Capítulo 11 Conociendo a las chicas
Christian cerró el expediente del último paciente de la mañana de un solo golpe y respiró aliviado, estirando los brazos por encima de la cabeza.
—Por fin. Salió del consultorio mientras se quitaba la bata blanca con evidente cansancio y la colgaba en el perchero metálico detrás de su escritorio en la sala de espera Encontró a Ray, John, Luke y Mónica exactamente donde los había dejado casi media hora atrás: ocupando los sillones como si fueran los dueños del lugar, solo que ahora discutían sobre cuál era el corte de carne perfecto para una parrillada dominical.
—¿Ya podemos irnos? —preguntó Ray apenas lo vio aparecer, poniéndose de pie de un salto mientras se ajustaba el cinturón. Christian tomó las llaves de su camioneta que descansaban sobre la barra de recepción.
—Sí. —Luego levantó un poco la voz hacia el pasillo que comunicaba con el área dental—. ¡Emily! La joven apareció casi de inmediato, sosteniendo su bolso con ambas manos y luciendo tan bella como en la mañana.
—¿Sí, doctor? Dijo ella …
—Nosotros ya nos vamos, ¿sabes dónde está ubicada la cafetería? Emily asintió.
Bueno, ahí las esperamos. Por favor, no tarden mucho tiempo, o mis primos se comerán el plato antes de que llegue el almuerzo.
—Ahí estaremos en unos minutos. —Señaló con el pulgar hacia el área de esterilización dental—. Yo solo pasaré por Abby y, si no le importa, nos va a acompañar mi prima Sara también porque ya salió de la escuela. Nos vemos allá.
—Está bien — asintió con una leve sonrisa—. Nos vemos en el restaurante.
Los Petersen salieron de la clínica a paso lento, empujándose entre ellos y soltando bromas ruidosas que hicieron sonreír a la recepcionista.
El pequeño restaurante del pueblo estaba abarrotado de parroquianos y lleno del inconfundible aroma a carne asada, leña y pan recién horneado; una campanilla de bronce sonó sobre el marco de madera cuando el grupo cruzó la entrada.
Detrás del mostrador de madera de pino apareció una joven morena de cabello largo y ondulado, recogido en una alta coleta que se movía a cada paso. Su sonrisa fue inmediata al ver a la comitiva.
—¡Mónica! Esto sí es un verdadero milagro, por fin Luke se decidió a traerte a visitarme… La menor de los Petersen abrió los brazos. —¡Rosy!
Las dos se abrazaron en medio del pasillo central, como si llevaran meses sin verse, cuando en realidad solo habían pasado cuarenta y ocho horas. Su amiga se separó y observó al grupo de hombres altos que venía detrás. —¿Mesa para todos?
Christian asintió con calma. —Y vendrán tres personas más.
—Excelente —Rosy tomó varios menús de cuero gastado del mostrador—. Síganme por aquí, por favor.
Mientras caminaban hacia una mesa grande ubicada junto a la ventana panorámica que daba a la calle principal, Rosy lanzó una mirada divertida hacia Luke. —¿Y tú? Luke sonrió de medio lado, colocándose las manos en los bolsillos del pantalón. —¿Yo qué?
—¿Ya aprendiste a portarte bien o vienes en plan de destrozar el local?
Antes de que él pudiera responder con alguna de sus típicas respuestas engreídas, Mónica lo abrazó del brazo con una firmeza que rozaba el arresto.
—No le des ideas, si ya sabes cómo es para que te arriesgas…
Rosy soltó una carcajada que resonó entre los platos.
—Tranquila —miró a su amiga con una sonrisa burlona—. Ese ya no tiene salvación ni, aunque lo lleves a la iglesia.
Luke fingió sentirse ofendido, llevándose una mano al pecho.
—Oye, estoy aquí, ¿sabes? Además, la última vez se rompieron las sillas porque Mónica no pudo resistir que aquella turista me coqueteara abiertamente; yo no tuve nada que ver…
es ella la que no puede controlarse, mi único delito es aguantar sus desplantes porque la quiero…
—Por eso lo digo, porque si tú volteas a ver a cualquier chica, Mónica se transforma en un monstruo incontrolable y celoso que nadie quiere tener cerca —reviró la morena sin pestañear. Todos en la mesa comenzaron a reírse. Rosy dejó los menús sobre la mesa de madera.
—Ustedes son unos exagerados; son celos inocentes, pero cambiando de tema —miró a Mónica con curiosidad en los ojos—. ¿Entonces el sábado sí vas a venir al bar? Mónica sonrió emocionada, dando un aplauso.
—¡Claro! Ya hablé con las chicas; podemos divertirnos, tomar algunas margaritas o tequila y bailar…… Luke levantó la mano en el aire como un niño de primaria en un examen.
—Entonces cuenten conmigo porque yo también voy, —volvió su cabeza y miró a Mónica antes de decir… Por ningún motivo pienso permitir que te emborraches y les bailes a otros…Rosy lo miró con una sonrisa socarrona y los brazos cruzados. —Lo imaginaba.
—¿Qué tiene de malo? —Se defendió el vaquero. —Nada —Rosy se inclinó un poco hacia Mónica, bajando la voz con un todo de conspiración—. Solo cuídalo para que no sea él quien termine bailando sobre una mesa otra vez. Ray soltó una carcajada que hizo voltear a la mesa de al lado.
—¡Eso hay que verlo! Oye, cuñadito, nunca nos dijiste que habías pasado una noche de tequila con mi hermana … Luke negó rotundamente con la cabeza, acomodándose el sombrero.
—Fue una sola vez, y no te hubiera gustado verla, te lo aseguro…John intervino desde el otro extremo, contando con los dedos: —Fueron tres—insistió John con precisión.
Christian tomó asiento en la cabecera mientras negaba divertido, acostumbrado a los trapos sucios de la familia.
Rosy, disfrutando de la atención, siguió hablando.
—Grant también va a ir; hablé por teléfono con él ayer por la noche…
Al escuchar ese nombre, la sonrisa de Ray se volvió enormemente pícara.
—¿En serio el nuevo capataz y tú? Rosy asintió, intentando en vano disimular la timidez que le coloreó las mejillas de un rosa carmesí.
—Sí, por favor, no lo arruines esta vez; siempre se meten en lo que no les importa cuando mis novios trabajan con ustedes —Luke comenzó a silbar una marcha nupcial en tono burlón.
Rosy no lo pensó dos veces y le lanzó una servilleta de tela a la cara.
—Cállate, recuerda que yo no soy tu hermana menor; es Mónica, pero eso de cuidar a las hermanas menores se extendió a mí solo por ser su mejor amiga…
Mónica la observó con una sonrisa cómplice y divertida.
—¿Cómo van las cosas? Rosy se sonrojó aún más, acomodándose un mechón de cabello tras la oreja.
—Bien, mejor de lo que esperaba, la verdad...
Ray apoyó un codo sobre la mesa y se inclinó hacia ella con aire de sabiondo. —Te voy a contar algo que oí por el rancho, creo que Grant está perdido por ti… Rosy escondió una sonrisa entre los labios, mirando al suelo. —No exageres.
John intervino sin dejarle vía de escape.
—Ya lo vimos, hablando de ti, además, solo se trata de ser observador cada vez que te mira cuando le sirves el café, parece que se le fuera a caer la baba en la taza, así que ya está en el bote, completamente en el bote.
Rosy negó riendo, abanicándose la cara con la libreta de pedidos.
—Ustedes inventan demasiado, pero espero que sea cierto… Luke dio un golpe en la mesa, señalando a Christian.
—El sábado tenemos que ir todos sin excusa, va a ser divertido ver cómo Grant y Luke se ponen la soga al cuello ellos mismos.
Chris levantó la vista del menú con una ceja alzada.
—¿Todos? …Ray sonrió, con esa mirada que presagiaba problemas y diversión. —Hace mucho que no salimos a divertirnos como Dios manda.
John añadió, cruzando los brazos con una chispa peligrosa en los ojos: —Además, ahora hay caras nuevas en el pueblo.
Christian ya sabía exactamente hacia dónde iba dirigida la artillería pesada de la conversación. Los miró con severidad de hermano mayor.
—Compórtense ahorita que lleguen, por favor; les recuerdo que yo trabajo ahí también. Los tres respondieron exactamente al mismo tiempo, con rostros de inmaculada inocencia:
—Nosotros nos comportamos bien siempre, él soltó una risa totalmente incrédula. —Eso ni ustedes se lo creen… en ese preciso instante, la campanilla de cristal de la puerta volvió a sonar y todos en la mesa levantaron la vista de inmediato.
Emily entró primero llevaba una sonrisa iluminada mientras sostenía la puerta de madera para que pasaran las otras dos jóvenes, detrás apareció Abigail quien vestía unos pantalones de mezclilla oscuros que moldeaban su figura con elegancia y una blusa entallada de color vino que resaltaba su tono de piel, su cabello castaño caía suelto en ondas suaves sobre los hombros, y traía esa expresión de "no sé qué hago aquí, pero lo disimulo bien".
La última en entrar fue Sara; su cabello rojizo y ondulado llamaba la atención como una llama encendida, al igual que sus grandes ojos color miel y su figura curvilínea que no pasaba desapercibida para nadie.
Caminaba seguridad en sí misma, taconeando suavemente mientras observaba el rústico lugar con franca curiosidad.
Ray volteó a la puerta; esperaba ver a la prima de Emily. Se la había imaginado como una muchacha tranquila, quizás un poco tímida por ser la nueva del pueblo.
Estaba preparado para lanzar alguna broma educada y seguir con su conversación, pero cuando sus ojos se posaron en la chica que venía detrás de ellas, el mundo alrededor simplemente se paralizo.
«Santo Cielo...», pensó Ray, sintiendo cómo el aire se le atascaba en la garganta antes de poder dar el más mínimo trago de saliva.
«¿De dónde demonios salió esta mujer?». Fue una reacción física e instantánea.
Su mirada quedó atrapada sin remedio en esa melena de cabello rojo deslumbrante, era una llamarada de ondas encendidas que caía con total rebeldía sobre sus hombros y que contrastaba con su piel.
Él estaba acostumbrado a ver mujeres bonitas en el condado, pero esto era otra cosa; era un golpe directo al pecho.
«Respira, imbécil... respira» *, se recriminó a sí mismo en una ráfaga de pánico interno, notando cómo su hermano John le daba un codazo en las costillas que apenas alcanzó a sentir.