Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Algunas cicatrices se notaban más que otras, como si se hubieran superpuesto las quemaduras. Algunas eran blancas; otras, de un ligero tono rosado. Pero todas parecían estiradas, como si hubieran ido creciendo con su dueño.

Esa fue la parte que me hizo quedarme sin aliento, la prueba de que habían pertenecido a un niño. Sin pensar, estiré la mano hacia ellas. Jackson se puso tenso cuando le acaricié la piel con la punta de los dedos, pero no se apartó.

Sentía un nudo en la garganta y una losa en el corazón mientras mis dedos recorrían los puntos. ¿Cómo de horribles tuvieron que ser las quemaduras originales para que las cicatrices todavía siguieran siendo visibles? ¿Y a qué se debía esa forma tan única?

Como si me hubiera leído la mente, Jackson se aclaró la garganta.

—No es una inicial, no tiene nada que ver con el nombre de nadie. La D es por «disciplina», algo de lo que, según mi padre, carecía cuando tenía trece años.

Traté de tragarme el nudo de emociones que se me había formado en la base de la garganta e intenté parpadear para deshacerme de las lágrimas que nublaban mis ojos.

—Parecen… Tienen que haber sido muy profundas.

Después de una breve pausa, dijo:

—Me ganaba una cada vez que él creía que estaba haciendo el vago… o si había bebido demasiado y decidía que no le gustaba mi forma de respirar.

Pasé los dedos sobre las que estaban al principio de la curva. Se notaba que eran peores que las otras. Más grandes, más profundas, más marcadas.

—A veces, llegaba al final de la D antes de que hubiera tenido tiempo de que se curaran del todo, así que volvía a empezar otra vez.

Me temblaban los labios, el nudo doloroso de mi garganta no dejaba de crecer.

Incluso aunque hubiera sabido qué decir, no habría sido capaz de pronunciar las palabras sin deshacerme en lágrimas.

Dejé caer la mano y apreté los labios trémulos.

Sentí la urgente necesidad de inclinarme y besar su dolor, pero solo haría que lo que venía a continuación fuera más difícil.

—Te dije que no estaba hablando de él.

—No creía… —Se me quebró la voz, abriendo la presa—. No tenía que… Lo siento.

Soltó un suspiro entrecortado y afiló esos ojos pálidos.

—Deja de llorar —me pidió.

—Vale. —Me llevé la manga a la cara—. Lo siento.

—Jamie. —Se le arrugó la piel de debajo del ojo izquierdo, visiblemente disgustado—. Para.

—¡Es lo que trato de hacer! —Madre mía. Si solo me diera un momento.

—No ha sido por esto por lo que te las he enseñado. —Se abrochó deprisa la camisa y frunció el ceño.

—Lo sé.

—Solo intentaba… Mierda, Jamie. —Para su completo espanto, me dio el hipo—. Tenía un plan.

—Lo-o s-siento. —Era como un disco rayado, disculpa tras disculpa, y no me importaba.

Deslizó esa mirada, ahora ya dulce, por mi rostro hinchado, y apartó con el pulgar una lágrima rebelde que había llegado hasta mi labio inferior.

—Joder, cómo odio cuando lloras.

—Lo-o s-siento.

—Deja de hacer eso también.

—Vale.

Me concedió un minuto, secándome las lágrimas mientras caían. Cuando logré recobrar la compostura, murmuró:

—¿Ya tienes bastantes pruebas? ¿Ya puedes firmar el contrato o tengo que…?

—Vale.

—Yo… ¿Qué?

—Lo haré. Lo firmaré. —No se merecía que lo obligaran a tener una relación, y si esa era la única manera en la que podía ayudarlo de verdad, que así fuera—. Pero tengo un par de condiciones y no son negociables.

—Lo que sea —dijo con cierto tono de incredulidad—. Lo que quieras, tan solo dímelo. El acuerdo que hemos preparado establece una cantidad de doscientos millones de dólares…

—No lo haré por dinero —dije con firmeza—. Ni por nada material. Eso incluye propiedades, coches, acciones o lo que sea en lo que estés pensando para compensarme.

Arrugó la frente.

—Jamie…

—No. —Negué con la cabeza—. No voy a cambiar de opinión sobre eso. Eres mi amigo y me importas. Así que lo haré como un favor o no lo haré.

Le dio un tic en el ojo.

—Como mi mujer…

—Solo a efectos legales. —Lo que me venía perfecto para plantear la siguiente condición—. Seré tu esposa sobre el papel durante un año exacto, hasta que esas acciones sean tuyas de forma legal.

Se le relajó la frente y me buscó la mirada con los ojos.

—Quiero los mismos límites y términos de la relación que tenías en el acuerdo original.

Dormitorios separados, vidas separadas, un matrimonio abierto, todo.

Seremos marido y mujer de forma legal y podemos seguir siendo amigos fuera de nuestras obligaciones contractuales, pero no te puedo ofrecer nada más que eso, Jackson.

Tragó saliva con dificultad, mientras seguía mirándome a los ojos, estudiándolos.

—Y no puedo… no puedo tener un hijo contigo. Si necesitas un heredero, entonces tendrás que buscarte a otra persona.

No dijo nada, así que carraspeé y pasé a mi última condición.

—Pero antes de todo eso, tienes que completar el programa Inmersivo y asistir a las citas que te concierte. Si para cuando termine el programa no has encontrado a nadie que te guste, firmaré el contrato.

No se me ocurría ninguna otra solución más razonable que esa.

Le daba lo que necesitaba y reducía la posibilidad de que se me rompiera el corazón.

Además, necesitaba tiempo para solucionar cómo gestionaría lo de casarme con un cliente sin arruinar mi reputación en el sector y sin perder toda oportunidad de que me volvieran a contratar otra vez.

Me moví en su regazo, con el pulso acelerado bajo su mirada. No ayudaba que no pudiera descifrar su expresión.

—Y también creo que… con todo eso en marcha, lo mejor sería que dejáramos de acostarnos. Tenemos que volver a ser solo amigos.

—Nunca fuimos solo amigos —dijo entre dientes.

—Vale, pero podemos serlo a partir de ahora, ¿no?

—¿Por qué? ¿Por qué quieres fijar unos límites?

—Bueno, en primer lugar, si se descubre que tú y yo nos hemos estado acostando, no solo perderé mi trabajo actual, también me meterán en la lista negra del sector. He pensado que mejor lo dejamos antes de que ocurra.

Enarcó una ceja.

—¿A qué te refieres con lo de «lista negra»?

—Me refiero a que nunca más encontraré trabajo en una empresa de búsqueda de parejas.

—Eso no va a pasar.

—Creo que no entiendes hasta qué punto es un tabú…

—Déjame reformular la frase —me interrumpió—.

Nunca permitiría que ocurriera eso. —Suspiré, pero antes de poder hilar un argumento razonable, él dijo—: Ahora nos entendemos, entonces ¿por qué no podemos trasladarlo al matrimonio?

Nos llevamos muy bien, el sexo es la hostia y nosotros… Esto funciona, Jamie.

—Esas son mis condiciones.

—¿Por qué?

—Porque…

—Porque ¿qué?

La hostia.

—Porque si seguimos con esto, me voy a enamorar de ti, Jack­son.

Ya estaba. Lo había dicho. Lo había dejado entrever un montón de veces, pero no parecía…

—No lo harás.

Tardé un segundo en asimilarlo.

—¿Perdona?

Me clavó los dedos en los muslos y dijo con voz firme y decidida:

—No te enamorarás de mí.

Lo miré parpadeando.

—No… seguro que sí.

¿De verdad estábamos a punto de discutir por eso?

—Que no.

Sip. De verdad estábamos a punto de discutir por eso.

Lo agarré de su estúpida y adorable cara mientras entrecerraba los ojos.

—Jackson, si nos seguimos acostando, si me caso contigo y no dejas de darme muestras de afecto, «me voy a enamorar de ti».

Ni siquiera era una pregunta. Iba a ocurrir.

—No lo puedes saber seguro.

—Claro que sí. Me voy a enamorar perdidamente, hasta los huesos, con locura de ti y tú vas a acabar resentido conmigo.

—Eso no va a ocurrir nunca.

—Que sí.

—No creo que…

—Ya estoy a medio camino, ¿vale? —solté exasperada—. Tenemos que parar. Para mí nunca será solo sexo contigo. A ver, es que… ¡mira este sitio! —Le solté la cara e hice un gesto a mi alrededor, a todo lo que había creado—. ¡Mira lo hermoso que eres!

No tenía la menor oportunidad.

Ojalá él pudiera verse a través de mis ojos. No tenía otra opción que creerme.

—Será una pesadilla —dije—. Y punto. Nos casaremos, me enamoraré de ti ¿y sabes lo que pasará entonces?

Tragó saliva. Negó con la cabeza.

—Empezaré a tener esperanza, Jackson. —Podía ver con total claridad el camino que tenía por delante y estaba sumido en un montón de oscuridad, sufrimiento y desesperación—.

Cada vez que me beses, tendré la esperanza de que signifique para ti lo mismo que para mí.

Cada vez que me muestres cariño, tendré la esperanza de que signifique que empiezas a quererme también.

Y no podré evitarlo. Así que, a menos… —Me presioné con fuerza las palmas con los dedos mientras mi estúpido corazón se aceleraba—.

A menos que haya una oportunidad de que… Si no, deberíamos pararlo ya.

Se quedó en silencio tanto rato que se volvió asfixiante.

No podía soportarlo.

—¿Hay alguna posibilidad de que… si seguimos y me enamoro de ti… hay una mínima posibilidad de que alguna vez pudieras… cambiar tus sentimientos hacia mí?

No sabía cuántas veces necesitaba oír la verdad para asimilarla, pero me prometí a mí misma que aquella sería la última. Contuve el aliento, esperando. No tuve que hacerlo demasiado.

—No.

Tengo que reconocer que lo dijo con mucha delicadeza. Que me sentara como un puñetazo en el estómago no fue culpa suya, era cosa mía. Yo lo había pedido.

—De acuerdo. —Le dedique una débil sonrisa.

«Idiota, idiota, idiota»—. De acuerdo. —No sé por qué lo dije dos veces.

Ya me había oído la primera—. ¿Tal vez puedes…

? Sé que va a sonar estúpido, pero ¿tal vez puedes decirlo?

Creo que he malinterpretado algunas de las señales y necesito escuchar las palabras para asimilarlas, si te parece bien.

Tragó saliva al tiempo que vacilaba. Entendía lo ridículo e injusto que era lo que le había pedido, pero sabía que si no escuchaba yo misma esas palabras, siempre me aferraría al «y si…».

—Nunca me voy a enamorar de ti.

Ese puñetazo no me dio en el estómago, fue directo al corazón. Me encogí de dolor.

—Jamie.

—No. No pasa nada. No te preocupes, de verdad que no tienes que explicarte.

Gracias por tu sinceridad, en serio. Es solo…

He malinterpretado la química que hay entre los dos y que me besaras la mano y…

no es que sea culpa tuya. No podrías haber sido más claro desde el principio. Así que no pasa nada. Estaré bien.

Me sujetó la muñeca cuando traté de levantarme de su regazo. Pero ya no podía mirarlo más.

—Un momento, solo…

—No, en serio, está bien —le aseguré, asintiendo con energía.

Hubiera sido mucho más convincente si no se me estuvieran derramando un montón de lágrimas por la barbilla y el cuello—.

No pasa nada. Lo pillo, en serio. Está bien.

Pero vamos a evitar el contacto físico innecesario mientras lo supero, ¿vale?

Despacio, a regañadientes, me soltó la muñeca.

—Sé que tienes mucho en lo que pensar, así que… Te veo luego. Y, de verdad, no te preocupes por esto. Lo superaré, me olvidaré de ti. Con un poco de tiempo, así que… sí. Vale. Te veo luego. En algún momento.

Por suerte, conseguí contener el primer sollozo hasta que la puerta estuvo cerrada y ya no podía me.

O quizá era otra mentira que decidí contarme a mí misma.