Capítulo 7 — Valentina
Valentina
No dormí.
Lo intenté de todas las formas decentes: conté las rayas del techo de la suite, repasé mentalmente la lista de invitados de la boda para distraerme y hasta fingí que el sofá —donde me tocaba dormir, porque el caballero insistió en cederme la cama— era cómodo.
No lo era. Pero no era el sofá lo que me mantenía despierta.
Era el baile.
Giraba y giraba en mi cabeza como la canción que la orquesta tocaba cuando Adrián me tomó de la cintura: su mano caliente a través de la tela del vestido, su respiración a un centímetro de mi sien, la forma en que el mundo entero pareció contener el aliento justo cuando él inclinó la cabeza hacia mí.
Llevábamos toda la noche actuando —sonrisas para las tías, fotos con los primos, el brindis donde él me llamó "mi amor" con una naturalidad que me puso la piel de gallina—, pero aquel baile no había sido actuación.
Lo supe por su mano. Tembló. Adrián Vidal, el hombre que negocia millones sin que se le mueva un músculo de la cara, tembló al acercarse a mi boca.
Y entonces apareció Marco con dos mojitos y una sonrisa de "perdón, ¿interrumpo?", y el hechizo se rompió con la delicadeza de un plato estrellado contra el suelo.
Media hora después, ya de vuelta en la suite, Adrián me deseó buenas noches con una cortesía tan impecable que daban ganas de tirarle un zapato. Como si nada hubiera pasado. Como si su mano no hubiera temblado y la mía no hubiera querido quedarse sobre la suya para siempre.
Me di vueltas en el sofá hasta que el reloj del teléfono marcó las cuatro de la mañana y decidí que la dignidad estaba sobrevalorada.
Me puse el vestido de algodón que había traído para dormir, me descalcé y salí descalza hacia la playa, con la arena todavía tibia del día anterior bajo los pies.
La noche en Key Largo olía a sal y a jazmín, y el mar sonaba exactamente como en las películas: un susurro largo que se tragaba todos mis pensamientos, uno por uno.
Todos menos uno, claro.
Él ya estaba allí.
Lo vi antes de que me viera: sentado sobre la arena, con los pantalones del traje arremangados hasta las rodillas y la camisa blanca abierta en el cuello, mirando el horizonte como si le debiera dinero. Se me escapó una risa bajita, y entonces giró la cabeza.
—Ríos —dijo, y en su voz había algo distinto. Menos armadura.
—Vidal —respondí, y me senté a su lado, a una distancia prudente que ninguno de los dos respetó mucho rato—. ¿Tú tampoco duermes o es que los directores de fondos de inversión no necesitan dormir?
—Dormimos. Mal. —Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo de un modo que no le había visto nunca. Adrián Vidal despeinado era como ver a un notario en traje de baño: desconcertante y un poco emocionante—. ¿Y tú? ¿La cama era incómoda?
—Dormí en el sofá, ¿recuerdas? El caballero.
—El caballero duerme en el sofá en las películas. En la vida real, el caballero se arrepiente a las dos de la mañana.
Me reí, y fue un alivio reírme, porque todo lo demás en mi pecho era un nudo apretado.
—¿Bailas bien para ser un hombre de números —dije—. ¿Dónde aprendiste? ¿En la escuela de negocios hay una materia de "vals para herencias"?
—Mi madre me obligó a tomar clases a los quince. Decía que un Vidal no podía pisar a nadie ni en la pista ni en la sala de juntas.
—Tu madre es sabia. Aunque anoche casi me dejas coja en el giro.
—Mentira. Te sostuve.
Nos miramos, y el aire entre nosotros cambió de temperatura.
Él apartó la vista primero, hacia el mar, y yo sentí una punzada absurda de decepción.
Nos pusimos de pie casi al mismo tiempo y empezamos a caminar por la orilla, con el agua lamiéndonos los tobillos.
La luna dibujaba un camino de plata sobre las olas, y por un momento todo fue tan perfecto que me dio miedo.
—Cuéntame algo que no sepa de ti —dije—. Algo que no esté en tu expediente de jefe temible.
—Mi expediente es muy completo.
—Pues invéntate algo. Miente un poco, que se te da bien últimamente.
Me miró de reojo, y supe que había entendido la pulla. Sonrió de medio lado.
—De niño quería ser biólogo marino —confesó—. Me pasaba las horas en el acuario de Miami mirando las tortugas. Mi padre me llevó una vez detrás de los tanques y el cuidador me dejó tocar una estrella de mar. Creo que fue el día más feliz de mi infancia.
—¿Y qué pasó? ¿Te convertiste en tiburón en vez de estudiarlos?
—Algo así. —Su sonrisa se apagó un poco—. Mi padre murió cuando yo tenía veintidós, y el grupo necesitaba un Vidal al frente de los números. La biología marina no paga nóminas.
Lo dijo sin dramatismo, como quien lee un informe, pero le tomé la mano sin pensarlo. No la retiró.
—Lo siento —dije.
—No lo sientas. Fue hace mucho. —Hizo una pausa—. Aunque a veces, cuando vengo aquí, me pregunto qué habría pasado si…
No terminó la frase. No hacía falta.
Entonces, sin que yo preguntara nada, empezó a hablar de lo otro. Y entendí que llevaba años queriendo decirlo en voz alta.
—Hace diez años, Vidal Capital éramos dos personas —dijo—. Javier y yo. Empezamos en una oficina que olía a pintura fresca y café malo. Él era el carisma; yo, los números. Funcionaba.
—¿Qué pasó?
—Lo que pasa siempre que alguien decide que tu confianza es un activo que se puede vender.
—Su voz se volvió plana, la voz de los informes—.
Javier pasó información de una operación grande a la competencia.
Una adquisición que llevábamos meses preparando.
Lo descubrí por una auditoría interna, tres días antes del cierre.
Tres días, Valentina. Si no lo detecto, el fondo se hunde y arrastra a los clientes con él.
—¿Lo denunciaste?
—Lo eché. Y aprendí la lección. —Se detuvo y se volvió hacia mí, y sus ojos tenían esa seriedad que me ponía nerviosa y me atraía a partes iguales—. Desde entonces no confío en las personas, Ríos. Confío en los documentos. En los contratos. En lo que está firmado y se puede verificar.
Ahí estaba. La explicación de todo: del control obsesivo, de las reglas, del contrato que me había puesto sobre la mesa en su oficina con la misma naturalidad con que otros ofrecen café. Adrián Vidal no era frío por naturaleza. Era frío por herida.
—Por eso el contrato —dije en voz baja.
—Por eso el contrato —confirmó—. Y por eso Ricardo me tiene donde me tiene.
Mi abuelo fundó el grupo con una idea muy simple: "la familia es la única sociedad que no se rompe".
Mi tío usa eso contra mí cada vez que puede.
Soltero, frío, sin ataduras… para la junta soy el retrato de todo lo que mi abuelo temía.
—¿Y yo qué soy en ese retrato? ¿El marco?
—Tú —dijo, y dudó, y en esa duda cupo todo lo que no se atrevía a decir— eres la única persona en dos años que me ha dicho que no a la cara y ha sobrevivido para contarlo.
Me reí, pero me tembló un poco la voz. Y de pronto tuve las palabras en la punta de la lengua.
Casi salieron. Casi le dije: yo también firmé algo contigo que no es verdad.
Casi le hablé de la carta del banco sobre la mesa de la cocina, de los treinta y ocho mil dólares, de las manos de mi madre amasando a las cuatro de la mañana porque dice que la masa no espera a nadie, ni siquiera a las deudas.
—Mi mamá dice que la panadería huele a canela desde antes de que yo naciera —dije en cambio, y era verdad, aunque no era toda la verdad—. Dice que un negocio que huele así no puede morirse.
—¿Está pasando un mal momento? —preguntó él, y supe que lo había notado. Adrián Vidal notaba todo.
—Estamos todos pasando un mal momento, ¿no? —Me encogí de hombros, y la mentira a medias me supo a arena—. Sobreviviremos. Los Ríos somos tercos.
Me miró un segundo de más, como si estuviera haciendo números conmigo. Luego asintió y no insistió, y le estuve agradecida y a la vez me dolió, porque una parte de mí quería que insistiera, que me arrancara la verdad a preguntas y me la quitara de encima.
Pero no lo hizo. Y yo no se la di.
Seguimos caminando hasta que la playa se curvó y las luces del hotel quedaron lejos. Nos sentamos de nuevo, más cerca esta vez, y el silencio entre nosotros era de esos que pesan lo justo.
—Los contratos están sobrevalorados —dije al fin—. Mira el nuestro: dice "nada de sentimientos" y aquí estamos, a las cuatro de la mañana, contándonos traumas en la playa como dos adolescentes.
—No estamos haciendo nada —dijo él, pero su hombro rozó el mío y no se apartó.
—Claro que no. Esto es networking.
Entonces se rio. Una risa de verdad, de esas que le transforman la cara entera, y antes de que pudiera arrepentirme de haberla provocado, su mano estaba en mi mejilla y sus labios en los míos.
Fue un beso real. Sin cámaras, sin fotógrafos escondidos, sin la junta del Grupo Vidal mirando desde la primera fila.
Solo el mar, la arena y su boca sabiendo exactamente lo que hacía, como si llevara meses ensayándolo en secreto.
Le rodeé el cuello con los brazos y el mundo se redujo a eso: a él, a mí, a la certeza absurda de que aquello era lo más verdadero que me había pasado en semanas de mentiras.
La noche se cerró sobre nosotros como una manta tibia, y por un rato no existió ni el contrato, ni la junta, ni los treinta días del banco. Solo nosotros.
Cuando el cielo empezó a clarear, nos separamos sin prisa, como si ninguno quisiera ser el primero en romper el hechizo. Volvimos a la suite caminando despacio, y en la puerta él me miró con algo parecido al miedo.
—Valentina…
—Ni se te ocurra decir "esto no debería haber pasado" —le advertí—. Lo odio cuando lo dicen en las películas.
—Entonces no lo digo.
—Bien.
Pero en la suite, con la luz gris del amanecer colándose por las cortinas, la realidad volvió a ponerse el traje.
Él preparó café con una eficiencia sospechosa.
Yo me duché cantando demasiado alto. Y en el desayuno familiar actuamos con una normalidad tan exagerada que hasta el camarero debió sospechar.
Carmen nos observó por encima de su taza con esa mirada suya que lo ve todo y no dice nada. Marco, en cambio, no tenía filtro.
—Parecen cansados —dijo, con una sonrisa perversa—. ¿La suite tenía chinches o qué?
—El sofá —dijo Adrián, muy digno.
—El caballero —dije yo, al mismo tiempo.
Nos miramos. Apartamos la vista. Carmen sonrió para sus adentros y dijo, como quien no quiere la cosa:
—El mar de madrugada aclara las ideas, ¿verdad, Adrián? Tu padre y yo resolvíamos todo paseando por la orilla.
Adrián casi se atraganta con el café. Yo me concentré intensamente en mi tostada, como si fuera el documento más importante del Grupo Vidal.
—Buenos días —dije yo, formal, cuando por fin pude hablar.
—Buenos días —dijo él, formalísimo.
Y los dos fingimos que la noche anterior no había pasado nada.
Ninguno de los dos se lo creyó.