Capitulo 23 Te acompaño
La noche era fresca y estrellada una suave brisa movía las ramas de los viejos robles que rodeaban la plaza central las luces amarillas y cálidas de los faroles de hierro iluminaban las calles casi desiertas del pueblo, dándole un aire mágico y pacífico.
Cada pareja caminó hacia la camioneta que había ocupado al llegar, el motor del Mercedes de Christian rugió suavemente y arrancó, condujo en silencio durante unos minutos por la carretera despejada, Emily observaba por la ventana el tranquilo y sereno paisaje nocturno, sintiendo una paz que no experimentaba desde hacía meses.
—Este pueblo es realmente bonito de noche Cristian sonrió sin apartar la vista del camino, sujetando el volante con soltura.
—Siempre me ha gustado, tiene algo especial, cuando era niño venía en bicicleta hasta la plaza con mis primos a hacer carreras por las noches.
Emily lo miró de perfil, fascinada por sus recuerdos.
—Debe ser bonito crecer en un lugar así, donde prácticamente todos se conocen desde siempre.
—Tiene sus grandes ventajas —asintió Cristian con una sonrisa traviesa—. Y también sus evidentes desventajas porque donde te aparques, todo el mundo sabe que hiciste. Ella soltó una pequeña risa contenida, entendiendo a qué se refería.
—Ya me di cuenta de eso esta tarde, aquí las noticias vuelan y viajan demasiado rápido en esta zona. Los dos rieron juntos en la calidez de la cabina, disfrutando de la complicidad y del camino que los llevaba de vuelta a la antigua casa Morgan.
Al llegar a la antigua casa de los Morgan, las dos camionetas se estacionaron en fila sobre la grava frente al porche iluminado por la farola de la entrada.
El rugido suave de los motores se apagó casi al mismo tiempo, dejando paso al canto de los grillos y la brisa fresca de la medianoche.
Ray bajó primero de su pickup con la agilidad que lo caracterizaba y rodeó la camioneta a paso firme para abrir la puerta de Sara. Le ofreció la mano con una caballerosidad impecable.
Sara tomó su mano sintiendo el calor y la aspereza de su piel de trabajo, mirándolo a los ojos con una chispa coqueta.
—Gracias, Ray me la pase muy bien esta noche.
—Ha sido un placer, te daré mi número por si algo se te ofrece—respondió él en voz baja, sosteniendo el agarre un segundo más de lo necesario antes de soltarla con lentitud, abrió su cartera y le dio una tarjeta
John hizo exactamente lo mismo con Abigail desde la otra camioneta, guiñándole un ojo con sazón al ofrecerle el brazo para ayudarla a bajar del estribo alto. —Hasta mañana, nena, y que no sueñes con vaqueros atrevidos. Abigail sonrió con cierta timidez, sintiendo un leve rubor en las mejillas.
—Hasta mañana, John.
Christian caminó a paso tranquilo junto a Emily hasta los primeros peldaños de la entrada de madera, aislados por unos metros del resto, durante unos segundos permanecieron en un silencio cargado de una electricidad sutil pero innegable.
Emily fue la primera en romper el hechizo, acomodándose la chamarra de mezclilla sobre los hombros. —Gracias por invitarme, doctor.
Christian negó suavemente con la cabeza, manteniendo esa mirada profunda que a ella le aceleraba el pulso. —Gracias a ti por aceptar. La verdad... la noche no habría sido la misma sin ti. Ella le dedicó una enorme y brillante sonrisa, dando un pequeño paso hacia él.
—Fue una noche maravillosa. —Le sostuvo la mirada sin pestañear, bajando un matiz la voz—. Espero que se repita pronto. Christian sintió que una sonrisa sincera y satisfecha aparecía sola en su rostro, fascinado por la audacia de la enfermera. —Yo también, tenlo por seguro.
Hubo un breve e intenso instante en el que ninguno de los dos supo qué decir, suspendidos en el magnetismo del momento, con las ganas de acortar la distancia. Finalmente, Emily rompió el silencio con dulzura para no perder la compostura. —Buenas noches, Cristian.
—Buenas noches, Emily. Ella subió los escalones y entró en la casa junto con Abigail y Sara, que ya la esperaban cerca del marco de la puerta, las tres se volvieron una última vez antes de cerrar para despedirse agitándole la mano a los tres vaqueros.
Los tres primos respondieron al saludo elevando la mano hacia el ala de sus sombreros antes de dar media vuelta y subir nuevamente a las camionetas con una sonrisa imposible de borrar.