Un trato con mi jefe Capítulo 1 — Valentina
7%
Un trato con mi jefe

Un trato con mi jefe

Por Dali Perdomo

© inepub.com

Capítulo 1 — Valentina

Valentina

A las siete y cuarenta y dos de la mañana, mi jefe ya me había arruinado el día, y yo todavía no había salido de mi casa.

El mensaje decía: "Reunión de las nueve movida a las ocho. El informe de Portobelo en mi escritorio antes de las ocho menos cuarto. A. V."

—Mija, ¿otra vez con el teléfono en la boca? —gritó mi mamá desde la cocina—. El café se enfría y el café frío es una ofensa personal.

—El señor Vidal movió la reunión —dije, guardando el informe en el maletín—. Como si el tráfico de Brickell a las ocho fuera un rumor y no una realidad.

Rosa Ríos apareció en la puerta de mi cuarto con dos tazas humeantes y esa expresión suya que mezcla preocupación con resignación, como si yo fuera un huracán que ya aceptó querer.

—Ese hombre te va a matar a disgustos —dijo, tendiéndome una taza—. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste ocho horas?

—En el 2021, creo. Fue bonito. Lo recuerdo con cariño.

Tomé el café de un sorbo imprudente y me quemé la lengua, lo cual me pareció un resumen perfecto de mi vida laboral.

Vivo con mi mamá en un apartamento pequeño y luminoso de La Pequeña Habana, a dos cuadras de la panadería "El Rincón de Rosa", que mi familia sostiene desde antes de que yo naciera.

La panadería huele a canela y a mantequilla los trescientos sesenta y cinco días del año, y si cierro los ojos todavía puedo oír a mi abuela cantando mientras amasaba.

Esa panadería es lo más parecido a un corazón que tiene mi familia.

Y ese corazón, en este momento, estaba en cuidados intensivos.

Pero eso lo sabría después. A las siete y cuarenta y dos, mi único problema era Adrián Vidal.

Vidal Capital ocupa los pisos catorce y quince de una torre de cristal en Brickell que parece diseñada para que el sol de Miami rebote directamente en los ojos de los mortales.

Yo llegué a las siete cincuenta y nueve, con el informe de Portobelo bajo el brazo y la dignidad intacta, que es lo máximo que una puede pedir un miércoles.

—Buenos días, Valentina —dijo Marisol, la recepcionista, sin levantar la vista del monitor—. El señor Vidal preguntó por ti dos veces.

—¿Dos veces antes de las ocho? Eso es cariño, Marisol. Eso es amor.

—Eso es que alguien va a morir —corrigió ella.

El piso catorce olía a café caro y a decisiones caras. Crucé el pasillo con mis tacones haciendo el ruido exacto que Adrián detesta —"el pasillo no es una pasarela, señorita Ríos"— y dejé el informe sobre su escritorio a las ocho menos diez. Cinco minutos de margen. Récord personal.

Adrián Vidal estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a la puerta, con el teléfono pegado a la oreja y la otra mano en el bolsillo del pantalón.

Traje gris oscuro, camisa blanca, corbata azul marino.

El uniforme del hombre que nunca se equivoca.

Afuera, la bahía de Biscayne brillaba como si alguien la hubiera pulido esa mañana solo para él.

—No me importa lo que diga el comité, quiero los números antes del viernes —decía—. Sí. Sí. Adiós.

Colgó sin despedirse. Nunca se despedía. Las despedidas, según Adrián Vidal, eran "ineficiencias conversacionales".

—El informe de Portobelo —dije, señalándolo con un gesto de presentadora de premios.

Se volvió. Tiene esos ojos grises que parecen evaluar todo lo que miran, incluidas las personas, como si fuéramos balances trimestrales.

—¿A qué hora lo terminaste? —preguntó.

—Anoche, a las once y media.

—¿Y por qué no me lo enviaste anoche?

—Porque a las once y media de la noche usted ya estaba dormido, señor Vidal. Hasta los glaciares descansan.

Un músculo se movió en su mandíbula. Eso, en el lenguaje corporal de Adrián Vidal, equivalía a una carcajada.

—La reunión de las nueve es a las ocho —dijo, ignorando mi comentario como ignoraba todo lo que no fueran números.

—Ya lo sé. Me avisó a las siete cuarenta y dos. Qué considerado.

—La consideración no paga dividendos, señorita Ríos.

—Debería bordarlo en una almohada.

Me miró un segundo más de lo necesario. A veces hacía eso: me miraba como si estuviera resolviendo un problema que no me había contado. Luego volvió a su escritorio, abrió el informe y pasó las páginas con esa velocidad suya, como si leyera con los dedos.

—Bien —dijo al final. En su diccionario, "bien" significaba "excelente, no lo cambies, no sé qué haría sin ti".

—Gracias, señor. ¿Algo más antes de la reunión?

—Que Marisol no me pase llamadas hasta las diez. Y dígale al señor Portobelo que si llega tarde otra vez, la próxima reunión la tendrá con mi asistente.

—¿Conmigo?

—Con usted —confirmó—. Usted da más miedo que yo.

Salí de su oficina con una sonrisa que me duró exactamente hasta llegar a mi escritorio.

Porque trabajar para Adrián Vidal era así: un intercambio constante de pullas elegantes, una guerra fría librada con sonrisas de oficina.

Yo lo volvía loco con mi sarcasmo. Él me volvía loca con su perfeccionismo.

Y en el fondo —muy en el fondo, enterrado bajo dos años de "señor Vidal" y "señorita Ríos"— había algo parecido al respeto mutuo.

O al menos eso me decía yo para no renunciar.

A las ocho en punto, la sala de juntas estaba llena.

Yo me senté en mi rincón habitual con la laptop, lista para tomar notas, mientras Adrián dirigía la reunión con la eficiencia de un cirujano: sin rodeos, sin anécdotas, sin piedad.

A las ocho cuarenta y siete, todo el mundo salía de la sala con cara de haber sobrevivido a algo.

—Valentina —me llamó cuando me levantaba—. El almuerzo con los de Meridian, confirmado para la una. Y necesito que revises el contrato de la torre Coral antes de las tres.

—Claro que sí, jefe. ¿Y si me clono para la tarde? ¿La clono rubia o morena?

—Morena —dijo sin pestañear—. Las rubias me distraen.

Me quedé con la boca abierta un segundo. Adrián Vidal acababa de hacer un chiste. Lo anoté mentalmente en mi diario imaginario con fecha y hora: 10 de octubre, 8:49 a.m. El glaciar sonrió.

El resto de la mañana transcurrió en ese ritmo frenético que yo ya dominaba: llamadas, correos, un mensajero que llegó con documentos equivocados y al que despaché con una sonrisa que no admitía réplica, y tres tazas de café que me tomé de pie junto a la ventana, mirando la ciudad.

Fue a las once y media cuando sonó mi teléfono personal. Número desconocido, prefijo de Miami.

—Señorita Ríos, habla el señor Cárdenas, del Banco Atlántico. La llamo por el préstamo comercial de la panadería "El Rincón de Rosa".

Se me heló la sangre. El préstamo. Mi mamá me había dicho que "todo estaba bajo control", que "ya había hablado con el banco", con esa voz suya que usa cuando no quiere preocuparme. La voz de madre que miente por amor.

—Dígame, señor Cárdenas.

—El saldo vencido asciende a treinta y ocho mil dólares, entre el préstamo y los proveedores. Según nuestros registros, tienen treinta días para ponerse al corriente. Pasado ese plazo, iniciaremos el proceso de ejecución.

Treinta y ocho mil dólares. Treinta días.

—Entiendo —dije, y mi voz sonó lejana, como si viniera de otra oficina—. Gracias por avisar.

Colgué y me quedé mirando la pantalla de mi computadora sin verla. Treinta y ocho mil dólares. Yo ganaba bien —muy bien, para ser asistente—, pero no tenía treinta y ocho mil dólares. Tenía ahorros, sí. Quizá doce mil, con suerte. Y mi mamá no me había contado nada. Nada.

Marqué el número de Camila. Mi mejor amiga contestó al segundo timbre, como siempre, como si tuviera un radar para mis desastres.

—¿Qué pasó? —dijo, sin saludar.

—El banco. Treinta y ocho mil. Treinta días. Si no pagamos, cierran la panadería.

Silencio al otro lado. Luego: —Voy para allá. No, espera, estoy en una entrega. Valentina, respira. Vamos a pensar. ¿Tu mamá lo sabe?

—Mi mamá me dijo que "todo estaba bajo control", Camila. Mi mamá cree que el control es una actitud y no un plan financiero.

—Tu mamá es una santa y una negadora profesional. Escúchame: hoy después del trabajo nos sentamos con números reales. Hay opciones. Siempre hay opciones.

—Treinta y ocho mil dólares no son "opciones", Camila. Son una lápida.

—Son un problema con solución. Grande, feo y caro, pero con solución. Ahora respira y vuelve a tu glaciar, que te necesito empleada.

Colgué y me quedé un momento con la frente apoyada en la mano. La panadería. El olor a canela. Mi abuela cantando. Mi mamá levantándose a las cuatro de la mañana todos los días desde hace treinta años. No. No iba a permitirlo. No sabía cómo, pero no iba a permitirlo.

Abrí la calculadora del teléfono como si los números fueran a apiadarse de mí por mirarlos con cariño.

Doce mil cuatrocientos en ahorros. Eso era todo lo que tenía después de dos años de sueldo decente en Vidal Capital y de vivir con mi mamá para no pagar una renta absurda en Miami.

Doce mil cuatrocientos contra treinta y ocho mil.

Me faltaban veinticinco mil seiscientos dólares y treinta días.

Las matemáticas, al menos, eran honestas: no había forma.

A menos que vendiera un riñón, me casara con un millonario o me tocara la lotería. Tres planes excelentes, todos con el mismo defecto: la probabilidad.

Marisol pasó por mi escritorio con una pila de carpetas y se detuvo al verme la cara.

—¿Estás bien? Pareces como si el señor Vidal te hubiera pedido que sonrieras en una foto.

—Estoy bien —mentí con la fluidez de dos años de práctica—. Solo estoy haciendo cuentas mentales. Es mi pasatiempo favorito. Después del sarcasmo.

—Si necesitas algo… —dijo, y siguió su camino. En esta oficina nadie preguntaba dos veces. Era parte del encanto del lugar: todos demasiado ocupados sobreviviendo para meterse en la vida de los demás.

Pensé en la panadería a esa hora: mi mamá sacando las primeras bandejas del horno, Diego descargando los sacos de harina en la parte de atrás, los clientes de siempre pidiendo su cafecito de las once.

Diego Salas, el proveedor, amigo mío desde que teníamos diez años y compartíamos la merienda en el recreo.

Llevaba media vida mirándome de una forma que yo llevaba media vida fingiendo no notar.

Buen hombre, Diego. De los de verdad. Pero un buen hombre no pagaba treinta y ocho mil dólares.

Cerré la calculadora. Camila tenía razón en una cosa: necesitaba seguir empleada.

Y para seguir empleada necesitaba que Adrián Vidal no notara que su asistente perfecta acababa de recibir la peor noticia de su vida adulta.

Respiré hondo, me retocé el labial en el reflejo oscuro del monitor y volví a mis correos como si nada.

Nadie notó nada. Esa era mi otra habilidad secreta, además de anticiparme a Adrián: llorar por dentro mientras sonreía por fuera. Las mujeres de mi familia llevábamos generaciones perfeccionándola.

A las doce y cuarto, el intercomunicador de mi escritorio sonó con ese tono grave que solo usaba una persona.

—Señorita Ríos —dijo la voz de Adrián Vidal—. Mi oficina. Ahora.

Miré el teléfono. Miré la puerta cerrada de su oficina. Y pensé, con esa intuición que solo aparece en los peores momentos, que mi día estaba a punto de ponerse mucho más interesante.

O mucho peor. Con Adrián Vidal, nunca se sabía.