Un trato con mi jefe Capítulo 3 — Valentina
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Capítulo 3 — Valentina

Valentina

Entré a la oficina de Adrián Vidal con mi libreta en la mano y el corazón todavía acelerado por la llamada del banco. Él estaba de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos, mirando la bahía como si le debiera dinero.

—Siéntese, señorita Ríos —dijo, sin volverse.

No me senté. Algo en su tono —demasiado formal, incluso para él— me puso en alerta. Adrián Vidal y yo teníamos un pacto no escrito: él daba órdenes imposibles, yo las cumplía con sarcasmo, y ambos fingíamos que aquello era una relación laboral normal. Aquel "siéntese" no encajaba en el guion.

—¿Va a despedirme? —pregunté—. Porque si va a despedirme, prefiero que lo haga de pie. Es más digno.

Se volvió. Y por primera vez en dos años, vi algo en su cara que no supe leer. No era enojo. Era… incomodidad. Adrián Vidal, incómodo. Anoté mentalmente: el mundo se acaba.

—No voy a despedirla —dijo—. Voy a hacerle una propuesta.

—Si es una propuesta de matrimonio, le advierto que ya estoy comprometida con mi trabajo. Es una relación muy exigente.

—Siéntese, por favor.

Me senté. Él se sentó frente a mí, cruzó las manos sobre el escritorio y me miró con esos ojos grises de balance trimestral. El silencio se alargó tres segundos de más.

—Necesito una novia —dijo.

Parpadeé.

—Disculpe, ¿dijo…?

—Una novia. Durante un mes. Usted.

Solté una risa nerviosa que sonó como un claxon desafinado.

—Señor Vidal, con todo respeto, ¿se golpeó la cabeza en la junta? ¿Necesita que llame a un médico? ¿A un exorcista?

—No es una broma, Valentina.

Me llamó Valentina. Sin "señorita". El mundo, definitivamente, se acababa.

Me explicó todo con la frialdad de quien presenta un informe: la junta del Grupo Vidal, su tío Ricardo usando su vida de soltero como arma, la votación en sesenta días, la presidencia en juego. La asesora de imagen. La necesidad de "estabilidad". Y entonces, la frase que me dejó sin aire:

—Le ofrezco cuarenta mil dólares por un mes de representación. Un contrato de confidencialidad y representación, todo legal, con su abogado si lo desea. Eventos públicos, alguna cena, la boda de mi prima en Key Largo. Discreción absoluta.

Cuarenta mil dólares.

El número quedó flotando en el aire de la oficina como un globo que nadie se atrevía a pinchar. Cuarenta mil dólares. La deuda de la panadería era de treinta y ocho mil. Me sobrarían dos mil. Dos mil dólares de propina del destino.

—¿Me está ofreciendo dinero a cambio de fingir ser su novia? —dije despacio—. ¿Sabe cómo suena eso, verdad?

—Suena a lo que es: un acuerdo comercial entre dos adultos. Sin letra pequeña.

—¿Sin letra pequeña? Señor Vidal, todo lo que usted hace tiene letra pequeña. Hasta sus correos tienen letra pequeña.

Se inclinó hacia adelante.

—Escúcheme bien, porque solo voy a decirlo una vez: no le estoy pidiendo nada… inapropiado. Habrá reglas. Nada de besos fuera de cámara. Nada de contarle la verdad a nadie. Nada de… sentimientos. Es teatro, Valentina. Teatro bien pagado.

Teatro bien pagado. Miré por la ventana, hacia la ciudad que brillaba allá abajo, y pensé en mi mamá sacando pan del horno a las cinco de la mañana. Pensé en los treinta días. Pensé en mis doce mil cuatrocientos dólares de ahorros, tan insuficientes, tan inútiles.

—Necesito pensarlo —dije.

—Por supuesto. Tiene hasta mañana a las nueve.

—¿Y si digo que no?

—Entonces buscaré a otra persona —dijo, y por un instante creí detectar algo parecido al alivio en su voz, como si una parte de él deseara que dijera que no—. Pero preferiría que fuera usted. Confío en usted.

Salí de su oficina como una sonámbula. Marisol me preguntó algo; le respondí con un sonido que esperaba fuera una palabra. Me senté en mi escritorio y miré la pantalla sin verla durante un rato muy largo.

A las seis en punto —mi hora sagrada de salida, la que Adrián respetaba con un pacto tácito— recogí mis cosas y manejé hasta el apartamento de Camila con el piloto automático puesto.

Mi mejor amiga me abrió la puerta en pijama, con una mascarilla verde en la cara que la hacía parecer un alienígena preocupado.

—¿Qué pasó? —dijo, igual que en la mañana—. Tienes cara de haber visto un fantasma con chequera.

Le conté todo. Todo. El banco, los treinta y ocho mil, los treinta días, y la propuesta indecente —en el sentido contractual de la palabra— de Adrián Vidal.

Camila se quitó la mascarilla con la solemnidad de quien se prepara para una cirugía.

—A ver si entiendo —dijo—. Tu jefe, el glaciar, el hombre que una vez te pidió que le consiguieras "silencio absoluto" para una llamada, te ofrece cuarenta mil dólares por fingir ser su novia durante un mes.

—Eso.

—¿Y las reglas son no besos fuera de cámara, no contar la verdad y no sentimientos?

—Eso.

—¿Y la deuda es de treinta y ocho mil?

—Eso.

—Valentina Ríos —dijo mi mejor amiga, tomándome por los hombros—. Si rechazas esto, te juro que te desheredo como amiga. Es la solución a tu problema servida en bandeja de plata por el universo.

—¿No te parece… raro? ¿Inmoral? ¿Peligroso?

—Me parece un contrato. Tú no vas a hacer nada malo. Vas a sonreír en cenas y a dejar que te tomen fotos. Es actuación, no prostitución. Y son cuarenta mil dólares, Valentina. Cuarenta mil. ¿Sabes cuántas personas matarían por una oferta así? Bueno, no literalmente. Espero.

—¿Y si me descubren? ¿Y si sale mal?

—Entonces tendrás una gran historia que contar en tu vejez. Pero no va a salir mal, porque tú eres la persona más competente que conozco y él es el hombre más controlado del planeta. Es el plan perfecto. Lo único que me preocupa…

—¿Qué?

—Que te enamores de verdad. Porque, mija, ese hombre está buenísimo y tú llevas dos años peleando con él como si fuera tu deporte favorito. La línea entre el odio y el amor es muy fina, y tú la llevas caminando en tacones desde el 2024.

—No digas tonterías —dije, pero me ardieron las mejillas—. Hay reglas. Nada de sentimientos. Está en el contrato.

—Claro que sí, cariño —dijo Camila con una sonrisa perversa—. Como si los sentimientos firmaran contratos.

Dormí mal aquella noche. Soñé con contratos que se convertían en jaulas y con panaderías que se derrumbaban como castillos de arena. A las seis de la mañana ya estaba despierta, y a las siete estaba en la cocina ayudando a mi mamá a empacar pedidos, como cuando era niña.

—Estás rara, mija —dijo mi mamá, sin levantar la vista de las cajas—. ¿Pasó algo en el trabajo?

—Nada —mentí—. Solo estoy cansada.

Mi mamá me miró por encima de sus gafas con esa mirada suya que atraviesa paredes.

—Cuando quieras contarme, aquí estoy —dijo simplemente.

Casi se lo cuento. Casi. Pero la regla número dos del contrato —nada de contarle la verdad a nadie— ya me pesaba antes de firmarlo, y mi mamá era la última persona del mundo a la que yo le mentiría por escrito.

A las nueve en punto estaba de pie frente al escritorio de Adrián Vidal, con mi mejor traje y mi peor cara de póker.

—Acepto —dije—. Con condiciones.

Él arqueó una ceja. —La escucho.

—Primera: la panadería no es parte del teatro. Nadie va a "El Rincón de Rosa" a hacer escenitas románticas para las cámaras. Mi familia no es utilería.

—De acuerdo.

—Segunda: mi mamá no es parte del teatro. No le voy a mentir a mi mamá en la cara durante un mes. Si hay que conocerla, será breve, será casual y será verdad a medias, no una actuación.

—De acuerdo —dijo, y me pareció ver un destello de respeto en sus ojos—. ¿Algo más?

—Tercera: el dinero se paga por adelantado, completo y al firmar, en un solo cheque de caja. Y quiero el contrato revisado por un abogado. El mío, no el suyo.

—Hecho. ¿Y usted qué me ofrece a cambio, señorita Ríos?

—Discreción absoluta, puntualidad suiza y la mejor actuación de mi vida —dije—. Y ni un solo beso fuera de cámara. Lo juro por mi maletín.

—Trato hecho —dijo, y me tendió la mano.

Se la estreché. Su mano era cálida y firme, y la mía temblaba un poco, y los dos fingimos no notarlo.

El abogado de Adrián redactó el contrato en veinticuatro horas.

Mi abogada —una amiga de la facultad que me cobró con almuerzos— lo revisó y me dijo que era "sorprendentemente limpio para lo turbio que suena".

Firmamos en una notaría del centro un viernes por la tarde, los dos de traje, los dos serios como si estuviéramos comprando un apartamento en lugar de un noviazgo de mentira.

La sala de espera olía a papel viejo y a café de termo.

Una pareja de ancianos firmaba su testamento en la mesa de al lado, tomados de la mano, y yo pensé que había algo profundamente irónico en que ellos firmaran el final de su historia de amor mientras nosotros firmábamos el principio de una falsa.

Adrián, a mi lado, revisaba su teléfono con la mandíbula tensa.

Cuando el notario nos llamó, me miró y me dijo en voz baja:

—¿Lista?

—No —dije con honestidad—. Pero hagámoslo de todos modos.

El notario, un señor de bigote amable que había visto de todo en treinta años de oficio, leyó el título del documento en voz alta —"contrato de confidencialidad y representación"— y nos miró por encima de sus gafas con una curiosidad profesional que no se molestó en disimular.

—¿Representación de qué tipo, si se puede saber? —preguntó.

—Artística —dijo Adrián sin pestañear.

—Comercial —dije yo al mismo tiempo.

Nos miramos. El notario sonrió como quien decide no preguntar más.

Firmamos cada uno en su línea, con tinta azul, como mandaba el protocolo.

Cuando el notario estampó el sello, sentí que algo se cerraba y algo se abría al mismo tiempo.

Guardé mi copia en el maletín, junto al informe de Portobelo de otra vida, y salí a la calle con Adrián Vidal a mi lado.

—¿Y ahora qué? —pregunté.

—Ahora —dijo él, mirando su reloj— empieza el mes. La cena benéfica de la fundación es el sábado. La recogeré a las siete. Vístase… como mi novia.

—¿Y eso qué significa, exactamente?

—Significa que por primera vez en dos años, señorita Ríos, le pido que no parezca mi asistente.

Lo miré fijamente.

—Señor Vidal —dije—, prepárese. Porque usted no tiene ni idea de lo que acaba de contratar.

Y por primera vez desde que lo conocía, Adrián Vidal sonrió de verdad. No el gesto de mandíbula de siempre. Una sonrisa completa, con arrugas en los ojos y todo.

—Eso espero —dijo.

Caminamos cada uno hacia su auto, y yo me subí al mío con las manos todavía temblorosas y el corazón dividido en dos mitades exactas: una que celebraba la salvación de la panadería, y otra que susurraba que acababa de firmar el contrato más peligroso de mi vida.

Nada de besos fuera de cámara. Nada de contar la verdad. Nada de sentimientos.

Fácil, pensé, arrancando el auto. Facilísimo.

En el semáforo revisé mi teléfono: el primer pago ya estaba en mi cuenta.

Veinte mil dólares que olían a tinta de notaría y a canela.

Le escribí a Camila: "Firmado. Soy oficialmente una farsante profesional".

Ella respondió en tres segundos: "Bienvenida al mundo del espectáculo, diva.

Ahora no te enamores". Guardé el teléfono, puse la direccional y me incorporé al tráfico de Miami con la sensación extraña de que mi vida acababa de cambiar de carril sin avisarme.

Ja.