Un vaquero Timido Prólogo Rancho Bull Cowboys
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Un vaquero Timido

Un vaquero Timido

Por KARLA LIZET CARRILLO SANDOVAL

© inepub.com

Prólogo Rancho Bull Cowboys

Entonces... —Ray Petersen dejó caer las botas sobre la barandilla de madera del porche, acomodándose en la silla con una sonrisa ladeada y los ojos cargados de diversión—.

¿Qué hiciste ayer? Desapareciste todo el maldito día, y eso es raro en ti, sobre todo desde que terminaste tu relación con aquella bruja, dijo John Petersen, sentado unos pasos más allá con la espalda recta y la paciencia de un detective exigiendo respuestas, pero Ray no levantó la vista, solo continuó deslizando la hoja de su navaja sobre la piedra de afilar, con movimientos rítmicos, y calculados, mientras hacia un calor infernal, algo habitual en el rancho Bulls cowboy del sur de Texas, pero que no afectaba el humor de su hermano menor.

—Solo fui al pueblo; necesitaba suministros veterinarios para los caballos de mi padre. No sé por qué eres tan metiche, pero supongo que no tienes vida propia para estar tomándome el tiempo en mi trabajo —dijo Ray, que soltó una carcajada que resonó en el espacio abierto.

—¿Al pueblo? Supongo que eso explica por qué regresaste oliendo a perfume en lugar de a estiércol como de costumbre.

—Es solo jabón, imbécil, deberías bañarte de vez en cuando para que reconozcas el olor —replicó, sin perder el compás de la navaja.

—No, tú no usas ese jabón entre semana, solo lo haces cuando crees que existe la posibilidad de impresionar a una mujer, así que suelta la sopa y dime a quién viste —dijo John, convencido, mientras negó con la cabeza, haciendo una sutil mueca de resignación que estaba dibujándose en sus labios curtidos por el sol.

—De verdad eres tan entrometido que estás enfermo de curiosidad

—Y tú estás sospechosamente arreglado y limpio, seguramente tienes algo interesante que contar, pero te niegas a darme un poquito de entretenimiento vespertino

—Entiende lo que te digo: fui por provisiones y a la ferretería. Aseveró Ray, cuando se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, completamente entregado al interrogatorio.

—¿Ajá? ¿Y las provisiones tenían nombre?

—Sí, claro —dijo Ray cuando John abrió mucho los ojos, brillando con una chispa de triunfo anticipado.

—¡Lo sabía! ¿Cómo se llama?

—Vacunas, pastillas de mebendazol, cable de ¾, y un alcohol 96 grados

John le lanzó la gorra de lona que tenía más a mano en la mesa baja.

—Eres un idiota —dijo John cuando Ray atrapó la prenda en el aire sin el menor esfuerzo, con los reflejos afilados de quien pasa la vida lidiando con ganado, y la dejó a un lado.

—Tú preguntaste así que no te quejes

—No me respondas con tecnicismos.

—También compré café por si te interesa —añadió Ray, con el rostro serio, aunque una pequeña arruga junto a sus ojos lo delataba.

—¿El café estaba bueno?

—Excelente.

—¿Y la cajera también? John dejó escapar una risa corta por la nariz, deteniendo por fin el afilado.

—Eres insoportable, hermano; de verdad, no sé cómo te aguanto todos los días.

—No has respondido.

—Porque no pienso alimentar tus chismes, que no existen; solo estás intentando ver cosas donde no existen —aseveró Ray, que se recargó de nuevo en la silla de madera, cruzando los brazos sobre el pecho con aire de superioridad.

—Escúchame bien, tu podrás ser el mayor, pero llevas treinta y tres años soltero y cada vez que dices que fuiste "al pueblo", existe un cincuenta por ciento de probabilidades de que hayas conocido a alguien, y olvides a la bruja que fue tu novia...

y el otro cincuenta por ciento es que hayas ido únicamente a molestar al viejo Bill en la ferretería, porque estas aburrido, cosa que entiendo, viviendo en este rancho en medio de la nada, donde no hay nada más interesante que hacer que preguntarte a donde fuiste.

John esbozó una sonrisa de lado, guardando la piedra en su cinturón.

—Bueno, fue lo segundo.

—¡Ja! Sabía que el pobre Bill no tendría una mañana tranquila.

—Solo le dije que las palas que nos vendió estaban mal.

—¿Y por qué motivo podrían estar mal? Si yo recuerdo, son las mismas que compras desde que tienes 17 años.

—No, estas eran unas nuevas que acaban de llegar, pero tienes razón: quiero las mismas de nuevo. Ray estalló en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás.

—Algún día te va a sacar a escobazos de la ferretería; el pobre solo respira hondo cada vez que entras por la puerta.

—Lo intentó, pero no logró alcanzarme; quizá lo hubiera hecho si su negocio no dependiera directamente del rancho de mi padre….

—¿En serio? —preguntó Ray, enderezándose, divertido por la osadía.—¿Y qué pasó?

—Pues que corrí más rápido que él.

Los dos rompieron a reír al mismo tiempo, el rancho quedó envuelto unos segundos en aquel sonido familiar, un eco cálido que llenaba el porche, era una risa fácil, descalza, heredada de años compartiendo el mismo techo, las mismas travesuras infantiles y el mismo trabajo duro bajo el sol, era una tarde calurosa pero agradable alrededor de la vieja casa de madera, el viento del este de Texas se mecía con suavidad.

Más allá del porche, la propiedad se desplegaba en toda su gloria: hectáreas de pastizales verdes que ondulaban como un mar esmeralda, cercas de alambre de púas perfectamente alineadas y, a lo lejos, el brillo plateado del pequeño lago donde ambos habían aprendido a pescar cuando apenas eran unos niños con los pies llenos de suciedad.

Ray tomó una botella de agua que descansaba en el suelo y dio un largo trago, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—Entonces no pasó absolutamente nada interesante —dijo John cuando guardó la navaja en el bolsillo de su pantalón vaquero, ajustándose el cinturón mientras la mirada se le perdía por un instante en el horizonte.

—Bueno… sí pasó algo diferente, pero tengo miedo de decirte porque eres capaz de salir corriendo al pueblo para enterarte —arqueó una ceja.

—Ahora sí viene lo bueno, cuenta, cuenta, hermanito, estoy todo oídos.

—Llegó gente nueva al pueblo; no me pude enterar muy bien; me pareció inapropiado andar preguntando por ahí.

—¿Turistas? ¿Compraron la vieja casa de los Morgan? Ray asintió lentamente, rememorando el camión de mudanzas que había visto el día anterior. —No se si son turistas pero si compraron la casa o por lo menos eso escuché.

John soltó un silbido prolongado —Pensé que esa estructura terminaría cayéndose antes de que alguien la quisiera.

—Al parecer una mujer la compró, según lo que dijeron en la ferretería es enfermera, así que quizá Chris la conozca, o por lo menos nos pueda dar más información, porque el lugar donde él trabaja es la única clínica del pueblo

—¿Es vieja? —indagó, entornando los ojos.

—No se ve vieja, yo diría que tiene unos 28 o 29 años, o por lo menos eso creo, estaba demasiado lejos para estar seguro

—¿Está casada?

—No lo sé, no le pregunté

—¿Y cómo luce? ¿Es bonita? Ray se encogió de hombros con una deliberada indiferencia, pero una fijeza en su mirada delataban mucho más de lo que pretendía ocultar.

John lo señaló con un dedo acusador, saltando casi de la silla —¡Entonces sí la viste! No sé por qué no quieres decirme nada; si eres igual de entrometido que yo, la única diferencia es que tú te haces el disimulado, por eso todo el pueblo cree que eres respetuoso y tímido.

—La vi bajarse de una camioneta —admitió Ray, intentando que su voz sonara plana, rutinaria.

—Bueno y...

—Y nada más, no sé otra cosa. Es la verdad, sonrió con malicia, disfrutando el momento como un niño con zapatos nuevos.

—¿Bueno, si la viste de lejos, debes saber de qué color tiene el cabello, si es alta y de qué color tienen los ojos?

—Su cabello es castaño, estatura media, ojos no me fijé —insistió Ray, aunque el recuerdo de la silueta recortada contra el sol de la tarde seguía nítido.

—¿Es bonita? Ray tardó un segundo de más en responder, un pestañeo titubeante que para John fue la confirmación absoluta. —Supongo —John soltó una carcajada desbordante haciendo que la silla de madera crujiera, amenazando con vencerse hacia atrás.

—¡Ahí está! ¡Si es bonita! lo se porque tardaste demasiado en contestar.

—Yo no dije eso, y si me tardé es porque estabas haciendo preguntas estúpidas —John negó con la cabeza, divertido a su pesar por la insistencia de su hermano, pero decidido a no ceder terreno, se puso de pie de un golpe, sacudiéndose el polvo invisible de los pantalones para dar por terminado el debate.

—Me voy porque tengo trabajo y los animales enfermos no esperan a que termines de chismear, así que me retiro. Ray hizo un gesto exagerado, dejando caer los brazos a los lados.

—Claro, los dos sabemos que huir siempre ha sido tu mejor argumento, aunque sea deme su nombre antes de irte, ¿no lo sabes?

—No, bueno, seguramente mañana irás al pueblo a averiguar, no creo que te quieras quedar con la duda, porque eres bien metiche, hermanito.

—No voy por eso; es por lo que tengo que comprar alimento para las gallinas —argumentó John, comenzando a bajar los escalones de madera.

—Pero se supone que las compraste ayer en línea; me lo dijiste. ¿No recuerdas?

—Es que ahora necesitan sal.

—Las gallinas no comen sal, genio, que no se te olvide que soy veterinario. John caminó hacia el granero, dándole la espalda para ocultar la media sonrisa que no podía evitar que se le formara en el rostro.

—Pues entonces encontraré algo que sí coman y que no me genere un interrogatorio de mi padre antes de ir —mientras lo dijo, negó con una sonrisa ancha y afectuosa mientras veía la silueta de su hermano alejarse por el sendero de tierra oscura—.

Pero al observarlo a mitad de camino, John levantó una mano firme sin voltearse, ofreciéndole un gesto de despedida, y, por favor, ¡cállate, Ray!

La última carcajada de Ray resonó por todo el terreno del rancho, espantando a un grupo de gallinas que picoteaban cerca del corral y provocando que el viejo perro pastor, acostado bajo la sombra fresca del porche, levantara apenas una oreja con desgana antes de soltar un bufido y volver a quedarse profundamente dormido.

Ninguno de los dos hombres imaginaba, bajo aquel cielo azul de Texas, era que la llegada de aquella desconocida cambiaría para siempre, y de forma irreversible, la tranquila existencia del pequeño pueblo y el destino de los Peterson.