Un vaquero Timido Capítulo 12 Conversación Agradable
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Capítulo 12 Conversación Agradable

La conversación en la gran mesa de madera comenzó con cierta timidez, Y cortesía que se suele tener entre desconocidos que apenas están evaluando el terreno.

Pero bastó con que Rosy llegara cargando una enorme y pesada charola de metal para que la dinámica cambiara de golpe.

—Aquí tienen —anunció con voz alegre, abriéndose paso entre los sombreros, ella fue colocando los platos humeantes uno por uno sobre la mesa, provocando que a más de uno se le hiciera agua la boca.

—Tres hamburguesas dobles con queso cheddar fundido, dos con tocino extra bien crujiente y una vegetariana para Mónica. Luke hizo una mueca de auténtico sufrimiento gastronómico, mirando el plato de la muchacha.

—Todavía no entiendo cómo alguien puede venir a Texas y pedir una hamburguesa sin carne; eso debería ser ilegal preciosa, eso es asqueroso. Mónica le dio un pequeño golpe en el brazo, sonriendo con suficiencia.

—La carne está en la hamburguesa, es carne hecha a base de proteínas vegetales, no tiene conservadores y es saludables para los seres humanos

—Eso no cuenta —reviró Luke, sacudiendo la cabeza—.

Es una ensalada disfrazada y se te olvida a qué se dedica tu familia.

Por si no lo sabes, tu padre es productor de carne de res; eso hizo que Mónica se encogiera de hombros en símbolo de indiferencia …

Rosy terminó de repartir los vasos de refresco con hielo y las servilletas de papel.

—Si necesitan algo más, me llaman. —Antes de darse la vuelta, le guiñó un ojo a Mónica con complicidad—. Y acuérdate del sábado, no me puedes dejar sola con tanto vaquero…

—No se me olvida, estaremos con todo y botas…Luke sonrió de lado, recargando los codos en la mesa y lanzándole a Rosy una mirada inquisitiva. —Parece que ya hicieron planes sin avisarme.

Rosy respondió por encima del hombro mientras se alejaba ágilmente entre las mesas: —Porque tú nunca contestas el teléfono cuando se te busca.

Todos en la mesa rieron ante la respuesta directa, una vez que comenzaron a comer y el crujido del pan y el aroma de la carne asada ocuparon el ambiente, la conversación fluyó con mucha más naturalidad y soltura.

John aprovechó un momento en que Abby estaba sirviendo un poco de salsa sobre su plato para inclinarse sutilmente hacia ella e iniciar conversación. Sostuvo la mirada con esa mezcla de aplomo y coquetería que lo caracterizaba.

—Emily nos contó que eres odontóloga. Le susurró al oído. Abigail asintió, apartando un mechón de cabello castaño tras la oreja mientras le devolvía la sonrisa.

—Sí. Hoy fue mi primer día en el consultorio; espero que me vaya bien con los pacientes citados para mañana.

—¿Qué te pareció el lugar? Ella sonrió, recordando la pequeña oficina y la amabilidad del doctor Flanagan.

—Me gustó mucho. Es pequeño, pero muy acogedor; parece que todo el mundo se conoce o es familiar. John asintió, dándole un vistazo de arriba abajo que no pasó desapercibido para ella.

—Así es el pueblo. —Miró alrededor del concurrido restaurante de madera—. Aquí casi todo es pequeño, pero la gente compensa el tamaño con buen corazón.

Abigail sonrió con dulzura, sintiendo cómo el ambiente del pueblo empezaba a ganarse su confianza.

—Eso ya lo empecé a notar. John dio un trago a su refresco de cola, manteniendo el tono conversacional.

—Yo soy el administrador del rancho familiar, aunque yo al principio quería irme a vivir a la gran ciudad, una mala experiencia en Dallas hizo que volviera al rancho con los brazos abiertos, a veces uno no sabe valorar lo que tiene hasta que casi lo pierde para valorarlo…

Ella pareció interesarse de verdad, inclinándose hacia él.

—¿En serio? Yo nunca he podido conseguir lo que quería en mi profesión de verdad, algo impidió que mi carrera se convirtiera en un éxito, pero tengo muchas ilusiones de que aquí sí pueda lograrlo…

—Yo me encargo de todo lo aburrido, pero necesario: las cuentas, los impuestos, los proveedores, las ventas de ganado...

a todos los vaqueros les encanta trabajar en exteriores, ensuciarse y correr al aire libre sobre su caballo, debo admitir que a mí también me gusta eso, pero no siempre, soy bueno con los números, y eso le ha permitido a mi padre poder tener ganancias reales, porque con lo mal administrado que es siempre se metía en problemas con los proveedores.

Ray levantó la vista desde su hamburguesa doble, masticando rápido para no quedarse fuera de la jugada.

—Y yo soy el veterinario de la familia —dijo.

John suspiró, apoyando la barbilla en la mano mientras miraba a su hermano.

—Aunque hubiera sido mucho mejor irnos a trabajar a otra parte, donde valoraran nuestros títulos.

Ray comenzó a reírse, recordando las jornadas interminables.

Abigail frunció el ceño con graciosa curiosidad.

—¿Por qué dices eso? John señaló con la cabeza hacia Chris, que comía al otro lado de la mesa.

—Porque mi padre cree que tener un título universitario colgado en la pared no te exime en absoluto de ensuciarte las botas, siempre está criticando que esté en una oficina encerrado, y cuando termino, me encuentra en qué ocupar mi tiempo. Ray negó divertido, sumándose a la queja dramática:

—Si él termina su trabajo de oficina...John completó la frase como si se la supiera de memoria: —...me manda a cargar pacas de heno bajo el sol.

—Y si yo termino de revisar la salud del ganado... —Ray sonrió resignado—. ...mágicamente aparecen caballos, ovejas, cabras y hasta el perro del vecino para que los revise gratis. Toda la mesa comenzó a reírse de las desdichas laborales de los dos vaqueros.

—Mi papá siempre dice que un Petersen tiene que saber hacer de todo —comentó Ray. —Y discutir con él no sirve de nada —añadió John con guasa. Abigail soltó una risa que hizo que John la mirara con renovado interés.

—Suena como un hombre muy estricto. Christian respondió con autoridad antes que sus primos: —Lo es, pero no lo pinten tan mal ante las chicas porque también es, el primero en ayudarnos o defender a cualquiera cuando hace falta, y eso que yo soy solo su sobrino.

Los dos hermanos asintieron al mismo tiempo, mostrando el orgullo filial que llevaban en las venas.

Sara, que había permanecido escuchando la conversación con atención y masticando despacio, dirigió sus intensos ojos color miel hacia el vaquero que tenía más cerca. —¿Y tú? —preguntó mirando a Luke.

Luke levantó la vista, sorprendido por el dardo directo de la pelirroja: —¿Yo qué?

—¿Qué haces en el rancho? ¿También te mandan a cargar pacas? Él sonrió con orgullo, acomodándose el sombrero: —Soy domador de caballos.

Los ojos de Sara brillaron con fascinación.

—¿En serio? Qué divertido, debe ser ese trabajo

—Desde los dieciocho años siempre me he dedicado a los caballos, soy lo que llaman el que susurra a los caballos

—Debe ser bastante peligroso —dijo Abby. Luke dio un buen mordisco a su hamburguesa, masticó con calma y se encogió de hombros con aire misterioso.

—A veces. Pero a mí me gustan los retos difíciles, ¿verdad, preciosa? Mónica sonrió mirándolo con cariño y una pizca de burla.

—Y también le gusta presumir las cicatrices que le dejan los animales, si supieran las veces que se ha quitado la camisa para mí con ese pretexto… Luke levantó una ceja con coquetería. —Porque cada una de las cicatrices tiene una buena historia detrás.

—Y casi todas esas historias terminan con él rodando por el suelo —añadió Ray sin piedad. La mesa volvió a estallar en carcajadas. Luke solo atinó a sacarle la lengua a su cuñado. Mónica aprovechó la pausa para girarse hacia la pelirroja.

—¿Y tú, Sara? ¿Qué haces? ella dejó el vaso de vidrio sobre la mesa de madera. —Soy maestra de primaria. Hoy también fue mi primer día en la escuela del pueblo.

—¿Y qué tal te fue con los alumnos? Sara soltó una risa satisfecha, pasándose una mano por su melena roja. —Creo que esos niños tienen más energía que todo el rancho de ustedes juntos.

Todos rieron en tono de empatía, ella continuó con honestidad:

—Pero me gustó mucho. —Después bajó un poco la voz, volviéndose más íntima—. La verdad también me mudé porque no quería quedarme sola en la ciudad tras los cambios.

Emily y Abigail intercambiaron una mirada cómplice y afectuosa entre hermanas; Mónica sonrió con comprensión.

—Aquí nunca vas a sentirte sola, te lo aseguro porque con esta familia es imposible tener un segundo de paz.

Luego Mónica volteó hacia Ray, recordando algo importante.

—Oye, Ray. Él levantó la vista de su plato, sorprendido por el tono de su hermana.

—¿Todavía necesitas ayuda con esa plática de veterinaria que tienes que dar?

Ray casi deja caer la hamburguesa de las manos, atragantándose. —¿Cómo sabes tú eso? —La información viaja a velocidad de la luz en esta familia.

—Porque mamá me contó anoche. John comenzó a reírse por lo bajo, disfrutando del apuro de su hermano.

Mónica ignoró las burlas y continuó explicando: —La directora de la primaria les pidió hace unos meses que dieran una charla sobre el cuidado responsable de animales.

—Miró a Ray con tono acusador—. Y tú sigues diciendo que no sabes cómo hablar frente a tantos niños sin trabarte.

Ray se rascó la nuca con vergüenza, sintiendo cómo las orejas se le ponían rojas bajo el sombrero. —Es que prefiero mil veces atender a una vaca embravecida de mil kilos en el establo que pararme frente a treinta pequeños haciendo preguntas raras todo el tiempo.

Sara lo observó divertida, apoyando la barbilla en las manos y clavando sus ojos miel en él con abierta coquetería. —¿Te ponen nervioso los niños?

—Muchísimo —confesó el vaquero con total sinceridad. Ella dejó el vaso sobre la mesa y le dedicó su sonrisa más encantadora.

—Pues con gusto puedo ayudarte a organizar esa plática. Ray levantó la vista de golpe, encontrándose directamente con los ojos de la pelirroja. —¿De verdad harías eso?

—Claro. Tengo tiempo libre por las tardes después de clase; podríamos preparar la actividad juntos en la casa o donde quieras.

Ray sonrió con una mezcla de alivio, gratitud y un entusiasmo que le iluminó el rostro. —Te lo agradecería muchísimo, Sara.

—Será divertido, vas a ver —le dijo con una sonrisa contagiosa.

John observó la escena entre su hermano y la pelirroja con una sonrisa discreta y pícara, que delataba su pensamiento, y Luke, que no se estaba perdiendo de nada, le dio un pequeño e indiscreto codazo a Ray por debajo de la mesa. —Mira nada más... qué buena disposición tiene—musitó Luke.

Ray lo fulminó con la mirada, intentando mantener la compostura. —Ni empieces, Luke.

—Si yo no he dicho nada.

—Pero lo pensaste… Todos en la mesa comenzaron a reírse otra vez de la dinámica.

En ese momento Rosy volvió a pasar junto a la mesa llevando una jarra de refresco frío. —¿Cómo va todo por aquí? ¿Alguien sobrevivió a las hamburguesas?

—Todo estuvo delicioso y perfecto, por favor, da las gracias al chef —respondió Mónica.

Rosy sonrió satisfecha. —Me alegra. —Antes de alejarse de la mesa, volvió a mirar al grupo con picardía—. No olviden que el sábado hay música en vivo en el bar del pueblo y la pista se pone buena. Luke levantó inmediatamente la mano en el aire.

— Ahí estaremos ¡Nosotros vamos sin falta! Ya estamos organizando la salida de todos para este sábado con ustedes. John asintió, mirando de reojo a Abigail. —Hace mucho que no salimos todos juntos a bailar. Mónica miró a las tres recién llegadas con entusiasmo contagioso.

—¿Qué dicen ustedes, chicas nos acompañan? Emily sonrió, entusiasmada con la idea de integrarse. —Suena muy divertido.

Abigail dudó apenas un instante, pensando en su reserva habitual, pero al ver el brillo en los ojos de sus hermanas y la mirada persuasiva de John, terminó asintiendo con una sonrisa. —Creo que nos vendrá muy bien distraernos un poco.

Sara sonrió, sacudiendo su melena roja. —Yo me apunto sin pensarlo, es mejor que pasar la noche leyendo trabajos escolares. Luke levantó su vaso de refresco al centro de la mesa. —Entonces queda decidido. Ray hizo lo mismo, chocando su vaso con el de Sara.

—El próximo sábado...John levantó el suyo, mirando fijamente a Abby: —...todos al bar. Las botellas y vasos chocaron unos con otros en el centro de la mesa entre risas, brindis improvisados y promesas de fiesta.