Capítulo 8 Clínica ahi voy
Quince minutos después, Abby caminaba por la calle principal del pueblo, esquivando algún charco despistado y disfrutando del aire fresco mientras ajustaba la correa de su bolso.
No tardó en localizar el edificio médico ubicado en la calle central y, tal como imaginaba, el consultorio dental ocupaba una pequeña construcción de ladrillo claro unida a la clínica rural por un pasillo interno cubierto por un techo de lámina.
—Con razón… buscan ayuda —murmuró para sí misma, contemplando el letrero de madera que bamboleaba con la brisa—.
Es una extensión del centro médico; seguramente tienen mucha demanda.
Respiró, y se acomodó la chaqueta para dar una buena primera impresión y llamó a la puerta de cristal esmerilado.
Unos segundos después, apareció una joven rubia de aproximadamente veinte años, con una sonriente bata azul y una tabla de apriete en la mano. La chica le sonrió amablemente.
—Buenos días. —¿En qué puedo ayudarla?
—Hola, buenos días, es que vi un anuncio en el periódico. —Abigail levantó el recorte de papel un poco arrugado que llevaba entre los dedos—. Soy odontóloga y me interesa el puesto, del área dental que mencionan.
La joven abrió los ojos, sorprendida por la rapidez y sonrió.
—Ah, perfecto, el doctor lleva un tiempo buscando ayuda —le extendió la mano —. Soy Kim, mucho gusto
—Abigail Carter, igualmente, Kim abrió la puerta por completo, haciéndole un gesto para que pasara al cálido recibidor. —Acompáñeme por aquí por favor.
Mientras caminaban por el pasillo decorado con carteles instructivos sobre el uso correcto del hilo dental, observó las instalaciones: eran sencillas, casi austeras, pero limpias, y todo estaba organizado por orden alfabético y los instrumentos brillaban en sus bandejas, lo cual le sacó una sonrisa de aprobación.
Kim llamó a una puerta de madera al fondo del pasillo.
—Doctor Flanagan. Desde el interior se escuchó una voz grave pero rasposa.
—Adelante. Kim abrió la puerta y se hizo a un lado permitiéndole pasar, detrás del escritorio de roble se encontraba un hombre de aproximadamente sesenta y cinco años que tenía el cabello completamente blanco, peinado hacia atrás, lentes de lectura apoyados en la punta de la nariz y una expresión amable en el rostro que inspiraba confianza ...
la clásica cara de abuelo bonachón que ningún niño temería a la hora de sacarse una muela.
El doctor dejó unos expedientes sobre la mesa y se quitó los lentes.
—Buenos días, ¿en qué le puedo ayudar?
Abigail sonrió con seguridad. —Buenos días. Kim hizo la presentación con una mezcla de alivio y triunfo en la voz. —Doctor, ella es Abigail Carter. Viene por el anuncio del periódico el de odontólogo
El hombre se levantó para estrecharle la mano con firmeza.
—Mucho gusto, señorita… después de que ambos tomaron asiento —él tras su caos ordenado de papeles y ella cruzando las piernas con elegancia frente al escritorio—, el doctor fue directo al punto, sin rodeos ni protocolos aburridos.
—Seré sincero, el puesto que tengo disponible realmente es para asistente dental.
—Ella escuchó con atención, manteniendo la compostura mientras él continuaba
— Usted ya es odontóloga titulada, por lo que estoy leyendo en el currículum que me acaba de entregar. Usted merece un puesto mejor remunerado y yo, sinceramente, no puedo pagar demasiado…
—Así es, ya soy doctora titulada. Trabajé con un consultorio dental propio durante varios años y me especialicé en cirugía maxilofacial.
Sin embargo, ahora me encuentro en este pueblo por mi hermana, que es enfermera en este mismo lugar, y lo que quiero es trabajar en lo que me gusta, así que no se preocupe por la paga…
Abigail sonrió, disimulando el pequeño grito interno que le decía "¡acepto lo que sea antes de volver a martillar esa cómoda en la casa! ".
—Lo entiendo. El doctor suspiró, recargándose en el respaldo de su silla mientras juntaba las yemas de los dedos: —Le explicaré que, aunque este pueblo todavía es pequeño.
—Se recargó en la silla mirando el techo por un segundo—.
Tengo demasiado trabajo para una sola persona.
—Miró la montaña de expedientes acumulados en la esquina, que amenazaba con sufrir un derrumbe—.
Estoy cansado. —Sonrió con honestidad—. Y necesito ayuda si a usted no le molesta trabajar en algo tan sencillo…
Abigail observó el consultorio por la ventana interior; No era el empleo de gran prestigio en una clínica privada de la ciudad que tal vez imaginó en sus años de universidad.
Pero... era una oportunidad real, con un sueldo fijo y la excusa para salir de la casa antes de que el suelo terminara por arruinarle la columna.
El doctor continuó, mostrándole las cartas sobre la mesa. —Como le dije antes, no puedo ofrecer un gran sueldo—Si acepta... —juntó las manos sobre el escritorio y la miró con esperanza—... el puesto es suyo.
Abigail apenas necesitó unos segundos para responder. La decisión estaba tomada desde que vio que el lugar le quedaba cruzando la calle a Emily. —Acepto muchas gracias…El doctor sonrió, con alegría.
—Excelente. —Se puso de pie como si de pronto hubiera recuperado diez años de juventud—. Entonces tendrá que empezar hoy mismo, porque este día tenemos muchos pacientes citados a partir de las 2 de la tarde, Abigail también se levantó, ajustándose el bolso en el hombro.
—No hay problema, doctor, solo indíqueme en qué le puedo ayudar.
Mientras caminaban por el área dental, el doctor comenzó a explicarle el funcionamiento del lugar con el orgullo de quien ha construido un imperio con sus propias manos.
—Este consultorio fue creado hace apenas un par de años.
—Abrió una puerta blanca que daba a una sala perfectamente equipada—.
Es una extensión de la clínica rural y trabaja en coordinación con el ayuntamiento.
Abigail observó el sillón dental reclinable, las mangueras de aspiración y la lámpara superior; todo estaba impecable.
—¿Funciona como servicio público?
—Exactamente. —El doctor asintió mientras caminaba hacia el área de esterilización—. La atención es gratuita para los habitantes del pueblo. Ella lo miró sorprendida, parpadeando un par de veces.
—¿Y cómo se sostiene? Él sonrió con picardía, como si tuviera el secreto mejor guardado de la región.
—No tenemos recursos propios. —Tomó una bata blanca impecable de un perchero—. Pero los vecinos siempre encuentran la forma de ayudar. —Le entregó la bata a Abigail—. Algunos donan materiales. Otros colaboran económicamente y muchos granjeros nos pagan con productos del rancho.
Abigail sostuvo la bata y soltó una risita contenida, pensó en la posibilidad de recibir su primera nómina en forma de una docena de huevos frescos y una lechuga, pero al mismo tiempo le pareció encantador. —Eso es muy bonito.
—Aquí todos cuidan de todos —añadió el doctor con calidez mientras ella se colocaba la bata blanca sobre su ropa, acomodando el cuello frente al espejo de la pared.
el doctor siguió hablando, desviándose del tema laboral.
—Por cierto... —Le señaló una fotografía familiar enmarcada en madera sobre su escritorio—.
Estoy casado desde hace treinta y ocho años.
Abigail observó la imagen: una pareja mayor sonriendo radiante en medio de un campo de girasoles junto a dos niños pequeños vestiditos de mameluco. —Ellos son mis dos nietos. —Su expresión cambió al hablar de ellos, iluminándosele la mirada—. Son el orgullo de mi vida.
Abigail sonrió con ternura, notando cómo el respetable médico se convertía en un abuelo consentidor en cuestión de segundos.
—Sí, se nota, doctor: son muy bellos sus nietos; espero tener el gusto de conocerlos pronto…
El doctor la condujo hasta un pequeño escritorio de metal ubicado junto a la entrada del consultorio dental.
—Este será su lugar: es un consultorio privado, así que puede decorarlo como usted decida —dijo el doctor— y durante la siguiente media hora le explicó el archivo de pacientes clasificado por colores, el sistema de citas anotado en una libreta enorme, la máquina de esterilización del instrumental y el procedimiento habitual para atender las emergencias.
Abigail asimilaba todo como una esponja; el trabajo era sencillo y el ambiente tranquilo, y pronto ya comenzaba a sentirse parte del lugar.
Cuando el doctor salió a su oficina para atender una llamada telefónica, ella aprovechó la soledad del pasillo para sacar el teléfono celular del bolsillo.
Abrió el grupo familiar de WhatsApp que compartía con Emily y Sara, tecleando con una sonrisa traviesa.
Abigail: ¡Conseguí trabajo!! Empiezo hoy mismo. La respuesta no tardó ni cinco segundos en hacer vibrar el aparato.
Emily: ❤️ "¡Sabía que lo lograrías!" Sara: "¡Orgullosa de ti! Esta tarde celebramos."
Abigail sonrió mirando la pantalla iluminada; por primera vez en mucho tiempo, lejos del bullicio de la ciudad y los temores del cambio, sentía que su vida avanzaba en la dirección correcta.
Guardó el teléfono en la bata y respiró hondo, hinchando el pecho de orgullo. Se colocó la bata blanca y abrochó el último botón.
Y justo cuando estaba organizando las fichas clínicas sobre su nuevo escritorio, escuchó un par de voces masculinas y bastante animadas al otro lado del pasillo que conectaba con la clínica rural, no pudo evitarlo y se asomó para ver de quién eran esas voces
El murmullo de voces masculinas que provenía del pasillo no era normal para la tranquilidad de la clínica. Eran risas graves, un tono seguro y una familiaridad que rompió de golpe la monotonía del archivo.
La curiosidad venció a Abigail. Dejó la pluma sobre el escritorio y, caminando en puntitas de pie para no hacer ruido con sus zapatos, se asomó por un costado del marco de la puerta.
Y entonces... lo vio por primera vez.
Era un joven vaquero de veintitantos años, tan alto y musculoso que casi tapaba la luz del pasillo.
Llevaba un chaleco negro ajustado a su torso, puesto sobre una camisa blanca planchada que parecía nueva; las mangas, enrolladas con descuido hasta los codos, dejaban al descubierto unos antebrazos marcados por el trabajo duro.
Coronando la estampa, un sombrero negro ladeado le daba un aire de seguridad varonil, una mezcla de picardía y masculinidad que ella nunca había visto en la ciudad.
Al ver quien acompañaba al vaquero, Abigail lo reconoció era el mismo que habia visto un dia antes.
El vaquero conversaba animadamente con el otro —que no estaba nada mal—, pero la verdad sea dicha: el de hoy jugaba en otra liga; mientras el muchacho bromeaba con una sonrisa ladina, soltando comentarios picantes, hacía reír a su acompañante.
Abigail se quedó paralizada. Sin poder evitarlo, comenzó a comérselo con la mirada, repasando desde la línea de su mandíbula hasta la firmeza con la que se apoyaba contra la pared.
«Santa madre de Dios...», pensó Abigail, conteniendo el aliento mientras sentía un calor repentino subirle por el cuello.
«¿Pero ¿qué le dan de comer a los hombres en este pueblo? ¿Proteína con agua del río? Míralo nada más... Esa camisa debería ser ilegal.
O al menos el chaleco, el que inventó el estilo de vaquero merecía un premio Nobel.
A ver, Abigail, concéntrate, eres una mujer profesional, una odontóloga titulada...
además, se supone que vienes huyendo de una relación espantosa, se supone que no quieres volver a ver a un hombre en lo que te queda de vida, ¡pero es que esos antebrazos podrían apretar una tuerca sin llave inglesa!
Si el doctor me dijo que aquí a veces pagan con productos del campo, espero que este espécimen venga incluido en el paquete de la nómina, aunque sea para tenerlo en mi pared y verlo todos los días».
En ese instante, como si sintiera el peso de la mirada fija sobre él, el vaquero giró la cabeza; sus ojos impactaron con los de ella. Un segundo.
Un solo segundo en el que él arqueó una ceja con una sonrisa engreída, disfrutando del descubrimiento, Abigail sintió un latigazo de pánico e hizo un movimiento reflejo: se escondió de golpe tras la pared de madera, pegando la espalda a la superficie fría mientras se llevaba las dos manos al pecho.
Su corazón no es que latiera, ¡estaba bailando un zapateado salvaje contra sus costillas!
«¡Me vio! ¡Qué vergüenza, solo pienso en que aquí sí aplica la expresión Trágame tierra, porque me vio comiéndomelo con la mirada como si fuera un helado en pleno agosto!
», se recriminó a sí misma en un susurro mudo, apretando los ojos con fuerza y sintiendo las mejillas arder como dos carbones encendidos.
«Bravo, Abigail. Primer día de trabajo, diez minutos con la bata puesta y ya quedaste como la acosadora del consultorio. Respira... respira. Si te vio, es cierto, pero puede ser por otro motivo, pon cara de que estabas inspeccionando la pintura de la pared.
Sí, claro, porque la gente inspecciona la pintura con cara de boba normalmente ¡Maldita sea! ¿Por qué el corazón me está latiendo como si hubiera corrido un maratón? Ni que fuera un adolescente... Pero Dios mío... qué bien le queda ese sombrero».
Lo que Abigail no imaginaba en ese momento era que, en cuestión de minutos, aquellas voces varoniles pertenecían a dos de los insoportables, ruidosos e inseparables hermanos Petersen.
Un par de vaqueros que acababan de inventar la excusa médica más absurda del mundo para "visitar" a su primo doctor... aunque sus verdaderas intenciones estuvieran muy lejos de revisar si tenían alguna enfermedad.