Un trato cruel Capítulo Tres #2
19%

Capítulo Tres #2

Me pregunta en voz demasiado baja, con demasiada precisión. Mi mano se inmoviliza junto al plato.

—No vamos a hacer esto.

—¿Hacer qué? —Alza levemente las cejas, invitándome a acusarlo como es debido.

—Convertir la cena en un interrogatorio. —Pongo las manos en el regazo para que no pueda ver cómo me traicionan.

—Si te estuviera interrogando, Jennifer, lo sabrías. —Lo dice sin tono amenazante, lo que de alguna manera empeora el leve escalofrío que me recorre la espalda.

Tomo la copa de vino, doy un sorbo medido y vuelvo a dejarla.

—Ben me engañó. No hay ningún misterio oculto detrás. Quería estar con otras mujeres, así que estuvo con ellas.

—Y te dijo que era culpa tuya. —Carson no lo formula como una pregunta.

Se me encoge el estómago y la mirada de Carson baja un instante hasta donde tengo la mano apoyada sobre él. Por supuesto que lo ve.

—Decía cosas cuando discutíamos. —Tiro del borde de la servilleta hasta sacar un hilito—. La gente lo hace.

—¿Qué cosas? —Tiene los ojos fijos en el hilo que deshago entre los dedos.

—No importa. —Retuerzo el hilo hasta que se me clava en la yema del dedo.

—Importa si todavía te las crees. —Alarga la mano hacia su copa, pero no llega a tocarla.

Levanto la cabeza de golpe.

—No eres tú quien decide lo que me importa.

—No. —Carson se inclina hacia delante y apoya los antebrazos en la mesa, acercándose sin invadir el espacio entre nosotros—. Pero sé reconocer cuándo su voz sigue saliendo de tu boca.

Sus palabras me golpean con tal fuerza que me dejan sin aliento un momento. Quiero quitarles importancia, reírme o arremeter contra él, pero la voz de Ben ya está ahí, suave y desdeñosa, llamándome fría, frígida, difícil. Ningún hombre quiere esforzarse tanto.

—Decía que yo arruinaba el sexo. —La confesión se me escapa antes de que pueda tragármela.

Carson se queda completamente inmóvil. El silencio se prolonga hasta que oigo el tenue zumbido del sistema de climatización y el tintineo amortiguado de unos platos en algún lugar fuera del comedor.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta.

Miro el reflejo dorado que tiembla en mi vino.

—Sabes lo que quiere decir.

—Quiero oír lo que dijo. —Mantiene la voz serena, pero su pulgar ha dejado de moverse contra el tallo de la copa.

—No, no quieres. —Niego con la cabeza, aunque no pongo suficiente convicción en ello para persuadir a ninguno de los dos.

No aparta los ojos de mí.

—Ponme a prueba.

La humillación se me mete bajo la piel. Nunca he dicho esto en voz alta, ni siquiera a mi terapeuta. He dado rodeos, he descrito la distancia, las infidelidades y cómo Ben me hacía sentir indeseada, pero nunca le he dado a nadie la frase cruda que ocupa el centro de todo.

—Dijo que yo era fría. —Mis dedos anudan la servilleta sobre mi regazo—. Que tener sexo conmigo era como hacer un examen que él nunca podía aprobar. Dijo que necesitaba más de lo que yo era capaz de darle.

Carson cierra la mano alrededor del tallo de la copa hasta que se le ponen blancos los nudillos.

—¿Y qué decidió exactamente que no eras capaz de hacer?

Debería parar. El instinto de retirarme grita dentro de mí, pero en su expresión no hay lástima ni incomodidad, nada de esa vergüenza cortés que he imaginado en las caras de todas las personas a las que podría habérselo contado.

—No puedo llegar al orgasmo con un hombre. —Obligo a las palabras a pasar por mi garganta cerrada—. Nunca he podido.

Sus ojos se oscurecen y soy yo quien aparta primero la mirada. El calor de su atención me sigue hasta el reflejo tembloroso de mi copa.

—¿Te culpó porque no lograba hacerte venir? —La voz de Carson es ahora baja, despojada de todo rastro de diversión.

—No solo me pasaba con él. —Hundo las uñas en la servilleta y me aferro a esa punzada—.

Siempre me ha pasado con los hombres. Sola puedo, pero con otra persona empiezo a pensar demasiado.

Me preocupa cuánto estoy tardando, si se está aburriendo, si estoy haciendo algo mal. Al final, solo quiero que se termine.

—Y Ben usó eso para justificar que te engañara. —El asco le raspa la voz a Carson.

Me encojo de un hombro, intentando reducir la herida hasta hacerla lo bastante pequeña como para soportar examinarla.

—Dijo que necesitaba sentirse deseado. Yo no le daba eso.

Carson echa su silla hacia atrás unos centímetros. El roce de la madera contra el suelo me hace dar un respingo, y él se detiene de inmediato, pero la ira ya ha endurecido todos los rasgos de su cara.

—Eras su esposa —dice, con cada palabra seca y controlada—. No una máquina obligada a producir la respuesta correcta cuando se le ordena.

—Por favor, no conviertas esto en algo noble. —Alargo la mano hacia la copa y la retiro antes de que él vea que me tiembla—. No lo fue.

—No estoy convirtiéndolo en algo noble. —Apoya la mano contra el respaldo de la silla.

—Estás diciendo que la culpa fue suya. —Odio cuánto deseo que me dé la razón.

—Porque te hizo cargar con su incompetencia. —Carson responde sin vacilar.

La palabra me golpea como una bofetada. Lo miro mientras se levanta, aunque no rodea la mesa. En lugar de eso, pone ambas manos sobre el respaldo de su silla, con los hombros rígidos bajo la camisa negra.

—Un hombre que hace que una mujer se sienta observada, apurada o defectuosa no tiene derecho a quejarse cuando el cuerpo de ella se niega a responderle. —Flexiona los dedos contra la madera tallada—. Ben no necesitaba más de ti. Tenía que dejar de tratar tu placer como una prueba de su competencia.

—No sabes si fue así. —Lanzo las palabras al otro lado de la mesa como una última defensa.

—Sé que no eres fría. —Baja la voz y todos los músculos de mi cuerpo parecen escuchar.

El pulso se me dispara. Sus ojos recorren mi cara y luego bajan un momento hasta mi garganta, donde siento los latidos martilleando bajo la piel.

—No sabes nada de cómo soy en la cama. —Mi voz sale más baja de lo que pretendo.

—No. —Vuelve a mirarme a los ojos—. Pero te vi allí, en la zona de la piscina.

Parece que toda la sangre de mi cuerpo me sube a la cara. Carson aprieta el respaldo de la silla, pero no sonríe, y eso vuelve sus palabras más peligrosas.

—Vi cómo mirabas —continúa—. Vi lo que te provocó. Podrás ser muchas cosas, Jennifer, pero fría no eres.

La habitación se vuelve demasiado pequeña. La luz de las velas tiembla sobre las copas, las ventanas están abiertas a la noche y aun así no encuentro aire suficiente. Echo la silla hacia atrás tan deprisa que la servilleta se me resbala del regazo y cae al suelo.

—Esto fue un error. —La voz me tiembla pese a la ira que la sostiene.

Carson permanece donde está, con las manos aún apoyadas en la silla.

—¿Qué parte?

—La cena. Quedarme aquí. Contarte cualquiera de estas cosas. —Me levanto y me paso las palmas por los jeans, aunque me tiemblan tanto que el gesto no sirve para nada—. No debería estar teniendo esta conversación con mi exsuegro.

Su expresión se endurece al oír ese título, pero no lo cuestiona. Después de un momento, inclina la cabeza.

—Tienes razón.

La facilidad con que me da la razón me desconcierta más de lo que lo haría una discusión. Me vuelvo hacia la puerta, pero su voz me detiene antes de que pueda escapar.

—Jennifer. —Mi nombre me sigue por el comedor, dicho en voz baja, pero imposible de ignorar.

Mi mano se cierra alrededor del picaporte de latón. No me vuelvo hacia él.

—No te pasa nada malo. —No suaviza la afirmación ni me pide que le crea.

La seguridad de su voz es insoportable. Por un segundo irracional, deseo que me detenga.

Quiero que el enfado de Carson suene más fuerte que mi vergüenza.

Abro la puerta y salgo. Carson no me sigue.

Cuando llego a la habitación de invitados, me duelen los pulmones como si hubiera recorrido corriendo toda la distancia. Me encierro con llave y apoyo las dos palmas contra la puerta, intentando contener el temblor que me recorre.

Le he entregado algo verdadero, algo privado y feo. Algo que he mantenido enterrado porque nombrarlo podría volverlo permanente.

Y, sin embargo, Carson no me miró como si estuviera rota. Parecía furioso, pero no conmigo, sino por mí. Debajo de la ira había algo más oscuro, algo que me hizo recordar su mano alrededor de la garganta de otra mujer.

Él no cree que haya que arreglarme. Cree que Ben me falló.

Cierro los ojos, pero el pensamiento me sigue en la oscuridad.