Capítulo 17 Ahi vamos
Las dos camionetas avanzaron por el camino de grava, haciendo crujir las pequeñas piedras bajo las llantas hasta detenerse frente a la antigua casa de los Morgan, la iluminación cálida del porche le daba al viejo edificio un aire acogedor que no tenía unos días atrás.
Ray apagó el motor de su pickup y se acomodó el sombrero frente al espejo retrovisor, asegurándose de que el cabello quedara bien peinado. John hizo lo mismo desde la otra camioneta, revisando su reflejo en el cristal antes de bajar.
Pero Christian descendió primero del vehículo, ajustándose las mangas de la camisa para preguntarles: —¿Listos?
—Desde hace rato —respondió John, dando un par de pasos hacia la entrada.
Ray respiró hondo, llenando el pecho de aire helado para intentar calmar los latidos irregulares de su corazón. —No sé por qué estoy nervioso, ni siquiera la conozco realmente…
John le dedicó una sonrisa cargada de pura burla.
—Porque no tienes una cita desde hace 2 años, y estás completamente oxidado ...
Ray le dio un ligero codazo en el brazo, fulminándolo con la mirada.
—Cállate. Los tres caminaron a paso firme hasta el porche de madera.
Christian se acercó y dio tres golpes suaves a la puerta.
Unos segundos después el cerrojo giró y apareció Abigail quien llevaba un vestido verde oscuro de tela suave que resaltaba de inmediato el tono de sus ojos y unas botas vaqueras color miel con costuras sutiles.
Al abrir la puerta, los recorrió con la mirada y les dedicó una cálida sonrisa. —Buenas noches, chicos.
Los tres respondieron prácticamente al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado: —Buenas noches.
Abigail sonrió divertida ante la sincronía de los vaqueros. —por favor pasen. Christian negó con la cabeza amablemente, prefiriendo quedarse al aire libre para no incomodar. —Las esperamos aquí.
Ella asintió con comprensión y se volvió hacia el interior del pasillo iluminado y levantó un poco la voz. —¡Sara! ¡Emily! ¡Ya llegaron!
—¡Bajo en Cinco minutos! —respondió la voz de Sara, resonando desde el segundo piso con el eco característico de la casa. John levantó una ceja con ironía. —Eso significa quince….
Abigail soltó una carcajada limpia que hizo sonreír a John. —Pues si… más o menos.
Emily apareció primero en el pasillo, acomodándose un collar sencillo, llevaba un vestido azul claro hasta las rodillas que le daba un aire muy fresco, acompañado por una chamarra de mezclilla ajustada y unas botas blancas relucientes.
Christian sonrió de inmediato al verla, con un brillo distinto en los ojos. —Te ves muy bonita.
Emily sintió que sus mejillas se calentaban en un rubor repentino, pero le sostuvo la mirada. —Gracias, tú también luces muy guapo...
En ese preciso momento, la madera de las escaleras volvió a crujir y Sara bajó a paso firme vestía un ajustado vestido color rojo vino que moldeaba su figura con absoluta elegancia y contrastaba de forma espectacular con su largo cabello rojizo en ondas, unas botas negras de tacón bajo completaban el conjunto, dándole una presencia imponente.
Ray dejó de respirar por un instante, completamente paralizado en su sitio, mientras John observó de reojo a su hermano, notando la cara de atontado que tenía, y sonrió victorioso para sí.
—¿Nos vamos? —preguntó Sara con total naturalidad, haciendo sonar sus botas al pisar el porche.
Christian tomó la palabra para organizar la logística del viaje. —Como somos muchos, cada uno trajo su auto... —Señaló las camionetas estacionadas en la entrada—. Emily viene conmigo si estás de acuerdo. Ella asintió con agrado. —Claro me parece perfecto.
—John. —Miró a su primo—. Tú vas con Abby si estás de acuerdo… John sonrió con absoluta satisfacción, abriéndole paso a la joven dentista. —Con mucho gusto.
Christian terminó mirando a Ray, que parecía estar recuperando el aliento. —Y Sara irá contigo primo. Ray carraspeó para aclararse la garganta y disimular el nerviosismo. —Sí... Claro. Sara lo miró a los ojos y le dedicó su sonrisa más encantadora. —A mí me parece bien.
«Vaya... así que me tocó con el vaquero guapo del sombrero negro», pensó Sara, sintiendo cómo las mejillas le ardían ligeramente mientras él se adelantaba para abrirle la puerta.
«Míralo, intentando ponerse serio cuando se nota a kilómetros que le tiemblan las manos. Es ridículamente atractivo... y esa sonrisa de lado me pone la piel de gallina».
Sin embargo, al apoyar el pie en el estribo de la camioneta, una punzada fría y punzante le atravesó el pecho de golpe, congelándole por un segundo la sonrisa.
«Espera... ¿qué estoy haciendo?», se cuestionó a sí misma, con un nudo atenazándole la garganta mientras el fantasma del pasado reaparecía sin aviso.
«Es la primera vez que me subo al coche de un hombre que no es Jordan... Dios mío. Todavía me parece un sueño haberlo dejado plantado, después de haberlo descubierto revolcándose con Luiza. La única persona en la que confiaba y mi "mejor amiga"... me rompieron en mil pedazos».
Apretó el bolso contra su regazo mientras Ray rodeaba el vehículo para subir al asiento del conductor.
«¿De verdad estoy lista para esto? ¿Y si todos los hombres terminan siendo la misma basura mentirosa que Jordan? No puedo volver a pasar por el mismo infierno... No quiero que me vuelvan a lastimar».
Pero entonces, Ray subió a la cabina, la miró con absoluta caballerosidad, impregnando el aire con su loción y esa timidez tan sincera que no tenía ni una gota de fingimiento.
Sara respiró hondo, expulsando el aire despacio. «Tranquila, Sara... Jordan quedó atrás, bien enterrado en la ciudad. Ray no es él. Este vaquero se ve real, es transparente, date una oportunidad, aunque sea solo por esta noche... vamos a ver a dónde nos lleva este camino».
En el otro extremo del patio John y Abby decidieron subir a la camioneta y al escuchar el chasquido de las puertas cerrarse, la cabina pareció volverse de pronto demasiado pequeña. Un frío helado le recorrió la espalda al sentir cómo los fantasmas de su pasado regresaban sin permiso.
«Tranquila, Abigail, respira...», se dijo a sí misma en un susurro mental, apretando la correa de su bolso hasta que los nudillos se le pusieron blancos. «No estás sola, tus hermanas están cerca.
Pero... ¿y si Samuel me está buscando? ¿Y si ese psicópata aparece de la nada?
El acoso, las llamadas nocturnas, la sensación interminable de sentirme perseguida...
Dios mío, no quiero volver a vivir ese infierno.
¿Y si John resulta ser igual? ¿Y si detrás de esa sonrisa perfecta solo hay otro hombre controlador? ».
Al ver la rigidez de Abigail al subir al vehículo, John encendió el motor y, para romper el hielo, se acomodó el sombrero con exagerado nerviosismo y le lanzó una sonrisa de medio lado:
—Sabes... dicen que un hombre verdaderamente nervioso solo puede hacer dos cosas: o se le cae el sombrero tres veces seguidas, o empieza a hablar hasta por los codos para que la mujer hermosa a su lado no note que le están temblando las manos. Así que te aviso desde ya... me tocó la segunda opción.
Abigail intentó contenerse, pero la ocurrencia y la soltura con la que él admitía su "táctica" la tomaron tan por sorpresa que soltó una carcajada limpia y sonora que llenó toda la cabina.
El miedo que le oprimía el pecho comenzó a disiparse al instante. Miró a John y vio en sus ojos claros una satisfacción enorme por haber logrado sacarle esa risa.
«Tranquila, Abby...», se dijo a sí misma, sintiendo cómo los hombros se le relajaban por completo por primera vez en semanas.
«Samuel está a cientos de kilómetros de aquí y no tiene la menor idea de dónde estoy.
Este pueblo es mi refugio. John solo es un hombre simpático intentando hacerme sonreír... y le sale absurdamente bien».
Con un suspiro de alivio, miró el camino iluminado y sintió la certeza dulce de que esa noche, por fin, todo saldría bien y podría estar tranquila.
Después de que hermana y su prima se subieran a las camionetas frente a ellos Emily y Cristian se encaminaron a su auto y una vez que el pesado marco de la puerta de su lujoso Mercedes se cerró con un chasquido sordo, el aroma a cuero y a esa loción amaderada que él usaba inundó por completo los sentidos de Emily quien se acomodó en el asiento de piel y para dedicarle una enorme sonrisa coqueta mientras él encendía el motor.
«Santo Dios... pero qué bueno que está el doctor», pensó ella para sus adentros, pasándole una mirada rápida de reojo. «Esa camisa le queda absurdamente bien y esas mangas arremangadas dejan ver unos brazos que... en fin, concéntrate, eres una mujer profesional».
Para romper la tensión inicial y la atmósfera tan íntima que se había formado en la cabina, me aclaré la garganta y lo miré con una chispita de travesura en los ojos.
—Oye, Christian... ¿sabes cuál es la diferencia entre un médico y un Dios?
Él giró un segundo la cabeza, arqueando una ceja con curiosidad mientras sostenía el volante con una sola mano. —No, ¿cuál?
—Que Dios sabe que no es médico, aunque algunos médicos se sientan Dios, Christian soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el auto, echando la cabeza un poco hacia atrás antes de volver la vista al camino.
Verlo reír así, tan relajado y sin la rigidez de la clínica, me dio el impulso de audacia que necesitaba.
—Sabes... —continué, apoyando el codo en la puerta y recargando la barbilla en mi mano para mirarlo de frente—, todavía tengo la duda. ¿Por qué me invitaste a trabajar contigo tan rápido en la clínica?
Él sonrió de medio lado, con esa mirada profunda que parecía leer todos mis pensamientos, y admitió con total sinceridad en la voz: —Ya que estamos hablando del tema, ni yo mismo se, la verdad... es que no pude resistirme.