Un trato con mi jefe Capítulo 4 — Adrián
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Capítulo 4 — Adrián

Adrián

Yo no creo en las citas. Creo en las agendas.

Una cita es una variable sin despejar: no sabes cuánto va a durar, no sabes de qué van a hablar, no sabes si va a terminar bien. Una agenda, en cambio, tiene hora de inicio, hora de fin y objetivos medibles. Llevo diez años viviendo de agendas y me ha ido muy bien, gracias.

Por eso, aquella noche, frente al espejo de mi apartamento, me descubrí haciendo algo que no hacía desde la universidad: cambiarme la corbata tres veces.

—Ridículo —me dije en voz alta.

La primera corbata era azul marino. Demasiado sobria, parecía que iba a enterrar a alguien.

La segunda era gris perla. Parecía que iba a enterrar a alguien con más dinero.

La tercera, burdeos oscuro, la elegí porque era la única que mi madre no me había regalado nunca.

Los psicólogos dirían algo de eso. Yo solo diría que era bonita.

El teléfono vibró sobre el mármol del vestidor. Mensaje de Valentina.

Estoy lista. Y antes de que lo preguntes: sí, es la única falda decente que tengo.

Sonreí sin permiso de nadie. Esa era la parte del trato que nadie había puesto en el contrato: Valentina Ríos me hacía sonreír como si tuviera catorce años y acné.

Me puse el reloj, el de siempre, el que no dice nada porque no necesita decirlo, y bajé al auto. El chófer me esperaba con la puerta abierta. Le pedí que subiera la calefacción aunque afuera hacían veinticuatro grados. Los nervios, descubrí, también sudan.

Valentina vivía en un edificio modesto de Coral Gables, de esos que tienen buganvilias en la entrada y un portero que conoce el nombre de todos los repartidores. Salió a las siete en punto —puntual, como en la oficina— y se me olvidó respirar por un segundo.

El vestido era negro, sencillo, de un corte que no gritaba nada y lo decía todo. Llevaba el pelo recogido de un lado y unos aretes pequeños que brillaban cada vez que movía la cabeza. Se subió al auto con la naturalidad de quien ha tomado mil taxis y la dignidad de quien no necesita ninguno.

—Buenas noches, señor Vidal —dijo, y se abrochó el cinturón.

—Buenas noches, señorita Ríos.

Nos miramos. Ella arqueó una ceja.

—¿Vamos a hacer esto toda la noche? ¿El tratamiento de "usted"?

—Es que me pone nervioso —admití.

Se rio. Una risa corta, de esas que se escapan antes de que la dueña decida si conviene.

—Tú, nervioso. Anótalo en tu agenda, que seguro tienes una casilla para eso.

—La tengo. Dice: "19:00 – Ponerse nervioso como un adolescente. 19:05 – Superarlo."

—Son las 19:04 —dijo ella, mirando su reloj—. Te queda un minuto.

El auto arrancó. Por la ventanilla, Miami pasaba en luces naranjas y palmeras recortadas contra un cielo que todavía no decidía si era de día o de noche.

—Reglas de esta noche —dije, más para calmarme que para informarla—. Es una cena benéfica de la fundación. Mi madre organiza, mi tío Ricardo estará, la mitad de la junta también. Sonreímos, bailamos una pieza si hay que bailar, y nos vamos antes del discurso de cierre.

—Entendido. ¿Y si alguien pregunta cómo nos conocimos?

—En el trabajo. Es verdad y es aburrido. A la gente le encantan las historias aburridas porque no tiene que pensar en ellas.

—¿Y si preguntan desde cuándo?

—Desde hace dos meses. Es creíble: dos meses es el tiempo exacto en que una relación todavía es bonita y ya no es sospechosa.

Valentina me miró de reojo.

—¿Has hecho esto antes? ¿Fingir?

—En los negocios, todos los días. En esto —hice un gesto vago entre los dos—, nunca.

—Qué romántico —dijo, y apoyó la cabeza en el respaldo—. Tranquilo, jefe. Soy buena actriz. En la oficina finjo interés en tus reuniones desde hace dos años.

—No es cierto.

—Es completamente cierto. ¿Recuerdas la del tercer trimestre? Me quedé dormida con los ojos abiertos. Camila dice que es mi superpoder.

Llegamos al hotel. El salón brillaba como el interior de una joya: arañas de cristal, mesas redondas con centros de orquídeas, un cuarteto de cuerdas tocando algo que sonaba carísimo. En la entrada, un cartel dorado: Fundación Vidal — Gala anual por la educación.

Le ofrecí el brazo. Ella lo tomó sin dudarlo, y noté que su mano temblaba apenas, lo justo para que solo yo lo sintiera.

—Respira —le susurré—. Eres la mujer más interesante de este salón. Actúa en consecuencia.

—No me des instrucciones de actuación, que me pongo peor.

—Entonces no actúes. Solo sé tú. A mí me funciona.

Me miró con una expresión que no supe leer, y entramos.

Lo primero que aprendí esa noche es que Valentina Ríos en modo social es un arma de destrucción masiva.

En la oficina es eficiente; en una gala, es magnética.

En diez minutos había encantado a la esposa del consejero Brandt con una historia sobre pasteles de guayaba, le había sacado una risa genuina al viejo Henderson —que no se ríe ni cuando gana dinero— y había conseguido que el mesero le trajera dos copas de champaña sin que nadie supiera cómo.

Lo segundo que aprendí es que yo, Adrián Vidal, llevaba años asistiendo a estas cenas como quien asiste a una junta: de pie, correcto, aburrido. Esa noche me reí tres veces de verdad. Las conté.

La tercera la provocó ella, cuando el inversionista Keller —un alemán de cejas pobladas que colecciona relojes y opiniones— me preguntó, señalándola con la copa:

—¿Y esta belleza es…?

—Mi novia —dije, y la palabra me salió con una naturalidad que me asustó—. Valentina Ríos.

Keller le tomó la mano para besársela, como si estuviéramos en 1890.

—Encantado, señorita. ¿Y a qué se dedica, si no es indiscreción?

—Soy asistente ejecutiva —dijo Valentina—. Me dedico a que este señor llegue a tiempo a los sitios y a que no diga en voz alta lo que piensa en las reuniones.

Keller soltó una carcajada que hizo temblar su copa.

—¡Necesito una como usted en Múnich!

—Lo siento —dijo ella, y me miró con unos ojos que brillaban de puro teatro—. Este ya me contrató de por vida.

Y entonces hizo algo que no estaba en ninguna agenda: se puso de puntillas y me besó en la mejilla. Un beso corto, de utilería, para el público.

El público, que era yo, se quedó sin habla.

—¿Qué fue eso? —susurré cuando Keller se alejó.

—Actuación —dijo ella, pero tenía las mejillas encendidas—. Capítulo uno del manual: las novias besan mejillas. ¿O prefieres que le explique al señor Keller que tenemos un contrato de confidencialidad?

—No. Prefiero que no vuelvas a hacerlo sin avisar.

—¿Te molestó?

Me molestó lo contrario. Me molestó que no me molestara.

Mi madre apareció entonces, radiante en un vestido color esmeralda, y nos abrazó a los dos como si fuéramos lo más normal del mundo.

—Por fin —le dijo a Valentina, tomándole las manos—. Llevo dos años diciéndole a este hijo mío que la felicidad no cotiza en bolsa.

—Mamá —advertí.

—Déjala —dijo Valentina, riendo—. Tu madre y yo nos vamos a llevar muy bien. Ya tengo aliada.

—Cuidado, Valentina —dijo mi madre, guiñándole un ojo—. En esta familia, las aliadas terminan organizando bodas.

Mi tío Ricardo se acercó con su copa, sonriendo con esa sonrisa suya que nunca llega a los ojos.

—Adrián. Y esta debe ser la famosa Valentina. Encantado. —Le estrechó la mano un segundo más de lo necesario—. Espero que sepas en lo que te metes, querida. Mi sobrino y el compromiso tienen una relación… complicada.

—Como todo el mundo, señor Vidal —dijo Valentina sin pestañear—. La diferencia es que algunos lo admiten en las cenas.

Ricardo rio, pero sus ojos se quedaron fríos. Me puso una mano en el hombro, pesada como una hipoteca.

—Nos vemos en la junta, sobrino. Me alegro de verte… estable.

Se alejó. Valentina me miró.

—¿Siempre es así de encantador?

—Solo cuando quiere algo. Ahora mismo quiere mi silla.

—Pues que haga fila —dijo ella—. Detrás de mí.

Y me apretó el brazo, apenas, un gesto pequeño que no era para nadie más. Sentí que algo se movía en el pecho, algo con agenda propia.

Bailamos. No porque tocara —tocaba un vals y yo no bailo valses—, sino porque mi madre nos empujó a la pista con la autoridad de quien ha organizado tres bodas ajenas.

Valentina puso una mano en mi hombro y la otra en la mía, y descubrí que olía a vainilla y a algo cítrico, como si alguien hubiera embotellado una tarde de domingo.

—No me pises —advirtió.

—No pienso pisarte. Pienso impresionarte.

—Con el baile no lo vas a lograr. Inténtalo con otra cosa.

Giramos entre las parejas. Las luces se movían despacio sobre su vestido. Ella se reía de mis intentos de llevar el compás, yo me reía de su risa, y por un momento —un momento peligrosamente largo— se me olvidó que había fotógrafos.

Marco me interceptó de camino a la barra, con el teléfono en la mano y esa sonrisa de hermano menor que nunca anuncia nada bueno.

—Mira esto —dijo, y me enseñó la pantalla.

Era una historia de Instagram de alguna invitada: Valentina y yo en la pista, riéndonos, con mi mano en su cintura. Ya tenía doscientos "me gusta" y un comentario de la cuenta Miami Socialite: ¿El soltero de oro por fin cayó?

—Borra eso —dije.

—No puedo borrar internet, hermano. Además, ¿para qué? Te ves bien. Te ves… —me miró con atención, y su sonrisa se suavizó— feliz. Hacía años que no te veía esa cara.

—Es actuación, Marco.

—Claro. Y yo soy astronauta. —Guardó el teléfono—. Oye, en serio: sea lo que sea esto, cuídala. Se nota que es de las buenas.

Quise responder algo ingenioso y no me salió nada. Él me dio una palmada en la espalda y se fue a buscar otra copa, dejándome con la imagen grabada en la retina: dos personas riéndose como si el mundo fuera un lugar sencillo. Como si nada doliera.

Había fotógrafos.

El flash nos encontró riéndonos, con la frente de ella casi apoyada en mi hombro y mi mano —mi mano traidora— en su cintura, un centímetro más abajo de lo estrictamente profesional.

A la mañana siguiente, la foto estaba en la sección social de dos periódicos digitales y en tres cuentas de chismes de Miami. El pie de foto decía: Adrián Vidal, el soltero de oro de Brickell, por fin enamorado. ¿Boda a la vista?

Valentina me mandó el enlace con un solo comentario: Nos van a despedir a los dos.

Yo la miré durante un minuto entero. En la foto no parecíamos dos personas cumpliendo un contrato. Parecíamos dos personas a las que les había pasado algo.

Mi teléfono vibró. Número desconocido, mensaje corto:

Qué sorpresa, Adrián. Tenemos que ponernos al día. — Lucía.

Se me enfrió la sangre más rápido que el champaña de la noche anterior.

Lucía Ferrer. Mi ex. La mujer que una vez me dijo que yo era "un excelente plan de jubilación con piernas". La misma que ahora, por lo visto, leía la prensa social con mucho interés.

Le mostré el mensaje a Valentina en la oficina, por encima del escritorio.

—¿Quién es? —preguntó.

—Un problema del pasado que decidió mudarse al presente.

—¿Quieres que me preocupe?

—Quiero que no leas nada de lo que escriba. Y que si te escribe, me lo digas.

Valentina guardó silencio un momento. Luego dijo, con esa franqueza suya que no pedía permiso:

—Adrián. Si tu ex va a ser un problema, dímelo ahora. Yo firmé un contrato, no un campo de batalla.

—Lo sé.

—Y otra cosa. —Señaló la foto en mi pantalla, donde los dos reíamos como idiotas felices—. Si vamos a fingir, finjamos bien. Pero no me pidas que finja que anoche no me lo pasé bien. Eso sí que no sé hacerlo.

Salió de mi oficina con su carpeta bajo el brazo, dejándome con la foto, el mensaje de Lucía y una certeza incómoda: el contrato decía "nada de sentimientos", pero nadie le había avisado a mi pecho.