Capítulo 40
Jackson y yo tardamos otros ocho días en ultimar los términos de nuestro acuerdo no acuerdo, en parte porque insistía en ser poco razonable (¿en qué universo me iba a hacer falta un guardaespaldas privado?) y en parte porque no podíamos estar a solas en la misma habitación más de diez minutos sin que lo atacara a besos o viceversa.
Éramos insaciables. De verdad que era agotador. Me pasaba el tiempo con un treinta por ciento de los músculos doloridos en grupos aparentemente aleatorios. Pese a eso, no importaba cuántas veces lo hiciéramos, nunca parecían suficientes.
La mayor parte del servicio doméstico había aprendido a mantenerse alejado de la zona de la casa en la que estuviéramos Jackson y yo, y todas las cámaras de seguridad que había instalado antes de mi llegada estaban desconectadas.
Ah, y las hermanas Harrison estaban como locas con todo aquello. Las dos eran como bombas de relojería, pero de lágrimas. Nunca sabías cuándo alguna de ellas iba a romper a llorar desconsolada de pura alegría.
La primera vez que Jackson me dijo enfrente de Molly que me quería, ella se deshizo en un mar de lágrimas y no paró durante unos buenos treinta minutos. Estaban encantadas, no dejaban de hornearme dulces y me ofrecían su ayuda para comprar el vestido. Ya sabes, para la boda.
… Esa de la que todavía no le había contado nada a Ria.
Me iba a matar cuando se enterara. Es decir…, al cabo de diez minutos. Pero, oye, al menos lo sabían mis padres. Al principio fueron bastante escépticos, solo hasta que Jackson desplegó todo su encanto. Esperaba que esa noche fuera parecido.
Estaba nerviosa y no dejaba de juguetear con la cremallera de la chaqueta mientras veía pasar las luces de la ciudad a toda velocidad por la ventanilla de la limusina. Cuando Jackson se dio cuenta, me cogió de la mano con delicadeza.
Me vino bien. Como siempre.
—¿Puedo preguntarte algo? —me dijo.
—Por favor. —Necesitaba distraerme.
—¿Por qué viene Gato también?
Tobigote estaba tumbado al otro lado de Jackson, ronroneando en bajito mientras mi futuro marido (¡¡¡!!!) lo acariciaba en ese punto que tenía justo detrás de la oreja izquierda.
—No ha visto a Adrien desde hace dos meses —dije—. Si cuando volvamos huele su olor…, no lo sé, la verdad. Es la vez que más tiempo han pasado separados desde que se conocen. Además, Adrien me ha pedido que lo lleve.
Ya se había tomado las pastillas para la alergia y todo. Eran una pareja de lo más ridícula.
—No sé si te lo he contado, pero Ria casi alucina cuando Adrien y Tobigote se conocieron. —Contuve una sonrisa al recordarlo.
—¿Por qué?
—Adrien y ella se detestaban. Y Tobigote… Bueno, ya lo verás. —Era de lo más extraño. Seguía sin entenderlo.
Cuando la limusina se detuvo al fin, cogí a Tobigote en brazos (seguía sin dejar que Jackson lo cogiera) y casi corro hacia el edificio mientras los nervios y la emoción me hacían flaquear las rodillas.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron por fin, iba dando saltitos, y antes incluso de que pudiera entrar en el recibidor de la casa de Ria y Adrien, Tobigote se había zafado de mis brazos y había salido corriendo como alma que lleva el diablo.
Sabía muy bien dónde estábamos. No había forma de detenerlo.
—¡¿Jamie?!
—¡Ria!
¿Dónde estaba? Entré a trompicones en el recibidor tratando de ubicar de dónde procedía su voz. Puto Adrien. Había tantas malditas plantas en su ático que no podía…
Me placó.
Llegó por mi izquierda y caí sobre la alfombra con un «puf» mientras Ria chillaba de alegría y me estrujaba hasta dejarme sin aire.
Puede que yo también chillara.
Hubo un montón de grititos.
—¡Hola! —exclamó mientras yo me reía en medio del abrazo más grande que me hubieran dado en toda mi vida. Me iba a romper un par de costillas, fijo. Pero merecía la pena.
—Holaaa. —Se me había olvidado lo bien que olía siempre. A mi mejor amiga. A hogar—. Te he echado de menos, Ree.
—Yo también te he echado de menos, cielo. —Me apretó por última vez antes de apartarse.
—La hostia, qué morena estás. —Le agarré esa cara cubierta de pecas para mirarla de cerca.
Tenía la piel con el bronceado perfecto, que hacía que destacara ese trocito de color miel dorado que le atravesaba el iris izquierdo.
Se me llenó el pecho de orgullo cuando sonrió.
Mi mejor amiga era guapísima. La había echado muchísimo de menos.
—El bronceado me queda genial —dijo.
—Desde luego —coincidí—. ¿Qué tal lo habéis pasado?
—Ha sido la hostia, Jams. Algunas de esas islas parecían sacadas de un sueño, y el buceo…
De verdad, lo convertiría en una de mis aficiones si viviéramos en algún sitio que me permitiera hacerlo.
Te llevaré el año que viene cuando tenga vacaciones, te encantará.
No creía que me fuera a obsesionar tanto, pero los tiburones, Jamie.
¡Es una pasada! Ah, ¿y has probado alguna vez…
? —Dejó la frase en el aire, parpadeando hacia algo tras de mí que le borró la sonrisa.
Me volví para encontrarme a Jackson de pie a unos metros, con una postura tensa y algo incómoda, como si no supiera muy bien qué hacer.
Estaba nervioso. Qué mono.
Le dediqué una sonrisa reconfortante al tiempo que se aclaraba la garganta.
—Hola, debes de ser Ria. Yo soy Jackson. —Le tendió la mano, pero como estábamos sentadas y él de pie, tuvo que doblarse un poco para hacerlo—. Jackson Sinclair.
A Ria le brillaron los ojos cuando me miró, y luego los entrecerró.
No le estrechó la mano.
Huy.
—Ree, vamos a sentarnos y charlar un momento, ¿vale? —sugerí con delicadeza.
—¿Qué está pasando? —Nos miró primero a uno y luego al otro, intentando entenderlo.
Antes de que pudiera contestar, Adrien apareció por la esquina entre un montón de plantas exóticas que no sabía ni cómo se llamaban, llevando en brazos a un ronroneante y muy mimoso Tobigote Maguire.
El promiscuo de mi gato ya estaba frotándose la cabeza por toda la barbilla de su humano favorito, con los ojos cerrados. Parecía una puta lancha motora.
—Hola, Jams —dijo Adrien, dedicándome una sonrisa con hoyuelos. Apenas pude oírlo con tanto ronroneo.
Jackson se había quedado de piedra, con la boca abierta mientras los miraba. Pobrecillo. Todo el esfuerzo que había invertido solo para poder acercarse lo justo como para tocar a Tobigote.
—En serio, ¿qué está pasando? —preguntó Ria de nuevo, esta vez susurrando.
—Te lo cuento enseguida, solo…
PRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR .
Madre mía. No podía ni oír mis pensamientos.
Después de presentarse a Adrien, Jackson me ayudó a levantarme. El gesto, el intercambio de sonrisas privadas y la cercanía de nuestros cuerpos no se le pasaron por alto a Ria. Le brillaron los ojos al comprenderlo y se le desencajó la mandíbula.
La ayudé a ponerse de pie antes de que pudiera comentar nada, le pasé el brazo por los hombros y la guie hasta la zona de estar. Seguía mirándome boquiabierta.
—En mi defensa y sobre la conversación que estamos a punto de tener, tan solo recuerda: no has tenido buena cobertura en casi dos meses —susurré.
—¿Te estás acostando con Jackson Sinclair? —replicó.
—No es tan inapropiado como suena —la tranquilicé—. Ya no es mi cliente. He dejado el trabajo.
—¿Qué?
—No te preocupes. Empiezo el nuevo la semana que viene en RUMI . Estoy bastante emocionada, la verdad. Buen sueldo, buenos beneficios laborales…, un jefe que no cree que se me deba meter en la lista negra del sector por haberme enamorado sin querer de un cliente…
—¡¿Qué?!
No sabía por qué había estado tan nerviosa. Estaba siendo muy divertido.
—Ya, ya lo sé. Hasta nos ha enviado flores para celebrar el compromiso, y eso que todavía no he empezado a trabajar para él. Vivian no hubiera hecho eso jamás. —Le enseñé el anillo. Oro blanco, talla princesa. Mabel y Molly habían ayudado a Jackson a elegirlo—. Es bonito, ¿verdad?
—¡¿Qué?!
—No es lo que parece, te lo prometo. —Le dediqué una sonrisa tranquilizadora—. Solo nos casamos para poder salir juntos. Como esa peli de Sandra Bullock y uno de los Ryan.
—Gansling —dijo Jackson desde atrás.
—Sip. Sandra Bullock y Ryan Gansling. Salvo que lo nuestro es real. Hasta la tarotista de la tía de Jackson coincidió en que era la mejor forma de actuar. Tenemos todo listo.
—¡¿ QUÉ ?!