Epílogo
Un año después
Grité cuando di con la espalda sobre la cama cubierta de pétalos. Jackson se puso sobre mí al momento, agarrándome de las muñecas mientras hundía su rostro en mi cuello.
—Joder, qué guapa estás de blanco —rugió contra mi piel antes de mordisquearla—. Me dan ganas de comprarte una línea completa de vestidos de novia solo para poder follarte mientras los llevas puestos.
Asentí con un murmullo. Si algo había aprendido ese último año, era que discutir con Jackson sobre sus extravagantes regalos solo empeoraba las cosas.
Casi podía garantizar que si ahora le decía que no, cuando llegáramos a casa después de la luna de miel me encontraría el ático repleto de vestidos de novia.
Mi marido era el hombre menos razonable de todo el planeta.
Y, joder, cuánto lo quería.
—Podríamos convertirlo en una tradición anual.
—Empezó a remangarme la suave falda de seda, levantándola hasta la cintura.
Gemí y abrí las piernas para que pudiera colocarse entre ellas—.
¿Qué opinas, señora Sinclair? Hoy hace un año que te follé cuando llevabas ese precioso vestidito de encaje que te pusiste para el juzgado y ahora estoy a punto de hacer lo mismo.
No se me ocurre una tradición más tentadora.
Sonreí hacia el techo.
—Creo que dos bodas son más que suficientes para toda una vida.
Levantó la cabeza y me miró con los ojos vidriosos por la lujuria.
—La primera no cuenta. Ni siquiera me dejaste contratar un sitio para celebrarla.
—Creo que esta lo compensa con creces, ¿no te parece?
—No se me ocurría un lugar más lujoso ni ostentoso para celebrar una boda que el patio de la azotea del hotel Cloutier Toronto, buque insignia de la empresa.
Los espacios para bodas del hotel se reservaban con años de antelación.
Por suerte, la mujer del CEO era mi dama de honor.
Jackson frunció el ceño de esa forma tan reveladora.
—Vale. Llegaremos a un acuerdo. Sin ceremonia anual, pero no sé por qué no puedes tener un vestido de novia nuevo cada año para que te lo pueda arrancar con las manos. ¿Qué mejor forma de celebrar nuestro aniversario?
Era una pregunta real. No se daba cuenta de lo ridículo que sonaba.
—¿Te he dicho últimamente lo mucho que te quiero?
Su sonrisa me provocó un cosquilleo muy familiar. Nunca me acostumbraría a lo terriblemente guapo que era ese hombre.
—Esta misma tarde hemos pronunciado nuestros votos, pero no me importaría escucharlos de nuevo, «esposa mía».
Había un motivo por el que recalcaba tanto esa palabra. Sabía muy bien lo mucho que me ponía que me llamara así.
—Te quiero —susurré, estremeciéndome cuando me apretó contra la cama con la firme presión de sus caderas. Escucharme decir eso era lo que lo ponía a él—. Te quiero, Jackson. Muchísimo.
Gruñó, embistiéndome mientras me clavaba la punta de los dedos en las muñecas. Me recorrió un escalofrío pensando en lo que estaba por llegar. Si lo provocaba lo suficiente, perdería el control, me inmovilizaría y me follaría sin piedad.
Como si lo necesitara.
—No me resulta ahora más fácil que antes —dije—. Te quiero incluso más de lo que te quería hace un año. Es arrollador. No sé cómo cojones gestionarlo.
¿Lo mejor de todo ese jueguecito? Lo único que tenía que hacer era decirle la verdad.
Ya no sonreía.
—Estoy tan contenta de haberme casado contigo. La mejor decisión de mi vida. Me haces tan feliz, cariño. Lo de ser tu mujer es casi una obsesión.
Otra embestida y otro gemido. Tenía los brazos y las piernas temblando.
—Sigue hablando —me ordenó con rudeza. Tenía un gesto salvaje.
—Soy tuya —dije entre jadeos—. Te pertenezco, Jackson. Estoy enamorada sin remedio de ti. Has acabado conmigo. No seré capaz de respirar sin t…
Y perdió el control.
Me besó con intensidad y de forma implacable. Y cuando traté de curvar la espalda de puro placer, se apretó contra mí con firmeza, sin dejarme espacio para moverme.
Ronroneé.
—Lo has hecho a propósito. —Me mordió el labio inferior, castigándolo—. Aquí estaba yo, pensando en follarte con delicadeza en nuestra noche de bodas, pero eso no es lo que necesitas, ¿no es cierto, «esposa mía»?
—¿Y qué es lo que quieres tú? ¿Quieres ser delicado o dejarme algunos moratones en los que seguiré pensando la próxima vez que me ponga un vestido de novia para ti?
Le retumbó el pecho, satisfecho con mi respuesta.
—¿Cómo he tenido tanta puta suerte contigo?
Sonreí.
—Menos mal que no me dejaste ahogarme aquella primera noche, ¿eh?
—Se me pasó por la cabeza.
—Cállate —dije entre risitas—. Y aquí estamos, trece meses después. ¿Quién lo hubiera pensado?
Se le aclaró la mirada un poquito.
—El mejor año de toda mi vida.
—Lo mismo digo. Sin lugar a dudas. —Soltando otra risilla, canté—: Amigos para siempreee…
—Amigos para siempreee —me acompañó—. Te quiero, cariño. Más que a nadie, más que a nada.
Estiré el cuello y le rocé los labios con los míos al tiempo que susurraba:
—Demuéstralo. Pon a tu esposa bocabajo y dale lo que quiere.
No tuve que pedirlo dos veces.