Un trato con mi jefe Capítulo 10 — Adrián
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Capítulo 10 — Adrián

Adrián

El salón de baile del Biltmore brillaba como si alguien hubiera derramado el cielo sobre las lámparas.

Quinientas personas con traje de etiqueta y vestidos largos, el cuarteto de cuerdas tocando algo que yo no escuchaba, y el aire cargado de ese perfume caro que usan las galas para fingir que el dinero no huele.

Yo solo podía mirar a Valentina.

Llevaba un vestido azul noche que le dejaba los hombros al aire y le recogía el pelo en un moño bajo del que se escapaban dos mechones rebeldes.

Cada vez que se reía —y se reía mucho, porque esa noche estaba decidida a disfrutarla—, los mechones le rozaban la mejilla y yo tenía que recordarme que estábamos en público, que había fotógrafos, que faltaban seis días para que terminara el mes.

Seis días para que terminara el contrato.

—¿Nervioso por el discurso? —me preguntó, acercándose con dos copas de champán.

—Nervioso por todo —dije, y era verdad.

Ella me entregó una copa y brindamos en voz baja, sin que nadie nos viera. Su mano, al rozar la mía, se quedó un segundo de más. Últimamente todo en ella se quedaba un segundo de más, y yo había dejado de fingir que no lo notaba.

El discurso salió bien. Hablé del abuelo, que fundó el Grupo Vidal con dos maletas y una idea terca: que una empresa familiar vale por la familia que la sostiene.

Hablé de estabilidad, de legado, de futuro.

La sala aplaudió de pie. Mientras hablaba, mis ojos buscaron a Valentina entre el público.

Estaba en primera fila, con las manos juntas, mirándome como si cada palabra fuera verdad.

Y de pronto el discurso dejó de ser un discurso: hablé de mi abuelo y pensé en ella, hablé de legado y pensé en lo que estábamos construyendo sin querer, hablé de futuro y el futuro tenía su cara.

Terminé con la voz un poco ronca. Ella fue la primera en ponerse de pie.

Ricardo aplaudía también, desde su mesa, con esa sonrisa de tiburón que usa cuando está contando los minutos para morder.

Carmen, mi madre, me miró desde la mesa principal con los ojos brillantes. Por un momento pensé que todo iba a salir bien. Por un momento fui un ingenuo.

El baile empezó después del postre. Valentina y yo salimos a la pista entre las primeras parejas, porque la "pareja del año" —así nos había bautizado la prensa social— no podía esconderse en una esquina.

El cuarteto tocaba un vals lento. Le puse la mano en la cintura y ella apoyó la cabeza, apenas un instante, contra mi hombro.

—Te ves hermosa —le dije al oído.

—Tú te ves como si el traje te debiera dinero —respondió, y me reí de verdad, por primera vez en la noche.

Bailamos. El mundo se redujo al roce de su mejilla, al olor a jazmín de su cuello, a la forma en que sus dedos se cerraban sobre mi hombro como si no quisieran soltarme nunca. Y entonces lo pensé, con una claridad que me asustó: no quiero que esto termine en seis días. No quiero que termine nunca.

—¿En qué piensas? —murmuró ella, sin dejar de moverse al ritmo del vals.

—En que quedan seis días —dije, porque con ella había dejado de mentir en casi todo.

Su paso vaciló apenas.

—Lo sé. Yo también los cuento.

Quise decirle entonces lo que sentía, ahí mismo, en medio de la pista.

Pero las palabras se me quedaron atascadas detrás de años de contenerme.

En su lugar, la acerqué un poco más y respiré hondo, como si pudiera guardar aquel momento en algún lugar seguro.

Desde su mesa, Ricardo nos observaba con su copa en alto, brindando al aire en nuestra dirección. La sonrisa no le llegaba a los ojos.

Fue entonces cuando la vi.

Lucía Ferrer, de rojo, junto a la terraza, con una copa en la mano y la mirada clavada en nosotros. No sonreía. Me disculpé con Valentina —"un asunto de la junta, dos minutos"— y crucé el salón con el corazón golpeándome las costillas.

—Adrián —dijo Lucía, cuando llegué—. Qué discurso tan bonito. Lo de la familia, la estabilidad… casi me lo creo.

—¿Qué quieres, Lucía?

—Lo mismo de siempre: que dejes de mentir. —Bebió un sorbo—. Todavía estás a tiempo. Rompe con ella esta noche, delante de todos, di que fue un error… y yo me quedo callada. Nadie tiene que saber lo del contrato.

La miré de verdad por primera vez en años. Lucía, que había querido ser la señora Vidal más que quererme a mí; Lucía, que medía el amor en portadas de revista.

—¿Sabes qué es lo triste? —dije—. Que ni siquiera me odias. Solo odias no ser tú la que está en las fotos.

Su sonrisa se quebró un milímetro. Lo suficiente.

El aire de la terraza olía a gardenias y a amenaza.

—No —dije.

—¿No?

—No voy a romper con ella. Ni esta noche ni nunca, si de mí depende. Y no voy a dejar que me chantajees.

Lucía ladeó la cabeza, estudiándome como si fuera un insecto interesante.

—Qué lástima. Siempre fuiste tan listo para los números y tan tonto para las personas. —Dejó la copa en la barandilla—. Disfruta la noche, Adrián. Va a ser corta.

Se alejó hacia el interior, directa a la mesa de Ricardo. Los vi inclinarse el uno hacia el otro. Vi a Ricardo sonreír de verdad por primera vez en la noche. Y supe, con la certeza fría de quien ha perdido demasiadas negociaciones, que la bomba ya estaba en marcha.

Volví junto a Valentina. Estaba hablando con Marco, riéndose de algo que él le contaba, y por un segundo la envidié: su risa fácil, su capacidad de estar presente. Yo ya estaba calculando daños, salidas, versiones.

—Todo bien —le mentí, cuando me miró con el ceño fruncido.

No todo estaba bien.

Ocurrió veinte minutos después, junto a la barra de champán.

Ricardo había reunido a su pequeño tribunal: él, don Emilio Falcón —consejero desde tiempos de mi abuelo— y la señora Altamira, del comité de auditoría.

Yo estaba a tres pasos, hablando con un cliente, cuando escuché la voz de Lucía, clara y alta, cortando la música como un cuchillo.

—…un contrato. Cuarenta mil dólares, firmados ante notario. La señorita Ríos no es su novia, señores: es una empleada con un guion.

El silencio se expandió en círculos, como una piedra en un lago. La música siguió un compás más y murió. Quinientas cabezas giraron.

Vi a Valentina al otro lado del salón. Había oído. Su copa temblaba en su mano. Marco, a su lado, se puso rígido.

Ricardo se volvió hacia mí con los brazos abiertos, teatral.

—Adrián, por favor. Dinos que no es verdad. Dinos que tu… relación… es real.

Todos me miraban. Quinientas personas, las cámaras de la prensa social, mi madre pálida en su mesa, Lucía con los brazos cruzados y esa expresión de triunfo contenido.

Podía negarlo. Podía decir que Lucía mentía, que estaba despechada, y la mitad de la sala me creería. Era lo que el viejo Adrián habría hecho: negar, controlar, ganar.

Pero entonces miré a Valentina —su cara blanca, sus ojos enormes fijos en mí— y supe exactamente lo que tenía que hacer.

—Es verdad que existió un contrato —dije, y mi voz sonó sorprendentemente firme en el silencio—. Cuarenta mil dólares, un mes, reglas escritas. Todo verdad.

Un murmullo recorrió el salón como una ola.

—Pero fue idea mía —continué, mirando directamente a Emilio Falcón—. Mía, no de ella. Valentina Ríos es una empleada ejemplar que cumplió lo que su jefe le pidió. Si hay una culpa aquí, es mía entera. Ella no le debe explicaciones a nadie.

—¿Y la presidencia? —dijo Ricardo, suave como una serpiente—. ¿Crees que la junta puede confiarle el grupo a un hombre que compra una novia?

—La junta hará lo que tenga que hacer —dije—.

Pero hay algo más que quiero decir, ya que estamos siendo honestos esta noche.

—Busqué los ojos de Valentina entre la multitud—.

Lo que el contrato no pudo comprar, y lo que ninguna de estas personas entiende, es que me enamoré de ella de verdad. Eso no estaba en ninguna cláusula.

El silencio fue total. Después, un murmullo distinto: no de escándalo, sino de algo más blando. Vi a dos o tres esposas de consejeros llevarse la mano al pecho. Vi a Aurelio Benítez, nuestro mayor cliente individual, que me observaba con atención, sin parpadear.

Busqué a Valentina entre la multitud y la encontré: pálida, con la copa aún en la mano, Marco a su lado como un guardaespaldas. Nuestros ojos se cruzaron un segundo eterno. Quise decirle perdóname con la mirada. No sé si lo logré.

Falcón se aclaró la garganta, incómodo, evitando mirarme.

La señora Altamira tomaba notas en su teléfono, probablemente ya redactando el comunicado.

Y en la periferia, una joven de la prensa social grababa con el móvil en alto, porque en esta época hasta la caída de un imperio cabe en un video vertical.

Ricardo intentó recuperar la escena.

—Como ven, señores, el juicio del candidato…

—El juicio del candidato —lo interrumpí, y mi voz salió más dura de lo que pretendía— está a disposición de la junta. Mañana, en la oficina, con papeles y sin champán. Esta noche es una gala benéfica, y hay una causa esperando sus donativos. —Miré a la concurrencia—. Gracias por escucharme.

Y me fui, entre el murmullo, con la espalda recta y las manos temblando.

Ricardo recuperó el control rápido.

—Propongo que la junta suspenda el nombramiento del señor Vidal hasta nuevo aviso —dijo, alto—. No podemos arriesgar la reputación del grupo.

—Secundo —dijo Falcón, incómodo.

Carmen no dijo nada. Me miró, y en su mirada no había decepción: había algo mucho peor. Había miedo por mí.

La gala continuó, porque las galas siempre continúan, pero para mí había terminado. Caminé entre la gente que se apartaba a mi paso como si la vergüenza fuera contagiosa. Busqué a Valentina con la mirada.

Se había ido.

Marco me encontró en la terraza, donde el aire olía a gardenias y a derrota.

—Se fue hace diez minutos —dijo—. No quiso que la acompañara. Adrián… lo que hiciste ahí dentro…

—¿Fue una estupidez? —pregunté.

—Fue lo más decente que te he visto hacer en años. —Marco se apoyó en la barandilla a mi lado—. Mamá está destrozada, pero no por el escándalo. Por ti.

Me quedé mirando las luces de Coral Gables, lejanas y frías.

—Ve a buscarla mañana —dijo Marco—. Esta noche necesita respirar. Y tú también.

Asentí, pero por dentro ya lo sabía: mañana no bastaría. Lo que había pasado esta noche no se arreglaba con una visita y un ramo. Había puesto mi carrera en la mesa para protegerla, y lo volvería a hacer. Pero ella —orgullosa, leal, terca— jamás me perdonaría haberme hundido por su culpa.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Un mensaje de Ricardo, breve y venenoso: La junta se reúne el lunes. Prepárate.

Lo apagué. Por primera vez en años, la presidencia del Grupo Vidal me importaba menos que una mujer que acababa de salir corriendo de mi vida.

Saqué el teléfono y lo miré: tres llamadas perdidas de Falcón, un mensaje de mi abogado, otro de un periodista. Los borré todos sin leerlos. Mañana habría junta, comunicados, titulares. Mañana Ricardo intentaría enterrarme con papeles.

Pero esta noche, en aquella terraza vacía, solo había una certeza que importaba: había elegido. Entre la presidencia y ella, había elegido a ella sin dudarlo un segundo. Y por primera vez en mi vida de decisiones calculadas, la elección me parecía la más fácil del mundo.

Y esa, comprendí de pie en aquella terraza vacía, era la única verdad que el contrato jamás había previsto.