Capítulo 6 — Adrián
Adrián
Hay dos tipos de errores en la vida: los que se pueden corregir con dinero y los que no.
El viernes por la tarde, en el mostrador del hotel de Key Largo, descubrí que la reserva de dos habitaciones que mi asistente —mi asistente de verdad, no la que ahora fingía ser mi novia— había hecho con tres semanas de anticipación pertenecía a la segunda categoría.
—Lo siento muchísimo, señor Vidal —dijo la recepcionista, con la sonrisa de quien ha ensayado esta frase—. Por la boda tenemos el hotel completo. Solo nos queda la suite Coral.
—¿Y la suite Coral tiene…?
—Una habitación, señor. Cama king. Y un sofá cama en la salita.
Miré a Valentina. Valentina me miró. El sofá cama nos miró a los dos con cara de mueble inocente.
—Perfecto —dijo Valentina con una dulzura que no le creí ni yo—. La suite está perfecta.
Subimos en el ascensor en silencio. Ella llevaba una maleta pequeña y una bolsa de la panadería —"para la prima, que los novios siempre tienen hambre", había dicho mi madre por teléfono, y Valentina había horneado galletas a las seis de la mañana—.
Yo llevaba mi maleta, mi laptop y la creciente sospecha de que el universo se estaba divirtiendo a mi costa.
La suite era bonita: ventanales al mar, muebles blancos, un balcón con dos sillas que miraban al atardecer. Y, en efecto, una sola cama. Grande, eso sí. Enorme. Como si el hotel quisiera compensar.
—Yo duermo en el sofá —dije.
—Ni hablar. Tú mides uno noventa. El sofá mide uno cincuenta.
—Entonces dormimos por turnos. Como los marineros.
—Adrián. —Valentina dejó la maleta sobre la cama y me miró con las manos en la cintura—. Somos dos adultos con un contrato que dice "nada de besos fuera de cámara". Dormir en la misma cama no es un beso. Es logística.
—La logística también tiene consecuencias.
—Dios mío. —Se rio—. ¿Siempre eres así de dramático con los muebles?
—Solo con los que tienen implicaciones contractuales.
Al final hicimos lo que hacen las personas razonables: construimos la Gran Muralla de Almohadas en el centro de la cama, con la solemnidad de dos generales firmando un armisticio. Valentina la inspeccionó desde la puerta del baño, con el cepillo de dientes en la mano.
—Si cruzas la muralla de noche, te denuncio ante la junta.
—Si cruzas tú, te descuento del bono.
—Trato hecho.
Pero todavía eran las cinco de la tarde, y la boda era a las seis, así que nos cambiamos —por turnos, con la puerta del baño cerrada con llave, como dos adolescentes— y bajamos al jardín del hotel, donde mi prima Sofía se casaba bajo un arco de flores tropicales.
Mi familia en modo celebración es un espectáculo. Mi madre lloraba desde que vio a la novia. Mi tío Ricardo, por una vez, parecía humano: bailaba con su esposa y hasta me saludó con un abrazo. Y Marco, mi hermano, nos vio llegar y soltó un silbido que se oyó hasta el mar.
—¡Los tortolitos! —exclamó, y me estrujó—. Hermano, estás radiante. El amor te sienta bien. O es el bronceado. ¿Te bronceaste?
—No me bronceé.
—Entonces es el amor. —Se volvió hacia Valentina y le tomó las manos—. Tú debes ser la famosa Valentina. Soy Marco, el hermano bueno.
—El hermano modesto, veo —dijo ella.
—Ese también. —Marco me dio un codazo—. ¿Dónde la tenías escondida, eh? Dos años trabajando juntos y ni una palabra.
—Éramos discretos —dije.
—Éramos profesionales —corrigió Valentina, y me guiñó un ojo—. Él era muy profesional. Yo era la divertida.
Me reí. Marco me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.
—Madre mía —murmuró—. Se ríe. Mamá, ¿viste? ¡Se ríe!
Mi madre apareció a mi lado y me tomó del brazo con suavidad.
—Déjalo en paz, Marco. —Me miró de arriba abajo—. Hijo, ¿estás bien? Te veo… distinto.
—Estoy bien, mamá.
—No, no —dijo ella, ladeando la cabeza con esa observación suya que no perdona—. Distinto bien. Como si hubieras dormido ocho horas seguidas por primera vez en diez años.
Antes de que pudiera responder, empezó la ceremonia, y me salvé por la campana.
La boda fue bonita, de esas que te hacen creer en cosas en las que no crees. Sofía lloró al decir sus votos. Su novio —un arquitecto de Tampa con cara de buena gente— lloró más. Valentina, a mi lado, se sonaba con disimulo, y cuando la miré me hizo un gesto con la mano: ni se te ocurra decir nada.
Antes del banquete hubo una hora de cócteles en la terraza, con el mar de fondo y un violinista que tocaba demasiado bien para un evento familiar. Fue allí donde mi madre lanzó su ofensiva.
—Valentina, querida —dijo, tomándola del brazo con dulzura—. Cuéntame: ¿cómo se conocieron realmente? Adrián es muy discreto con estas cosas. Sospechosamente discreto.
Valentina no se inmutó.
—Nos conocimos en la oficina, señora Vidal. Yo llevaba dos años organizándole la vida sin que él lo notara, y un día lo notó.
—¿Y qué fue lo primero que le gustó de él? —preguntó mi madre, ladeando la cabeza—. Porque le advierto que, de joven, mi hijo era insoportable. De mayor, solo un poco.
—Lo primero —dijo Valentina, pensativa— fue que se acuerda de cómo toma el café todo el mundo en la oficina. Hasta el del mensajero. Eso no se finge.
Mi madre me miró, sorprendida de verdad.
—¿Es cierto eso?
—Es cierto —admití—. Y nadie lo había notado en diez años. Ella, en dos semanas de… —me detuve a tiempo— de salir conmigo, ya lo sabía todo.
—Interesante —dijo mi madre, y su sonrisa se hizo más ancha—. ¿Y qué es lo que menos le gusta de él, ya que estamos en confianza?
—Que trabaja demasiado —dijo Valentina sin dudar—. Y que cuando está nervioso se pone a ordenar cosas. Una vez reordenó mi escritorio por colores. Por colores, señora Vidal.
—¡Ja! —Mi madre me señaló con el dedo—. ¡Lo sabía! ¡Igual que tu padre!
Yo me puse rojo. Valentina me miró con una victoria mal disimulada, y en ese momento —con el mar detrás, mi madre riéndose y ella brillando— pensé que, si esto fuera de verdad, sería el mejor día de mi vida en años.
Carmen se inclinó entonces hacia Valentina y le dijo, en voz baja pero no tanto:
—Me alegro de que exista, querida. Hacía mucho que no lo veía reírse así.
Y se alejó a saludar a unos primos, dejándonos a los dos mirándonos como dos personas a las que acaban de descubrir.
—¿Ves? —susurró Valentina—. Tu madre me adora. Ya tengo aliada, como te dije.
—Mi madre adora a todo el mundo —dije—. Es su defecto profesional.
—Y sin embargo —dijo ella, seria de pronto—, lo que dijo es verdad. Te ríes distinto cuando… —se detuvo—. Cuando estás contento, quiero decir.
No respondí. No hacía falta. Los dos sabíamos a qué se refería, y los dos decidimos dejarlo flotando en el aire salado de la terraza, como una de esas cosas que es mejor no tocar todavía.
En el banquete nos sentaron con la familia. Mi madre no dejaba de observarnos por encima de su copa, con una sonrisa pequeña y peligrosa. Mi tío Ricardo brindó por los novios y luego, al pasar junto a mí, me dijo en voz baja:
—Bonita pareja hacen. Espero que dure. La junta vota el mes que viene, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo todos los días, tío. Gracias por recordármelo tú también.
Valentina, que lo había oído todo, me puso la mano sobre la mía, debajo del mantel. Un gesto rápido, invisible para todos menos para mí.
—Respira —susurró—. Una batalla a la vez.
Y entonces empezó la música lenta, y mi madre —mi madre, la celestina— se levantó y anunció a voz en cuello:
—¡Que bailen los novios! ¡Y los casi novios también!
Hubo aplausos. Marco gritó algo impublicable. Y Valentina me miró con una ceja arqueada que decía ni se te ocurra negarte delante de tu familia.
Así que bailamos. Otra vez.
Pero esta vez no había fotógrafos. No había inversores. No había contrato que cumplir delante de nadie que importara —bueno, sí, mi familia entera, pero eso era distinto—. Era de noche, el mar sonaba al fondo, las luces del jardín eran cálidas, y Valentina olía a vainilla y a sal.
—No me pises —dijo, como la otra vez.
—Esta vez no pienso ni intentarlo —dije—. Esta vez voy a hacerlo bien.
La acerqué un poco más. Ella no se apartó. Giramos despacio, y su mejilla quedó a un suspiro de la mía, y su mano en mi hombro se relajó, y la mía en su cintura —esa mano traidora— se quedó exactamente donde estaba, sin pedir permiso ni perdón.
—Adrián —susurró.
—¿Sí?
—Esto no estaba en el contrato.
—Lo sé.
—Y no hay cámaras.
—Lo sé.
Me miró. Sus ojos, a la luz de las guirnaldas, eran más oscuros de lo normal, y había en ellos una pregunta que yo no sabía responder pero sí sabía contestar. Me incliné, apenas, un centímetro, dos…
—¡HERMANO!
Marco apareció de la nada, me agarró del brazo y me arrastró fuera de la pista con la delicadeza de un remolcador.
—¡Tío Ricardo quiere brindar contigo! ¡Ahora! ¡Es urgente! ¡Cosas de familia!
—¿Ahora? —protesté, mirando por encima del hombro. Valentina se había quedado sola en la pista, con una sonrisa rara en la cara, mitad risa, mitad otra cosa.
—¡Ahora! —Marco me llevó hasta la barra y me puso un whisky en la mano—. Bebe. Respira. Y ahora cuéntame: ¿desde cuándo mi hermano el robot tiene esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa. La de idiota enamorado. La puse yo una vez, en 2019, y mamá tiene fotos.
—No estoy enamorado. Es… complicado.
—Todo lo bueno es complicado. —Marco brindó conmigo—. Solo te digo una cosa, y escúchame bien porque solo la digo una vez cada diez años: sea lo que sea esto, no lo arruines por la junta, ni por el tío Ricardo, ni por el maldito Grupo Vidal. ¿Me oyes?
Lo miré, sorprendido. Mi hermano pequeño, el relajado, el que nunca se tomaba nada en serio, me estaba dando un consejo de hermano mayor.
—Te oigo —dije.
—Bien. Ahora vuelve con tu chica antes de que algún primo soltero se me adelante.
Volví. Valentina estaba junto a la mesa de postres, fingiendo un interés desmedido por los merenguitos.
—¿Todo bien con tu tío? —preguntó.
—Todo bien. Cosas de familia.
—¿Y Marco? ¿Te dio el discurso de hermano?
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Camila me da el mismo cada semana. Es un género literario: el sermón fraternal.
Nos reímos, pero la risa se apagó rápido. Nos miramos, y los dos sabíamos lo que casi había pasado en la pista, y los dos decidimos —sin decirlo— no mencionarlo.
—Deberíamos dormir —dijo ella—. Mañana hay desayuno familiar a las nueve. Tu madre me dijo que hace preguntas.
—Mi madre siempre hace preguntas. Es su forma de querer.
Subimos a la suite. La Gran Muralla de Almohadas seguía en pie, imponente, absurda. Nos cambiamos por turnos, con la puerta cerrada con llave, como dos personas muy adultas y muy civilizadas que no acababan de estar a punto de besarse en una pista de baile.
Apagamos la luz. El mar sonaba al otro lado del balcón.
Yo miraba el techo en la oscuridad, con las manos cruzadas sobre el pecho como un faraón, intentando no pensar en que Valentina Ríos estaba a cuarenta centímetros de mí, al otro lado de una muralla de almohadas que de pronto me parecía la cosa más estúpida del mundo.
—Adrián —susurró ella en la oscuridad.
—¿Sí?
—Gracias. Por hoy. Tu familia es… bonita.
—Lo es. A veces se me olvida.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Valentina.
Silencio. Olas. Y mi corazón, golpeando contra las costillas con una agenda propia que no me había consultado: nada de sentimientos, decía el contrato.
Pero el contrato no había previsto una pista de baile en Key Largo, ni una muralla de almohadas, ni a Marco interrumpiendo en el peor —en el mejor— momento posible.
Me dormí pensando que, si seguíamos así, iba a necesitar un abogado mejor. O un corazón más obediente.