Un trato con mi jefe Capítulo 8 — Adrián
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Capítulo 8 — Adrián

Adrián

El lunes volví a ser yo.

Lo decidí en el avión de vuelta de Key Largo, mientras Valentina dormía en el asiento de al lado con la mejilla apoyada en la ventanilla y el pelo suelto cayéndole sobre la cara.

La miré durante un rato obscenamente largo —lo admito— y luego abrí el portátil y me puse a revisar informes hasta que aterrizamos.

Había que restablecer el orden. El contrato era claro, yo era claro, y lo de la playa había sido…

un paréntesis. Un error de cálculo bajo la luna.

Los errores de cálculo se corrigen con disciplina. Eso me enseñó Javier, a su manera.

Así que el lunes por la mañana entré en Vidal Capital como el de siempre: traje gris, corbata azul marino, cara de no haber besado a nadie en una playa a las cinco de la mañana.

Valentina ya estaba en su escritorio, impecable como siempre, y cuando levantó la vista le dediqué mi mejor sonrisa profesional.

—Buenos días, señorita Ríos. ¿Me trae el informe de la cartera del Atlántico? La junta lo quiere antes de las diez.

Algo parpadeó en sus ojos —sorpresa, o fastidio, o las dos cosas—, pero su sonrisa no se movió un milímetro.

—Enseguida, señor Vidal.

Señorita Ríos. Señor Vidal. Volvíamos a ser un organigrama. Era lo correcto. Era lo seguro.

Era una mentira, y los dos lo sabíamos.

La mañana transcurrió entre números, y los números son obedientes: no te miran con los ojos brillantes ni te recuerdan el sabor salado de unos labios. A las once, sin embargo, Valentina entró en mi oficina con el informe y se quedó de pie frente a mi escritorio un segundo de más.

—¿Algo más? —pregunté sin levantar la vista.

—La cena de esta noche —dijo—. Con mi madre. Quedamos en que iríamos el martes, ¿recuerdas? Para que la "relación" parezca…

—Cancélala. —Levanté la vista entonces, y me arrepentí al instante, porque estaba preciosa incluso enfadada—. Tengo la revisión trimestral con los auditores. Otro día.

—Claro. —Su voz era hielo con limón—. Los auditores primero. Siempre.

Salió cerrando la puerta con una suavidad que me preocupó más que un portazo. Me quedé mirando el informe de la cartera del Atlántico sin ver una sola cifra. Disciplina, me repetí. Documentos, no personas.

El problema fue que la oficina entera parecía conspirar contra mi disciplina. A mediodía, en la cocina, escuché a dos analistas comentar la foto de la cena benéfica —la que nos había tomado aquel fotógrafo— con el entusiasmo de comentaristas deportivos.

—…y dicen que en la boda de Key Largo bailaron toda la noche —decía una.

—El jefe enamorado —dijo el otro—. Quién lo iba a decir. Apuesto a que se casa antes de fin de año.

Me serví el café y me fui sin decir nada, pero la frase me persiguió por el pasillo: el jefe enamorado. Si ellos supieran. Si supieran que el jefe enamorado estaba haciendo todo lo posible por no estarlo.

De vuelta en mi oficina me esperaba el café de las diez y media sobre el escritorio: solo, sin azúcar, en la taza azul.

Valentina lo ponía ahí cada mañana desde hacía dos años, sin que yo se lo hubiera pedido jamás.

Lo miré un rato largo. Era un gesto pequeño, invisible para cualquiera, y de pronto me pareció la cosa más íntima del mundo: ella sabía cómo tomaba el café mejor que la mayoría de las personas que decían conocerme.

—Gracias —le dije cuando pasó por la puerta con una carpeta.

—Es mi trabajo —respondió, sin detenerse.

Pero no era su trabajo. Y los dos lo sabíamos.

A las doce era la junta mensual del Grupo Vidal, y Ricardo me esperaba con su sonrisa de tiburón bien alimentado.

La sala de juntas del piso cuarenta tiene una vista de la bahía que intimida a cualquiera, pero a mí ya no me intimida nada allí dentro.

Conozco cada silla, cada alianza, cada rencor heredado.

Mi madre presidía la mesa con su elegancia de siempre; mi tío Ricardo ocupaba el extremo opuesto como si ya fuera suyo.

Repasamos los números del trimestre —buenos, sólidos, inapelables— y cuando llegamos al punto del orden del día que me concernía, Ricardo carraspeó.

—Antes de la votación del mes que viene sobre la presidencia —dijo, mirando a todos menos a mí—, creo que debemos ser prudentes. La imagen del grupo está en juego, y todos recordamos los… titulares del pasado.

Los titulares del pasado: tres fotos mías saliendo de tres locales distintos en una misma semana, publicadas por un tabloide que vive de eso. Tenía veintinueve años y acababa de cerrar la mejor operación de mi carrera. Lo celebré mal. Lo sé.

—Mi vida personal no afecta a los resultados —dije.

—Tu vida personal es la portada de la revista Gente cada dos meses —replicó Ricardo con suavidad—.

Y ahora, de pronto, aparece una novia perfecta justo cuando la necesitas.

Perdóname, Adrián, pero la junta tiene derecho a asegurarse de que la estabilidad es real antes de votar.

Propongo que verifiquemos la relación. Discretamente, por supuesto.

Un murmullo recorrió la mesa. Don Emilio, el consejero más antiguo, asintió con esa lentitud que significa "me han convencido antes de entrar". Mi madre no dijo nada, pero sus dedos se tensaron sobre la taza de porcelana.

—¿Verificar? —pregunté—. ¿Van a contratar a un detective para seguirme, tío?

—No seas dramático. Simplemente… observaremos. —Ricardo sonrió—. La gala del fondo es en dos semanas; será una buena ocasión para conocer mejor a la señorita Ríos. Conversar con ella. Ver cómo se miran.

Lo dijo como quien dice "será una buena ocasión para diseccionarla". Sentí un calor familiar subiéndome por el cuello —la ira, vieja conocida—, pero la contuve. Enfadarme era exactamente lo que él quería.

—Mi relación no necesita la aprobación de esta junta —dije con calma—. Pero no tengo nada que ocultar. Que observen lo que quieran.

Salí de la junta con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes, y con una certeza nueva y desagradable: Ricardo no solo quería la presidencia. Quería el placer de demostrar que yo era un fraude. Y lo peor era que, en cierto sentido, tenía razón.

Mi madre me alcanzó en el pasillo, antes del ascensor.

—Adrián —dijo, y me tomó del brazo con esa delicadeza suya que no admite réplica—. Tu padre ponía exactamente esa cara cuando estaba mintiendo sobre algo. Se le tensaba aquí. —Me tocó la mandíbula con dos dedos—. ¿Qué escondes, hijo?

—Nada que la junta deba saber, mamá.

—Yo no soy la junta. —Me miró un segundo largo—. Esa muchacha te mira como tu padre me miraba a mí cuando éramos jóvenes. Cuídala. Y cuídate.

Se fue dejándome plantado en el pasillo, con la extraña sensación de que mi madre acababa de leer el contrato entero sin haberlo visto jamás.

Esa tarde trabajé hasta las siete sin levantar la cabeza.

Valentina se fue a las seis en punto —lo supe porque escuché sus tacones alejarse por el pasillo, un sonido que últimamente había empezado a registrar sin querer—.

Cuando por fin salí, el chófer me preguntó a dónde, y antes de que mi cerebro terminara de procesar la pregunta, mi boca ya había dicho: "A La Pequeña Habana. A la panadería."

Me dije que era por el contrato. Que una pareja real visita el negocio de su novia, y que Rosa me había invitado a probar el nuevo pastel de guayaba. Me dije muchas cosas. Ninguna era verdad.

Aparcamos en la esquina, y lo vi antes de bajarme.

Un camión de reparto estaba detenido frente a "El Rincón de Rosa", con las puertas traseras abiertas.

Un tipo de mi edad, moreno, con camiseta y brazos de quien carga cajas para vivir, bajaba cajones de harina cantando a voz en grito.

Valentina salió a recibirlo con una sonrisa que yo no le había visto nunca en la oficina —abierta, luminosa, sin defensas—, y el tipo dejó las cajas, la levantó del suelo en un abrazo que duró tres segundos de más y la giró en el aire mientras ella reía. Una risa libre, de niña.

Me quedé helado en el asiento trasero.

Diego. El proveedor. El amigo de toda la vida. El que, según Camila me había contado una vez en la cena benéfica sin que yo preguntara, "está loquito por Valentina desde el colegio".

La vi reírse con él de un modo fácil, sin cálculo, sin contrato. La vi darle un manotazo cariñoso en el brazo cuando él dijo algo. La vi secarse una lágrima de risa con el dorso de la mano. La vi, en resumen, ser feliz de una manera que conmigo siempre parecía costarle un esfuerzo.

Rosa salió entonces con una bandeja, y los tres se pusieron a merendar en la acera como si fuera lo más normal del mundo: la madre, la hija y el muchacho del camión.

Una familia improvisada bajo el toldo a rayas de la panadería.

Y yo allí, en un coche con chófer, mirando desde fuera como un turista de mi propia farsa.

—Señor, ¿bajo? —preguntó el chófer.

—No —dije—. Vámonos.

No bajé. No saludé. No hice nada de lo que habría hecho una pareja real. Le dije al chófer que me llevara a casa, y en el camino miré por la ventanilla sin ver nada, con una sensación ácida subiéndome por la garganta que tardé un rato vergonzosamente largo en identificar.

Eran celos. Celos puros, estúpidos, adolescentes. Yo, Adrián Vidal, treinta y cuatro años, celoso de un repartidor de harina.

En casa me serví un whisky que no me apetecía y me senté frente a los informes que no iba a leer.

Abrí el cajón del escritorio y saqué mi copia del contrato —el de confidencialidad y representación, firmado ante notario, con su letra firme al lado de la mía—.

Lo releí como si fuera la primera vez. Nada de besos fuera de cámara.

Nada de contar la verdad a nadie. Nada de sentimientos.

Tres reglas. Había roto las tres en una sola noche, en una playa, a las cinco de la mañana.

Y entonces, traicionándome una vez más, mi cabeza volvió a Key Largo: a su risa a las cuatro de la mañana, a su mano en la mía, a la forma en que el contrato se había quedado pequeño, ridículo, insuficiente, entre nosotros.

Diego era real. Yo era un contrato con fecha de caducidad. Y Valentina reía con él como no reía conmigo.

Saqué el teléfono. Escribí: "¿Llegaste bien a casa?" Lo borré. Escribí: "Mañana hablamos." Lo borré también. Lo dejé sobre la mesa, boca abajo, como si así no pudiera traicionarme.

Entonces sonó. Marco.

—¿Interrumpo? —dijo, con esa alegría suya de quien nunca interrumpe nada importante.

—Estoy trabajando.

—Claro, a las diez de la noche, un lunes. Muy creíble. —Hizo una pausa teatral—. Oye, te llamo por algo serio: en la boda vi cómo mirabas a Valentina durante el vals.

Se me tensó la mano sobre el teléfono.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no. Por eso te lo digo yo: la mirabas como papá miraba a mamá. Y antes de que me sueltes el discurso del contrato y la discreción —porque sé que hay un contrato, hermano, no soy tonto—, solo te digo una cosa: lo que vi en esa pista no se firma ante notario.

Colgó dejándome con el teléfono en la mano y la sangre zumbándome en los oídos. No soy tonto. ¿Cuánta gente más lo sabía, o lo sospechaba? ¿Ricardo? ¿Lucía?

Me terminé el whisky de un trago y tomé una decisión. Una decisión de hombre sensato, de director, de Vidal.

A partir de mañana, muro profesional. Distancia contractual. Nada de playas, nada de besos, nada de biología marina. Un mes, cuarenta mil dólares, y cada uno a su vida. Era lo pactado. Era lo seguro.

Me lo repetí hasta que me lo creí.

Casi.