Un trato cruel Capítulo Siete
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Capítulo Siete

JENNIFER

La mano de Carson se mueve sobre la tela húmeda entre mis piernas y se me va cualquier pensamiento coherente.

El sillón de cuero está frío contra mi espalda desnuda, mientras el resto de mi cuerpo arde. Él está arrodillado entre mis rodillas abiertas, con una mano en mi cadera y la otra acariciándome a través del pantalón corto con una presión lenta y deliberada, sin apartar los ojos de mi cara.

En cuanto lo miro a los ojos, el resto de la habitación desaparece. Solo quedan su expresión sombría y concentrada y el roce medido de sus dedos sobre un lugar que ningún hombre ha tocado sin hacerme desear que terminara de una vez.

Carson no se apresura. Se mueve como si el tiempo le perteneciera, siguiendo mi contorno a través del fino algodón, presionando más cuando se me corta el aliento y apartándose cada vez que mis caderas empiezan a buscar su mano.

Cada vez que creo haber entendido el ritmo, lo cambia. Una caricia más lenta. Un círculo más firme. Una pausa larga, desesperante, con la palma apoyada sobre mí, lo bastante cerca para sentir el calor, pero sin llegar a aliviar lo que me duele.

Aprieto las manos sobre los brazos del sillón. —Lo haces a propósito.

—Todo lo que te haga esta noche será a propósito. —Su pulgar presiona justo donde se me contrae el estómago y luego se queda inmóvil antes de que la sensación pueda asentarse—. Sigue mirándome.

—Lo estoy haciendo.

—Apenas.

Su voz ha cambiado. Ha perdido esa cortesía impecable que usa en la planta de abajo.

Ahora es más grave y áspera, el mismo tono que oí a través del seto, el que hizo que dos mujeres se movieran como si el sonido por sí solo las controlara.

Al oírlo dirigido a mí, otra oleada de calor me recorre el cuerpo, y Carson advierte mi reacción al instante. Cómo no.

Su boca se curva, aunque no en una sonrisa, sino en algo más oscuro y mucho más satisfecho. —Ahí está.

Abro la boca para protestar, pero desliza dos dedos con firmeza sobre mi clítoris a través de la tela y las palabras se deshacen en un jadeo brusco. El placer me atraviesa tan de repente que mis muslos intentan cerrarse alrededor de su mano.

Carson me sujeta una rodilla y vuelve a separarla. —Ábrelas.

La orden me golpea directamente entre las piernas. Lo fulmino con la mirada, pero de todos modos mi muslo vuelve a moverse hacia el borde del sillón, y sus ojos se oscurecen con aprobación.

—Buena chica.

Sus palabras me envuelven en una cálida oleada de placer y me encienden las mejillas.

No, no necesito que me elogie. No soy esa clase de mujer.

—No me elogies —digo con voz ronca.

—Lo haré. —Se le oscurecen los ojos al decirlo, y otra oleada de deseo me recorre.

Se me corta el aliento, y reanuda aquella presión lenta y despiadada antes de que pueda responder.

El algodón húmedo se arrastra contra mí, extendiendo la fricción hasta que mis caderas empiezan a moverse por su cuenta.

Debería sentirme humillada. En cambio, siento que me han despojado de todo excepto de las sensaciones.

No hay techo al que mirar, solo sus ojos. No me pregunto si se está aburriendo, porque está claro que no. No necesito fingir sonidos para que esto termine antes, porque todos me salen de verdad.

Carson observa cada reacción como si pretendiera memorizarla y, cuando intento contener un gemido, presiona más hasta que se me escapa otro.

—Así está mejor —murmura—. Estás progresando, mi dulce chica.

—No me pongas nota —le espeto. Me invade otra oleada, esta vez de ira.

Su mano se detiene. La pérdida es inmediata y brutal; mi cuerpo se inclina hacia delante antes de que pueda impedirlo, buscando el contacto que ya no está.

Carson me estudia con una expresión indescifrable. —¿Eso crees que estoy haciendo?

Odio la vulnerabilidad que se esconde tras esa pregunta. Odio que mi respuesta importe. —No dejas de decirme qué está mejor, qué hacer y cómo mirarte. No soy un juguete.

—Te estoy pidiendo que no te contengas. —Sus dedos descansan en mi rodilla en vez de entre mis piernas—. No estoy decidiendo si tu reacción es aceptable.

—Desde aquí suena igual.

—No. —Se incorpora despacio y vuelve a alzarse sobre mí en toda su estatura—. Simplemente no voy a darte la oportunidad de esconderte.

—Qué manera tan elegante de decir que eres un controlador.

—Nunca he negado que lo sea. —Carson me ofrece la mano, con la palma abierta entre nosotros—. Levántate.

Me quedo mirándola, todavía respirando demasiado rápido, con el cuerpo palpitando por el placer inconcluso que me ha dejado. Luego pongo mi mano en la suya.

Me pone de pie, me vuelve hacia la cama y camina muy cerca de mí. La cama me espera bajo unas sábanas gris oscuro, enorme y perfectamente hecha salvo por mi camiseta, abandonada cerca de los pies. No hay velas ni flores ni ningún intento de embellecer el trato.

Carson me recoge el pelo y lo deja sobre un hombro, descubriéndome de nuevo la espalda. Sus dedos siguen la línea de mi columna con tanta lentitud que cada músculo se tensa bajo la caricia. —A la cama.

Su palma se posa en mi cintura y me guía hacia delante.

Me siento en el borde del colchón y Carson se coloca entre mis rodillas. Cuando me alza los brazos por encima de la cabeza, se me seca la boca.

Desliza los tirantes por mis hombros y me quita la prenda lentamente, dejando que roce mis pezones antes de lanzarla al sillón.

El aire fresco me toca la piel. Me muevo para cubrirme sin pensar, pero Carson me sujeta ambas muñecas y me baja las manos hasta dejarlas sobre el colchón, a los lados de mis caderas.

—No te escondas de mí.

—La vista no te pertenece.

—Esta noche he comprado la oportunidad de contemplarla.

Me muerdo el labio. El recordatorio corta el calor con precisión quirúrgica.

Después llega la vergüenza, pero a su lado crece la ira, más aguda y fuerte que antes. —Sí que sabes arruinar un momento.

—No pienso dejar que olvides por qué has venido. —Su mirada recorre mis pechos, mi estómago y el pantalón corto que se me pega, húmedo, entre los muslos—. El deseo no purifica el trato. El trato no hace falso tu deseo.

Lo odio por expresar justo lo que yo no he logrado explicarme. Engancha los dedos en la cintura de mi pantalón corto y lo desliza por mis piernas. Levanto las caderas antes de que me lo pida, sin pensarlo dos veces.

La obediencia me enciende la cara.

La tela se atasca un instante en mis tobillos antes de que termine de quitármela y la deje junto al sostén. Estoy desnuda mientras Carson sigue completamente vestido, y el desequilibrio me provoca otro latido de excitación.

Se da cuenta de que mi mirada le recorre el cuerpo y se queda quieto, dejándome mirar. Lleva la camisa negra abierta en el cuello, las mangas remangadas y unos pantalones tan ajustados que es imposible no ver lo duro que está debajo.

—¿Quieres preguntarme algo? —Me dedica una sonrisa engreída.

Sí. Desnúdate de una vez y fóllame con fuerza.

—No —miento, aunque apenas consigo pronunciar la palabra. Alzo la barbilla—. Estás muy engreído para ser un hombre que todavía no me ha hecho venir.

—Todavía.

Se da la vuelta y cruza la habitación hasta la mesita de noche.

Cuando abre el cajón, se me contrae el estómago.

Carson saca una caja negra y estrecha aún envuelta en plástico transparente, la abre rasgando el envoltorio y extrae un elegante vibrador negro.

Pulsa el botón de encendido, y un zumbido grave llena la habitación.

Junto las rodillas por instinto. Carson vuelve a la cama, me sujeta una y sostiene mi mirada. —Acuéstate.

Me recuesto sobre las almohadas con todos los músculos tensos. Se coloca entre mis piernas, me separa las rodillas con suavidad y sube al colchón.

Su palma descansa, pesada, sobre mi cadera. Ese peso me recuerda exactamente dónde quiere tenerme. —Mírame.

—Lo recuerdo.

—Entonces hazlo.

Clavo los ojos en los suyos. Carson acerca el vibrador a la parte interior de mi muslo y deja que el zumbido bajo me roce la piel sensible, lo bastante cerca para que salten chispas hacia mi centro, pero muy lejos del punto que más me duele.

Lo mueve lentamente hacia arriba, siguiendo el pliegue donde la pierna se une al cuerpo, antes de pasarlo por los labios de mi coño.

Me sobresalto al primer contacto y su mano me aprieta más la cadera para sujetarme. —Quieta.

—Qué fácil te resulta decirlo.

—Nada de esto me resulta difícil.

—Cabrón arrogante.

—Sí. —El juguete se desliza sobre mí y extiende la humedad que ya se ha acumulado allí. Carson observa el movimiento y luego vuelve a mirar mi cara mientras acerca la vibración a mi clítoris sin llegar a tocarlo directamente.

Levanto las caderas. Aparta el juguete y la frustración me muerde por dentro. —Carson.

—¿Qué?

—Sabes a qué me refiero.

—Sé muchas cosas. —Apenas mueve la boca, pero la satisfacción le oscurece los ojos—. Dime a cuál te refieres.

Lo fulmino con la mirada mientras el vibrador regresa y traza círculos lentos entre mis labios desnudos.

Cada pasada se acerca más al centro de lo que me duele y luego retrocede antes de darme lo suficiente.

Mi cuerpo lo sigue a pesar de la mano en mi cadera, buscando una presión que no puedo dejar de perseguir.

—Deja de buscarlo —dice.

—Entonces deja de provocarme.

—No.

Arrastra la punta vibrante directamente sobre mi clítoris. El placer me atraviesa con tanta intensidad que me vacía los pulmones. Hundo la cabeza en la almohada y cierro los ojos por instinto.

El vibrador desaparece. Los abro enseguida. —Mierda.

—Te fuiste.

—Cerré los ojos.

—Te fuiste a un lugar al que no podía seguirte.

—No puedes exigir que te mire a los ojos mientras haces eso.

—Puedo. —Vuelve a bajar el juguete y deja que la vibración palpite contra la parte interior de mi muslo—. Ya lo hice.

La ira se enciende, pero también la horrible certeza de que tiene razón. En cuanto cerré los ojos, empecé a medir la sensación, a compararla con lo que siento a solas y a preguntarme si estaba tardando demasiado. Pensar. Siempre pensar.