Capítulo 7 Mejor buscaré un trabajo
Abigail Carter permanecía de pie en medio de la sala con las manos puestas en la cintura, miró a su alrededor, evaluando las paredes de tono descolorido y los rincones llenos de polvo acumulado por el tiempo, sin remedio volvió a mirar hacia el techo y las esquinas desgastadas, soltando un profundo suspiro de resignación que hizo mover su fleco con delicadeza
—Por dónde empiezo, creo que hay tanto por hacer que es difícil decidir que hacer primero... La antigua casa de los Morgan era hermosa, con un encanto rústico innegable, pero también llevaba años deshabitada, motivo por el cual cada rincón parecía tener una pequeña grieta acumulada por el abandono.
Había cajones flojos que amenazaban con caerse al menor contacto, algunas bisagras secas que chirriaban con un crujido cada vez que soplaba el viento, y las puertas de madera hinchada que no cerraban bien, los muebles victorianos distribuidos por la habitación parecían sostenerse por la voluntad de Dios y un par de capas de barniz viejo.
Abigail caminó e intentó comenzar por algo sencillo, así que se acercó a una cómoda de madera oscura que estaba en el pasillo donde apoyó la mano en el tirador de bronce y tiro hacia afuera esto provoco que uno de los cajones saliera de sus rieles, en sus manos, quedando colgado de mala manera.
—Genial...lo único que me faltaba. —murmuró, sosteniendo la estructura con cuidado para que no se viniera abajo, miró alrededor buscando herramientas con las cuales hacer una reparación, continuo con sus reparaciones y busco por todo el lugar las herramientas —luchando contra una red de telarañas—, encontró un martillo un poco oxidado y algunos clavos doblados en el fondo de una lata, regresó al pasillo y se arrodilló frente al mueble, ajustando el cajón lo mejor posible.
—Vamos, amigo ayúdame un poquito... Levantó el martillo y dio un golpe sobre la madera, pero el cajón cedió solo un milímetro, aunque quedó un poco mejor alineado, y eso la animó.
Dio otro golpe con más fuerza, pero un CRAC seco resonó en el pasillo, y el frente de madera terminó desprendiéndose, y cayendo sobre su regazo.
Abigail cerró los ojos despacio, inhalando profundo por la nariz.
"Maravilloso, tú que creías que ya estaba listo" Dejó el martillo sobre el piso para no romper nada más y contempló el desastre. —Creo que arreglar muebles no es lo mío. Se levantó resignada, sacudiéndose el polvo de los jeans.
Abandonando su faceta de carpintera, caminó hacia la planta baja y, al pasar por la cocina, el olor a café frío aún rondaba en el ambiente.
Tomó en su mano el periódico local que Emily había dejado sobre la encimera antes de irse a la clínica y se apoyó contra la barra para darle una ojeada.
—A ver... Pasó un par de páginas hasta dar con la sección de anuncios clasificados, sacó un bolígrafo del bolso y comenzó a revisar la columna de empleos.
Había ofertas para dependientes en tiendas de abarrotes, mecánicos para talleres locales, recepcionistas... Hasta que una línea en negrillas al final de la página llamó poderosamente su atención.
"Se solicita odontóloga o asistente dental. Presentarse en la calle Main.” Sus ojos brillaron con entusiasmo y un golpe de adrenalina le recorrió el cuerpo.
—¡Por fin! Leyó la dirección para asegurarse de no haber tenido un espejismo, luego frunció el ceño en un gesto reflexivo.
—¿Main Street? Pensó unos segundos, tratando de ubicar el mapa mental del pueblo que habían recorrido el día anterior.
—Pero... recordó las fachadas de ladrillo rojo, el parque central y el edificio blanco donde habían dejado a su hermana unas horas atrás.
—Eso está justo enfrente de la clínica donde trabaja Emily; con eso apareció una enorme sonrisa de satisfacción que se dibujó en su rostro.
La suerte parecía estar empezando a ponerse de su lado. —No pierdo nada con ir.
Dejó el periódico abierto sobre la mesa y subió las escaleras a pasos dobles hacia su habitación. Se cambió la ropa cómoda por un conjunto formal pero fresco, adecuado para una entrevista improvisada.
Se acomodó el cabello frente al espejo con un par de toques rápidos y revisó que su maquillaje fuera impecable.
Tomó su bolso de cuero, asegurándose de llevar una carpeta con su título, certificados y documentos personales en orden.
Y salió de casa a paso firme, cerrando la puerta tras de sí con una renovada chispa de esperanza, lista para conquistar su primer día en el pueblo.