Capítulo 1 Familia Peterson
Ray empujó la puerta de madera con el hombro, mientras observaba a su madre y su tía en la cocina.
—Espero que hoy no haya estufado otra vez —dijo a cuando John entró detrás de él y resopló.
—Si mamá te escucha, te hará comer dos platos, ella dice que siempre hemos estado sanos gracias a su cocina
—Vale la pena correr el riesgo, porque esa comida, no es muy agradable, en realidad la hace porque a mi padre le encanta, y como es el único que cuenta para mamá, hace lo mismo varias veces por semana
—Cobarde, lo dices solo porque ella no está aquí con nosotros, porque cuando está presente, te quejas cuando ya estás sentado a la mesa comiendo.
—Lo hago de esta forma porque así, tengo un plato delante por si decide aventarme la cuchara, y como de todas maneras me lo estoy comiendo, no toma la crítica en cuenta, dijo John y soltó una risa contagiosa
—Entonces eso es estrategia, no valentía; no cabe duda, hermano, por eso eres el menor, sabes cómo evitarte problemas.
El interior de la casa del rancho Bulls Cowboys conservaba el mismo aspecto desde hacía generaciones, con las vigas de madera oscura que cruzaban el techo.
Las paredes estaban cubiertas con fotografías antiguas de la familia Petersen durante varias generaciones; en ellas se veían monturas de caballos perfectamente cuidadas y viejos trofeos de rodeo que habían pertenecido al bisabuelo de los hermanos.
Aquellas tierras habían pasado de padre a hijo durante más de un siglo cuando el bisabuelo Petersen había llegado a caballo en aquella parte del este de Texas que era un árido conjunto de caminos de tierra y bosques interminables, los cuales, con trabajo duro, y paciencia, se habían transformado en uno de los ranchos ganaderos más extensos de la región, al que su bisabuelo había nombrado el rancho Bulls Cowboy y que en la actualidad era enorme.
Incluía miles de hectáreas de pastizales, bosques de robles, arroyos y colinas que pertenecían a la familia, pero que también tenía un inconveniente, estaba demasiado lejos de la civilización, donde el pueblo más cercano quedaba a casi cuarenta minutos por una carretera angosta, y después de las ocho de la noche parecía que el mundo entero desaparecía bajo el silencio del campo, ese paraje a Ray le encantaba, y a John también, aunque este último jamás lo admitiría, el aroma de carne asada, pan recién horneado y mantequilla derretida inundó la casa apenas cruzaron el recibidor.
—Ya huele a que sobreviviremos otro día —dijo Ray aspirando profundamente.
—Más te vale lavarte las manos primero, porque mamá puede oler la suciedad a veinte metros, y ya está observándonos con el gesto de desagrado en la nariz.
—Eso es cierto, ya la vi, quizá sea porque vengo de un granero lleno de estiércol maloliente.
Al entrar en la enorme cocina, el corazón del rancho latía con fuerza, había dos mesas largas ya estaban preparadas para recibir a toda la familia y a los vaqueros que acababan de terminar la jornada.
En la estufa, Vicky Petersen, la madre de los hermanos, repartía generosas porciones de carne, puré de papas y verduras como si estuviera alimentando a un ejército, a su lado trabajaba Jandy su cuñada y tía de los hermanos, ella estaba acomodando enormes bandejas de empanadas de manzana, pastel de nuez con durazno y pan de canela recién salido del horno.
Si Vicky era la reina de las comidas principales, Jandy era una auténtica leyenda con los postres, todo el pueblo amaba sus empanadas de manzana, porque nadie en cien kilómetros a la redonda las preparaba como ella, ni un solo cumpleaños, boda, bautizo o feria del condado estaba completo sin alguno de sus postres, pero si había algo más famoso que su cocina......
era su manera de hablar, las dos mujeres tenían un carácter capaz de poner en su sitio al vaquero más testarudo de Texas, no levantaban la voz, porque no les hacía falta, pues con una sola mirada bastaba para que cualquier persona dejara de discutir ante ellas.
—¡Miren nada más! —exclamó Jandy sin siquiera girarse—. Los príncipes decidieron aparecer, Ray levantó las manos saludando
—Buenas tardes, tía, ¿cómo te va…
—¿Buenas? Serán buenas porque todavía no les he puesto a lavar los establos otra vez, y ustedes huelen muy mal; deberían bañarse en lugar de lavarse solo las manos. John sonrió mientras se acercaba al fregadero.
—Es que ya los limpiamos, para que te sorprendieras.
—Pues ensúcienlos de nuevo…. Si los limpian antes de que se los encargue, ¿qué diversión hay en eso…?
Ray soltó una carcajada: —¿Ves? Siempre digo que tú eres la mala influencia para mi madre. Ella es exigente, pero se le van las ideas porque tiene mala memoria. Pero cuando te tiene a ti al lado, no podemos confundirla porque tú le recuerdas todas nuestras fechorías.
—Tienes razón: si fueras mi hijo, ya no tendrías un par de dientes, pero como eres mi sobrino, todavía respiras porque tu madre te quiere mucho y no quiero enemistarme con ella. Vicky Peterson dejó un cucharón sobre la encimera y observó a sus hijos con una ceja levantada.
—¿Se lavaron las manos? Ray respondió demasiado rápido. —Sí.
—Mentiroso, olerías mejor si lo hubieses hecho, pero ¿qué puedo esperar si eres veterinario? Aunque John es administrador, no debería oler así….
John comenzó a frotarse las manos con jabón.
—Yo ya me lavé, mira. Vicky señaló a Ray con el cucharón, —¿Y tú? Ray suspiró exageradamente.
—Ahí voy…—No "vas", solo hazlo —dijo su madre mientras él caminaba refunfuñando hacia el fregadero. Jandy negó con la cabeza.
—Treinta años criando hombres y siguen comportándose como si tuvieran doce.
—Tía, tengo treinta y tres —corrigió Ray.
—Entonces es peor, en ese momento los vaqueros que comenzaban a entrar en la cocina, soltaron varias risas de ellos por el regaño.
—No se rían tanto —dijo Jandy señalándolos con una espátula—. Ustedes tampoco se salvan; vayan a lavarse ahora, si es que quieren comer en esta mesa. Uno de los vaqueros levantó las manos.
—Hey señora nosotros no hicimos nada, somos buenos niños, ellos hacen travesuras y la pagamos nosotros
—Todavía, Will, pero también te conozco a ti desde que tenías trece, así que no rezongue y ve a lavarte.
Otra carcajada recorrió la habitación; aquella era la razón por la que todos adoraban trabajar en el Bulls Cowboys: allí nadie era tratado como un simple empleado; compartían la mesa, las historias y las bromas como una gran familia. Vicky colocó la última fuente sobre la mesa.
—Muy bien, siéntense todos antes de que la comida se enfríe. Ray ya estaba acomodándose cuando vio a Jandy colocar un enorme pastel de nuez sobre la barra; sus ojos brillaron.
—Ese pedazo es mío, esta apartado. Jandy sonrió con calma.
—Claro que sí… hizo una pausa mientras se limpiaba las manos en el delantal.
—...si logras que los demás no te ganen, Ray se quedó inmóvil apenas un segundo.
—¡No se atrevan, chicos! Mi tía hizo ese pastel porque a mí me encanta. En ese momento, cinco vaqueros se lanzaron al mismo tiempo hacia el postre.
—¡Malditos traidores! —gritó Ray, corriendo detrás de ellos mientras toda la cocina estallaba en carcajadas. Vicky se cruzó de brazos y negó con la cabeza.
—Algún día, esos dos hijos míos van a madurar. Jandy tomó un cuchillo para cortar el pastel y sonrió con picardía.
—¿Ray y John? No, hermana... esos van a llegar a viejos antes de dejar de comportarse como un par de niños y, la verdad, espero que nunca cambien.
En ese momento la puerta de la cocina volvió a abrirse con un golpe suave, dejando ver a un vaquero de ojos claros, cabello oscuro, y con una sonrisa enigmática
—Espero que todavía quede comida, porque llevo doce horas viendo pacientes que creen que el café reemplaza el desayuno. Ray levantó la vista y sonrió de inmediato.
—¡Miren quién decidió abandonar a los enfermos! Gritó John cuando señaló una silla vacía.
—Ya pensábamos que te habías casado con el hospital, porque es peor que una novia celosa contigo; el recién llegado dejó las llaves sobre la barra y se quitó la chamarra.
Era Christian Peterson, el hijo de Jandy, primo de los chicos quien a diferencia del resto de la familia, había tomado un camino distinto, mientras todos crecieron entre caballos, ganado y cercas.
Chris había pasado años estudiando medicina y ahora era el médico del pueblo mientras dirigía la clínica local, vivía solo en una enorme casa de estilo victoriano frente a la plaza principal, a pocos pasos de la iglesia y del ayuntamiento.
Sin embargo, había una costumbre que jamás cambió, todas las noches regresaba al rancho para comer o cenar, decía que la comida de su madre era insustituible, la realidad era, que no soportaba comer solo, y tampoco quería perderse las discusiones con sus primos, porque la camaradería entre ellos era tan fuerte que cualquiera que los viera discutir pensaría que estaban a punto de pelear…
hasta descubrir que cinco minutos después estaban riendo como si nada. Jandy levantó una ceja.
—Llegas tarde, creí que ya no vendrías
—Había muchos pacientes, y la señora Pitman tenía ganas de platicar, y me pareció una descortesía decirle que ya se fuera
—Esas son excusas que nadie te cree; si no fueras mi hijo, ya te habría servido las sobras —Christian besó la mejilla de su madre.
—Pero sí soy tu hijo, mamá, que no se te olvide…Ray se echó a reír.
—¿Ves? Yo llevo años diciéndole que me adopte y nunca acepta, dijo Will
—Porque ya tengo suficiente trabajo con uno como tú —contestó Jandy sin perder el ritmo.
John empujó una silla con el pie. —Siéntate, doctor, antes de que Ray se coma el mantel, antes de preguntarte algo que vio hoy en el pueblo.
—No exageres. Todos giraron hacia él; Ray levantó lentamente un enorme trozo de pan que había escondido debajo de la servilleta.
—Está bien… quizá esté un poco curioso, solo un poco…. Las carcajadas volvieron a llenar la cocina. Christian tomó asiento mientras Vicky le servía un plato rebosante de carne, papas y verduras.
—Gracias, tía. Tengo mucha hambre y la comida del hospital es espantosa; nada como tu comida.