Un vaquero Timido Capítulo 3 Primera Noche
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Capítulo 3 Primera Noche

La primera noche en la antigua casa de los Morgan fue un auténtico desastre porque en las condiciones de la casa no eran las más cómodas, por ese motivo en apenas amaneció, Emily abrió los ojos con una mueca de dolor, el cansancio y la cama le paso factura.

—Ay...dijo cuando se incorporó lentamente mientras se sobaba la espalda, sintiendo cada vértebra crujir, cada músculo parecía protestar por el nulo descanso, porque la vieja cama había sonado toda la noche; cada vez que intentaba darse la vuelta, los resortes oxidados chillaban como si la estructura estuviera a punto de desarmarse por completo.

—Definitivamente... esta cama quiere matarme, o hacerme huir de este pueblo, dijo cuando se puso de pie y estiró la espalda, soltando un suspiro de alivio al recuperar la verticalidad, entonces miró hacia el otro lado de la habitación, buscando el cuerpo de su hermana.

Frunció el ceño, porque no estaba por ningún lado. —¿Abby?

Un sonido en el suelo hizo que su vista se dirigiera hacia ese lugar. Bajó hacia el espacio libre junto a la mesita de noche, donde la vio dormida con una cobija sobre el piso de concreto.

Extrañada, la movió ligeramente con el brazo. Abigail dormía en el suelo, envuelta en una manta térmica y abrazando una almohada contra su pecho como si el frío parqué fuera el lugar más cómodo del mundo.

Emily no pudo contener la risa. Se acercó lentamente y la empujó suavemente con la punta del pie para que despertara. —Abby...

Nada, la chica ni se inmutó, por eso la volvió a mover con más de insistencia —Abby...Su hermana abrió un ojo con fastidio, parpadeando un par de veces para enfocarla. —¿Qué pasa…? Déjame dormir, eres una pesada…

—¿Qué haces durmiendo ahí? Abigail bostezó, desperezándose como un felino antes de acomodar la almohada.

—La cama es horrible, Emily soltó una carcajada que resonó en las paredes del cuarto. —¿Y preferiste el piso?

—Mil veces —aseguró Abigail, acomodando la manta hasta la barbilla, volvió a cerrar los ojos, dispuesta a recuperar el sueño—. El suelo es más cómodo, y suena menos que ese colchón viejo, Emily terminó riéndose a carcajadas.

—Eso habla muy mal de esa cama. Abigail se incorporó quejándose en voz baja mientras se sentaba sobre las mantas.

—Si dormimos otra noche ahí arriba... —Se llevó una mano a la cintura, masajeando la zona afectada—. Vamos a necesitar un traumatólogo, muy pronto, Emily asintió, estoy de acuerdo con tu comentario.

—Tenemos que comprar camas nuevas, eso es un hecho.

—Hoy, si es posible—sentenció Abigail con firmeza — O mañana estaremos caminando como zombis. Abigail sonrió, mientras se ponía de pie y sacudía su ropa.

—Después del trabajo vamos a la tienda departamental, a ver qué encontramos…

—Trato hecho. Emily caminó hacia el clóset y tomó una toalla, sintiendo el aire fresco de la mañana en la piel, y miró el baño con anticipación. —Mientras tanto... necesito una ducha urgente.

—Y un masaje —añadió Abigail desde el umbral. —También. Las dos rieron, rompiendo la tensión del encierro y el cansancio acumulado.

Media hora después, el vapor cálido llenaba el pequeño baño.

Emily salió ya lista para su primer día en la clínica; llevaba un pantalón de vestir azul marino que estilizaba su figura, una blusa blanca planchada y el cabello recogido en una coleta alta que dejaba su rostro despejado.

Se miró por última vez en el espejo, para revisar su maquillaje. —Primer día... —Respiró, intentando calmar los latidos de su corazón—. Todo saldrá bien.

Mientras tanto, Abigail ya estaba en la cocina adelantando los deberes.

El chisporroteo del sartén llenaba la planta baja de la casa con un sonido acogedor, a los pocos minutos, el delicioso aroma a tocino comenzó a recorrer todas las habitaciones, colándose por las rendijas.

Emily apareció en el arco de la cocina, guiándose por el delicioso olor y con una sonrisa en el rostro. —Eso huele delicioso.

Abigail sonrió sin dejar de cocinar, moviéndose entre la estufa y los platos. Con unas pinzas, sirvió la primera porción.

—Pues solo son huevos. —Colocó otra tira de tocino sobre el plato—. Jamón. —Después sirvió más, acomodando todo con esmero—. Y un poquito de tocino. —Finalmente dejó una jarra de cristal sobre la mesa—. Y por supuesto jugo de naranja, no natural comprado jajaja

Emily tomó asiento, maravillada por el banquete improvisado. —Pues no sé cómo agradecerte; gracias a ti me iré a la clínica con el estómago lleno. Ahora sí creo que no cometí un error el invitarte a venir conmigo. ¿Cómo podría pagarte…?

—Comprándome una cama esta tarde, porque no quiero dormir en el piso otra vez —reviró Abigail con una ceja alzada.

—Hecho —dijo cuando Abigail encendió la cafetera con un clic—. A los pocos instantes, el aroma del café recién preparado terminó de despertar la casa, llenando el espacio de una calidez que les hacía falta.

—Ahora sí... —Tomó dos tazas de cerámica de la barra—. Es un desayuno completo, este será un gran día, pero justo cuando estaba por servir el líquido oscuro...

¡PUM! ¡PUM! Un golpe resonó en la puerta principal, haciendo vibrar la madera. Las dos dieron un pequeño salto en sus lugares, sobresaltadas por el imprevisto, Emily llevó una mano al pecho, sintiendo el vuelco del corazón. —¡Madre santa!

Abigail dejó la taza sobre la barra, tensando los hombros.

Por un instante, volvió aquel miedo latente de encontrarse en un lugar desconocido y solitario.

Emily, intentando mantener la calma, caminó despacio hacia la puerta, cuidando que sus tacones no hicieran ruido, y miró por la pequeña mirilla de metal.

Durante un segundo permaneció inmóvil, asimilando la imagen al otro lado, después abrió mucho los ojos y soltó un grito lleno de emoción.

—¡Es Sara!! Abrió la puerta de golpe, sin importarle el chirrido de las bisagras. Una joven de cabello largo, ondulado y de un encendido tono rojizo apareció en el umbral, sosteniendo una maleta.

Sus ojos color miel recorrieron toda la fachada de la casa, evaluando las maderas desgastadas con un evidente espíritu crítico. Luego hizo una mueca.

—¿Aquí es donde vamos a vivir? Emily soltó una carcajada, aliviada y feliz de verla. Sara, siguió observando los detalles del porche —Uy... —Negó con la cabeza—. Esto necesita arreglos, Abigail apareció detrás de Emily, recargándose en el marco de la puerta y sonriendo de oreja a oreja.

—Buenos días para ti también Sara dejó su maleta en el suelo con un golpe.

—Lo bueno... —Abrió los brazos, cambiando su expresión crítica por una enorme sonrisa—. ...es que ya llegué. Las tres se juntaron en el centro del recibidor y se abrazaron con fuerza, rompiendo en un murmullo de risas y exclamaciones. Hacía meses que no estaban juntas bajo el mismo techo.

Emily fue la primera en separarse, sujetando a Sara por los hombros.

—¡Pensábamos que llegarías esta tarde! Sara negó con la cabeza, acomodándose un mechón de cabello rebelde tras la oreja.

—Cambio de planes —entró arrastrando la pesada maleta por el pasillo—.

Las clases empiezan hoy. Emily abrió mucho los ojos, sorprendida.

—¿Hoy? —¿Tan rápido? Sara asintió mientras dejaba su bolso sobre una silla.

—La directora me llamó ayer para decirme que necesitaban incorporarme.

Abigail se agachó y tomó una de las maletas para ayudarla a despejar el pasillo. —Eso explica tu cara de cansancio.

—Conduje a medianoche para llegar temprano —admitió Sara, dejando caer los hombros.

Pese al cansancio, miró el interior de la casa, evaluando la sala.

Aunque... —Levantó una ceja—. Necesitamos pintura.

—Luego señaló una grieta en la pared—. Eso también hay que arreglarlo.

—Después miró hacia arriba, inspeccionando las vigas—.

Y eso. Su prima comenzó a reír, contagiada por la inagotable energía perfeccionista de su prima.

—No has estado aquí ni cinco minutos y ya hiciste una lista de remodelaciones.

—Alguien tiene que hacerlo —replicó Sara con orgullo. Las tres caminaron hasta la cocina, donde los platos seguían despidiendo vapor. Sara abrió los ojos al ver el desayuno montado sobre la mesa; el cansancio pareció esfumarse de golpe.

—Con razón huele tan bien, comida, justo lo que necesito para este día tan largo. ¡Bendita seas, Abigail! Sin pedir permiso y saltándose cualquier protocolo, tomó una tira de tocino del plato. —Llegué muriéndome de hambre.

Abigail fingió indignarse, cruzándose de brazos y fingiendo una mirada severa.

—Ni siquiera saludaste; te fuiste directo al desayuno.

—Claro que lo acabo de hacer, pero mi estómago está feliz por esto —respondió Sara con la boca medio llena, saboreando el bocado.

Emily negó divertida, observando la escena con los brazos cruzados. —Sigues siendo igual que siempre, prima; creí que habías cambiado después de que no se realizara tu boda. Pero me da mucha alegría saber que sigues siendo tú misma. Sara dio otro mordisco, encogiéndose de hombros.

—Y ustedes también siguen siendo iguales —Después miró de arriba abajo el atuendo de prima, notando la formalidad de su ropa—.

¿Y tú qué tal? ¿Lista para tu primer día?

Ese trabajo en la clínica debe valer mucho la pena para que las tres nos mudemos a la otra punta del país.

Emily sonrió, aunque una pizca de nerviosismo asomó en sus ojos.

—Más nerviosa que lista, es emocionante empezar una nueva vida lejos de todo lo que conocemos; siempre me causa nerviosismo el primer día.

—Te irá bien —le aseguró Sara con un gesto de confianza. Luego miró a Abigail. ¿Y tú? ¿Ya buscaste trabajo?

—Buscaré clínicas dentales para dejar currículums —respondió Abigail, sirviendo las tres tazas de café. Emily tomó su bolso de la barra y revisó que tuviera las llaves a la mano.

—¿Qué les parece si cuando salgamos del trabajo nos encontramos en el centro? Sara asintió, tomando su taza caliente entre las manos. —Me parece bien.

Abigail sonrió, entusiasmada con la idea de explorar el nuevo entorno. —Primero comemos, y después vamos por nuestras camas nuevas —recordó Emily con énfasis.

Sara levantó la taza de café en el aire, como un brindis.

—Entonces comenzamos nuestra nueva vida en este pueblo, que se preparen, porque las Carter han llegado a este pueblo con ganas de triunfar —dijo mientras acercó su taza y la chocó con la de ella, haciendo un tintineo alegre—.

—Brindemos por los nuevos comienzos. Abigail hizo lo mismo, cerrando el círculo.

—Y porque esta noche ninguna tenga que dormir en el suelo.

Las tres rompieron a reír, unidas por complicidad.

El desayuno transcurrió entre risas, planes de decoración y el aroma del café, logrando disipar el aire frío y sombrío que habitaba la antigua estructura.

Poco después, la prisa de la mañana las obligó a moverse. Tras un último vistazo al espejo y un par de abrazos de buena suerte en el vestíbulo, las tres cruzaron el umbral, dejando atrás el polvo de los Morgan para salir al encuentro de su destino.