Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Llegué como pude al baño privado, con un hombro magullado y medio ciega. Pero al menos había conseguido contener las lágrimas hasta que pude abrir el grifo para ahogar los sollozos que las acompañaban.

El dolor era físico. Estaba destrozada. Se me había partido el corazón en dos y me estaba desangrando.

Traté de convencerme de que era lo mejor, que debería estar feliz por él. Por fin había encontrado a alguien que le gustaba.

Tenían una muy buena puntuación de compatibilidad. Tenían estilos de vida parecidos, querían cosas parecidas, estaban de acuerdo en los temas esenciales y Miray era preciosa, tenía éxito y era muy inteligente.

Como amiga, debería alegrarme por él. Pero no era así.

De forma egoísta, no quería que estuviera con nadie más. De forma ilógica, la odiaba. De forma irracional, quería acercarme a su mesa y pedirle a Miray con educación que le quitara las manos de encima a mi hombre.

Pero por supuesto no podía hacer nada de eso.

Porque al día siguiente me seguiría despertando queriendo amor, y él se despertaría sin seguir creyendo en él.

Lo mejor que podía hacer por mí misma era dejarlo marchar.

Me dolía el corazón, sentía un nudo en el estómago, pero el dolor era algo temporal.

No era como si fuera a seguir colgada de él dentro de quince años.

No era como si me fuera a arrepentir por no hacer caso a mi instinto.

«Madre mía».

Iba a vomitar.

Todas y cada una de mis alarmas internas retumbaban, gritándome que fuera a por él. Todo aquello parecía… una equivocación de la hostia. Como si estuviera cometiendo un error inmenso y…

Toc, toc, toc.

Me quedé sin aliento de golpe y me puse recta. ¿Cuánto tiempo llevaba allí dentro?

Toctoctoc toc toc.

—¡Un segundo! —Debería haberme aclarado la garganta primero; la forma en la que se me quebró la voz había sido muy reveladora. Cerré el grifo y me sequé deprisa las lágrimas. Tenía la máscara corrida; los ojos, hinchados; las mejillas, sonrojadas, pero no podía hacer más.

Ahora solo tenía que salir a hurtadillas de allí sin toparme con Jackson.

No tenía ni idea de cuál había sido su reacción. En cuanto ella se inclinó, me puse de golpe de pie, aparté la mirada y salí corriendo de…

Toctoctoctoctoctoctoc.

Ostras, ¿qué cojones pasaba?

Con el ceño fruncido, abrí la puerta del baño… y estuve a punto de cerrarla de nuevo. Pero Jackson lo impidió con la mano justo a tiempo.

Mi corazón había pasado de estar en coma a estar desbocado, y un enjambre de abejas furiosas me picoteaba la piel. Había hecho todo lo posible por arreglarlo, pero era bastante evidente lo que había pasado, lo tenía escrito por toda la cara.

Me repasó el rostro con la mirada, embriagada y borrosa, recopilando información, y justo cuando estaba a punto de darme la vuelta y esconder hasta dónde llegaba mi pena, me fijé en las sombras que él tenía bajo los ojos. En el gesto serio de su boca.

Me dio un vuelco el corazón.

Quería preguntarle qué estaba haciendo. ¿Dónde estaba Miray? ¿Por qué estaba allí y no con ella? ¿Y por qué me miraba como si le hubiera arruinado la vida? Pero no me salían las palabras.

No cuando esos parpadeos a medias fueron parando hasta detenerse. No cuando me cogió del brazo y me arrastró hacia un pasillo con una iluminación tenue. No cuando me recorrió con el dedo la mejilla y el cuello.

Supongo que se me habían pasado por alto una o dos lágrimas.

—Otra vez —susurró, y se me encendieron las mejillas. Era consciente de lo mucho que había llorado delante de él, pero no hacía falta señalarlo así. Pero entonces dijo—: Por mi culpa. Otra vez.

¿Qué? No, qué va. Él podía besar a quien quisiera; cómo me sentara a mí no era culpa suya.

Tragó saliva y me puso la palma de la mano en la cara. Pasó con delicadeza el pulgar por mi pómulo y añadió:

—No merezco tus lágrimas, Jamie.

Al decirlo, se me cerró la garganta y las lágrimas me asomaron a los ojos de nuevo. ¿Cómo se atrevía? Pero antes de que pudiera hilar una respuesta medio coherente para rechazar su muy incorrecta teoría sobre lo mucho que valía, dijo:

—Lo he parado. No me ha… no nos hemos besado.

La oleada de alivio fue tan instantánea y vertiginosa que me fallaron las rodillas. Solté un suspiro y pestañeé mientras me quitaba un terrible peso del pecho.

—Qué… pena —dije en bajito—. Desde mi punto de vista profesional…

—Para. Solo… para. —Su voz ronca sonaba exasperada cuando dio un paso hacia delante—. ¿A ti te parece bien? ¿Te parece bien verme con otra? Porque yo me estoy volviendo loco, Jamie. Es horrible, joder.

—Lo que a mí me parezca no debería importar.

En ese momento, me sujetaba la cara con ambas manos, inclinándola mientras se acercaba, arrimándose a mí.

Debería haberle dicho que no, haber puesto algo de distancia entre nuestros cuerpos.

Pero lo había echado tanto de menos que no me sentí capaz de hacerlo.

En vez de eso, me incliné como una estúpida hacia su mano.

—¿Cómo puedes soportarlo? —Había angustia y crudeza en su voz—. ¿Cómo de injusto es que tú solo estés a medio camino, pero yo ya no pueda ni respirar, Jamie?

Parpadeé, a punto de que se me parara el corazón.

—Estás borracho.

—¿Por qué no soy capaz de respirar? ¿Qué es lo que me has hecho?

—Creo que no sabes lo que estás diciendo.

—Sé muy bien lo que estoy diciendo, joder. Sé muy bien lo mucho que te echo de menos. Y joder, también sé muy bien lo mal que me siento con otras mujeres, y lo que acaba de pasar ahí ha sido la gota que ha colmado el vaso. No me importa…

FLASH .

Lo noté en las entrañas y lo supe; antes de dar un trompicón hacia atrás y girarme hacia ella, lo supe.

Allí, al final del corto pasillo, estaba Miray, móvil en mano y con la cara desencajada de pura rabia.

Lo había oído todo.

«Mierda».