Un trato cruel Capítulo Doce #2
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Capítulo Doce #2

—No. Le quito eficacia a la acusación al darle la razón.

—Es lo mismo.

—Para mí no.

Me mira como si intentara averiguar qué parte de mi sinceridad es otro instrumento. Ese es el problema de decir la verdad después de haber manipulado a alguien. La exactitud no la vuelve inocente.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? No tenía por qué enterarme de que él ya había firmado.

La respuesta más sencilla es que tarde o temprano se enteraría. Probablemente.

La descarto porque la sencillez sería deshonesta.

—Crees que esto empezó cuando me viste en la piscina —digo—. No fue así. Llevo años deseándote, Jennifer, y una sola noche, por buena que fuera, no ha saciado mi hambre en lo más mínimo.

La habitación se queda en silencio. La expresión de Jennifer cambia, pero no identifico la emoción con la rapidez suficiente para aprovecharla.

Sus dedos se cierran sobre la correa de cuero del bolso. —¿Qué estás diciendo?

Se me ocurren varias respuestas a la vez.

Quiero que vuelva a mi cama esta noche y todas las que vengan después.

Quiero que sus cosas pasen de la habitación de invitados a la mía.

Quiero tener acceso a cada rincón privado de su vida que Ben no supo valorar.

Quiero oírla discutir conmigo al otro lado de la mesa durante el desayuno y reírse con torpeza de los libros que finge no disfrutar.

Quiero que el próximo contrato de su empresa sea un éxito sin que yo intervenga y, aun así, conocer todos los detalles.

Por encima de todo, quiero una decisión que no pueda comprar.

—Quiero que vuelvas.

Jennifer parpadea, quizá porque esperaba una exigencia más elaborada.

—Sin otra mentira —añado—. Sin una tormenta, una crisis legal ni ninguna circunstancia que yo haya preparado. Quiero que decidas que, sea lo que sea esto, te interesa lo suficiente para volver por voluntad propia.

—¿Y si no lo hago?

—No me gustará.

—¿Eso es todo?

—No. —Por fin rodeo el escritorio, pero me detengo a varios pasos de ella—. Es todo lo que estoy dispuesto a revelar.

Alza la barbilla. —Todavía crees que esto es una negociación.

—Creo que todo se aclara cuando ambas partes admiten lo que quieren.

—¿Y qué ofreces a cambio? —Cruza los brazos sobre el pecho—. Vuelvo y ¿qué? ¿Me manipulas otra vez? ¿Me mientes otra vez?

La pregunta me complace más de lo que debería. —Sinceridad.

Suelta media risa sin humor.

—Volviste a mi habitación después de enterarte de que la empresa nunca había sido el pago por tu cuerpo —le recuerdo—. Tú también quieres esto. Solo que te da demasiado miedo admitirlo.

Se le enciende la cara. —El sexo no es una relación.

—No he dicho que lo sea. Quiero más.

—¿Quieres que vuelva para qué, exactamente?

—Pides garantías antes de decidir si quieres correr el riesgo.

Me estudia, esperando algo más. No le doy nada.

—No confío en ti —dice.

—No deberías.

Frunce el ceño. —Lo dices con demasiada facilidad.

—Es fácil. Te manipulé.

—Y aun así esperas que vuelva.

—Sí.

—No tiene sentido.

—Tiene todo el sentido. La confianza no es la única razón por la que alguien vuelve a algo peligroso.

Sus ojos bajan un instante hasta mi boca antes de que se dé cuenta. Yo lo veo, y ella también.

Jennifer se aparta. —Sigues queriendo controlar el resultado —dice.

—Sí.

—Y no puedes.

—No.

Una satisfacción breve y punzante aparece en su expresión. —Eso debe de costarte.

—Más de lo que pienso permitirte disfrutar.

Se acomoda el bolso más arriba en el hombro y se vuelve hacia la puerta. Todos mis instintos exigen que intervenga. Una mano alrededor de su muñeca. Una sola orden. Recordarle lo que me pidió anoche y con qué facilidad me obedeció.

Sé qué palabras la harían vacilar y exactamente dónde tendría que colocarme para estrechar el espacio del umbral.

No hago nada de eso.

Jennifer llega a la puerta y se detiene sin mirar atrás. —¿De verdad me deseabas antes de la boda?

—Sí.

—Y aun así me viste casarme con él.

—Sí.

—¿Pensaste alguna vez en impedirlo?

La respuesta sincera es fea. —Una vez.

Se vuelve. —¿Qué te detuvo?

—Tú.

La confusión le cruza la cara.

—Lo amabas —digo—. O creías amarlo. Arrebatarte esa decisión no te habría llevado a mi cama. Solo habría hecho que me odiaras antes.

—Pareces convencido de que acabaré odiándote.

—He considerado la posibilidad.

—¿Y si decido que ya te odio?

—Hasta ahora, odiarme no te ha impedido desearme.

Sus ojos relampaguean. —Haces que resulte muy tentador.

—Lo sé.

Se marcha. Oigo sus botas cruzar el recibidor de mármol y después abrirse la puerta principal. Un momento más tarde, el sonido de su auto al arrancar llega a mi despacho a través de la lluvia.

Voy hasta la ventana, pero me quedo lo bastante atrás para que no me vea observándola. El auto avanza por el camino de entrada, reduce la velocidad junto a la verja y luego desaparece por la carretera costera.

Detenerla habría sido sencillo. Llevo toda la vida obteniendo ventajas de situaciones menos favorables que esta. La dejo marchar, no porque me haya vuelto bueno ni porque haya aceptado perderla, sino porque la próxima vez que Jennifer diga que sí, quiero que esa respuesta solo le pertenezca a ella.