Un vaquero Timido Capítulo 19 Pista de Baile
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Capítulo 19 Pista de Baile

Las luces del Longhorn Salón se atenuaron ligeramente, bañando la madera gastada de la pista en un tono cálido y festivo el grupo que tocaba sobre el escenario terminó los últimos acordes de una balada y el vocalista tomó el micrófono con entusiasmo contagioso.

—¡Esta noche quiero ver la pista llena, mi gente! ¡A mover esas botas!

Los primeros acordes de una animada y contagiosa canción country comenzaron a resonar por las bocinas. Las conversaciones en las mesas se mezclaron con chiflidos y aplausos entusiasmados. Varias parejas se levantaron casi al mismo tiempo, arrastrando las sillas.

John miró de reojo a Abigail, Sonrió de lado, con esa mirada coqueta que no ocultaba sus intenciones, y se inclinó un poco hacia ella. —¿Me concedes esta pieza?

Abigail abrió mucho los ojos, tomándolo por sorpresa y llevándose una mano al pecho.

—¿Yo?

—Sí, tú. ¿Ves a alguna otra odontóloga hermosa en esta mesa? Ella soltó una risa nerviosa, mordiéndose el labio.

—Tengo que advertirte algo antes de que te arrepientas.

—¿Qué cosa?

—No sé bailar country. Ni un solo paso. John se levantó de la silla con absoluta elegancia y le tendió la mano abierta. —Me alegro, así podré enseñarte como realmente bailan las mujeres vaqueras. Y no tendré que corregirte después

Ella lo miró confundida, arqueando las cejas y comenzó a reírse ante la soltura del administrador. —¿Y quién dice que tú sabes bailar tan bien?

John fingió ofenderse enormemente. Se llevó una mano al corazón, apretando los labios con dramatismo. —Señorita... —Hizo una exagerada e impecable reverencia de caballero—. Está usted hablando con un auténtico cowboy texano graduado con honores en la pista.

Ella arqueó una ceja, divertida por el espectáculo. —Eso está por demostrarse.

John sonrió con pura picardía, manteniendo la mano extendida.

—Ven y lo descubrirás...aunque te advierto que esta actividad no es para cualquiera, podrías desmayarte de la sensación.

Abigail dudó apenas un instante, sintiendo el impulso de dejarse llevar.

Finalmente puso su mano sobre la de él, notando el contraste de su piel cálida.

—Si hago el ridículo me las vas a pagar...

—Lo haremos juntos cariño. Ella soltó una carcajada limpia. —Tratado hecho. John la condujo de la mano hacia el centro de la pista con una seguridad que le robó un suspiro.

Ray observó cómo su hermano y Abby desaparecían entre la multitud que ya empezaba a coordinar pasos, después volvió la vista hacia Sara. La pelirroja seguía el ritmo alegre de la música dando pequeños golpecitos con la punta de la bota contra el suelo, luciendo espectacular en su vestido rojo vino.

Ray respiró hondo, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. «Vamos, Ray... solo pregúntale, no va a morderte». Se puso de pie, ajustándose el sombrero. —Sara.

Ella levantó la mirada color miel, encontrando los ojos del veterinario. —¿Sí?

Ray extendió la mano con una timidez encantadora que a ella le pareció ridículamente atractiva. —¿Te gustaría bailar conmigo? Sara sonrió de inmediato, sin pensarlo dos segundos. —Me encantaría.

Ray sintió que todos los nervios que le oprimían el pecho desaparecían de golpe con aquella respuesta. Ella tomó su mano con firmeza y caminaron juntos hacia la pista, antes de alejarse, Sara volvió la cabeza hacia la mesa, con una chispa de travesura en el rostro. —¡Emily!

Su prima levantó la vista, sorprendida por el llamado. —¿Qué pasa?

—¡No te quedes ahí sentada viendo pasar la noche! —Miró fijamente al doctor, guiñándole un ojo de forma hilarante—. Doctor... —sonrió divertida—. Llévela a bailar. Christian casi se atragantó con el trago de refresco que acababa de dar. —¿Yo?

Sara soltó una risa fresca antes de ser arrastrada por Ray a la pista. —Sí, tú. Sin pretextos o ¿Los médicos no bailan?

Emily escondió una sonrisa entre los labios, sintiendo el calor en las mejillas. Christian carraspeó para recuperar la compostura, dejándose llevar por el momento. —Bueno... —Miró a Emily con una mezcla de caballerosidad y coquetería—. ¿Te gustaría?

Ella asintió, dedicándole una mirada brillante. —Claro.

Christian respiró profundamente, acomodándose la camisa.

Los dos caminaron con calma hacia la pista, buscando un espacio entre las parejas, la tomó entre sus brazos y dejo que la música que llenaba todo el salón le agregara una energía vibrante, que lo hizo sonreír, mientras sentía como la cabeza de Emily se posaba en su hombro, John ya intentaba enseñarle a Abigail los primeros movimientos básicos de conteo y se escuchaba al fondo —Uno... Dos... Tres.

En el "tres", Abigail dio un paso en falso y pisó accidentalmente con el tacón de su bota la punta del calzado de John. —¡Ay! John hizo una mueca de dolor tan exagerada y teatral que casi se dobla por la mitad. —Creo que acabo de perder un dedo. Llama a un cirujano.

Ella comenzó a reírse a carcajadas, cubriéndose la boca. —¡Te dije que no sabía! Te lo advertí, y tu dijiste que eras un experto en este tipo de baile… —No importa —John le sonrió de lado, volviendo a tomarla de la cintura con suavidad—. Ya aprendiste el paso más importante de todos. —¿Cuál es ese?

—Pisarme sin piedad. Los dos estallaron en carcajadas, pegándose un poco más al ritmo de la música.

Muy cerca de ellos, Ray colocó una mano con extremo cuidado y respeto sobre la cintura de Sara, sintiendo la tela suave del vestido color vino. —¿Así está bien? Ella asintió, mirándolo a los ojos desde muy cerca. —Excelente.

—Es que no quiero incomodarte. Sara sonrió con genuina dulzura, acomodando su mano sobre el hombro ancho de él.

—No lo haces en absoluto, Ray. La canción tenía un ritmo alegre, pero sencillo de seguir para su sorpresa, la guiaba con una soltura y seguridad envidiables.

—Bailas muy bien —reconoció ella, dejando que la llevara en un giro suave. Él negó con modestia, sintiendo las orejas rojas bajo el sombrero.

—Solo llevo haciéndolo desde que era niño en las fiestas del rancho. Sara lo observó con profunda curiosidad y fascinación.

—¿Siempre viviste aquí? ¿Nunca te han dado ganas de mudarte hacia otro sitio?

—Toda la vida he estado en este rancho no conozco otro mundo, y no tengo ningún interés de irme, aquí tengo todo lo que me hace ser feliz.

—Entonces entiendes este lugar y a su gente mejor que nadie. Ray sonrió de lado, modesto.

—Supongo que sí, Sara siguió el ritmo balanceándose con él, mirándolo fijamente a los ojos.

Sus miradas se encontraron intensamente apenas un instante, sosteniendo una chispa silenciosa antes de continuar girando al compás de la guitarra.

A unos metros de distancia... Christian y Emily permanecían completamente inmóviles en medio del bullicio. Los dos observaban en silencio cómo el resto de las parejas ya bailaban fluidamente a su alrededor.

Finalmente, Christian rompió el hielo y habló cerca de su oído para vencer la música. —Tengo que confesarte algo grave, preciosa.

Emily sonrió, mirándolo de reojo con picardía. —A ver... ¿qué sucede?

Él bajó un poco la voz, adoptando una expresión falsamente seria. —Bailar no es precisamente mi mayor talento, de hecho, es mi peor pesadilla como lo han notado, lo he hecho a fuerzas siempre, simplemente no me gusta mucho.

Ella lo miró con absoluta diversión. —¿Tan malo eres?

Yo veo que lo haces bien Christian hizo una mueca de autocompasión.

—Soy pésimo sobre todo comparado con mis primos, y cuando digo eso es demasiado.

Mis pies no responden a mi cerebro cuando hay música, aunque sepa disimularlo lo mejor posible.

Emily soltó una carcajada espontánea y encantadora.

—Qué alivio tan grande, me quitas un peso de encima. Él la observó confundido, ladeando la cabeza.

—¿Por qué alivio? Ella levantó ligeramente la punta de su bota blanca. —Porque yo tengo dos pies izquierdos de nacimiento no quería decírtelo porque me da vergüenza, por eso nunca lo hago, a menos que me obliguen mi hermana o mi prima.

Christian comenzó a reírse abiertamente, relajando los hombros. —¿En serio?

—Completamente. Soy un peligro en la pista, mis parejas de baile siempre terminan pisoteadas por mis tacones.

—Entonces estamos en graves problemas, Emily asintió con absoluta e impostada seriedad. —Graves e irreversibles problemas, doctor. Los dos permanecieron en silencio un segundo, contemplándose, y después comenzaron a reírse al mismo tiempo, disipando cualquier rastro de timidez.

Christian respiró hondo, disfrutando de la risa de ella. —Bueno... —Le ofreció la mano con caballerosidad—. Si vamos a hacer el ridículo frente a todo el pueblo... Emily colocó su mano sobre la de él, sintiendo una corriente cálida recorrerle el brazo. —Será juntos.

Él sonrió con una calidez que le iluminó los ojos. —Eso suena mucho mejor.

Con extrema cautela, colocó una mano sobre la cintura de Emily, mientras ella apoyaba la otra sobre su hombro. —¿Lista para el desastre?

Emily sonrió. —Claro, dieron el primer paso. Christian se equivocó de dirección hacia la izquierda, Emily intentó corregirlo hacia la derecha y ambos terminaron chocando suavemente, cuerpo contra cuerpo. —Perdón —dijeron exactamente al mismo tiempo.

Volvieron a estallar en risas, disculpándose con la mirada.

Un par de intentos torpes después, entre tropezones y bromas, lograron finalmente encontrar un ritmo propio.

No era un baile perfecto, ni mucho menos digno de una competencia elegante; pero las risas compartidas y la cercanía hacían que ninguno de los dos estuviera remotamente preocupado por los pasos.

Desde una mesa cercana, Rosy observó la escena con una sonrisa amplia mientras servía unas bebidas en la bandeja.

Sonrió para sí, negando con la cabeza. —Creo que esos dos necesitan urgentemente varias clases particulares de baile...

Grant, que acababa de llegar a su lado y se apoyaba de forma relajada en la barra de madera, siguió su mirada hacia la pista.

—Tal vez —coincidió el capataz en voz baja. Luego miró a Rosy y le sonrió con profunda complicidad—. Pero también creo que a ninguno de los dos le importa demasiado equivocarse de paso.

Y tenía toda la razón del mundo. Porque mientras John y Abigail no dejaban de lanzarse bromas pesadas entre paso y paso, Ray y Sara conversaban cada vez con más soltura y cercanía, y Christian y Emily se reían por cada choque torpe de botas, la pista del viejo bar parecía tejer poco a poco los destinos de tres parejas que apenas comenzaban a descubrir todo lo intenso que podían llegar a sentir las unas por las otras.