Capítulo 13 Risas y Burlas
El camino de regreso a la antigua casa de los Morgan transcurrió entre risas, comentarios sobre la enorme comitiva de los Petersen y pequeñas burlas por el desfile de vaqueros.
Las tres chicas habían decidido regresar caminando para bajar la generosa comida del restaurante y conocer un poco mejor el pintoresco pueblo. Las calles eran tranquilas, bordeadas por enormes robles que proyectaban sombras frescas sobre las aceras.
Los vecinos las saludaban desde los porches con un gesto de la mano o una inclinación de sombrero. Algunos niños iban en bicicleta haciendo carreras imaginarias, y el aroma a pan recién horneado salía de una pequeña panadería de la esquina, mezclándose con el aire del campo.
Sara respiró, llenándose los pulmones de aquella brisa serena. —Tengo que admitirlo... —Miró alrededor, observando las fachadas de madera y el cielo despejado—. Este lugar empieza a gustarme.
Emily sonrió, caminando a su lado con las manos dentro de los bolsillos. —¿Ves? No era tan mala idea venir.
Abigail asintió, acomodándose la correa del bolso sobre el hombro. —La gente ha sido muy amable. Nada que ver con el caos y las prisas de la ciudad.
Entraron en la propiedad de los Morgan.
La pesada puerta de roble cedió con su habitual chirrido seco y entraron al fresco del recibidor. Emily dejó las llaves sobre la encimera de la cocina con un sonido metálico.
Sara, exhausta por el viaje de medianoche y la caminata, se dejó caer sin contemplaciones en el viejo sofá del recibidor.
El mueble crujió tan fuerte que las tres se quedaron inmóviles durante un segundo completo, aguantando la respiración. Después comenzaron a reírse a carcajadas.
—Algún día este sillón va a rendirse —dijo Abigail, examinando la estructura con cara de duda.
—Espero que no sea conmigo encima —contestó Sara desde el fondo del cojín hundido.
Emily fue hasta la cocina, abrió el refrigerador y sirvió tres vasos bien fríos de limonada recién hecha. Regresó a la sala y repartió las bebidas antes de sentarse junto a ellas. Las tres permanecieron unos instantes en silencio, saboreando el líquido ácido y dulce.
Era un silencio agradable, cálido. De esos que solo existen cuando uno empieza a sentirse en paz y en sintonía con las personas correctas.
Sara rompió el momento, apoyando la barbilla sobre la mano. —¿Se dieron cuenta? Emily levantó la vista de su vaso. —¿De qué?
—Nunca habíamos conocido un grupo como ellos. Abigail sonrió, recordando la forma en que John le había sostenido la mirada y las desfachateces de Luke. —Eso pensé durante toda la comida.
Emily asintió, mirando hacia la ventana. —Parece gente genuina, por lo menos parece que no intentan aparentar nada. Solo... son ellos mismos. Sin poses, sin pretensiones.
Sara dio un sorbo a la limonada, con la mirada perdida en los recuerdos de la mesa. —Y se nota que se quieren muchísimo.
Abigail recordó las bromas constantes, las servilletas volando por los aires y los codazos por debajo de la mesa entre los hermanos Petersen, y soltó una pequeña risa. —También se molestan mucho.
—Pero con cariño —puntualizó Emily, apoyando la espalda en el respaldo del sofá—. Hace tiempo que no me divertía tanto, espero que todos en este pueblo sean de esa forma.
Sara levantó el vaso en el aire, dictando un brindis improvisado en medio de la sala iluminada por el sol de la tarde. —Entonces hagamos un trato… Las dos chicas la miraron con curiosidad. —Aprovechemos esta oportunidad que nos da la vida
Emily inclinó la cabeza. —¿Qué quieres decir?
Sara sonrió con total sinceridad, dejando ver una franqueza que rara vez mostraba.
—Empecemos de nuevo. —Miró a sus primas una por una—.
Tenemos trabajo, vivimos lejos de todo lo que nos hacía daño, conocimos gente agradable.
—Hizo una pequeña pausa, bajando la voz—.
Creo que ya es hora de intentar ser felices.
Las hermanas Carter intercambiaron una mirada profunda cargada de historia compartida.
Después sonrieron al mismo tiempo de pronto Emily levantó su vaso hasta alcanzar el de Sara.
—Estoy de acuerdo. Abigail sumó el suyo con determinación.
—Yo también. Los tres vasos de cristal chocaron suavemente con un cristalino tintineo.
—Por los nuevos comienzos. Las tres bebieron al mismo tiempo, sellando el pacto, el ambiente volvió a relajarse mientras se acomodaban entre los cojines.
Hasta que Sara, tras dudarlo un segundo, hizo una pregunta que cambió por completo el tono cálido de la conversación. —¿Hablaron con su mamá?
El silencio cayó sobre la sala con el peso de una losa de mármol, la ligereza del momento se esfumó en un parpadeo.
Emily bajó la vista hacia las burbujas de su vaso, congelando la sonrisa y Abigail dejó de sonreír y comenzó a jugar distraídamente con una esquina deshilachada del cojín, manteniendo los labios apretados, ninguna respondió, entonces Sara comprendió enseguida el impacto de su imprudencia. —No han hablado con ella...
Emily respiró hondo, soltando el aire por la boca con lentitud. —No Abigail negó con la cabeza sin levantar la vista. —¿Para qué? Sara las observó con una mezcla de pena. —Sigue siendo su madre. Emily soltó una sonrisa amarga que no les llegó a los ojos. —Pero solo biológicamente.
Nadie habló durante unos segundos tensos.
El tictac del reloj de pared parecía haber aumentado de volumen.
Finalmente, Abigail rompió el silencio. —Nuestra mamá tomó una decisión hace mucho tiempo.
—Su voz era tranquila, serena, aunque en el fondo se percibía una grieta de dolor—.
Prefirió empezar otra vida y está bien… pero no veo el caso preocuparnos por eso ahora…
Emily asintió lentamente, apretando el vaso de cristal con fuerza.
—Ella prefirió estar con Bill y con sus nuevos hijos, nosotros no somos parte de su nueva familia, Sara guardó silencio, escuchando la herida abierta.
Emily continuó, con la mirada fija en un punto indeterminado de la pared.
—Nosotras dejamos de ser una prioridad hace bastante tiempo.
Abigail añadió con una calma desarmante: —Hace años dejamos de insistir. Aprendimos a seguir sin ella.
Sara suspiró, pesada. —Pues… no se si cometí un error porque yo sí hablé con ella hace unos días, antes de venir para acá, ustedes nunca me dijeron que fuera un secreto, y como fui a visitar a mi madre ella apareció ahí.
Las dos levantaron la vista de golpe, sorprendidas.
—Me preguntó por ustedes, dijo que quería saber cómo estaban.
Emily no respondió, manteniendo el rostro impenetrable. Sara continuó con mucho cuidado, midiendo cada palabra. —También me dijo que ha estado enferma y algunos reclamos más. Abigail permaneció completamente seria, aunque sus cejas se juntaron levemente. —¿Qué tiene?
—No quiso dar muchos detalles —admitió Sara—.
Solo dijo que no se ha sentido bien últimamente.
—Miró a sus primas con súplica en los ojos color miel—.
Pensé que... quizá deberían ir a verla. O al menos llamarla.
Emily negó despacio, firme en su posición.
—Yo no pienso hacer eso. Abigail hizo exactamente lo mismo. —No creo que eso pase.
Sara las observó con verdadera preocupación. —¿Ni siquiera lo pensarán? ¿Un minuto?
Emily apoyó el vaso sobre la mesita de centro con delicadeza. —Le deseo de corazón que se recupere. —Su voz no sonaba enojada ni cargada de rencor. Solo sonaba profundamente cansada—. Ojalá mejore.
Abigail asintió, secundando a su hermana. —Y espero que Bill la cuide bien.
Sara frunció el ceño, dolida por la distancia que ponían. Emily terminó la frase con una calma helada que resultaba mucho más dolorosa que cualquier grito o reproche: —Al final fue a él a quien eligió.
Abigail bajó la mirada, acariciando la tela del cojín. —Cuando decidió formar otra familia... —hizo una pausa para tragar saliva—... también decidió alejarse de nosotras.
El silencio volvió a llenar la habitación, denso y cargado de historia. Sara comprendía que detrás de aquellas palabras no había capricho, sino muchos años de promesas rotas y heridas profundas que ninguna conversación improvisada podía borrar de la noche a la mañana.
Decidió no insistir más.
Se acercó, estiró los brazos y tomó con ternura una mano de cada una, apretándolas con afecto. —Solo quiero que algún día encuentren la paz.
Emily le sonrió con sincera gratitud. —La estamos buscando. Justo por eso vinimos aquí. Abigail miró hacia la gran ventana del frente, donde el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas.
Después respiró, dejando ir la tensión. —Y, por primera vez en mucho tiempo... —Miró a sus dos primas con una chispa de esperanza renovada—. Creo que este lugar nos está dando una verdadera oportunidad para conseguirla.
Ninguna volvió a mencionar el tema durante el resto de la tarde, esa noche.