Un trato con mi arrogante cliente (Jefes malvados y millonarios 2) Capítulo 31 #3
82%

Capítulo 31 #3

Jackson había dejado de respirar. Tenía todo el cuerpo rígido y me empecé a preguntar cuánto tiempo había pasado desde que alguien simplemente lo había…

abrazado. Abrazado y acariciado del modo que todos necesitamos de vez en cuando.

Él me había consolado enseguida, pero ¿cuándo fue la última vez que alguien lo consoló a él?

¿Cuándo fue la última vez que le permitió a alguien que lo consolara?

Despacio, deslicé los brazos por sus hombros y espalda. Despacio, lo arrimé hacia mí con un abrazo tierno y cerré los ojos.

—¿Recuerdas que querías asesoramiento sobre el tema del afecto? —susurré después de un rato, sonriendo en su cuello—. Bueno. Por norma general, cuando alguien te abraza así, lo habitual es querer devolver el abrazo.

Tal vez esa había sido su forma de pedir afecto. Tal vez era algo que quería pero que no sabía cómo verbalizar. Me pregunté cuáles eran los otros «aspectos que lo preocupaban».

—Otras opciones también aceptables pueden ser apartar a la persona que te está abrazando o simplemente mandarla a la mierda —propuse.

No hizo nada de eso, pero tampoco se movió.

Me envolvió la espalda con los brazos, arrimándome a él. Y cuando le planté un dulce beso en el lóbulo de la oreja, hundió la cara en el hueco de mi cuello y dejó escapar un ronroneo de placer.

Cuanto más afecto le mostraba, más parecía derretirse entre mis brazos.

Era adictivo. Jugueteé con su pelo, le pasé los dedos por el cabello y le dije lo suave que era.

Lo besé en la cabeza, en la mejilla y le susurré una retahíla de cumplidos al oído.

No importaba cómo fuera el cumplido, lo mucho que dañara mi ego o comprometiera mis defensas. Si se me ocurría, se lo decía.

Para cuando terminó la hora de la reunión, le había dejado a Jackson bien claro lo guapo e ingenioso que creía que era, lo increíblemente bien que me hacía sentir cuando me tocaba y lo fascinada que me tenía.

También le dije que creía que era valiente.

Que no había apreciado lo duro que debía de ser llevar todo el peso de una empresa sobre sus hombros y al mismo tiempo lidiar con toda la mierda por la que lo estaban haciendo pasar.

Tampoco pareció importarle. Solo me abrazó y hundió la cabeza en mi cuello mientras se lo repetía todo una y otra vez, hasta que estuve segura de que cada palabra se le había grabado para siempre en la memoria.

—Jackson, de verdad que ahora deberíamos echar un vistazo a los expedientes de las candidatas.

Se había estado comunicando sobre todo con gruñidos y ruidos sordos desde que había empezado a mimarlo hacía una hora y ese fue, de lejos, el sonido de mayor descontento que había hecho hasta el momento.

—Vamos. Tenemos que elegir para que Alice pueda cerrar la cita.

Me abrazó con más fuerza.

Suspiré.

—Esta mañana he mirado por encima uno de los perfiles. Es preciosa de verdad, muy inteligente y con éxito, y no cree en todo eso del amor. No sé nada de las otras todavía, pero creo que esta te gustará.

Con eso me gané una mirada asesina. Se echó hacia atrás para mirarme con mala cara, todo gruñón.

—No nos hace falta repasar las candidatas. Vas a firmar el contrato.

—Te aseguro que eso no va a pasar.

—Sesenta millones por un año.

—Esa cantidad de dinero es una locura. Deberías haber empezado con mucho menos.

—Setenta.

—Me gustas mucho, Jackson. Nuestro matrimonio sería un desastre. Yo me involucraría muchísimo de forma emocional. Te enfadarías conmigo.

Volví a ver ese tic suyo en la mandíbula. Le parecía fatal lo que le estaba diciendo.

—Cien millones de dólares. Tendrás tu propio chófer y personal, acceso a mi avión privado, yate, propiedades y todo lo que puedas querer. Te enseñaré a tocar el piano.

Eso último era la oferta más tentadora que me había hecho hasta el momento. Aun así:

—No, gracias.

Más tics.

—Estás siendo muy irracional.

—Soy consciente de ello.

—Nadie en su sano juicio rechazaría una cifra así por tener que fingir un poco durante solo un año.

—No quiero tu dinero.

Entrecerró los ojos.

—Y ya te he dicho que cuanto más me dices que no lo quieres, más ganas tengo de gastármelo en ti. Es muy irritante.

—«Estás siendo muy irracional» —lo imité.

No estaba de humor. Ni siquiera fingió que le hizo gracia.

—Elige a quien coño quieras para mis citas. No importa, ya que tú vas a ser la que firme el certificado de matrimonio.

Lo volví a coger de la cara.

—Jackson, escúchame. No voy a firmar un matrimonio de conveniencia contigo. Podemos seguir siendo amigos cuando se acabe el Inmersivo, pero eso es todo.

—No lo acepto.

—Entonces vas a perder el tiempo.

No es que me estuviera escuchando. Me estudiaba con esos penetrantes ojos azules, buscando algún signo de debilidad.

Entonces me dio de comer el sushi que había preparado (que estaba delicioso, por cierto), me mimó con besos en cierto modo agresivos y amenazas veladas, y una vez que se quedó satisfecho con todo lo que había comido y con las veces que había rechazado su propuesta de matrimonio, se encerró en su despacho.