Capítulo 17 Ahi vamos #2
Un cosquilleo cálido me recorrió el vientre de ella de golpe, luego lo miro a los ojos, dejando que la coquetería tomara por completo el control de la conversación.
—¿Ah, ¿sí? —soltó con tono dulce y burlón—.
¿Y eso por qué motivo es?, yo creo que es porque pretendes tenerme en posición horizontal al terminar la noche.
Christian se tensó un segundo por el atrevimiento, pero no tardó ni dos pestañeos en recoger el guante que ella le lanzó y le devolvió una sonrisa maliciosa, con un brillo descaradamente pícaro en los ojos.
—Bueno... dicen que el reposo en cama es el mejor remedio para cualquier paciente, y yo soy un médico muy dedicado a su trabajo.
La respuesta fue tan rápida y sugerente que los dos terminamos rompiendo en una carcajada cómplice que llenó cada rincón del auto, disipando cualquier rastro de timidez mientras el Mercedes avanzaba por la carretera hacia el bar.
Unos minutos después, con los motores rugiendo en medio de la tranquilidad de la noche, las dos camionetas emprendieron el camino de grava hacia las luces del pueblo, listas para la gran noche en el bar.
La propuesta escondida de Luke
El bar Longhorn Salón era el lugar más concurrido de toda la región los fines de semana porque la música country de guitarras y violines sonaba desde una vieja rockola iluminada en la esquina, mientras que sobre un pequeño escenario de madera un grupo local afinaba instrumentos antes de comenzar la presentación de la noche.
Vaqueros con enormes sombreros de fieltro y camisas a cuadros ocupaban casi todas las mesas algunos jugaban billar entre risas y tiza en los tacos, mientras otros conversaban animadamente apoyados en la barra de madera mientras bebían cerveza helada.
El ambiente era alegre, ruidoso y profundamente familiar.
Cuando el grupo recién llegado cruzó el umbral, Rosy levantó inmediatamente la mano desde la barra, destacando entre el bullicio.
—¡Por aquí! —Se acercó sonriendo con agilidad entre los parroquianos—. Les aparté una mesa grande junto a la pista.
—Gracias, Rosy —dijo Christian, encabezando el grupo.
Ella los condujo hasta una mesa redonda de madera rústica ubicada en un lugar privilegiado, cerca de la pista de baile, mientras todos tomaban asiento y acomodaban las chaquetas en los respaldos, Rosy miró alrededor, contando mentalmente las sillas, frunció ligeramente el ceño.
Justo en ese momento, las puertas batientes del bar volvieron a abrirse y por ellas entró un hombre alto, de hombros anchos y porte firme, vistiendo una camisa vaquera impecablemente limpia y un sombrero de copa baja.
Se quitó el sombrero con respeto al ver a la comitiva y se acercó a la mesa con paso decidido.
Al verlo llegar, Rosy contuvo el aliento por un segundo y una leve sonrisa sonrojada se adueñó de su rostro. —Miren nada más quién decidió aparecer —dijo Ray con tono burlón, saludándolo con un ademán de cabeza—. El mismísimo capataz del Rancho
Grant le dedicó una leve inclinación de cabeza al grupo y luego clavó sus ojos oscuros directamente en Rosy, se acercó a ella con total soltura y apoyó una mano en el respaldo de la silla contigua.
—Lamento la demora —dijo Grant con una voz grave pero cargada de calidez—. Se me complicó el cierre en el potrero norte... pero no pensaba perderme esto por nada del mundo.
Rosy intentó poner cara de mesera estricta, cruzó los brazos sobre el pecho y levantó una ceja.
—Pensé que te habías arrepentido, Grant, ya estaba a punto de darle tu silla a cualquiera de estos vaqueros ruidosos.
Grant soltó una sonrisa de lado, sumamente atractiva y relajada, inclinándose apenas un par de centímetros hacia ella para hablarle en un tono más íntimo que hizo sonreír a todos de inmediato.
—Sabes perfectamente que eso no va a pasar, princesa —dijo Grant, guiñándole un ojo con desfachatez—. Ni, aunque me pongas a trabajar el triple de lo que hago en el rancho y sin paga. Además, no dejaría que te divirtieras sola... con lo peligroso que es dejarte suelta un sábado por la noche.
—¡Oye! —exclamó Rosy, dándole un leve empujón en el brazo mientras las mejillas se le ponían de un rojo encendido—. ¡A mí no me andas amenazando con el trabajo que dices que hacer por ayudarme, y no me andes diciendo 'princesa' frente a los clientes!
—No son clientes, son los Petersen —respondió Grant soltando una risita muy baja—. Y tú sabes que aquí la única que manda de verdad eres tú, princesa.
Luke, que observaba la escena mientras se acomodaba el saco, soltó un silbido bajo. —¡Miren nomás al capataz! Qué romántico nos salió el muchacho.
—Cállate, Luke —dijo Rosy rindiéndose y dejando escapar una sonrisa radiante luego miró a Grant y señaló la silla vacía—. Siéntate de una vez antes de que te arrepientas y te traiga una limonada sin azúcar para que te bajes lo hablador.
—Tú me sirves lo que quieras, que yo me lo tomo encantado —retó Grant con voz suave y pícara, tomando asiento a su lado mientras la miraba como si no hubiera nadie más en el bar.
John le dio un empujoncito a Ray por debajo de la mesa, y todos rieron cómplices. La química entre Rosy y el nuevo capataz era innegable, y la noche, entre risas y coqueteos, no hacía más que ponerse mejor.
—¿Luke y Mónica no vienen con ustedes? Preguntó Rosy de repente
Christian negó con la cabeza, tomando asiento. —Todavía no salían del rancho cuando nos venimos.
—Qué raro... —Rosy consultó discretamente el reloj de pulsera que llevaba—. Se supone que llegarían antes para afinar unos detalles.
Ray sonrió con esa expresión pícara y descarada que siempre anunciaba una tontería monumental. —Es que... Todos en la mesa lo miraron de inmediato, intuyendo el desastre. Él, sin inmutarse, bebió un poco de agua con absoluta y calculada tranquilidad.
—Seguramente están haciendo a mis sobrinos, últimamente no se pueden quitar las manos de encima …
John cerró los ojos, sobándose el puente de la nariz. —Ay, no... mejor ni digas eso porque mi padre le va a terminar dando un balazo entre ceja y ceja a Luke
Christian le lanzó una mirada fulminante, con tono de reprimenda: —Ray...
Sara abrió mucho los ojos por la ocurrencia antes de soltar una carcajada limpia que contagió a los de al lado, Emily se llevó una mano a la boca para esconder la risa, mientras Abigail negó divertida, sacudiendo la cabeza.
Rosy, sin pensarlo dos veces, le lanzó una servilleta de papel directamente a la cabeza de Ray.
—¡Qué bárbaro eres! Si te escucha Mónica te va a querer golpear…
Ray levantó inmediatamente ambas manos en señal de rendición total. —¡Era una broma!
John negó con la cabeza, riendo por lo bajo. —Algún día papá te va a desheredar, hermano, lo cual es bueno para mí, porque me tocara más en la repartición…
—Pero mientras tanto fue gracioso, no lo puedes negar, y sabes que digo la realidad ¿Que acaso ya no te acuerdas de hoy por la mañana? —se defendió el vaquero con una ceja arriba.
Christian suspiró resignado, aunque una sonrisa asomaba en sus labios, tapándose el rostro —No puedo creer que seamos familia, ¡qué vergüenza! y lo dices ante las chicas… Todos terminaron riendo, rompiendo por completo cualquier atisbo de rigidez, Rosy sonrió satisfecha.
—En vista de que no han llegado voy por las bebidas, pero si llegan Luke y Mónica, les aviso de inmediato.
—Gracias —dijeron al mismo tiempo.
Cuando ella se alejó hacia la barra, comenzaron a acomodarse en la mesa. Ray, como todo un caballero educado por la escuela tradicional de su madre, caminó alrededor de la mesa y retiró una silla con elegancia. —¿Me permites?
Sara sonrió, gratamente sorprendida por el gesto atencioso del vaquero. —Gracias. Ella tomó asiento, acomodándose el vestido rojo vino, Ray empujó suavemente la silla para acercarla a la mesa antes de sentarse justo a su lado, impregnando el espacio con su loción.
Sara le dedicó una sonrisa sincera y coqueta. —Qué atento eres, Ray bajó ligeramente la mirada, un poco avergonzado pero encantado por el cumplido. —Mi mamá dice que los buenos modales nunca pasan de moda.
Sara sonrió aún más, acomodándose un mechón de su melena roja. —Tu mamá tiene toda la razón.