Capítulo 38 #2
«Vamos a aclarar las cosas —se escuchó por el altavoz esa voz ronca de Jackson arrastrando las palabras—.
Estaba bien antes de conocerla. Estaba bien, pero nadie quería creérselo.
Ni tú, ni Molly, ni Mabel, ni Bensen, ni Mikey, ni Rahul, ni nadie.
Pero, joder, ¡yo estaba bien! ¿Y ahora? Ahora…
me ha dejado hecho polvo, Minerva. De verdad que he perdido la puta cabeza.
Cuando me voy a la cama, ella. Cuando me despierto, ella.
Cuando parpadeo o respiro o tan solo me atrevo a existir, ella y…
nunca entendí cómo Beatrice consiguió hundir las garras de esa manera en mi padre.
Nunca le encontré el sentido. Convirtió a un dios en su puto perrito faldero, lo ató con una correa eléctrica y él se lo permitió, joder.
»Lo suyo era como una enfermedad. Él solo era capaz de ver lo que ella quería que viera, se creyó cada mentira que le contó y siempre que ella hacía algo que le molestaba, lo pagaba conmigo.
Hasta ese punto estaba acojonado de que ella lo dejara, ni siquiera tenía valor para echarle en cara lo de sus aventuras.
Ella pensaba que lo había atrapado gracias a tenerme a mí, pero para él siempre fue al revés.
»Era la hostia de patético. Incluso de niño me daba cuenta.
Y juré, juré, que eso nunca me iba a pasar a mí.
Si eso era el amor, entonces todo el mundo vivía una mentira.
Pero no lo era, ¿no? Era una combinación cancerosa de engaños, manipulación, avaricia y cualquier otra cosa, joder, pero no era amor.
¿Sabes por qué lo sé? Porque mi Jamie nunca me manipularía así por nada, y yo nunca, jamás, podría hacerle algo así a ella.
Miray intentó besarme en nuestra cita y reaccioné de una forma muy visceral.
Tuve que contenerme para no apartarla de un empujón.
Nada de aquello parecía estar bien y por eso sé que lo de mis padres no era amor, porque incluso el mero hecho de pensar en estar con otra persona me pone enfermo, Minerva.
»Ya está. Ocho mil millones de personas en el mundo y mi Jamie es la elegida, joder. O ella o nadie. No aceptaré que me chantajeen ni manipulen para cometer el error más grande de mi vida, así que: que te den a ti, que les den a las acciones y que le den al legado familiar. Elijo a Jamie».
Clic.
Silencio mortal.
Estaba aturdida y llevaba sin respirar casi diez minutos, por temor a que el sonido de mis pulmones no me permitiera memorizar cada palabra de Jackson. Necesitaba con desesperación volver a escucharlo todo de nuevo de principio a fin, solo para asegurarme de que lo había entendido bien.
Jackson se aclaró la garganta mientras yo seguía mirando al vacío, pasmada, con el pulso tan acelerado como para que me diera un ataque al corazón.
—Le he advertido a Miray que si ella saca a la luz la foto, yo compartiré este audio. Al parecer no está muy dispuesta a dejar que la gente sepa que su muestra de afecto me puso enfermo y tampoco quiere involucrarse con un hombre cuyo amor por otra mujer es por todos conocido.
No sentía nada y todo al mismo tiempo. Esta vez no lo había escuchado mal. Estaba un noventa y nueve coma nueve nueve nueve nueve por ciento segura de ello.
Vivian no decía nada y yo no me atrevía a mirarla. Ni a Minerva. Ni a Jackson. Solo podía concentrarme en la voz de él y en sentir sus dedos entrelazados con los míos.
—Si todavía no ha intentado ponerse en contacto con usted, lo hará —terminó Jackson.
—¿Algo que decir, Vivian? —dijo Minerva.
Apenas la oí, apenas registré la respuesta de Vivian ni el hecho de que las dos ya se estaban marchando. Tenía la mente ocupada… procesando.
—¿Estás bien?
Despacio, me permití levantar la vista hacia él. ¿Ya había comentado lo preciosos que eran sus ojos, tanto que hasta dolía? Podía quedarme mirándolos durante horas, memorizando hasta el último trazo de ese frío azul invernal. Eran impresionantes y exquisitos. Los amaba.
Y él me amaba a mí.
Tuve que hacer un esfuerzo para obligarme a abrir la boca y luego me di cuenta de que no tenía ni idea de por dónde empezar.
—Eh… —fue lo primero que me salió y «estabas borracho», lo segundo.
Por suerte, él sabía muy bien lo que trataba de decir.
—Como una cuba, en realidad. Ni veía cuando dejé el mensaje. Solo caminar era todo un desafío. Fue bastante angustiante.
Me habría hecho gracia si no me estuviera muriendo por dentro.
—Entonces, nada de eso iba en serio —dije.
—Incorrecto.
Muriendo, tal cual.
—Pero te arrepientes.
Se le ablandó la mirada.
—Ni un poquito.
—Le dijiste a Minerva, y cito, «que les den a las acciones» —le recordé.
—Ajá. Debido al alcohol y a la adrenalina hablé de forma atropellada y burda, pero el sentimiento estaba ahí. ¿De verdad nos tenemos que centrar ahora mismo en las acciones?
—¿Vas a renunciar a ellas sin más? ¿Después de todo?
—Como he dicho, no pensaba que sería con eso con lo que te quedarías…
—Dijiste que no podrías amarme nunca. —Esas fueron sus palabras. Me lo dijo a la cara.
El gesto divertido que lucía en la cara desapareció.
—Así fue.
Había pasado de no respirar a respirar de una forma tan entrecortada que hasta me daba vergüenza. Era todo un misterio que la habitación no estuviese ya empañada del todo.
—Vale, entonces… haz que tenga sentido.
—Mentí.
—¿Por qué?
—Pánico —dijo sin vacilar—. Puro pánico de las consecuencias si te admitía la verdad a ti o a mí mismo.
No puedo… No te haces una idea de lo que era vivir en esa casa, del embrujo con el que ella lo sometía.
Convertirme en cualquiera de los dos es, era, mi mayor miedo, hasta que me di cuenta de que si no me ponía las putas pilas y abría los ojos de una vez, te marcharías, encontrarías a otro y nunca volverías la vista atrás.
Nunca en toda mi vida me había costado tanto comprender algo como en ese momento, pero estaba bastante segura de que lo había entendido casi todo.
—Vale, entonces…
—Te quiero, Jamie.
Me estalló el corazón. No podía… ostras, qué subidón.
Una sonrisa traviesa se abrió paso en la boca de Jackson cuando observó mi reacción.
—No me acuerdo de cómo o cuándo ocurrió exactamente, pero he desarrollado una cantidad inaceptable de amor por ti y estoy decidido a hacerte responsable de ello.
Un deleite, puro y arrollador, se me desató en el estómago, liberando un montón de mariposas. Sonreí y Jackson relajó la postura.
—Me has dejado hecho polvo —me regañó—. Ha sido una experiencia muy traumática. ¿Sabías que lo de sentir mariposas en el estómago se refiere a mariposas de verdad en el estómago? Y mi corazón se vuelve loco contigo. Es inquietante, como mínimo, saber cuántos años de vida me has quitado.
—Si no supusiera meterme en una lista negra, te besaría ahora mismo. —Las paredes de la sala eran de cristal esmerilado, pero Vivian había dejado la puerta abierta. Y me imaginaba que a propósito.
—Eso no va a pasar. —Torció el gesto. Tenía tantísimas ganas de besarlo—. Minerva ha hecho una llamada esta mañana. Si a estas alturas no tienes diez ofertas de empleo esperándote, las tendrás en cuanto salgamos de aquí.
—¿Qué?
Se encogió de hombros.