Un trato con mi jefe Capítulo 5 — Valentina
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Capítulo 5 — Valentina

Valentina

El lunes siguiente a la gala, la oficina olía a chisme recién hecho.

No es una metáfora. De verdad olía: a café recalentado, a perfume barato de la recepcionista y a esa electricidad rara que hay en el aire cuando todo el mundo sabe algo y nadie dice nada en voz alta.

Las miradas me seguían desde la puerta giratoria hasta mi escritorio.

Dos analistas de la tercera planta fingieron ir por agua tres veces para pasar por mi cubículo.

Hasta la fotocopiadora parecía juzgarme.

—Eres famosa —me susurró Camila por teléfono a las nueve en punto—. Saliste en Miami Socialite. Esa foto tiene más likes que la boda de mi prima.

—Camila, estoy trabajando.

—Nadie trabaja el lunes después de una gala. Dime la verdad: ¿bailaron de verdad o fue parte del teatro?

Miré hacia la oficina de Adrián, al otro lado del cristal. Estaba inclinado sobre unos papeles, con el ceño fruncido de siempre, como si la noche del sábado no hubiera existido. Como si no me hubiera sujetado la cintura un centímetro más abajo de lo profesional.

—Bailamos —dije.

—Ay, mija. Ese "bailamos" sonó a mucho más que un vals.

—Fue un vals, literalmente.

—Y yo soy la reina de Inglaterra, literalmente. Escúchame: ¿te gustó?

Cerré los ojos. La imagen vino sola: las luces moviéndose sobre su traje, su risa —su risa de verdad, no la de las juntas—, su mano en mi espalda.

—Camila.

—¿Sí?

—Cuelga. Tengo que fingir que trabajo.

—Eso, finge. Se te da bien últimamente.

Colgó riendo. Yo me quedé mirando la pantalla hasta que Adrián levantó la vista y me encontró espiándolo. No aparté los ojos a tiempo. Él arqueó una ceja, esa ceja suya que dice te vi, y volvió a sus papeles. Yo me puse roja como una quinceañera y me escondí detrás del monitor.

A la hora del almuerzo, el rumor ya tenía secuelas. Mariela, de contabilidad, se acercó a mi escritorio con una sonrisa de esas que traen preguntas envueltas.

—Valen, ¿es verdad lo de la foto? ¿Tú y el señor Vidal?

—Mariela, ¿tú crees que yo te contaría mi vida amorosa entre un balance y otro?

—Eso es un sí disfrazado de misterio —sentenció, y se fue feliz.

Adrián salió de su oficina a las dos, se detuvo junto a mi escritorio y dijo, en voz lo bastante alta para que lo oyera media planta:

—Valentina, ¿a qué hora cierran hoy en la panadería de tu mamá?

—¿Perdón?

—Quiero conocer el negocio de mi novia. ¿Te parece mal?

Media planta contuvo la respiración. Yo lo miré como se mira a un hombre que acaba de prender fuego a una cortina.

—Adrián —susurré—. ¿Qué haces?

—Actuar —susurró él de vuelta, con una sonrisa impecable—. Capítulo dos del manual: los novios conocen a la suegra. ¿O prefieres que Mariela siga haciendo encuestas?

Tenía razón y lo odié por eso. A las seis y media, el auto negro de siempre se detuvo frente a «El Rincón de Rosa», en plena Calle Ocho, y Adrián Vidal —traje gris, corbata, zapatos que costaban más que nuestra vitrina— se bajó a la acera de La Pequeña Habana como un astronauta aterrizando en otro planeta.

Mi madre salió a recibirnos con las manos enharinadas y la sonrisa más grande del condado de Miami-Dade.

—¡El novio! —exclamó, y lo abrazó antes de que él pudiera ofrecer la mano—. ¡Por fin conozco al hombre que tiene a mi hija llegando tarde a la cena!

—Mamá, no llego tarde a la cena.

—El martes llegaste tarde.

—El martes había tráfico.

—El martes me dijiste que había "una gala benéfica". —Mamá me guiñó un ojo y se volvió hacia Adrián—. Pase, pase, señor Vidal. Le voy a enseñar dónde se hace la magia.

La panadería a esa hora olía a pan caliente y a canela, con la luz dorada de la tarde entrando por los ventanales.

Adrián miró alrededor con una curiosidad que no era de turista: se detuvo frente a los hornos, preguntó por la producción diaria, quiso saber el margen de un pastel de guayaba.

Mi madre, encantada, le explicaba todo como si fuera un inspector de Hacienda con buena cara.

Yo los observaba desde el mostrador con el corazón en un puño. Este era el territorio que yo había declarado fuera del teatro: la panadería no se toca, mi madre no es parte del trato. Y ahí estaba él, en medio de mi vida real, haciendo preguntas de verdad.

—¿Y usted qué hace exactamente, señor Vidal? —preguntó mamá, sirviendo café en tacitas pequeñas—. Valentina me dice "finanzas" y yo entiendo "números", pero mi hija también me decía de niña que iba a ser astronauta.

—Dirijo una firma de inversiones, señora Ríos. Básicamente, ayudo a que el dinero de otros trabaje mientras ellos duermen.

—¿Y el suyo trabaja mientras usted duerme?

Adrián se rio, sorprendido.

—El mío no duerme nunca, me temo.

—Eso hay que arreglarlo —dijo mamá con total naturalidad—. Un hombre que no duerme es un hombre que no sueña. Siéntese, que le traigo algo.

Desapareció en la cocina. Adrián y yo nos quedamos solos entre las mesas vacías.

—¿Ves? —susurré—. Sobreviviste a la primera ronda.

—Tu madre es formidable.

—Te lo advertí. Lo que no te advertí es la segunda ronda: la comida. No rechaces nada. Es una ofensa cultural.

—No pensaba rechazar nada.

Mamá volvió con un plato. Sobre él, un pastel individual, dorado y perfecto, con una nube de merengue tostado encima. Lo puso delante de Adrián con ceremonia.

—Arroz con leche —anunció—. Mi especialidad. El favorito de… —se detuvo, me miró, y sonrió con picardía—. Bueno. Pruébelo.

Adrián tomó la cuchara. Yo lo observé llevarse el primer bocado a la boca, y vi algo que no había visto nunca en dos años de trabajar para él: se le cerraron los ojos. No de cansancio, no de concentración. De placer puro, infantil, desarmado.

—Esto es… —dijo, y se quedó buscando la palabra—. Esto es increíble.

—Es el favorito de Valentina desde niña —dijo mamá, tan tranquila—. Siempre que algo le salía mal, arroz con leche. ¿Verdad, mija?

Sentí que me ardían las orejas.

—Mamá.

—¿Qué? Es verdad. —Se volvió hacia Adrián—. ¿Y el suyo cuál es, señor Vidal? ¿Su postre favorito?

Adrián dudó un segundo. Un segundo nada más.

—El arroz con leche —dijo—. El de mi abuela. Hacía uno con canela quemada encima, igual que este.

El silencio que siguió fue raro y bonito. Mi madre lo miró fijamente, con esa mirada suya que parece ver a través de las paredes, y luego asintió despacio, como si acabara de confirmar algo.

—Su abuela tenía buen gusto —dijo—. Igual que usted, por lo que veo. —Y me miró a mí, con una sonrisa que me puso nerviosa—. ¿Verdad, Valentina?

—Mamá, por favor.

—¿Por favor qué? Estoy conversando con tu novio. Es lo normal.

Adrián comió el pastel entero. Entero. El hombre que en la oficina deja la mitad del almuerzo porque "no hay tiempo" se tomó veinte minutos para un arroz con leche en una panadería de La Pequeña Habana, y cuando terminó, le dijo a mi madre:

—Señora Ríos, si alguna vez necesita un socio para expandir este negocio, llámeme primero. Hablo en serio.

Mi madre se rio, pero yo vi cómo le brillaban los ojos. Nadie le había dicho algo así en años. Nadie, desde que empezaron las deudas, la había mirado como algo más que una deudora.

En ese momento sonó la campanita de la puerta y entró Diego Salas con un saco de harina al hombro, silbando. Se detuvo en seco al vernos.

—¡Valen! —Dejó el saco junto al mostrador y me abrazó con la familiaridad de toda una vida—. ¿Y este caballero?

—Diego, te presento a Adrián Vidal. Adrián, Diego Salas: nuestro proveedor de harina desde antes de que yo naciera, más o menos.

—Mucho gusto —dijo Adrián, poniéndose de pie para estrecharle la mano.

—El gusto es mío —dijo Diego, mirándome con una sonrisa que yo conocía demasiado bien—. Así que este es el famoso novio. Valen no me había contado nada, para ser exactos. Muy misteriosa últimamente.

—He estado ocupada —dije rápido.

—Ya veo. —Diego se volvió hacia Adrián—. Oye, cuídamela, ¿eh? A esta la conozco desde que usaba trenzas y me robaba los pastelitos de la vitrina.

—Diego —advertí.

—¿Qué? Es verdad. —Me revolvió el pelo como si tuviera diez años y se rio—. Bueno, los dejo. Rosa, el pedido del jueves viene completo, ¿sí?

—Gracias, mijo —dijo mamá.

Cuando Diego salió, noté que Adrián lo seguía con la mirada un segundo más de lo necesario.

—¿Proveedor? —preguntó.

—Proveedor y amigo de toda la vida —dije—. No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de jefe evaluando un riesgo.

—No estaba evaluando nada —dijo él, pero se aflojó la corbata, que no necesitaba aflojarse.

Mi madre, que no se pierde una, sonrió para sus adentros.

—Diego es un buen muchacho —dijo, como al pasar—. Pero a veces los buenos muchachos llegan tarde a las cosas importantes.

Adrián y yo nos miramos. Ninguno supo qué decir, así que los dos dijimos "sí" al mismo tiempo y nos reímos, y mamá asintió como quien acaba de ganar una apuesta consigo misma.

Cuando nos íbamos, mamá me retuvo en la puerta con la excusa de darme un táper.

—Mija —me dijo en voz baja, mientras Adrián esperaba junto al auto—. Ese hombre…

—Mamá, no empieces.

—No voy a empezar nada. Solo te digo una cosa: yo hago postres desde hace treinta años, y sé cuándo alguien está actuando y cuándo no. —Me puso el táper en las manos—. Nadie finge comerse un arroz con leche así. Nadie.

En el auto de vuelta, Adrián iba callado, mirando por la ventanilla. Llevaba el táper en el regazo como si fuera algo frágil.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Tu madre me recordó a mi abuela —dijo sin mirarme—. No por la cocina. Por la forma de mirar. Como si supiera cosas que una no le ha contado.

—Es su superpoder. Deberías verla con los proveedores morosos.

—Valentina. —Se volvió hacia mí—. Gracias por dejarme entrar. Sé que la panadería estaba fuera del trato.

—No fue nada.

—Sí fue. —Hizo una pausa—. Y el arroz con leche era de verdad mi favorito. No lo había comido en quince años. Desde que ella murió.

Lo dijo con la voz más baja que le había oído nunca.

Y yo, que llevaba dos años viendo a Adrián Vidal como una máquina de tomar decisiones con traje, de pronto vi otra cosa: un hombre que había perdido a su abuela y no había vuelto a probar su postre favorito en quince años, hasta que mi madre se lo puso delante sin que él lo hubiera pedido jamás en voz alta.

¿Cómo lo supo? No lo sé. Las madres saben. La mía, al menos, sabe demasiado.

—Adrián —dije, y me salió más suave de lo que pretendía—. El viernes nos vamos a Key Largo. A la boda de tu prima.

—Sí.

—Solo quería que lo supieras: no me importa fingir delante de tu familia. Pero lo de esta tarde… —busqué las palabras—. Lo de esta tarde no fue fingido. Para mí, no.

Me miró largo rato. Las luces de la calle le cruzaban la cara en franjas doradas.

—Para mí tampoco —dijo.

Y ninguno de los dos dijo nada más en todo el camino.

Pero cuando bajé del auto frente a mi edificio, me di cuenta de que llevaba el táper vacío en las manos y el corazón lleno hasta el borde, y que el contrato —ese papel tan bien redactado— no decía nada sobre qué hacer cuando el jefe empieza a parecerte un hombre.