Capítulo 9 — Valentina
Valentina
La semana después de Key Largo fue la más larga de mi vida.
Adrián cumplió su amenaza silenciosa al pie de la letra: muro profesional, distancia contractual, frialdad de nevera industrial.
Volvimos a ser "señorita Ríos" y "señor Vidal", y cada vez que lo decía me daban ganas de recordarle que me había besado en una playa a las cinco de la mañana mientras me sujetaba la cara como si fuera lo único real del mundo.
Pero no se lo recordé. Tengo orgullo, y el orgullo es lo último que se pierde, después de la dignidad y antes del juicio.
Así que actué. Sonreí en la oficina, llevé el café de las diez y media a su escritorio como cada mañana desde hacía dos años, y fingí que no me dolía que ni siquiera me diera las gracias. Camila, que me conoce mejor que mi propia madre, me miró el miércoles por encima de su taza y dijo:
—Estás fatal.
—Estoy perfecta.
—Estás enamorada de tu jefe falso, que es peor que estar enamorada de tu jefe real, porque ni siquiera puedes quejarte con propiedad.
—No estoy enamorada —dije, con la convicción de quien miente fatal—. Estoy… contractualmente confundida.
Camila se rio, pero luego me tomó la mano.
—Ten cuidado, Valen. Los contratos se rompen por el lado más débil, y tú llevas el corazón en la manga desde que te conozco.
Esa mañana, en la oficina, el muro de Adrián estaba en su punto más alto.
Nos cruzamos en el pasillo junto a la sala de juntas y me saludó con un "buenos días, señorita Ríos" tan correcto que me dieron ganas de llorar y de abofetearlo, en ese orden.
Le respondí con la misma moneda, porque el orgullo es lo único que me quedaba intacto.
—El informe de la cartera del Atlántico está en su escritorio —dije.
—Gracias.
Y siguió caminando. Ni una mirada de más. Como si Key Largo hubiera sido un sueño que solo yo había tenido.
El jueves al mediodía salí a almorzar sola al café de la esquina de la oficina, ese donde hacen el cortadito menos malo de Brickell.
Necesitaba aire que no oliera a la colonia de Adrián ni a decisiones equivocadas.
Pedí un sándwich cubano y me senté junto a la ventana con el teléfono, haciendo como que trabajaba.
En realidad repasaba mentalmente la lista de pendientes de la tarde cuando me di cuenta de que llevaba cinco minutos mirando la misma pantalla sin leer nada.
Mi cabeza estaba en Key Largo, en la arena tibia, en unas manos que sabían lo que hacían.
Sacudí la cabeza como un perro mojado. Contrólate, Ríos.
Tienes treinta días de banco y un jefe que finge no conocerte.
Entonces una sombra cayó sobre mi mesa, acompañada de un perfume caro que reconocí al instante, aunque solo lo había olido una vez: en la cena benéfica, cuando una mujer espectacular se acercó a saludar a Adrián con demasiada familiaridad.
—Valentina Ríos —dijo Lucía Ferrer, y se sentó frente a mí sin pedir permiso—. Qué casualidad encontrarte aquí. ¿Puedo?
Ya estaba sentada. La pregunta era decorativa, como todo en ella.
Lucía Ferrer en persona era aún más impresionante que en las fotos: traje de lino impecable, pelo recogido en un moño que desafiaba la gravedad y la humedad de Miami, y unos ojos verdes que me evaluaban como si yo fuera un informe trimestral.
—Claro —dije, porque la educación también es un arma—. ¿Nos conocemos?
—De vista. Soy Lucía Ferrer. —Sonrió, y la sonrisa no llegó a los ojos—. Fui… cercana a Adrián, hace tiempo. Antes de que aparecieras tú, tan oportuna.
Ahí estaba. La ex. La relacionista pública ambiciosa que, según Camila, "colecciona hombres poderosos como quien colecciona sellos". Sentí que se me tensaba la espalda, pero mantuve la sonrisa.
—Qué amable al presentarte —dije—. ¿En qué puedo ayudarte, Lucía?
—Directa. Me gusta. —Se inclinó hacia adelante y bajó la voz—. Te voy a ahorrar tiempo a las dos: sé lo del contrato.
El sándwich cubano se me atragantó a medio camino. Tragué con esfuerzo y me obligué a reír.
—¿El contrato? ¿Qué contrato?
—El que firmaste con Adrián ante notario. —Su sonrisa se ensanchó—. Qué coincidencia: yo estaba allí esa misma mañana, por un asunto de un cliente. Te vi firmar "algo" con él. Y escuché lo suficiente. "Un mes". "Cuarenta mil". No hace falta ser relacionista pública para atar cabos, querida.
Mi mente corría a mil por hora. ¿Cuánto sabía de verdad? ¿Había escuchado o estaba pescando? La notaría, aquella mañana… yo recordaba una sala de espera llena, pero no su cara. Podía estar mintiendo. O podía saberlo todo.
—No sé de qué hablas —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
—Claro que lo sabes. —Lucía jugueteó con su taza—. Y no te juzgo, de verdad. Cuarenta mil dólares son cuarenta mil dólares. Todas hemos hecho cosas por menos. —Hizo una pausa—. Te traigo una propuesta, de mujer a mujer.
—Te escucho —dije, porque quería saber hasta dónde llegaba.
—Confírmame la farsa. Dime que todo es un teatro para la junta, y yo me encargo del resto.
—Sus ojos brillaron—. Puedo hacer que salgas bien parada: la asistente manipulada por su jefe, una víctima más de Adrián Vidal.
La prensa lo adoraría. Y te pagaré por tu colaboración, por supuesto.
Digamos… lo mismo que él te prometió. Sin tener que fingir ni un día más.
Me quedé mirándola. La oferta era, sobre el papel, perfecta: el dinero sin el teatro, sin el riesgo, sin tener que seguir mirando a Adrián a los ojos cada mañana sabiendo que todo era mentira.
Pero había algo en su tono —esa condescendencia de quien te ofrece "salvarte"— que me revolvió el estómago.
—¿Y si me niego? —pregunté.
Entonces la sonrisa se le borró del todo.
—Entonces lo cuento yo. En la gala del fondo, dentro de dos semanas, delante de Ricardo y de toda la junta.
Con detalles, querida: la notaría de la calle Ocho, el mes, los cuarenta mil.
—Se inclinó un poco más, y su perfume me mareó—.
Y no creas que Ricardo no me escuchará. Lleva meses buscando la forma de quitarle la presidencia a Adrián, y yo le voy a servir la prueba en bandeja de plata. En la gala, con champán y todo.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunté, y odié el temblor de mi voz—. ¿Por qué no vas directamente a Ricardo?
—Porque prefiero que seas tú quien lo confirme.
—Su sonrisa volvió, fría—. Una confesión voluntaria siempre suena mejor que una denuncia.
Y porque, entre nosotras… —me miró de arriba abajo— …
creo que te estoy haciendo un favor. Ese hombre te va a romper el corazón, con contrato o sin él.
Cobra tu dinero y sal de ahí antes de que sea tarde.
Se puso de pie con una elegancia insultante, dejó un billete sobre la mesa —ni siquiera había pedido nada— y se fue contoneándose entre las mesas como si el café fuera su pasarela personal.
Se fue dejándome sola con el sándwich a medio comer y las manos temblándome sobre la mesa.
La mesera se acercó, discreta, a retirar el plato intacto de Lucía —ni siquiera había pedido nada— y me miró con una compasión profesional que me hizo sentir aún más pequeña.
Pagué la cuenta con dedos torpes, dejé una propina generosa para compensar el espectáculo silencioso y salí al sol brutal del mediodía de Brickell, donde el aire acondicionado del café se convirtió en un recuerdo lejano en dos segundos.
Caminé de vuelta a la oficina como una sonámbula. En el ascensor me miré en el espejo y vi a una mujer pálida con los ojos demasiado brillantes. Contrólate, me dije. Piensa.
Me senté en mi escritorio y abrí el cajón donde guardaba, doblada en cuatro, la copia de la carta del banco.
La había leído tantas veces que me la sabía de memoria: treinta días, treinta y ocho mil dólares, o el cierre.
Conté con los dedos los días que quedaban.
Cada día que pasaba, la soga se apretaba un poco más, y yo seguía aquí, jugando a ser la novia de un millonario mientras Lucía Ferrer afilaba los cuchillos.
Lo primero que pensé fue en el dinero. Si Lucía hablaba, el bono se evaporaba y la panadería cerraba. Mi madre perdería el negocio de su vida por mi culpa. Imaginé la persiana bajada de "El Rincón de Rosa", el olor a canela desapareciendo de la calle, y se me cerró la garganta.
Lo segundo que pensé me asustó más: no era el dinero lo que me hacía temblar. Era él.
Porque si Lucía contaba la verdad en la gala, Adrián no solo perdería la presidencia.
Perdería la poca confianza que le quedaba en las personas, la que Javier le había robado hacía diez años y que yo había visto asomar, frágil y valiente, en una playa a las cuatro de la mañana.
Y eso —eso— no me lo perdonaría jamás. Ni él a mí, ni yo a mí misma.
Llegué a mi escritorio y me senté frente al teléfono. Las manos me temblaban tanto que marqué dos veces mal el número de Camila.
—¿Valen? ¿Qué pasa?
—Lucía Ferrer —dije, y se lo conté todo, con la voz rota—. Sabe lo del contrato. O casi. Me ofreció dinero por confirmar la farsa y si me niego lo suelta en la gala.
Silencio al otro lado. Luego:
—Esa mujer es veneno con tacones. ¿Qué le dijiste?
—Que no. —Respiré hondo—. Le dije que no, Camila. No me va a comprar. Ni ella ni nadie.
—Bien. —Su voz se suavizó—. ¿Y ahora qué?
Miré hacia la puerta cerrada de la oficina de Adrián. Detrás de esa puerta estaba el hombre que había levantado un muro entre nosotros por miedo, el que me había besado como si fuera verdad, el que no confiaba en nadie desde hacía diez años.
—Ahora se lo cuento a él —dije—. Es su ex, su junta y su presidencia. Y es… —tragué saliva— es mi problema también. Nosotros decidimos esto juntos. Lo enfrentamos juntos.
—Esa es mi Valentina —dijo Camila—. Oye… ¿y si le cuentas también lo de la deuda? Todo, de una vez. Sin contratos de por medio.
Cerré los ojos. La deuda. La verdad completa. La parte que ni siquiera Camila sabía del todo: que cada día que pasaba sin contarle a Adrián por qué había firmado, la mentira crecía un poco más entre nosotros, como una grieta en una pared.
—Un paso a la vez —susurré.
Colgué y me quedé mirando la puerta de su oficina.
Saqué del bolso mi copia del contrato —la llevaba conmigo desde el día de la notaría, doblada hasta parecer un pañuelo— y releí la cláusula que me quemaba los dedos: nada de contar la verdad a nadie.
Contarle a Adrián lo de Lucía no rompía esa cláusula.
Pero contarle lo de la deuda… eso era otra historia.
Eso era abrir la puerta que había mantenido cerrada desde la playa, cuando las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Guardé el contrato y respiré hondo tres veces, como me enseñó mi madre para los ataques de nervios.
Dentro de dos semanas era la gala. Ricardo estaría observando.
Lucía estaría esperando, con su bandeja de plata y su champán.
Y yo tenía que cruzar esa puerta y decirle al hombre más controlador que conocía que habíamos perdido el control de la situación.
Me puse de pie. Me alisé la falda. Y llamé a su puerta con los nudillos, como si fuera una simple asistente con un simple informe.
Pero nada de aquello era simple ya.