Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

—¿Qué estás haciendo? —dije con voz ronca, mirándolo con los ojos entornados mientras se acercaba con sigilo a mi cama.

En vez de bufar al intruso, Tobigote se levantó de donde estaba durmiendo (mi cuello), se estiró (de nuevo en mi cuello) y agitó su gorda cola, esperando (en mi cara). El criado gigante había llegado con sus caricias, eso lo complacía muchísimo.

Jackson fue de inmediato a rascarle las orejas y sonrió cuando Tobigote se inclinó para que lo tocara.

—Buenos días, bonito.

El corazón se me aceleró y dio un vuelco.

—¿Qué pasa? —pregunté otra vez, apenas logrando que mi voz sonara firme—. ¿Qué haces aquí tan temprano?

—Te llevo al trabajo conmigo. Deberías vestirte.

Parpadeé.

—Se supone que solo te hago seguimiento en el trabajo las dos primeras semanas.

—Y yo te estoy pidiendo un día adicional. —La dulce sonrisa que esbozó cuando Tobigote empezó a ronronear se me grabaría en la memoria para toda la eternidad. Estaba casi tan cautivado por mi gato como yo lo estaba por él—. Querías verme trabajar de verdad, así que ven a verme trabajar de verdad.

Lo cierto es que hubiera agradecido que me avisara del cambio de planes. Tal vez me habría pensado dos veces lo de colarme en la biblioteca la noche anterior y, en vez de eso, habría preferido dormir un poco.

(Eso era, como es obvio, una mentira que decidí contarme a mí misma).

Salí de la cama y arrastré los pies hasta el baño mientras iba frotándome los ojos. Me llevó unos veinte minutos vestirme, maquillarme un poco y recogerme los rizos en un moño más o menos pulcro, pero fue suficiente para que Jackson Sinclair se olvidara de mí.

Cuando salí del baño, estaba sentado en mi cama con un Tobigote con pinta de estar muy satisfecho ronroneando en su re­gazo.

—Eeh…

Jackson me miró con una sonrisa.

—Gruñe si lo intento abrazar, pero esto ya está bastante bien.

Me estalló el corazón.

Se hinchó, se salió del pecho y estalló en un montón de confeti en forma de corazón y con música de circo de fondo.

Era por mí. Yo era el payaso.

—Deberíamos irnos. —Estaba acabada. Cómo no, viéndolos a los dos así.

Jackson frunció el ceño como si haberle pedido que nos moviéramos fuera la cosa más loca y absurda que podría haber salido de mi boca. Así que me di la vuelta y abrí el armario donde estaba la comida para gatos.

Tobigote se levantó de inmediato y saltó al suelo, y no tuve que mirar a Jackson para saber lo mal que le había parecido esa traición. Seguí dándole la espalda, con los brazos cruzados y la espalda encorvada, mientras observaba cómo Tobigote devoraba su desayuno.

Todo iba bien, solo tenía que volver a centrarme.

Por muy escéptica que fuera respecto a las predicciones de Imogen, las empezaba a ver como algo a lo que agarrarme.

Quizá Daniel no llegara como cliente. Quizá congeniáramos y…

no sé, pero cualquier cosa sería mejor que el camino que estaba siguiendo en ese momento.

Estaba peligrosamente cerca de enamorarme del hombre más inalcanzable del mundo, de que me hiciera añicos el corazón y de que nunca me recuperara de ello.

Nunca conseguiría olvidarme de ese hombre si me permitía enamorarme de él.

Sabía que eso era una verdad fundamental e irrefutable.

El agua mojaba, la Tierra era redonda y si yo, Jamie Paquin, me enamoraba de Jackson Sinclair, nunca conseguiría olvidarlo.

Ya era oficial: Daniel era mi mejor escenario posible, y como me iba a reunir con él al cabo de menos de doce horas, lo único que tenía que hacer era no enamorarme de Jackson antes de la cita.

Del todo factible.

Lo tenía controlado. Todo iba bien.

Nada iba bien. Ni una sola cosa.

Mira, sabía que la había cagado con lo de la biblioteca. Sabía que estaba mal y que me merecía algún tipo de castigo por violar la privacidad de Jackson, pero esto… esto era muy injusto, de verdad.

Apreté los dientes, exigiendo a mi estúpido estúpido corazón que dejara de dar volteretas y permitiera que me llegara bastante oxígeno al cerebro como para poder pensar de verdad durante un puto segundo.

El problema era, cómo no, Jackson. En lugar de haberse pasado el día sentado en su despacho, habíamos saltado de sala de reu­niones en sala de reuniones, con pequeñas pausas en medio para que pudiera atender llamadas y responder correos urgentes.

Me ponía la hostia lo repugnantemente competente que era dirigiendo esas reuniones.

Tenía esa seguridad en sí mismo calmada y firme y escuchaba de verdad las aportaciones de sus empleados, sin importar su edad, puesto o antigüedad.

De hecho, había estado en seis de esas estúpidas reuniones y no había tomado una sola decisión hasta que estuvo seguro de que nadie más tenía algo que decir sobre el tema.

Me ponía a mil. Lo odiaba.

Eché un vistazo al reloj que había detrás de Jackson por enésima vez en los últimos cinco minutos, sin darle mucha importancia. En realidad no creía que se hubiera dado cuenta.

Mientras yo me había pasado el día observándolo, él se lo había pasado ignorándome.

No era una queja, así es como les pedíamos a los clientes que actuaran cuando los acompañábamos al trabajo.

Si se olvidaban de que estábamos ahí, los datos eran más precisos.

La cosa era que me había acostumbrado tanto a ser invisible que cuando posé la mirada en Jackson de nuevo y me lo encontré mirándome, se me aceleró el pulso.

Después de aquello ya no volví a mirar la hora.

Cuando la reunión se acabó por fin, ni siquiera me dedicó una miradita antes de salir hecho una furia de la sala, y no me dijo una sola palabra mientras trataba de seguir el ritmo de sus pasos. Una vez que estuvimos en el ascensor privado que llevaba a su oficina, comencé a disculparme.

—Perdona. Te juro que estaba prestando atención. —Tenía cuatro hojas repletas de comentarios para demostrarlo. Cuando siguió con la mirada al frente, le tiré de la manga—. Eh, en serio, no pretendía ni mucho menos…

Apenas tuve la oportunidad de procesar el hecho de que le había dado al botón rojo de emergencias antes de que me levantara del suelo y me empujara contra el frío metal, y le rodeara la cintura con las piernas.

Estrelló los labios contra los míos, dejándome sin respiración.

Y en lugar de apartarlo, en lugar de decirle que aquello tenía que parar como me había prometido a mí misma que haría, le rodeé el cuello con los brazos y le devolví el beso.

Se enredaron nuestras lenguas, se chocaron nuestros dientes y todo mi ser estalló en un montón de chispas.

Me había estado mintiendo a mí misma todo el día. No quería que Daniel fuera un salvavidas. Si tenía que elegir, elegiría a Jackson una y otra y otra vez. Lo juro, si existiera la más mínima posibilidad de que él se permitiera alguna vez amarme, no volvería a mirar a otro hombre en la vida.

Se me escapó un patético gemido lastimero del pecho en cuanto se apartó. Pero ya no me quedaba energía como para preocuparme por eso.

Sentí un alivio inmediato cuando me besó con ternura en la comisura de la boca.

—Llevo todo el puto día queriendo hacer esto —murmuró, arrimando las caderas a las mías.

Reprimí un gemido al sentir lo duro que estaba y noté cómo me contraía en lo más hondo de mí en torno a la nada—.

Todo el puto día, Jamie. Mientras mirabas a hurtadillas el reloj, contando los minutos que faltaban para tu cita, yo solo he sido capaz de pensar en esto.

Me estremecí cuando volvió a mover las caderas, frotándose contra mí. Tenía el pulso a mil por hora y la piel ardiendo.

—He estado a punto de llevarte a mi despacho, cerrar la puerta y obligarte a ponerte de rodillas para mí.

—Se aferró con los dedos a mi piel, a modo de promesa—.

Quiero que me la chupes antes de tu cita y que te tragues hasta la última gota para que si intenta besarte, puedas decirle qué es exactamente lo que probará.

«Hostia puta».

Era tan… obsceno que no sabía qué responder. Pero, «hostia puta», lo que le gustaba a mi cuerpo. Esas palabras me atravesaron como lava ardiente. El dolor en mi centro empezaba a ser insoportable.

—Me estás volviendo loco, loco de remate. ¿Quieres hablar de red flags ? Soy la hostia de territorial contigo. —Me recorrió la mandíbula con los labios y subió hasta la oreja—. Debería haberte follado anoche. Debería haberte hecho suplicar y gritar hasta que te olvidaras de él.

—¿Por qué no lo hiciste? —Lo había estado esperando, incluso aunque sabía que no debería. Y cuanto más esperaba, más ganas me entraron de salir corriendo a la biblioteca. Lo deseaba a él. La cercanía e intimidad que habría obtenido si hubiera ido a mi cuarto.

—Tenía que terminar nuestro acuerdo con los abogados. Me llevó más tiempo del que pensaba.

Se me encogió el pecho. En esa ocasión, no pude reunir las fuerzas necesarias para discutir con él. En vez de eso, levanté la barbilla para que pudiera acceder mejor a mi cuello con la boca.

Era muy probable que al menos hubiera una cámara de seguridad allí. Y era todavía más probable que no me importara lo más mínimo.

—¿A qué hora te tienes que ir para llegar a la cita?

—Deberías dejar de llamarla así —dije con la respiración entrecortada—. Es una reunión de trabajo.

—No vayas.

—Tengo que ir. Es una reunión de trabajo.

—Si evito que vayas, ¿me odiarás por ello?

—Seguramente, dado que es una reunión de trabajo.

—Puede que valga la pena. —Me mordisqueó la piel y luego me la lamió despacio—. Quiere follarte.

Reprimí una sonrisa.

—No se nos permite acostarnos con nuestros clientes. Es un conflicto de intereses enorme. —Llegados a ese punto, ya no importaba que lo supiera. O puede que sí, solo que a mí no me impor­taba.

—Crees que es tu alma gemela —argumentó.

—Yo no dije eso, fue Imogen.

—No escuchaste con demasiada atención.

—Mascota mimada, letra D, tatuajes. Estoy convencida de que me quedé con todo.

Hubo un instante de silencio antes de que apartara la cabeza.

—No solo dijo tatuajes.

Poco a poco fue dejándome de parecer divertido.

—¿Qué? ¿Qué más…? —Una cicatriz. Dijo que podía ser un montón de tatuajes o cicatrices bien visibles.

La esperanza —pura, sin filtros y absurda— se abrió camino y se me clavó en el corazón. Se me dilataron los ojos, que recorrieron su rostro, su mandíbula, su cuello.

—¿Tienes alguna? ¿Cicatriz?

No ayudaba que siempre se hubiera quedado con la ropa puesta cuando nos acostábamos. Había dado por hecho que era otro de sus fetiches, parte de ese desequilibrio de poder que nos gustaba a ambos. No se me había ocurrido hasta ese momento que pudiera haber sido por otro motivo.

Abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir… y no dijo nada.

Me bloqueé. Todos los pensamientos que se me habían agolpado en la cabeza desaparecieron de pronto y lo único que podía hacer era quedarme mirándolo, con la boca entreabierta y sin respirar.

Me pasó las manos por los muslos, con su mango de acero ardiente asomándose bajo las capas de ropa que nos separaban.

Me quedé en silencio mientras él seguía luchando.

A veces la gente necesitaba un poco de tiempo para verbalizar las cosas y eso estaba bien.

Podía tomarse todo el tiempo que necesitara. Yo seguiría allí.

Y entonces ocurrió. Vi cómo le cambiaron los ojos cuando tomó la decisión. Respiró hondo y…

—Señor, ¿va todo bien?

«Tiene que ser una broma».

¡Había presionado el botón de emergencia hacía como unos diez minutos! No nos podían haber pillado en un momento peor ni haciéndolo a propósito.

Jackson suspiró y apoyó la frente contra la mía.

—Todo va bien.

—¿Quiere que pongamos el ascensor en marcha de nuevo, señor?

«No».

—Sí.

—Ahora mismo.

El ascensor empezó a elevarse despacio justo cuando di con los pies en el suelo. Tenía la piel de gallina por todas partes y mi cuerpo protestaba por la falta de calor cuando él dio un paso atrás.

Era una sensación del todo desagradable.

—¿A qué hora te tienes que ir? —preguntó Jackson, recuperando la seriedad.

No quería responderle.

—Dentro de unos minutos, la verdad. Si no quiero llegar tarde.

Asintió.

—Le he pedido a un chófer que te lleve y te traiga luego. Te está esperando abajo.

El ascensor se paró con delicadeza, las puertas se abrieron y Jackson no se movió.

Tenía la mirada clavada en mis ojos, y la mandíbula y el cuello en tensión, casi como si quisiera decir algo, pero no supiera qué.

Entonces parpadeó, apartó la mirada de mí y se pasó la mano por la barbilla, inclinándola.

—Entonces nos vemos luego —dijo.

Se me cayó el alma a los pies y sentí la desilusión oprimirme el pecho, tanto que me dolía, cuando salió del ascensor. Las puertas empezaron a cerrarse tras él… justo antes de que una mano saliera disparada y evitara que se cerraran del todo.

En cuanto se volvieron a abrir, Jackson entró con fuerza de nuevo, me agarró la cara y me besó hasta que me tembló todo el cuerpo, me flaquearon las rodillas y me dio vueltas la cabeza.

—No es él —me susurró a los labios—. No es él. Regresa a mí, Jamie.

Y eso me dejó el cerebro hecho trizas.