Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

Esa noche volví a colarme en la biblioteca, cuando quedó claro que Jackson no pensaba visitarme.

Por mucho que lo intentara, no se me ocurría una sola justificación para mi decisión. Sabía que estaba mal, era una violación muy grave de la privacidad y la confianza de Jackson, sabía lo mucho que se iba a enfadar si lo descubría, pero seguí adelante y lo hice de todas formas.

Después de haberme pasado tres horas mirando al techo, incapaz de dormir, salí de la cama, me puse un par de calcetines amarillos gorditos (para poder caminar a hurtadillas) y me fui despacio hasta la otra punta del ático.

Tras asegurarme de que no se colaba luz por debajo de la puerta, la abrí y entré en la habitación. Esta vez, sin el elemento sorpresa inicial, pude fijarme más en el arte, absorber más detalles, abrir más libros.

Era de lo más adorable ver cómo iban desarrollándose el talento artístico y la complejidad de los dibujos desde los libros dirigidos a niños pequeños y de secundaria hasta los libros juveniles y más allá.

Me encantaban los bocetos que había hecho en las hojas, los pasajes subrayados, las notitas y comentarios (cada vez más escasos a medida que iba creciendo).

Era como poder echar un vistazo a su alma, y era tan sorprendentemente hermosa que hasta me dolía.

Cuando ya tuve mi dosis temporal de creatividad, abrí la puerta secreta, me deslicé en el cuarto y tomé dos diarios que todavía no había leído. Aunque sabía que las cosas no iban a mejorar. Aunque sabía que me iban a destrozar.

Para cuando terminé con el primero (que acababa cuando Jack­son tenía diecinueve años), me dolía la garganta, tenía los ojos hinchados y estaba decidida a visitar la tumba de Richard Sinclair y escupir sobre ella.

Era tan vil, malvado y cruel que no fui capaz de sentir ni una pizca de lástima por él cuando Molly escribió lo enamoradísimo que había estado de su mujer, hasta qué punto se negaba a aceptar la realidad de las innumerables aventuras de su esposa.

Según Molly, Jackson se vio obligado a presenciar los innumerables arrebatos de ira de su padre, desquiciado por saber dónde andaría su mujer a ciertas horas de la noche.

Tiraba cosas, insultaba sin piedad a cualquiera que tuviera cerca y se agarraba unas borracheras terribles que lo hacían ponerse todavía más violento.

Cuando la madre de Jackson por fin llegaba a casa, solo tenía que sonreír y esgrimir una excusa azucarada para calmar a Richard. Lo seducía hasta que se calmaba, lo besaba para mitigar su rabia y, cuando él no miraba, le decía a Jackson lo patético que le parecía su marido.

Una o dos semanas después, el ciclo se repetía.

Jackson veía cómo los amigos de su padre cotilleaban sobre las aventuras de Beatrice a sus espaldas. Veía la facilidad con la que su mujer lo manipulaba. Cómo él aceptaba todos sus caprichos y antojos. Lo destructivo que se volvía cuando creía que la iba a perder.

Cada vez que se enteraba de otro amante de Beatrice, lo pagaba con Jackson. No podía controlar a su mujer, así que se esforzó al máximo por controlar a su hijo.

Eso es lo que era el amor romántico a los ojos de Jackson mientras crecía. Dolor. Humillación. Maltrato. Mentiras y manipulación.

Era horrible.

Estaba vacía y agotada para cuando terminé. Tanto que tuve que hacer un gran esfuerzo para guardar los diarios y volver a escondidas a mi suite en vez de quedarme en el acogedor sofá en el que había estado acurrucada.

Me quedé frita incluso antes de tocar la almohada, justo cuando estaba a punto de hacerme otra falsa promesa sobre no volver nunca jamás a la biblioteca.