Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

A las gemelas Harrison se les prohibió volver a hablar de Jackson, sus padres, su niñez o cualquier experiencia personal que pudieran haber tenido mientras trabajaban con los Sinclair.

Molly me había enviado un mensaje larguísimo detallándome las nuevas órdenes (parecía bastante avergonzada por toda la historia), y no las había visto ni interactuado con ellas desde entonces.

Jackson también había estado evitándome.

No me había mirado en toda la semana, no me había hablado a no ser que yo comenzara la conversación o le preguntara directamente algo e, incluso entonces, me había dado respuestas breves, educadas e impersonales.

Ah, y Ria seguía sin cobertura, así que no pude llamarla ni contarle hasta qué punto la había cagado para cuando llegó el miércoles.

No pude contarle a mi mejor amiga cómo había tenido que quedarme ahí sentada observando al hombre del que estaba medio enamorada cenar con otra mujer. Se llamaba Lola Tan, le besó la mejilla cuando se presentaron y eso me partió el corazón en dos.

El jueves fue Abi. El viernes, Parisa.

Deseé no haberlo conocido nunca.

Deseé no haberlo conocido nunca, pero también estaba feliz por haberlo hecho, no sé si me explico.

Era una guerra constante conmigo misma. Una parte de mí, la parte desesperada y que sufría, trataba de convencerme de que un contrato era suficiente. Que no hacía falta que él también me amara.

«Quizá es que no puede amarte a ti. Quizá con Lola o Abi o Parisa sería diferente. Si no paras esto, tendrás que ser testigo de cómo se enamora de otra persona. ¿Es eso lo que quieres? ¿Y si nunca se enamora de ti? ¿No será mejor tener un poquito de él que no tener nada en absoluto?».

Cada vez me iba sumiendo más y más en mi infierno particular y no parecía ser capaz de regresar a tierra firme.

Esa noche tenía otra cita y no sabía cómo iba a aguantarla sin venirme abajo.

Traté de tragarme el montón de pena anidada en el centro de mi garganta mientras me acababa de aplicar la máscara de pestañas, pero esa maldita cosa no se movía.

Estaba allí cada mañana al despertarme y estaba allí cada noche, impidiéndome dormir.

Puse la tapa de la máscara y la dejé en el cajón del tocador con un suspiro.

No es que nadie se fuera a fijar en mis pestañas esa noche, pero el restaurante era lo bastante elegante como para exigir un código de vestimenta formal.

Por muy agotada y cansada que estuviera, tenía que hacer el esfuerzo.

Me retorcí la melena para formar un moño bajo elegante que sujeté con horquillas y luego me puse un vestido (negro, sencillo y perfecto para mimetizarme con el fondo).

Seguía un poco pálida a pesar del bronceador y el colorete, y tenía los ojos hinchados y un poco rojos, pero contra eso no podía hacer nada más.

Tampoco es que importara. Me vi obligada a observar a Jackson durante horas y horas, mientras que él no me había mirado ni una vez en toda la semana. Como si yo fuera invisible.

Me puse los zapatos de tacón, agarré el bolso de mano y respiré hondo antes de salir de mi suite.

Al menos sabía justo lo que me esperaba. Habíamos entrado en una rutina mecánica y sin emoción: Jackson me recibiría en el coche, le daría información sobre su cita mientras él consultaba el móvil o miraba por la ventanilla y ya solo tenía que aguantar una hora.

Si la cita duraba más de eso, podía irme al bar. Una ventaja que había utilizado tres veces hasta ese momento.

—Buenas noches, señorita Paquin. —Mikey me saludó haciendo un gesto con la cabeza mientras me abría la puerta del coche.

—Hola, Mikey. —Mi sonrisa parecía forzada, pero era mejor que nada—. Esta noche vamos a Rouge.

—Lo sé —dijo antes de que pudiera darle la dirección—. El señorito Sinclair se encontrará allí con usted.

Un momento, ¿qué?

—¿Dónde está ahora?

—En el restaurante. Lo llevé hace poco más de una hora.

—¿Por qué?

Mikey se encogió de hombros.

—No lo pregunté.

Qué raro. Intenté llamarlo en cuanto nos incorporamos a la carretera, pero me salió directamente el buzón de voz. Estaba empezando a hartarme de que pasara eso, para ser sincera.

Colgué con un suspiro y decidí mandarle la información sobre su cita por mensaje. Esa noche había quedado con Miray Kaya, icono de la moda sostenible y la mujer más hermosa de todo el planeta. De todas las candidatas, ella y Jackson tenían la mayor puntuación global de compatibilidad.

Tal vez por eso me doliera tanto todo aquel día.

Tan solo dos segundos después de haberle enviado el mensaje, pasó de «enviado» a «leído». Fruncí el ceño y empecé a escribir de nuevo. Pero entonces reaccionó a mi mensaje con un emoji con el pulgar hacia abajo.

Eso fue todo. No dijo nada más.

Jamie: ¿Qué significa eso?

¿Qué parte no es de tu agrado?

Otro emoji con el pulgar hacia abajo.

¿Por qué? ¿Qué había dicho?

Jamie: ¿Podemos hablar superrápido?

Pulgar hacia abajo.

Jamie: ¿Puedes responder

con palabras de verdad?

Emoji de erizo. Emoji de dentista. Emoji de corazón roto.

Vale, le habían robado el móvil a Jackson. Deslicé la pantalla hasta encontrar el mensaje que incluía la información personal de Miray y lo borré.

Jackson: ?

Lo dejé así y me metí el móvil en el bolso. Jackson Sinclair no había utilizado un emoji en su vida. Ni siquiera estaba segura de que supiera lo que eran.

—¿Nombre?

—Sinclair. Tengo una reserva de dos mesas separadas a las… siete… —Dejé la frase en el aire, confundida por su expresión.

Con una sonrisa tensa y forzada, la recepcionista cerró de golpe la carpeta de cuero y me dijo:

—Sígame.

No tenía claro lo que había dicho o hecho para ganarme ese tono, pero tal vez solo tenía un mal día. Tal vez no tenía nada que ver conmigo.

La gente tiene derecho a tener un mal día.

Pero ¿tenía que caminar tan por delante de mí y tan rápido? Iba medio trotando para poder seguirle el ritmo. Y justo cuando estaba pensando cómo decirle algo con educación, se detuvo, se dio la vuelta y me señaló el bar.

—Teníamos mesas reservadas —dije. Ni en broma nos íbamos a sentar los tres en la barra.

—El señor Sinclair nos pidió que la lleváramos hasta él cuando llegara —dijo en tono seco—. Sus mesas estarán listas cuando lo estén ustedes.

Vale. Bien. Pero Jackson no estaba en la barra. Solo estaban la camarera y un tío desplomado sobre… «Mierda».

Corrí hacia él con el pulso acelerado cuando lo reconocí. Jack­son estaba desplomado, con la mejilla contra la barra. Su chaqueta colgaba de otro taburete y estaba… estaba acariciando una figura decorativa de un erizo que había a su lado.

«Madre mía».

—¿Jackson? —susurré al acercarme.

«No estés borracho. Por favor, por favor, por favor, no estés borracho».

Joder. Estaba como una cuba. No es de extrañar que el personal estuviera cabreado.

—¿Eres su cita o su Jamie?

Miré a la camarera parpadeando mientras se me encogía el estómago.

—¿Disculpa?

—¿Eres su cita —repitió despacio— o su Jamie?

Eh…

—Soy Jamie.

Su «cita» iba a llegar enseguida, lo que significaba que… tenía que sacarlo de allí. Pero ya.

—Soy Mallory. —Me estrechó la mano con una sonrisa enigmática en la boca.

—Mallory la dentista. —Seguía hablando con el erizo. Estaba ido.

—Estudiando para ser dentista —lo corrigió Mallory. No parecía tan cabreada por su estado como la recepcionista que me había llevado hasta allí—. Todavía no he terminado.

Vale, bien, los emojis del erizo y la dentista empezaban a cobrar un poco de sentido.

Mallory señaló a Jackson con la cabeza.

—Igual quieres sacar de aquí a tu hombre antes de que llegue su cita.

Se me encendieron las mejillas.

—No es mi hombre.

No era en lo que me tenía que centrar, pero tenía que corregir el malentendido. Era muy importante.

Sonrió.

—Siento ser yo la que te lo diga, Jamie Paquin, la buscadora de parejas más preciosa con la sonrisa más preciosa y el corazón más precioso que ha visto en su vida, pero este idiota es tu hombre.

No tenía tiempo de discutir con ella, así que le puse una mano a Jackson en el hombro y le hablé con tanta delicadeza como pude.

—¿Jackson? Tenemos que irnos. ¿Puedes hacerme el favor de levantarte?

Con un suspiro bajo cargado de frustración, se empujó para incorporarse y se dio la vuelta.

Tenía las mejillas sonrosadas.

Tenía los ojos vidriosos.

Y estaba haciendo un puchero con la boca. Un puchero enorme. Como un niño.

—Ey —dije. ¿Me veía? Tenía los ojos clavados en medio de mi pecho, pero estaban tan vidriosos y pesados que no estaba segura—. Soy Jamie.

Parpadeaba despacio y sin cerrarlos del todo, y le costó un par de segundos responderme.

—Jamie —susurró. Entonces, justo cuando estaba a punto de pedirle de nuevo que se levantara, me pasó un brazo por la cintura, me arrimó a él y apoyó la mejilla contra mi pecho.

Mallory me miró con la ceja enarcada. «Te lo dije».

—¿Vosotros no dejáis de servir a la gente llegado un momento? —le pregunté. ¿Y ese momento no era bastante antes de que el cliente empezara a hablar con objetos inanimados?

—No si se apellidan Sinclair. No se nos permite decir que no a la gente con ese rango de renta. —Se puso recta de pronto y desvió la mirada a mi izquierda mientras se aclaraba la garganta.

«No. Nononono».

Me zafé del pegajoso abrazo de Jackson y me tropecé dando al menos cinco pasos atrás antes de poder agarrarme a la barra con la mano. Pasé por alto su mirada de confusión, me di la vuelta, bajé los hombros y esbocé la sonrisa más convincente que pude.

Se desvaneció en cuanto la vi.

Flotaba por la estancia… «flotaba». Nunca había visto a nadie caminar con tanta confianza y elegancia. Todo en su porte llamaba la atención.

Era fascinante.

Tragué un poco de saliva cuando la recepcionista la guio hacia nosotros.

Necesitaba una excusa para el estado de Jackson y la necesitaba ya.

Si lo dejaba tener la cita en ese estado, Vivian exigiría mi cabeza.

Y lo que es más importante, no quería que hiciera o dijera nada de lo que se arrepintiera al día siguiente.

Me atreví a dar un paso al frente y tendí la mano, con la esperanza de que Miray se fijara solo en mí. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo Jackson, pero si lo miraba en ese momento, también lo haría ella. Crucé los dedos para que por lo menos siguiera en posición vertical.

—Hola, debes de ser Miray. Yo soy Jamie. —«Por favor, no mires detrás de mí».

—Hola. —Sonrió al estrecharme la mano y, joder. Los bebés, los bebés de verdad, no tenían la piel tan suave como la suya—. Es un placer conocerte, Jamie. Tu equipo me comentó que estarías… supervisando nuestra cita esta noche. ¿Es así?

Por su tono entendí que la idea le parecía un poquito estúpida, y no es que pudiera culparla, la verdad.

—Te prometo que no es tan invasivo como suena. —Las otras mujeres se habían olvidado de mi existencia enseguida. Suponía que con ella sería lo mismo—. Pero me temo que vamos a tener que reagendar la cita. Jackson no se encuentra bien y creo que no…

—Estoy bien.

Me puse tensa cuando noté su presencia tras de mí. ¿Cómo era capaz de andar siquiera?

Los ojos verde musgo de Miray se deslizaron hacia mi derecha y arriba, arriba, arriba. Sus pestañas curvas y largas aletearon un instante antes de que apareciera otra sonrisa en esa cara en forma de corazón.

Y así, sin más, me volví invisible.

—Debes de ser Jackson —dijo como un ronroneo. Él le estrechó la mano y una pequeña y amarga parte de mí deseó que estuviera demasiado borracho como para fijarse en su belleza devastadora.

—Y tú debes de ser Miray.

Se había acordado de su nombre.

Se me encogió el estómago al observarlos. Dos personas guapísimas, con éxito, que formarían una pareja guapísima y con éxito, y tendrían más humanos guapísimos y con éxito. Todo iba como debía.

Iba a vomitar.

—¿Vamos?

Lo dijo Jackson. Con la voz un poco más ronca de lo habitual, arrastrando un poco más las palabras, pero con claridad. Nunca había visto a nadie a quien se le pasara la borrachera tan rápido. Sí que debía de tener ganas de que esa cita saliera adelante.

Miray volvió a mirarme con pocas ganas.

—Entonces ¿cómo funciona? ¿Nos acompañarás en la cena?

Se me desvaneció la sonrisa y noté un hormigueo de vergüenza en las orejas.

—Me mimetizaré con el entorno —le aseguré con calma—. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy aquí.

Me asignaron una pequeña mesa para dos en un rincón al fondo del restaurante. Podía ver casi todas las mesas, pero solo tenía ojos para ellos.

No sabía qué pecados había cometido en otra vida para merecerme ese nivel de tortura, pero debían de haber sido terribles. Con un dedo tembloroso, toqué la pantalla del móvil para activarlo de nuevo. Solo ocho minutos más y podría salir corriendo hacia el bar.

O solo salir corriendo. Punto.

Se iba a casar con ella. Podía verlo en la forma en la que se inclinaban el uno hacia el otro, en cómo charlaban y reían. Ella llevaba con la mano apoyada en su brazo los últimos cuatro minutos y él no había hecho nada para apartarla.

Él había confesado estar borracho cuando nos acercábamos a nuestras mesas separadas y, en lugar de haberse molestado, Miray se lo había tomado a risa. Y a juzgar por cómo le sonreía, también estaba encantada con todo lo demás.

Siete minutos.

Miray echó la cabeza hacia atrás con una carcajada por algo que Jackson había dicho y él se frotó la barbilla con timidez, riendo con ella.

—¿Le gustaría algo más de beber?

Ni siquiera había oído al camarero acercarse.

Sin apartar los ojos de Jackson y sin pensar, dije:

—Ginebra. Sola.

Menos de dos minutos después tenía la copa frente a mí, y me la bebí de un trago, encogiéndome al sentir el ardor arrollador. Sentí un hormigueo en la lengua, que luego se me quedó entumecida.

El ardor era bueno. El entumecimiento era bueno. Me distraían.

Cuatro minutos.

Hice un gesto al camarero, pidiendo otra en silencio.

No fue hasta que me terminé la segunda copa cuando noté que Jackson me estaba mirando.

Se me aceleró el pulso cuando me di cuenta y mis labios se entreabrieron.

Hacía tanto que no me miraba… que no me miraba de verdad.

Tanto que no hablaba conmigo, que no se reía conmigo.

Lo echaba de menos.

Lo echaba tanto de menos que esa pizquita de atención que me prestó hizo que se me encogiera el pecho. Pero… ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué me estaba mirando así?

Ya no se reía. Juntaba las cejas con tristeza y no dejaba de tragar saliva al tiempo que cerraba las manos para formar un puño.

Hice lo posible por dedicarle una sonrisita reconfortante, pero me salió débil y poco convincente.

Se movió en la silla y se agarró del borde de la mesa como si fuera a ponerse de pie, pero yo estaba tan ocupada mirándolo y él tan ocupado mirándome que ninguno de los dos lo vio venir.

Ni cuando ella lo cogió de la cara.

Ni cuando la giró hacia ella.

Ni cuando se inclinó hacia delante.