Un trato con mi jefe Capítulo 2 — Adrián
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Capítulo 2 — Adrián

Adrián

Las juntas del Grupo Vidal se celebraban en una sala del piso treinta con vista al puerto, y yo llevaba años entrando a esa sala como quien entra a un ring: con la guardia alta y sin sonreír.

Aquella tarde de miércoles, la silla del fondo —la que siempre ocupaba mi tío Ricardo— ya estaba ocupada cuando llegué. Ricardo Vidal, sesenta años, traje impecable y sonrisa de tiburón jubilado, me saludó con un gesto de la cabeza que no llegó a ser un saludo.

—Adrián. Llegas justo a tiempo. Como siempre, tan… puntual.

—La puntualidad es una virtud, tío. Deberías probarla algún día.

Mi madre, Carmen Vidal, me lanzó una mirada de advertencia desde su asiento junto a la cabecera.

Elegante como siempre, con el pelo recogido y unos ojos que no se perdían nada.

A su lado, mi hermano Marco revisaba su teléfono bajo la mesa con la discreción de un adolescente.

Los demás consejeros —siete hombres y dos mujeres de traje oscuro— tomaban café y fingían no estar esperando el espectáculo.

Porque habría espectáculo. Ricardo nunca convocaba una junta extraordinaria sin un número preparado.

—Bien —dijo Ricardo, poniéndose de pie—.

Gracias por venir con tan poca antelación.

Seré breve. Como saben, en sesenta días la junta votará la confirmación del próximo presidente del Grupo Vidal.

Mi sobrino Adrián es el candidato natural: dirige Vidal Capital con resultados excelentes y conoce el negocio desde dentro.

Hizo una pausa. Las pausas de Ricardo eran como las de los magos: anunciaban el truco.

—Sin embargo —continuó—, creo que debemos hablar de algo que todos comentamos en voz baja y nadie se atreve a decir en voz alta: la imagen pública del candidato.

Sacó una carpeta y la deslizó sobre la mesa.

Las fotos se desparramaron como naipes: yo saliendo de un club en South Beach a las tres de la mañana, del brazo de una modelo cuyo nombre no recordaba; yo en un yate en una fiesta de la que me había ido a la media hora; un recorte de una columna de chismes con el titular "El soltero de oro de Brickell sigue sin sentar cabeza".

—Esto —dijo Ricardo, señalando las fotos con un dedo regordete— no es la imagen de un presidente.

Mi padre, el fundador de este grupo, construyó Vidal sobre dos pilares: familia y estabilidad.

¿Qué mensaje enviamos a nuestros inversionistas si ponemos al frente a un hombre cuya vida personal es un carrusel?

El silencio en la sala era tan denso que se podía cortar. Mi madre me miró. Marco dejó el teléfono.

—Tío —dije con calma—, mi vida personal no ha afectado jamás un solo resultado del grupo. Vidal Capital creció un dieciocho por ciento bajo mi dirección. Eso son números, no fotos de revistas.

—Los números de hoy —replicó Ricardo—. Pero la presidencia no es un premio al trimestre, Adrián.

Es la cara del grupo durante la próxima década.

Los inversionistas institucionales, los fondos de pensiones, las familias que confían en nosotros…

quieren ver a un hombre estable. Un hombre de familia. No a un soltero de portada.

—Con todo respeto, Ricardo —intervino mi madre, con esa voz suya que podía cortar cristal—, juzgar a un ejecutivo por su estado civil es… anticuado. Y posiblemente ilegal.

—Nadie habla de juzgar, Carmen. Hablo de percepción. De confianza. Mi padre lo entendió: la gente confía en quien vive como ellos.

Ahí estaba. El abuelo. Ricardo siempre sacaba al abuelo cuando necesitaba un argumento irrefutable, como quien saca un as de la manga.

Mi abuelo, don Emilio Vidal, había fundado el grupo con una bodega y una frase: "familia y estabilidad".

La frase estaba grabada en bronce en el vestíbulo del edificio.

Yo la había leído mil veces sin pensar en ella.

Aquel día, por primera vez, me pareció una trampa.

La junta terminó sin votación —no era el momento—, pero el daño estaba hecho.

Uno de los consejeros, don Anselmo, me detuvo junto a la puerta con una mano en el brazo y la voz baja de quien cree estar ayudando: "Adrián, muchacho, tu tío no es tonto.

Cásate o consigue novia formal antes de diciembre, por tu bien".

Le agradecí el consejo con una sonrisa que me costó un esfuerzo físico.

Al salir, dos consejeros me palmadearon el hombro con esa lástima que es peor que el desprecio. Marco me alcanzó en el pasillo.

—No le hagas caso —dijo—. Está moviendo sus piezas porque quiere la presidencia para su hijo. Ya sabes cómo es.

—Lo sé —dije—. Por eso me preocupa. No necesita tener razón. Solo necesita que duden.

De vuelta en Vidal Capital, me encerré en mi oficina y me quedé mirando la bahía sin verla.

Ricardo tenía algo —no la razón, pero sí un punto—.

En mi mundo, la percepción era un activo.

Yo lo sabía mejor que nadie: había construido mi carrera entendiendo que los mercados no solo compran números, compran historias.

Y mi historia, según las revistas, era la de un soltero empedernido de treinta y cuatro años que coleccionaba fiestas.

Llamé a Elena Márquez, mi asesora de imagen. Elena era una mujer de cincuenta y tantos años que había rescatado la reputación de medio Miami y que me hablaba con la franqueza de quien cobra por hora.

—Ricardo está usando tu vida personal —dijo, sin preámbulos, cuando le conté—. Y va a seguir. Tiene sesenta días para sembrar la duda.

—¿Qué me recomiendas? ¿Que me case por conveniencia?

—Adrián, por favor. Te recomiendo lo obvio: una relación estable. O, en su defecto —hizo una pausa significativa—, la apariencia de una.

Me quedé en silencio.

—No te estoy proponiendo nada ilegal —continuó—. Te estoy diciendo lo que hacen todos los políticos, todos los directivos y la mitad de Hollywood: mostrarse con alguien serio, discreto y presentable durante un tiempo. Las fotos cambian. La narrativa cambia. Ricardo se queda sin munición.

—Eso es una farsa, Elena.

—Eso es relaciones públicas, querido. La diferencia es el contrato.

Colgué y me quedé pensando. Una farsa. Un contrato. La idea me repugnaba y me atraía a partes iguales, como todas las ideas peligrosas.

Me levanté y caminé hasta el ventanal. Abajo, Miami se extendía en su caos ordenado de tráfico y palmeras, y por un momento recordé a mi abuelo.

Don Emilio Vidal no había sido un hombre de trajes caros ni de juntas en pisos treinta.

Había empezado con una bodega en Hialeah y las manos agrietadas de tanto trabajar.

Yo tenía nueve años la primera vez que me llevó a la bodega un sábado por la mañana.

Me puso una escoba en las manos —una escoba más grande que yo— y me dijo: "En esta familia nadie manda sin haber barrido primero, Adrián".

La frase "familia y estabilidad" no era un eslogan para él.

Era su biografía. Se había casado con mi abuela a los veintidós y habían estado juntos cincuenta años, hasta que ella murió.

Había construido el grupo contratando a primos, vecinos y amigos, y despidiendo solo a quien traicionaba la confianza.

Para el abuelo, un hombre sin familia era un hombre sin raíces, y un hombre sin raíces no aguantaba ninguna tormenta.

Yo había pasado mi vida adulta demostrando que se podía ser un roble sin raíces. Quizá me había equivocado. O quizá el mundo había cambiado y Ricardo era el único que no se había enterado. En cualquier caso, la junta votaría en sesenta días, y los votos no se ganaban con filosofía.

Necesitaría a alguien discreto. Alguien inteligente, que supiera comportarse en una cena benéfica y no se deslumbrara con el dinero. Alguien sin vida sentimental conocida, para que nadie hiciera preguntas incómodas.

Como si el destino disfrutara de la ironía, en ese momento, al otro lado del cristal de mi oficina, se desarrolló una pequeña escena.

Un mensajero discutía con Marisol en recepción, agitando un sobre y hablando cada vez más alto.

Vi a Valentina levantarse de su escritorio, acercarse con calma, tomar el sobre, leer la etiqueta en dos segundos y decirle algo al mensajero que lo hizo asentir, disculparse y marcharse.

Tres minutos. Ni uno más. Luego volvió a su silla como si nada, se puso los audífonos y siguió tecleando.

Sonreí sin querer. Esa era Valentina Ríos: apaciguaba incendios sin despeinarse y sin pedir medallas.

Recordé la vez que un inversionista furioso llamó un viernes a las seis de la tarde exigiendo hablar conmigo, y ella lo mantuvo al teléfono cuarenta minutos con una mezcla de datos y encanto hasta que el hombre colgó...

pidiendo disculpas. O la presentación de la torre Coral, que ella rehecho entera una noche porque detectó un error en mis propios números.

Un error mío. Nunca me lo restregó en la cara.

Solo dejó la versión corregida en mi escritorio con una notita: "De nada, jefe. "

Lealtad. Discreción. Competencia. Y una vida privada tan blindada que en dos años yo no sabía si tenía novio, si salía con alguien o si los viernes a las seis corría a una cita o a un curso de cerámica.

Alguien inteligente. Alguien discreto. Alguien sin vida sentimental conocida. Y con una lengua lo bastante afilada para mantenerme a raya si la farsa se complicaba.

—No —me dije en voz alta.

Pero la idea ya estaba ahí, instalada como un huésped que no piensa irse.

Y había algo más, algo que no me atrevía a nombrar: en dos años, Valentina era la única persona en aquel edificio que me hablaba como si yo fuera un ser humano y no un cargo.

Sus pullas eran lo más parecido a una conversación honesta que yo tenía entre esas cuatro paredes.

Valentina entró en ese momento con una carpeta, sin llamar —el único ser humano del planeta con permiso tácito para hacerlo—.

—El contrato de la torre Coral, revisado —dijo, dejándolo sobre mi escritorio—. Marqué tres cláusulas que no me gustan. Y el señor Portobelo llamó para disculparse por llegar tarde. Le dije que la próxima vez se reuniría conmigo. Casi llora.

—Bien —dije.

Me miró con esos ojos oscuros que parecían leer entre líneas incluso cuando no había líneas.

—¿Pasa algo, señor Vidal? Tiene cara de junta familiar.

—Nada que no pueda resolver —dije. Y era verdad, aunque todavía no sabía cómo.

Ella asintió y salió, cerrando la puerta con suavidad. Me quedé mirando la puerta cerrada un buen rato.

Una relación fingida. Un contrato. Un mes. Dinero a cambio de discreción. Era una locura. Era… factible. Y si alguien podía hacerlo sin que se notara, era ella.

Tomé el intercomunicador.

—Señorita Ríos —dije—. Mi oficina. Ahora.

Mientras esperaba, me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago.

Mis manos, noté con fastidio, estaban perfectamente quietas.

Las manos de un hombre que cerraba tratos de millones sin pestañear.

Y sin embargo, lo que iba a proponer no era un trato cualquiera: era pedirle a la persona más íntegra que conocía que mintiera por mí, a cambio de dinero, durante un mes entero.

Repasé mentalmente los términos, como si fuera una operación más.

Un mes. Eventos públicos, alguna cena, la boda de mi prima en Key Largo.

Discreción absoluta. Una compensación generosa, presentada como un bono por "servicios de representación", con su contrato de confidencialidad y todo en regla.

Nada ilegal. Nada que no hicieran los políticos cada semana. Solo… poco ortodoxo.

La puerta se abrió. Y ahí estaba ella, con su libreta en la mano y esa expresión de "¿qué hizo ahora?", y pensé que quizá, solo quizá, estaba a punto de cometer el error más grande de mi carrera.

O la jugada más inteligente. Con Valentina Ríos, nunca se sabía.