Capítulo 11 Conociendo a las chicas #2
«Pareces un idiota con la boca abierta, pon cara de gente normal, Ray, por el amor de Dios.
Pero es que… mírale ese cabello tan sexy, parece fuego líquido.
Y esos ojos... ¿son color miel? No, no, no, esto no es justo.
Nadie debería tener derecho a entrar a un restaurante de pueblo caminando como si fuera la dueña de todo el lugar».
Se ajustó el cinturón con manos ligeramente torpes, intentando disimular el latigazo de calor que le subió de golpe por el cuello.
«Mira cómo camina. Ni siquiera está intentando llamar la atención y ya tiene a media mesa paralizada con esas curvas que van a causar un accidente en Main Street, lo juro.
Sí admito que las otras dos chicas también son peligrosas; esta pelirroja es directamente un incendio forestal. Y yo ni siquiera traje extintor».
Cuando Emily la presentó como Sara, Ray sintió que el nombre le quedaba perfecto, corto y de impacto. Al dar un paso al frente para tomar su mano, el calor de la piel de ella y la cercanía de ese aroma dulce terminaron de rematarlo.
«Sostenle la mano, pero no se la aprietes como un desesperado, imbécil», se repetía mentalmente mientras le daba la bienvenida, luchando con todas sus fuerzas para que la voz no le temblara.
«Sara Bennett... bien. Mañana mismo me aparezco en la casa de los Morgan con la caja de herramientas completa.
Aunque la casa no necesite arreglos, voy a inventar que el techo se va a caer solo para tener una excusa para verla otra vez…
. Creo que estás completamente perdido, Ray Petersen… y ni siquiera te importa».
Por un instante... la mesa de los Petersen se sumió en un silencio magnético e increíblemente denso.
El aire pareció congelarse; Ray fue el primero en reaccionar. Estiró el brazo por debajo de la mesa y le dio un codazo nada discreto a John en las costillas.
—Respira, hermano, pareces desesperado —John carraspeó apresuradamente, fingiendo acomodarse el cuello de la camisa para disimular la impresión.
Luke sonrió sin el menor disimulo, disfrutando del impacto que las tres mujeres habían provocado en sus cuñados. —Pues no parece; se te va a salir un ojo.
Mónica rodó los ojos con dramatismo exasperado, cruzándose de brazos, —Hombres...Emily llegó hasta la mesa con paso ligero, totalmente ajena a la conmoción que sus acompañantes habían causado. —Perdón por la demora; Christian fue el primero en ponerse de pie con cortesía.
—No te preocupes, llegaron a tiempo. Emily sonrió, haciendo un ademán con la mano para dar paso a sus hermanas.
—Quiero presentarles a mi familia. Ellas vivirán conmigo en el pueblo.
—Se volvió hacia Abigail, que trataba de mantenerse serena mientras sentía la mirada fija de cierto vaquero de sombrero negro—.
Ella es mi hermana, Abigail Carter, quien en ese momento saludó con una sonrisa amable y educada, apretando la correa de su bolso.
—Mucho gusto —dijeron Ray y John, quienes respondieron prácticamente al unísono, disputándose el turno para ponerse de pie.
Después, Emily tomó suavemente del brazo a la pelirroja, que no dejaba de evaluar a los vaqueros con una sonrisita inteligente.
—Y ella es nuestra prima, Sara Carter. Sara sonrió con total naturalidad, inclinando la cabeza con coquetería. Sin embargo, cuando la mirada de Ray Petersen cruzó directamente con la suya, el guion mental de Sara sufrió un cortocircuito.
«Vaya, vaya... pero qué tenemos aquí», pensó Sara, conteniendo una sonrisa socarrona mientras sus ojos color miel hacían un recorrido veloz, preciso y despiadado de arriba abajo.
«Emily dijo que eran bromistas, pero se le olvidó mencionar que venían tallados a mano son como modelos de cera sobre todo el que se llama Ray...
Si este hombre es la carta de presentación del pueblo, creo que no me voy a arrepentir para nada de haberme mudado».
Le pareció fascinante la forma en que él intentó disimular el impacto; percibió perfectamente cómo se le atascaba la respiración por un segundo, cómo sus nudillos se apretaron ligeramente al ajustarse el cinturón a Sara, y no se le escapaba un solo detalle, y ver el efecto que su presencia causaba en aquel vaquero alto de hombros anchos le encendió una chispita de diversión pura.
«Mira cómo intenta poner cara de chico bueno», se dijo a sí misma, disfrutando del poder de la situación. «Esos ojos no engañan a nadie, Ray Petersen.
Tienes una carita de pícaro que se nota a kilómetros, de los que saben perfectamente lo que hacen, pero fingen ser inocentes.
Esa espalda no se consigue trabajando en una oficina, desde luego…
Y esa sonrisa de lado... Uy, peligro total.
Si te dejas llevar por un tipo así, terminas perdiendo el control en dos segundos».
Cuando él dio el paso al frente y le tomó la mano para darle la bienvenida, Sara sintió la firmeza de su agarre, la textura áspera de la piel acostumbrada al trabajo duro y un calor repentino que le recorrió el brazo.
«Sostiene la mano con bastante fuerza...
seguro, dominante, pero con delicadeza, puntos extra para el vaquero», analizó internamente mientras le sostenía la mirada sin pestañear, disfrutando de ver cómo él luchaba por mantener la compostura.
«¿Así que te llamas Ray? Creo que esto se va a poner muy, pero que muy interesante».