Capítulo 10 Vamos a comer
Emily cruzó el pasillo iluminado que comunicaba a la clínica rural con el consultorio dental, dejando atrás el murmullo de la sala de espera, encontró a Abigail acomodando varios expedientes en un archivero metálico verde oliva, todavía llevaba la bata blanca que el doctor Flanagan le había prestado y que le daba un aire profesional.
Ella levantó la vista al escuchar los pasos conocidos de su hermana.
—¿Cómo va tu primer día? Emily sonrió de oreja a oreja, con una luz radiante en la mirada, —Muy bien, ¿y el tuyo cómo ha ido? Abigail detuvo el movimiento de sus manos y la observó, arqueando una ceja.
—Esa sonrisa me preocupa, ¿qué pretendes, hermanita? Emily, caminando hacia ella. —No empieces, ¿qué te hace creer que quiero algo? Solo venía para ver cómo va el día de mi hermana dentista en su nuevo consultorio…
—Te conozco demasiado bien, cada vez que pones esa sonrisa es porque quieres pedirme algo, y la mayoría de las veces es algo que yo no quiero hacer —insistió Abigail, cruzándose de brazos y apoyando la cadera contra el escritorio.
Emily apoyó un hombro en el marco de la puerta, manteniendo la expresión risueña. —Bueno… es que la familia del doctor Peterson nos invitó a comer; sé que no estás para fiestas en este momento y que solo quieres vivir en paz, pero me gustaría que fueras conmigo solo para conocerlos…
Abigail dejó el expediente que sostenía sobre el escritorio, parpadeando para digerir la noticia. —¿Nos invitó? ¿Quién exactamente?
—Sus primos, su cuñado... bueno, prácticamente media familia apareció en la clínica, y parecían sinceros, creo que sería una excelente oportunidad para conocer a los vecinos.
—¿Qué es la gente con la que vamos a convivir en los próximos meses?
—explicó Emily, haciendo un gesto amplio con los brazos.
Abigail abrió mucho los ojos, sorprendida. —¿Media familia del doctor Peterson? No serán los ruidosos que estaban hace un momento en la recepción…
—Creo que sí, bueno, por lo menos podemos estar seguras de que son gente normal.
Las dos comenzaron a reír, por lo absurdo y espontáneo de la situación, cuando Emily continuó, dando un par de pasos más hacia el interior del consultorio.
—Van a comer al restaurante del pueblo que está aquí enfrente y me invitaron, bueno nos invitaron a ambas y a Sara si es que no ha comido
—¿Y qué les respondiste?
—Acepté. Abigail dejó escapar un suspiro.
—Emily... —Su sonrisa se desvaneció un poco, dando paso a una sombra de inquietud—.
No estoy muy segura de que sea buena idea; además, en mi caso es muy pronto para empezar a conocer gente nueva.
No quiero más problemas con relaciones de ningún tipo, por muy buenotes que estén los vaqueros que vi hace rato; no quisiera complicarme la vida…
Emily comprendió de inmediato el motivo de la repentina reserva de su hermana. —A ver Abby todo lo que dices es… ¿Por Samuel?
Abigail bajó la mirada hacia el suelo de linóleo, apretando los labios. —Sí —murmuró, abrazándose a sí misma de forma instintiva. Todavía me da miedo que alguien pueda reconocerme. Emily se acercó y tomó sus manos con suavidad, reconfortándola.
—Abby... —esperó unos segundos a que su hermana levantara la vista para mirarla a los ojos—. Nadie te conoce aquí; estamos a cientos de kilómetros de la ciudad —le recordó —. Samuel jamás ha estado en este pueblo. Emily sonrió con afecto, apretando sus manos. —Y tampoco sabe que vivimos aquí.
Abigail respiró, dejando salir el aire acumulado en el pecho mientras procesaba las palabras de consuelo.
—Lo sé...pero es que tengo miedo, tu no te imaginas siquiera, todo lo que pasé en esa relación, y pude escapar.
a veces creo que fue mi culpa, porque me dejé llevar por lo que viví con él, antes de ser su novia, era tierno, buena persona, me gustaba muchísimo y pensé que todo seria como en un cuento de Disney, pero la realidad es mucho más espantosa que cualquier ficción
—Entonces deja de esconderte; tienes que empezar por algo sencillo, y ahorita la invitación es de lo más inocente que existe —le acarició el brazo con dulzura—. Además, no vinimos hasta el extremo contrario del país para seguir teniendo miedo.
Hubo unos segundos de silencio en el consultorio, roto por el suave zumbido del aire acondicionado.
Finalmente, una sonrisa sincera y aliviada volvió a iluminar el rostro de Abigail. —Tienes razón.
Emily asintió, recuperando su tono alegre. —Claro que la tengo. Entonces Abigail recordó un detalle importantísimo que se les estaba pasando por alto.
—Espera… su hermana la miró curiosa… ¿Y Sara?
Que no se supone que cuando saliéramos a comer nos veríamos en el centro comercial para comprar una cama, qué tal si ella se va para allá, y nosotros nunca llegamos porque estamos divertidas comiendo con la familia del doctor…
Las dos se quedaron inmóviles, congeladas en el sitio.
Emily abrió mucho los ojos en un gesto de puro pánico cómico.
—¡Es cierto! —Se llevó una mano a la frente con dramatismo—.
Se me olvidó completamente —con las prisas ni pensé en ella —, admitió Emily, sacando inmediatamente el teléfono celular del bolsillo de su pantalón.
A esta hora ya debe haber salido de la escuela.
Buscó su contacto en la pantalla y presionó llamar, llevándose el aparato al oído.
El teléfono sonó dos veces antes de que se escuchara el clic de la línea. —¿Bueno? —La voz alegre de Sara respondió al otro lado.
—¡Prima! —exclamó Emily con entusiasmo para ocultar el olvido—. ¿Cómo sobreviviste a tu primer día? ¿Sigue habiendo escuela o ya la hiciste explotar con un coraje que te provocó algún niño? Sara soltó una carcajada al otro lado de la línea.
—Apenas es el primer día, todavía no llego a ese punto, aunque nunca se sabe…
—¿Tan malos son los niños? No creo, hoy me tocó ver a varios que acompañaban a sus madres a la consulta y se ve que están muy bien educados…
—Digamos que tienen demasiada energía, para resumir —respondió Sara entre risas. Emily sonrió, imaginándose la escena en la escuela primaria.
—Oye, cambiando de tema, te hablaba para preguntarte si… ¿Ya saliste?
—Ya casi en unos minutos, está por sonar el timbre...
—Perfecto, es que quería decirte que…—Emily miró de reojo a Abigail, guiñándole un ojo—. Nos invitaron a comer.
—¿Quiénes nos invitaron? cuestionó
—La familia del doctor Peterson hubo un silencio del otro lado de la línea, mientras Sara procesaba la información. Luego respondió con curiosidad y una nota de picardía.
—¿La familia completa? Entonces sí voy a creer que en este pueblo todos son una gran familia…
Emily soltó una risa contenida. —Pues no toda la familia, pero más o menos son varios sus primos ….
—Bueno, suena interesante, y la verdad es que no tengo mucho que hacer por la tarde; sería una buena oportunidad para conocer gente nueva. ¿Está bien…?
—¿Entonces vienes, ¿verdad?
—Claro, solo dime, ¿A dónde debo acudir?
—Nos vemos en el restaurante del pueblo a las tres. Está ubicado en la calle principal, frente a la clínica donde trabajo. No te perderás; es la única calle con tiendas en todo el pueblo, así que no creo que te pierdas.
—Muy bien ahí estaré —aseguró Sara. Luego bajó un poco la voz, como si estuviera susurrando un secreto. Solo déjame escapar de estos pequeños terremotos y voy para allá.
Al fondo de la llamada, Emily escuchó a varios niños gritando y corriendo por el patio de juegos. No pudo evitar reírse.
—Ve a salvarte y cuídate.
—Tú también. La llamada terminó con un pitido. Emily guardó el teléfono en el bolsillo y miró a Abigail victoriosa.
—Vez dijo que sí vendrá, así que no tenemos que preocuparnos por ella. Abigail sonrió, apoyando las manos en la barra del escritorio.
Las dos guardaron silencio durante unos segundos, disfrutando de la complicidad.
Después Emily observó el reloj de pared que marcaba las dos y media. —En media hora paso por ti.
—Está bien. Abigail levantó un expediente de la pila pendiente.
—Primero terminaré de ordenar todo esto. Emily comenzó a caminar hacia la puerta, pero antes de salir se volvió a girar, apoyando la mano en el marco de madera.
—¿Sabes qué? Creo que nos está haciendo bien venir a este pueblo.
Abigail miró alrededor del acogedor consultorio.
Apenas llevaba unas horas trabajando allí, pero ya tenía un empleo en lo que le apasionaba, un escritorio propio, compañeros amables... y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía respirar sin mirar constantemente por encima del hombro.
Sonrió con sinceridad. —Creo que sí…. Emily le devolvió la sonrisa mientras se alejaba de nuevo caminando y gritó —Entonces nos vemos en media hora.
Abigail se quedó sola de nuevo en el consultorio y volvió a ordenar los expedientes, aunque esta vez lo hacía con una tranquilidad en el corazón que no había sentido en años.
Poco a poco, se recargó de espaldas contra el archivero de metal, abrazó el expediente contra su pecho y soltó un largo suspiro que le salió del fondo del alma.
«Dios mío santo...», pensó, sintiendo cómo un calorcito traicionero volvía a subirle por el cuello hasta las mejillas.
«Todavía siento que el corazón me va a saltar del pecho.
A ver, Abigail, cálmate. ¿Cuántos años tienes?
¿Catorce? Pareces una adolescente con su primer flechazo de secundaria».
Mordió su labio inferior para reprimir una risita.
«Pero es que... ¡por favor! Hacía mucho que no te interesaba nadie más... Ese sombrero negro, la camisa impecable, las mangas dobladas dejando ver esos antebrazos... ¡Y esa sonrisa!
Esa bendita sonrisa de vaquero sabroso que sabe perfectamente el efecto que causa. No, no, no... eso no debería estar permitido en un lugar público.
Deberían poner un letrero afuera que diga: "Peligro: vaquero extremadamente guapo rondando por los pasillos, mírelo bajo su propio riesgo"».
De pronto, el recuerdo de sus miradas cruzándose volvió a pasar por su mente como una ráfaga.
«¡Y me atrapó viéndolo! ¡Qué vergüenza! Pero...
»—se destapó la cara, dejando asomar una mirada llena de chispa y picardía— «...
la verdad es que valió totalmente la pena el papelazo.
Si ese chico va a estar rondando por la clínica o resulta ser uno de los primos que va a estar en la comida de hoy...
creo que este trabajo me va a gustar muchísimo más de lo que imaginaba».
Dio un pequeño brinco de emoción en su lugar, apretando los puños con entusiasmo antes de volver a acomodarse la bata blanca con aires de falsa dignidad.
«Tranquila, doctora Carter. Compóngase. Hay que guardar la compostura, la elegancia y el profesionalismo... aunque por dentro me esté muriendo de la curiosidad por saber cómo se llama».
Con una sonrisa radiante y la mente completamente distraída en aquel vaquero de sombrero negro, volvió a tomar los papeles para terminar de ordenar el escritorio, contando impaciente los minutos para que diera la hora de la comida.