Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

«Regresa a mí, Jamie».

«Regresa a mí, Jamie».

«Regresa a mí, Jamie».

Eso era lo único que podía escuchar, ver, pensar.

Llevaba gran parte de una hora sentada frente a Daniel Omori y seguía con el cerebro en automático.

Todo eran sonrisas educadas, conversación educada, respuestas educadas a sus preguntas y explicaciones educadas sobre los servicios que ofrecíamos en Charmed. Actuaba por inercia, pero en realidad no estaba allí. Y no lograba volver al presente por mucho que lo intentara.

No recordaba cómo ni por qué estaba colada por ese hombre hacía solo unas semanas, porque ya no sentía nada de eso. No sentía nada en absoluto.

Nos dimos un educado apretón de manos después de cenar, nos despedimos con educación y nos prometimos educadamente seguir en contacto con respecto al programa Inmersivo. Se apuntaría en julio.

«Regresa a mí, Jamie».

¿Cómo se atrevía?

¿Cómo se atrevía Jackson a cargarme con el peso de esas palabras sabiendo que en realidad nunca podría hacerlas suyas?

«Regresa a mí, Jamie».

¿Para qué? ¿Para que a los doce meses, cuando estuviera enamorada hasta los huesos de él y él se hubiera aburrido por completo de mí yo pudiera llorar y suplicarle lo mismo?

Cien millones de dólares me decían que no lo haría. Que me dejaría marchar y que tendría que volver a recomponerme yo sola, así que ¿cómo se atrevía?

Apenas podía respirar en el coche de vuelta.

Estaba ansiosa, inquieta, nerviosa. Tampoco ayudaba lo lento que íbamos debido al tráfico.

Lo que debería haber sido un trayecto de diez minutos supuso como diez años de mi vida.

La impaciencia me carcomía la cordura y tuve que contenerme para no abrir la puerta del coche en medio de la carretera.

Estaba convencida de que llegaría mucho antes andando.

Cuando giramos hacia la calle de Jackson, la inquietud me devoraba por dentro y salí del coche incluso antes de que se detuviera del todo. Atravesé el vestíbulo y me moví incómoda sobre los tacones mientras esperaba a que terminara el trayecto en ascensor más largo y lento de toda mi vida.

Sentía tanta puta urgencia que ni siquiera lo vi.

Ya estaba moviendo las piernas antes incluso de que las puertas cromadas se hubieran abierto por completo y me habría chocado de cabeza contra el pecho de Jackson si él no me hubiera atrapado antes entre sus brazos.

«Regresa a mí, Jamie».

Estrelló sus labios contra los míos, prendiendo fuego a todo mi mundo.

Le pasé los brazos por el cuello y lo agarré del pelo mientras nuestras lenguas se entrelazaban con violencia y él me llevaba adentro.

Se abrieron las puertas de golpe y se cerraron de un portazo.

Me agarraba con fuerza, me besaba con ansia, sin piedad, casi… enfadado.

No, no casi. Sin duda, estaba enfadado.

Furioso, al parecer.

Cuando se dio cuenta, me soltó. Me desplomé sobre el cojín con un grito ahogado y se me subió el estómago a la garganta por la caída imprevista.

Tardé unos segundos en enfocar los rojos borrosos, los chocolates cálidos y los colores vivos que me rodeaban.

Solo había un lugar en esa zona del ático que no fuera todo ángulos rectos y asépticos tonos de gris.

La biblioteca.

Cerré la boca de golpe cuando me encontré con la mirada gélida y furiosa de Jackson. Se alzaba imponente sobre el sofá en el que me había soltado, esperando a que me explicara.

«Mierda».

Antes de que pudiera incluso incorporarme (y ya no digamos hilar una excusa válida), Jackson estaba en el sofá tirándome del muslo hacia su regazo, hasta que estuve a horcajadas sobre él.

Me agarraba sin piedad mientras arrimaba mis caderas hacia las suyas y tuve que ponerle una mano en el pecho para que hubiera un centímetro de distancia entre nuestras caras.

—¿Qué tal la cita? —Apretó la mandíbula, que apenas había abierto para poder hacer la pregunta.

—Era una reunión de trabajo.

—¿Vas a volver a verlo?

—Puede ser. Por trabajo. —¿Era de eso de lo que quería hablar en realidad? Me parecía que había un tema mucho más urgente que debíamos tratar—. ¿Cómo te has enterado de… esto?

—Molly no soportaba la culpa. Entonces ¿no estás enamorada sin remedio de él?

—Era una cena de trabajo.

—Eso no responde a mi pregunta.

Suspiré.

—No, Jackson. No me he enamorado sin remedio de Daniel Omori durante la reunión de trabajo de dos horas en la que hemos hablado de trabajo.

Su mirada fulminante se ablandó un poquito y también se le relajaron los hombros.

«Regresa a mí, Jamie».

—¿No deberíamos hablar del lío en el que me he metido? —pregunté.

—¿Todavía piensas que Imogen hablaba de él?

«No».

Ahora ya tenía las dos palmas sobre su pecho, una justo encima de su corazón acelerado.

—¿Eso importa?

Jackson tragó saliva mientras me estudiaba. La ira contenida en sus rasgos se había empezado a desvanecer poco a poco, dando paso a… incertidumbre, tal vez.

—Molly me ha dicho que has leído sus diarios.

Mierda. Entonces se lo había contado todo. Me mordí el labio por dentro, asintiendo.

Hizo una breve pausa.

—¿De qué te has enterado?

Cuando no respondí, dijo:

—Yo no sabía que escribía diarios, y ahora no me quiere decir dónde los esconde. No tengo ni idea de lo que sabes y necesito que me lo cuentes. Todo.

—No estoy segura de si… —Tragué saliva, vacilando de nuevo. No me parecía bien empezar a recitar todo el maltrato que sufrió cuando era niño.

—Es lo mínimo que puedes hacer después de haberte colado aquí «dos veces» sin mi conocimiento ni mi permiso, ¿no te parece?

—dijo con amargura—. La primera la puedo excusar.

Sé muy bien lo astutas que pueden ser las hermanas Harrison.

Parecen afables e inocentes y son lo bastante listas como para utilizarlo en su provecho.

Cuando he dicho que Molly no podía soportar la culpa, me refería a que lo planeó todo y luego fingió que no podía soportar la culpa.

Sabía perfectamente que nunca te iba a traer aquí y que tú nunca lo confesarías, así que nos ha obligado a mostrar nuestras cartas.

De algún modo, aquello me sorprendió y no me sorprendió al mismo tiempo. Las hermanas tenían que ser astutas para haber pasado tantos años ocultando todas esas cosas a Richard, todas relacionadas con su único hijo, nada menos.

—Sin embargo —siguió diciendo Jackson—, no te engañaron para que vinieras por segunda vez.

Lo hiciste a propósito, sabiendo que si hubiera querido que entraras aquí, no habría cerrado la puerta con llave.

Así que dime lo que sabes. Me he pasado toda una hora buscando esos malditos diarios, sin éxito, y ella no me quiere decir dónde están, por mucho que haya amenazado con despedirla.

—Volvió a callarse un instante para echar un vistazo a su alrededor, entrecerrando los ojos con recelo y sospecha—.

Seguro que se los ha llevado antes de confesar. Pequeña bruja astuta —refunfuñó.

Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado. Tenía todo el derecho a echarme a patadas y despedir a las gemelas. Entendía cuáles habían sido sus intenciones, pero si Jackson no había querido que supiera de su pasado, del trauma y del maltrato, estaba en todo su derecho.

—Lo siento muchísimo —dije. Y lo decía en serio—.

No debería haberme colado aquí la primera vez, y ya no digamos la segunda.

—Tampoco se trataba de que me hubieran engañado para hacerlo—.

Tienes razón. La puerta estaba cerrada con llave y sabía que eso significaba que no querías que entrara.

Lo siento muchísimo, de verdad, Jackson.

Se quedó en silencio un buen rato.

—Ahora dime lo que sabes. Me lo debes, ¿no?

—De acuerdo —accedí, aunque el mero hecho de pensar en contarle cualquiera de esas cosas hacía que se me encogiera el estómago—. Sé… Sé que… —Dejé la frase en el aire y bajé la mirada hacia mis dedos, que habían empezado a juguetear con el impecable cuello de su camisa.

¿Por dónde se suponía que iba a empezar?

—Yo, eh…, sé que se te da bien el arte. —Nop.

No. Eso ni siquiera se acercaba a la verdad.

Carraspeé mientras luchaba por contener las emociones que se me iban anudando en el pecho—.

Borra eso. Sé que se te da de maravilla, porque esto…

—Hice un gesto abarcando todo el cuarto.

Los muebles y los libros y cualquier otra cosa que tuviera un trozo de su alma grabado—.

Con toda probabilidad esto es la cosa más preciosa que he visto en mi vida, Jackson.

Él era tan tan precioso. No lograba superarlo.

Tampoco era capaz de mirarlo ya.

—Sé que Richard era un monstruo y que te merecías algo mejor que a él y a Beatrice. El odio ni siquiera se acerca para empezar a describir lo que siento hacia ellos.

Tuve la tentación de decirle lo contenta que estaba de que su padre estuviera muerto, pero me pareció un poco insensible.

Mabel me había asegurado que lo habían enterrado a un poco más de profundidad de la necesaria, asegurándose así de que llegara antes al infierno. Se lo merecía, joder.

—Sé lo desamparadas que se sintieron Mabel y Molly cuando despidieron a Bensen. Entiendo que, por mucho que lo intentara y aunque presentara pruebas, nadie hizo una mierda por protegerte. No cuando descubrieron quién era tu padre.

Era tan cruel e injusto que me daban ganas de gritar.

Richard había hecho una llamada, solo una, y echaron a Jackson del hospital y lo mandaron a casa. Los supervisores de la policía y los servicios de protección al menor ordenaron cerrar el caso y eso fue todo. Bensen lo intentó durante semanas, hasta que Richard lo demandó.

Le habían dado dos opciones: seguir gritando a la nada y arruinarse o cerrar el pico. No podía culparlo por rendirse, por elegir proteger a su propia familia, incluso aunque Molly hubiera comentado lo culpable que se seguía sintiendo.

—Sé lo mucho que lo lamento —seguí diciendo—.

Me arrepiento de muchas de las cosas que te he dicho, sabiendo lo que sé ahora.

Te juzgué demasiado rápido y fui muy insensible con respecto a tu situación, y de verdad que estoy enfadada conmigo misma.

No me importa cuáles son los motivos de Minerva, a nadie deberían obligarlo a tener una relación o casarse en contra de su voluntad.

A nadie. Y debería haberlo visto antes si no hubiera estado…

Es solo que estaba muy quemada. No podía ver ni pensar con claridad, y…

No te puedo culpar por lo que hiciste o por cómo actuaste.

Yo también me hubiera rebelado de haber estado en tu lugar.

Por primera vez desde que habíamos empezado a hablar, me atreví a mirarlo a la cara. Seguía con la mandíbula tensa, pero tenía los ojos vidriosos. Sentí un doloroso nudo en la garganta. Le puse la mano en la mejilla y se la acaricié despacio con el pulgar. Si lloraba, me iba a venir abajo.

—No fue todo culpa tuya —logró decir en voz baja—. No tenía por qué haber sido tan capullo.

Seguí acariciándole la mejilla, y cuando puso su mano sobre la mía y giró la cabeza para besarme la palma, se me partió el corazón en dos.

—Continúa —susurró.

—Sé por qué no crees en el amor —murmuré—. Es más, lo entiendo. ¿Cómo podrías después de todo lo que viviste con tus padres?

¿Cómo podría, cuando su propia madre le había dicho a la cara que no lo amaba? ¿Que no lo habría tenido si no se hubiera visto obligada? Jackson fue un sacrificio que hizo para asegurarse el estilo de vida que quería y no le había permitido olvidarlo.

No me lo podía ni imaginar.

Sentía una gratitud y un respeto inmensos por Mabel y Molly, Bensen y Mikey, y por cualquier otra persona que lo hubiera cuidado y le hubiera demostrado amor. Todos habían hecho una piña para proteger a Jackson lo mejor posible, sobre todo después de que despidieran a Bensen.

Buena parte de sus confabulaciones aparecían en los diarios de Molly. Tenían buscas y teléfonos secretos, un tío del equipo de seguridad que les vigilaba las cámaras y varios métodos de distracción y sitios donde Jackson podía esconderse cuando su padre sufría uno de esos ataques de ira.

No es de extrañar que Jackson hubiera querido mantener a todos cerca de él.

—Sé todo eso y sé el maltrato que sufriste, pero, por favor, por favor, no me obligues a decirlo en alto. Siento haberme colado aquí y haber visto cosas que no querías que viera. Asumo toda la responsabilidad, pero… no me hagas decirlo en alto.

Puede que uno de los motivos por los que Molly no quisiera que él leyera los diarios fuera porque tenía la esperanza de que se le hubieran olvidado algunas cosas, y yo no quería recordárselas.

Tragó saliva.

—Vale, entonces hablemos sobre eso.

¿Eso? ¿El qué? ¿A qué se refería?

—Me has dicho que en el diario ponía que habían despedido a Bensen.

Asentí, observándolo con cautela.

—¿Explicaba por qué? —preguntó.

—Apareciste en las clases secretas de piano dolorido por… una herida, y te llevó al hospital.

Noté que se le contraía la mandíbula bajo mi palma.

—¿Y cuál era la herida?

Mis ojos buscaron los suyos y se me desbocó el corazón justo cuando algo encajó de golpe en mi cabeza.

—Quemaduras de cigarro —murmuré.

No dijo nada, solo me sostuvo la mirada y acercó despacio los dedos a los botones de su camisa.

Lo supe. Antes de que pudiera desabrochársela, antes de que apartara la tela para mostrarme el pecho, lo supe.

El corazón se me subió a la garganta. Despacio, dejé caer las manos. Despacio, me permití bajar la mirada. Ahí, en el lado izquierdo del pecho, estaban los circulitos de piel añada. Una docena, al menos. Marcados justo encima del corazón.

Estaban espaciados y organizados para formar la silueta perfecta de una D.