June sonrió de medio lado con evidente descaro.

—He oído por ahí que sales con Ray Petersen.

Ella prefirió no responder, manteniendo la barbilla en alto. —Dicen las malas lenguas que el veterinario ya te trae suspirando por los rincones del pueblo.

Sara mantuvo la calma, midiendo sus palabras. —Eso no es asunto tuyo en absoluto, June dio un paso invasivo más cerca, reduciendo la distancia. —Yo creo que sí lo es. Ella retrocedió un paso instintivo por seguridad.

—Con permiso. Él la sujetó suavemente del brazo para evitar que se fuera.

—Vamos, no seas tan seria, ¿eres la nueva maestra no es cierto? Las maestras suelen estar muy tensas y yo soy especialista en quitarles el estrés...

Sara retiró el brazo de inmediato con un movimiento firme y tajante. —No m0e toques.

June soltó una carcajada burlona y despectiva. —Vamos maestra de ciudad... Sé muy bien lo que quieres, todas las que han venido antes son iguales, les gusta la diversión y atención masculina, les encantan los vaqueros, así que no te resistas tanto.

Sara sintió un escalofrío amargo de indignación recorriéndole la espalda. —Te equivocas por completo. Y será mejor que te apartes de mi camino ahora mismo. Pero June volvió a invadir su espacio personal, acorralándola contra el marco de una tienda cerrada.

—No te hagas la difícil. Las mujeres siempre dicen que no al principio, pero luego les gusta sobre todo cuando gritan de placer, y yo soy especialista en hacerlas gozar...

Sara frunció el ceño con rabia contenida. —Te estoy diciendo claramente que me dejes en paz.

Él volvió a estirar la mano intentando tomarla de la cintura, pero antes de que sus dedos pudieran rozarla, una voz grave, helada y profundamente firme resonó justo detrás de él: —Será mejor que quites las manos de donde no te han dado permiso.

June giró lentamente la cabeza viendo a Ray estaba a solo un par de metros de distancia.

Había bajado de su camioneta tan rápido al ver la escena que ni siquiera se había quitado los guantes de trabajo de cuero.

Sus ojos azules estaban fijos e impenetrables en el sujeto.

No gritaba, no hacía aspavientos ni gestos innecesarios, pero su postura rígida era más que suficiente para que cualquiera entendiera que había llegado a su límite.

June sonrió con desprecio, intentando disimular el sobresalto. —Mira nada más quién llegó... ¿El veterinario al rescate, te recuerdo que todas tus antiguas mujeres han preferido mis caricias a las tuyas? O por lo menos eso decía Kenia cada vez que venía a buscarme al pueblo.

Ray caminó con paso decidido hasta colocarse físicamente entre Sara y el vaquero, cubriéndola a ella por completo. —Eso no tiene nada que ver con Sara, así que aléjate de ella.

June cruzó los brazos sobre el pecho. —¿Y si no quiero? Me encantan tus chicas, siempre son dulces e ingenuas al principio, pero luego se convierten en fuego puro en mis brazos, Esta no será la excepción.

Ray no apartó la mirada ni un solo milímetro de sus ojos. —Entonces métete con alguien de tu tamaño, ya que te encantan mis sobras, seguramente es conmigo con el que tienes problemas.

Hubo un silencio tenso e incómodo en la acera.

Ray dio un paso al frente, acortando la distancia con el provocador.

—Deberían haberte enseñado que esa no es la forma de conquistar a una chica sobre todo porque a una mujer...

—su voz sonó más firme y categórica que nunca— ...

no se le toca ni con el pétalo de una rosa.

Sara sintió cómo el corazón le latía con fuerza desbocada en el pecho, contemplando la espalda ancha de Ray. June soltó una risa burlona para no quedar mal. —¿Ah, ¿sí? ¿Y qué vas a hacer, Petersen? ¿Golpearme?

Ray negó despacio con la cabeza. —Espero no tener que hacerlo, pero si vuelves a acercarte a ella... —Sus ojos azules no se movieron un solo instante—. Te aseguro que no te va a gustar para nada cómo termina esto.

June observó a Ray detenidamente durante unos segundos eternos. Conocía de sobra la reputación de la familia. Todo el pueblo sabía que el veterinario era un hombre tranquilo y educado, pero también que cuando alguien amenazaba a su familia o a la gente que quería, era mejor no provocarlo.

Chasqueó la lengua con fastidio. —Qué aburridos son siempre los Petersen...

Te aseguro que si un día peleo contigo va a ser por alguien que valga la pena, no por una zorra que viene de la ciudad, te aseguro que lo vas a lamentar…

Se acomodó el sombrero con soberbia. —Nos veremos luego.

Dio media vuelta y se alejó a paso rápido calle abajo.

Ray esperó pacientemente hasta perderlo de vista al dar la vuelta a la esquina, solo entonces se giró hacia Sara, su expresión dura y amenazante desapareció por completo, reemplazada por una mirada de absoluta calidez y preocupación. —¿Estás bien?

Ella tardó unos segundos en responder, aun tratando de asimilar el susto de la confrontación. Finalmente asintió con la cabeza. —Sí... Gracias.

Ray la observó con evidente inquietud, dando un paso hacia ella.

—¿Te hizo algo? ¿Te lastimó? June es solo palabras, le gusta amedrentar a la gente, cree que así lo van a respetar, pero el respeto se gana con hechos, y si a eso le agregas que me odia desde que estábamos en el instituto…

creo que lo hizo como venganza contra mí, no por ti.

Ella negó con la cabeza, esbozando una pequeña sonrisa. —No. Llegaste justo a tiempo. Ray dejó escapar el aire de los pulmones lentamente, relajando los hombros. —Menos mal.

Sara lo miró a los ojos con infinita ternura. —¿Siempre apareces mágicamente en el momento justo? Él se rascó la nuca con cierta timidez, sonriendo un poco avergonzado.

—La verdad... venía a invitarte un helado a la plaza, Aunque ahora parece un motivo bastante débil… tenía ganas de verte. Ella soltó una carcajada limpia y sonora que disipó toda la tensión del momento. —¿En serio?

Ray levantó una pequeña bolsa de papel Kraft que llevaba agarrada con la otra mano. —Y también compré unos pastelitos recién horneados en la panadería.

Sara volvió a reírse, sintiendo cómo el miedo desaparecía por completo.

Sin pensarlo demasiado, dio un paso al frente, acortó la distancia y se lanzó a sus brazos para rodearle el cuello, Ray correspondió al abrazo con inmensa suavidad, conteniéndola contra su pecho.

—Gracias por defenderme, Ray eres mi héroe.

Él apoyó suavemente la barbilla sobre el cabello pelirrojo de ella, aspirando su aroma.

—No tienes nada que agradecerme, Sara. Se separó apenas lo suficiente para mirarla fijamente a los ojos, sosteniendo su rostro con delicadeza.

—Mientras yo esté cerca... nadie volverá a faltarte al respeto. Jamás.

Sara sonrió con el corazón acelerado. Por primera vez en mucho tiempo, aquellas palabras no le parecieron una simple promesa al aire de un hombre. Le parecieron una certeza absoluta en la que podía confiar con los ojos cerrados.