Capítulo Seis
CARSON
Le sorprende oírme preguntar eso.
—No... —Se muerde el labio—. Donde tú quieras. Es tu desafío.
Sonrío con suficiencia. Cree que es un desafío, una competición que, de alguna manera, ya he perdido.
No cree que vaya a gustarle tanto como para suplicarme que le dé más, joder.
Camino hacia el armario bajo junto a las ventanas y ella me sigue con los ojos. Abro uno de los cajones y saco una botella de vidrio oscuro.
Frunce el ceño.
—¿Guardas aceite de masaje en tu habitación?
—Guardo muchas cosas en mi habitación.
—Por supuesto. —Su sarcasmo es débil, pero es mejor que el silencio.
Tomo la botella y me acerco al banco de cuero que hay a los pies de la cama. Jennifer sigue cada uno de mis pasos. Cuando me detengo a su lado, señalo el asiento.
—Siéntate.
Alza aún más las cejas.
—De verdad te gusta dar órdenes.
—Sí.
Permanece donde está, quizá esperando que suavice la orden con alguna palabra tranquilizadora. No lo hago. Accedió a dejar que llevara la iniciativa, y no voy a convertir este momento en una negociación nerviosa porque otros hombres le enseñaron a desconfiar de cada respuesta que da.
Al cabo de varios segundos, cruza la habitación y se sienta en el borde del banco. Mantiene las rodillas juntas y los brazos cruzados, como si aún pudiera atrincherarse detrás de ellos.
Me detengo frente a ella. Tiene que echar la cabeza hacia atrás para mirarme a los ojos, y la postura le cambia la respiración. Solo un poco, pero lo noto. Su mirada desciende por el cuello abierto de mi camisa antes de volver a mi cara.
—Quítate la camiseta.
El rubor se extiende por su pecho y desaparece bajo la tela descolorida. Agarra el bajo de la camiseta, pero vacila, y yo no hago ademán de ayudarla.
Si la desvistiera ahora, pasaría la próxima hora preguntándose si fue decisión suya levantar los brazos. Quiero que sienta el instante exacto en que decide obedecer.
Jennifer se quita la camiseta por la cabeza. Su sostén negro es sencillo y práctico; los tirantes le han dejado leves marcas en los hombros.
La miro sin ocultar mi deseo.
Encoge los hombros bajo mi mirada.
—¿Vas a quedarte mirándome toda la noche?
—No. En algún momento te tocaré.
Entreabre los labios, pero no responde. Le quito la camiseta del regazo y la dejo sobre la cama.
—Date la vuelta.
Jennifer se mueve sobre el banco hasta quedar de espaldas a mí. El pelo le cae por la espalda en ondas enredadas. Lo recojo con una mano y lo paso por encima de uno de sus hombros.
Se estremece.
Dejo la mano en su nuca unos instantes, con los dedos extendidos sobre su piel.
Después le desabrocho el sostén, pero no se lo quito.
Me echo aceite en las manos y lo caliento entre las palmas. Todo su cuerpo se pone rígido bajo mi contacto.
Lo esperaba.
No reduzco la presión ni le susurro promesas que ya le he hecho. En cambio, mantengo las palmas sobre los nudos tensos a ambos lados de la nuca y le doy tiempo a su cuerpo para entender que el contacto no es un ataque. Al cabo de unos segundos, se le relaja un poco la espalda.
—Estás muy tensa —digo.
Se le escapa una risa quebradiza.
—Me pregunto por qué.
—Porque crees que la tensión te protege.
—De ti, puede que sí.
—Esta noche no.
Gira un poco la cara, lo suficiente para que vea cómo la duda le tensa el perfil.
—Sigues diciendo cosas así como si esperases que te creyera.
—No me importa lo que creas. —Empiezo a hundir los pulgares en los músculos de sus hombros con movimientos lentos y firmes—. Presta atención a lo que hago.
Contiene el aliento cuando presiono un nudo especialmente duro. Repito el movimiento y sigo la línea del músculo hasta el omóplato.
Su piel se calienta bajo el aceite y cada pasada de mis manos le hace respirar un poco más hondo, aunque todavía se mantiene demasiado rígida, como si el placer fuera otra tarea en la que podría fracasar.
—Apoya las manos en el banco.
Un momento después, apoya las dos manos junto a las caderas, con los dedos extendidos sobre el cuero.
Deslizo las manos desde sus hombros por sus brazos, cierro los dedos alrededor de cada bíceps y continúo por los codos y los antebrazos. Cuando llego a las muñecas, siento que el pulso le late con fuerza bajo las yemas.
Por fin, baja los hombros quizá media pulgada. Es un movimiento pequeño, pero útil.
Vuelvo a su espalda y bajo más, deteniéndome donde el borde de sus pantalones cortos se encuentra con la curva sobre las caderas. La tela es tan fina que el calor de su piel la atraviesa.
—No llevas nada debajo de estos pantalones cortos de pijama, ¿verdad? —pregunto, deslizando la punta de un dedo bajo la cintura.
Jennifer inspira con fuerza y se le pone la piel de gallina en todo el cuerpo.
No responde, pero no necesita hacerlo. Ya lo sé.
—Puedes respirar —le digo.
—Estoy respirando. —Está irritada y excitada, y me gusta muchísimo.
—Mal.
Vuelve la cabeza.
—Eres increíblemente arrogante.
—Lo soy.
Murmura algo que suena a cabrón, pero su siguiente inspiración es más profunda. Continúo hasta que empieza a desaparecer la rigidez de su espalda.
Cambia el ángulo de su cuello. Ya no encoge los hombros cada vez que muevo las manos. Mantiene los dedos abiertos sobre el banco en vez de cerrarlos en puños.
Sin embargo, cuando deslizo las palmas alrededor de su cintura, vuelve a tensar el estómago.
Me acerco hasta que mi pecho toca su espalda. Dejo las manos sobre la piel suave, justo por encima de la cintura de sus pantalones cortos, lo bastante cerca para sentir su respiración acelerada.
—Deja de contenerte, Jennifer —le susurro al oído, y ella inclina un poco la cabeza hacia un lado, como si sin querer me ofreciera acceso.
—No me estoy conteniendo en absoluto —sisea.
Aspiro su aroma. Huele a jabón y al leve perfume cítrico del champú del baño de invitados. Debajo hay algo más cálido, algo que le pertenece solo a ella. Y quiero embotellarlo.
Acerco la boca a su oreja sin rozársela.
—Levántate.
Jennifer se pone de pie. Al dar un paso, le flaquean las piernas, pero recupera el equilibrio antes de que pueda sujetarla y se vuelve hacia mí con la desconfianza asomándole ya a la cara.
—¿Y ahora qué?
Me siento en el banco y señalo el espacio entre mis rodillas.
—Ven aquí.
Mira el espacio entre mis rodillas y luego vuelve a mirarme a la cara.
—¿Sentarme en tu regazo?
—Ponte de pie entre mis piernas, Jennifer.
La orden le oscurece los ojos. Tras un momento, da un paso hacia mí.
Pongo las manos en sus caderas y la acerco hasta que sus rodillas tocan el banco. Mi cara queda a la altura de su estómago. Empieza a respirar más deprisa cuando le separo más las piernas y bajo la cabeza para aspirar su olor a través de los pantalones cortos.
Se estremece y le flaquean las rodillas.
Bien.
Levanto la mirada hacia ella. Me mira boquiabierta, aunque cierra la boca en cuanto nota que la observo.
Tiene las manos suspendidas junto a los muslos, como si no supiera dónde ponerlas.
—En mis hombros.
Obedece y apoya los dedos con ligereza al principio. Cuando le presiono la boca contra el centro del vientre, los aprieta.
Noto en la lengua el sabor del aceite y de su piel tibia. Jennifer deja escapar un sonido pequeño, casi nada, y enseguida intenta tragárselo.
La beso otra vez, más abajo, cerca de la cintura de sus pantalones cortos, mientras mis manos recorren sus caderas y bajan por la cara interna de sus muslos. Sus uñas me presionan a través de la camisa.
—No tienes que ahogar esos sonidos —le digo contra la piel.
—No estoy haciendo ningún sonido.
—Lo harás.
Exhala algo entre un resoplido y un temblor. Deslizo las palmas más arriba.
Todavía lleva puesto el sostén, aunque desabrochado, y también los pantalones cortos, pero yo ya estoy jodidamente duro.
Meto el pulgar por debajo de la pernera de sus pantalones cortos y toco el hueco entre su pierna y su coño.
Le beso el abdomen y rozo con el pulgar uno de sus labios desnudos.
—Puedes tocarme ahí. —Su voz es apenas un susurro.
Sonrío contra su piel.
—¿Dónde?
—Sabes dónde.
—Quiero que lo digas.
Me aprieta los hombros con rabia.
Bien. Necesito todas sus emociones. No debe reprimir nada.
—Entre las piernas —dice entre dientes—. Tócame el coño.
Las palabras me sacuden la sangre con fuerza suficiente para poner a prueba el autocontrol del que tanto me he enorgullecido.
En lugar de tocarla, me levanto y Jennifer retrocede un paso sin querer.
Su mirada baja hasta mis labios.
Dios, cómo quiero besarla. Creo que nunca he deseado nada tanto.
En vez de eso, la conduzco hacia el sillón de cuero que hay cerca del balcón.
—Siéntate.
Se sienta sin dejar de mirarme.
Me coloco entre sus rodillas.
—Abre las piernas.
Aprieta las manos alrededor de los reposabrazos.
—Esto te gusta demasiado.
—Todavía no he empezado a disfrutar.
Me sostiene la mirada durante largos segundos y después separa las rodillas.
Me arrodillo entre ellas y coloco las manos sobre sus muslos para abrirlos más. Ella sigue cada centímetro con la mirada. Cuando mis pulgares llegan al borde de sus pantalones cortos, traga saliva.
Apoyo la palma sobre su coño, por encima de los pantalones. El calor que aguarda bajo el algodón fino está a punto de acabar con la poca paciencia que me queda.
—Mírame —ordeno.
Entreabre los labios.
Lo hace. Le rozo el clítoris con los nudillos a través de la tela. Sus caderas dan un respingo y aprieta los brazos del sillón.
Deslizo dos dedos lentamente por la tela húmeda. Ella echa la cabeza hacia atrás.
Aparto la mano.
Abre los ojos de golpe, furiosa y sobresaltada.
—¿Por qué has parado?
—Porque apartaste la mirada.
—Esa no era una de las reglas.
—Ahora lo es.
Se le corta la respiración ante la seguridad de mi voz. Me inclino hacia ella y apoyo una mano en el sillón, junto a su cadera.
—Llevas años desconectando de tu cuerpo mientras los hombres te tocan. No vas a desconectar mientras te toque yo. Me mirarás y sabrás exactamente quién es responsable de cada sensación.
—Estás muy seguro de ti mismo.
—Sí.
Jennifer clava los ojos en los míos. Vuelvo a poner la mano entre sus piernas y esta vez, mientras mis dedos se mueven sobre el algodón empapado, no aparta la mirada.