Capítulo 39
La caja no dejaba de escurrírseme de las manos y tenía que empujarla una y otra vez con la rodilla.
No me había dado cuenta de la cantidad de cosas de todo tipo que había ido acumulando en los últimos años, además de toda la ropa y artículos de aseo que guardaba en mi mesa para cuando había tenido que pasarme la noche trabajando por ese cliente que era todo un incordio.
Después de hablar con Vivian, le escribí a Jackson para contarle que había dimitido. Me respondió con un solo emoji de corazón, sin mencionarme que seguía fuera del edificio, esperándome. En cuanto atravesé las puertas de cristal, se me cayó la caja de las manos.
—¿Qué haces aquí todavía? —Creí que se había ido hacía como unas cinco horas.
—No hemos terminado de hablar. —Le pasó la caja a Mikey y se volvió hacia a mí de nuevo—. ¿Estás bien?
—Eso creo. ¿Y tú? —No podía haber sido fácil para él decidir dejar su empresa y todo por lo que había trabajado tanto. Todo por una persona.
Todo por mí.
La culpa me iba a corroer el corazón en cuanto dejara de revolotear de pura alegría. Y esa sonrisita que iba esbozando poco a poco no ayudaba. Tampoco el hecho de que, no sé cómo, volvíamos a estar cogidos de la mano.
—Estoy genial. Vamos.
Me llevó hacia la limusina y entró detrás de mí. Ya estaba a horcajadas en su regazo incluso antes de que Mikey hubiera cerrado la puerta. Y no por propia elección.
—¡Jackson! —Me sonrojé hasta el cuello. ¿No podía haber esperado otro par de minutos antes de agarrarme?
—Me he pasado toda la reunión sin tenerte en mi regazo. Mi autocontrol es limitado. —Se le oscureció la mirada cuando la posó en mi boca—. La mampara está subida, la limusina está insonorizada y le he pedido a Mikey que se vaya del coche en cuanto lleguemos al garaje. No abrirá la puerta.
Ya me estaba derritiendo contra su cuerpo y el aire era cada vez más denso.
—¿Podías haber sido un poco más descarado? —lo regañé de broma.
—No me importa. Te he echado de menos, joder. Ha sido insoportable. —Tragó saliva mientras me agarraba de la cintura con las manos, acercándome a él—. ¿Qué es lo que has hecho conmigo?
Deslicé las palmas por su pecho, dejándolas en los hombros mientras presionaba con delicadeza mi frente contra la suya.
—Yo también te he echado de menos.
Se le aceleró la respiración.
—¿Sí?
—Muchísimo.
—¿Se supone que es esto lo que se siente? Porque te juro que yo ya no puedo ni respirar, joder. No puedo pensar, no puedo… Apenas soy un ser funcional.
Lo besé en la comisura de la boca, sonriendo.
—Se supone que poco a poco se hace más fácil… Eso he oído.
—No es de extrañar que Richard se volviera loco.
Con respecto a eso…
—Jackson…, tenemos que hablar sobre las acciones.
—Ya lo he intentado. No va a cambiar de opinión.
Me humedecí los labios.
—No es eso lo que… Te dije que me casaría contigo si no encontrabas a nadie que te gustara.
—Como amiga —replicó con tristeza—. Viviendo vidas separadas y cubriendo nuestras «necesidades» en otra parte.
—Para que conste, esas fueron tus condiciones originales.
—Pero nunca se pensaron para ti.
Respiré hondo, sintiéndome cada vez más nerviosa e inquieta por dentro.
—De acuerdo, digamos, hipotéticamente, que empezamos de nuevo y establecemos nuevos términos para el acuerdo. De ser así, ¿cuáles serían tus nuevas condiciones?
Me estudió un instante en silencio. Y luego dijo:
—¿Seguro que quieres saberlas? No te van a gustar nada.
Tenía el pulso acelerado y le apretaba el cuello de la camisa con ansias.
—Empieza por las no negociables.
—No hay ninguna negociable.
Tal vez si no hubiera estado un poco distraída por la dura y palpitante erección que me presionaba el estómago, se lo habría discutido en lugar de asentir.
—Para empezar, no habrá papeleo, ni fecha de finalización predeterminada ni restricciones contractuales sobre nuestra relación como marido y mujer.
—Me acarició con los nudillos por debajo de la mejilla y pestañeé—.
Serías mi mujer, Jamie. En todo lo que importa, no solo sobre el papel.
Serías mía y yo sería tuyo. No estoy dispuesto a compartir.
El hormigueo que sentía en el pecho se extendió y gran parte fue a parar entre mis piernas. Cambié de postura sobre su regazo, disfrutando del gruñido grave y atormentado que le provocó la fricción.
—¿Qué más?
Soltó el aire por la nariz y echó la cabeza hacia atrás.
—Contarías con tu propio personal. Conductor, servicio doméstico, trabajadores.
—Fruncí el ceño, pero antes de poder responder, dijo—: No he terminado.
Si nos casamos, quiero todos los privilegios que vienen al tenerte como mujer, y eso incluye mimarte sin límites, cariño.
—Hizo una mueca—. Incluso si es en contra de tu voluntad.
—Yo no…
—Antes de que termines esa frase, que sepas que tu constante resistencia a dejarme cuidarte en lo económico fue lo que nos metió en este lío para empezar.
Está a punto de convertirse en uno de mis fetiches, Jamie.
No iba en broma cuando te dije que había empezado a tener fantasías con comprarte diamantes, atarte y follarte hasta que no fueras ni capaz de discutírmelo.
—Es… como la tercera vez que lo comentas.
—Porque no puedo dejar de pensar en ello. Me muero de ganas de hacerlo.
La mitad inferior de mi cuerpo estaba en llamas.
—Solo mientras sepas que no es tu dinero lo que quiero.
—Me lo has dejado cristalino. Pero si llevaras un anillo, los regalos no son negociables.
—Me clavó los dedos en la cintura con bastante fuerza como para dejarme una marca (ojalá)—.
Hablando de fetiches, creo que es importante que sepas bien dónde te meterás si soy tu marido, porque ahora mismo mi autocontrol pende de un hilo.
No estoy seguro de que pueda contenerme.
Lo siento.
—¿Aquella semana «te estabas conteniendo»?
—¿Sabes lo que es peor? —Me agarró del cuello con las manos y casi se me derriten las bragas—. Todas estas nuevas depravaciones mías son solo por ti. Me has destrozado, Jamie, y me parece justo que lo pagues, ¿no te parece?
Cada vez me costaba más respirar. Hubiera dado cualquier cosa para que apretara los dedos, solo un poco. Solo para dejarme claro que estaba a su merced.
—Necesito que seas un poco más concreto.
Me acercó más a él con la mano que tenía en mi cuello. Me estremecí cuando me mordisqueó el labio inferior.
—No puedes tener un clítoris así de precioso y pretender que tu marido no lo adore cada noche, cariño.
Incluso aunque suponga hacerte que te corras hasta que duela.
—Me besó con una ternura engañosa—. Pero ya sabías eso.
Hay un fetiche en particular que es algo nuevo y es mucho peor que el resto.
Es una auténtica depravación, y todo porque no me has dejado mimarte como se debe después de haberte follado.
Casi me eché a reír cuando lo entendí.
—¿Los «mimos pospolvo» son tu nuevo fetiche?
Esbozó una sonrisa con esos deliciosos labios lascivos.
—Me has convertido en un pervertido, Jamie. He empezado a fantasear con darte otro puto baño. No dejo de excitarme con la idea de cubrirte de afecto y cariño sin que me digas «no». Es enfermizo. Lo de los mimos pospolvo ya no se discute.
Solté una risita entre dientes y le di un beso en la comisura de la boca.
—¿Algo más?
Se le dulcificó la mirada cuando llevó la palma de la mano a mi nuca.
—Lo que dije en el contestador lo dije de verdad…, eres mi mejor amiga.
Madre mía. Mi corazón.
—¿De verdad? —Me dolían las mejillas de tanto sonreír.
Él también sonreía.
—¿Te parece triste?
—Para nada. Ni un poquito.
—Bien. Quiero que lo de la amistad continúe.
Chasqueé la lengua, vacilándolo.
—Los amigos no torturan las partes íntimas de sus amigos, señor Sinclair. Se portan mucho mejor.
Soltó una risita.
—Si tienes alguna cosa innegociable en mente, deberías decirla ahora. Te voy a llevar arriba en cuanto lleguemos a casa y no podrás apartarme la boca de tu coño hasta que tenga suficiente. Ha sido una semana la hostia de larga.
Me revolví en su regazo.
—No sé si ya lo he mencionado, pero lo de las frases guarrillas me pone un montón.
Su sonrisita se tornó un poco más oscura.
—A mí lo que me pone es devorarte. Ocupa el primer lugar en mi lista de fetiches.
—No te haces una idea de lo que me pone —dije entre jadeos. O tal vez sí. Tal vez sabía a la perfección lo que me hacía.
—Dime tus condiciones. Necesito distraerme.
Había un tema del que teníamos que hablar que nos enfriaría de golpe.
—Niños —dije—. Tenemos que hablar sobre eso.
Como era de esperar, ese fuego de los ojos de Jackson desapareció al instante. Lo reemplazó la duda.
Me aclaré la garganta.
—Como es obvio, tu tía quiere un heredero…, pero es una decisión muy importante y necesito mucho, y cuando digo mucho me refiero a mucho, tiempo para pensármelo. Y ahora no te puedo prometer nada, ni en un sentido ni en el otro.
No vaciló.
—Vale. Me parece justo.
Solté el aire que había estado conteniendo.
—¿En serio?
—Claro. Si decides hacer esto conmigo, podemos volver a hablarlo dentro de unos años… y ver lo que nos parece a los dos.
Lo dijo con confianza, determinación y firmeza. Como si no tuviera ninguna duda de que seguiríamos juntos, tal cual estábamos entonces, al cabo de uno o dos años.
—Pero ¿y si Minerva…?
—Jamie. —Me levantó la barbilla hasta que no me quedó más remedio que mirarlo a los ojos—.
O tú o nadie. Podemos hablar del resto cuando estés lista, pero nunca te obligaré a tener hijos si no quieres.
No me importa con qué vaya a amenazarme Minerva después.
Que le den. Que le den a la empresa. Que les den a las acciones.
Somos tú y yo, ¿vale? Estamos juntos en esto.
Me inundó una oleada de alivio. Suspiré.
—Haríamos un equipo bastante bueno.
Su sonrisa fue arrolladora.
—Amigos para siempreee —dijo en broma y, para mi sorpresa, con una voz cantarina. Como un ganso. Y cuando terminé de reírme, murmuró—: Te quiero, Jamie.
Ese hombre estaba decidido a enviarme a la tumba antes de tiempo, de verdad.
—Yo también te quiero —le respondí con un susurro.
Se le aceleró la respiración y se le borró la sonrisa del rostro.
—¿Sí?
—Claro que sí.
—¿Ya has llegado hasta ese punto?
—Ya he llegado ahí.
En esa ocasión, cuando me besó, no se detuvo. No hasta llegar al ático, cerrar de una patada la puerta de su dormitorio y tenerme medio desnuda y tirada en su cama.
Y el único motivo por el que paró fue para cumplir con todas las amenazas que me había hecho sobre lo que haría con la lengua si fuera su mujer. Todas y cada una de ellas.